miércoles, 18 de mayo de 2011

La Conjuración de Venecia


      ¿A que suena inquietante y sugerente?: ¡La Conjuración de Venecia!... Sí, es un titular magnífico; con resabios de alto espionaje y maquinación. Seguro que todos hemos oído apelar a ella en alguna ocasión, o escuchado su referencia en algún relato o en alguna película. Y de ella vamos a contarles hoy en esta página especial de Historia. Empezando por señalar que no hubo una, sino dos “Conjuraciones” venecianas; así que no convendrá confundirse.
Martínez de la Rosa
      La primera, acaecida en 1310, en la que Martínez de la Rosa se inspiró para su famoso drama teatral, que pasa por ser el primer hito del Romanticismo literario en nuestro país, tiene como marco la rebelión que maquinó un sector de las familias nobiliarias venecianas que, por aquellos tiempos del arranque del siglo XIV, se vieron relegadas por el Dux en el reparto de poder. Es decir, aquella que llamaremos “primera” Conjuración de Venecia, fue una maquinación política estrictamente “doméstica”. La que hoy nos ocupa –de la que les vamos a contar de inmediato- ocurrió, efectivamente, trescientos años después, apuntó e implicó directamente a España, y su secuencia y trasfondo es todo un anticipo precursor de las más lucubrantes tramas literarias y cinematográficas del espionaje moderno.
Felipe III (por Velázquez)

      Los hechos tuvieron lugar en el año 1618, es decir, en tiempos del reinado de nuestro Felipe III. Llevaba éste en el trono veinte años, y aún le quedaban tres para su paso definitivo a la Historia. Felipe III reinaba, pero quien realmente gobernaba era su valido, el duque de Lerma. Como bien se sabe, el monarca –a diferencia de su padre, Felipe II- padecía una extrema indolencia en lo que hace a los farragosos asuntos del gobierno de sus vastos dominios heredados. El de Lerma, en su nombre, seguía una política activa de apaciguamiento a cualquier precio, fundamentada en la circunstancia cierta que imponía la extrema penuria por la que atravesaba la Hacienda Real hispana. En estas condiciones, el objetivo prioritario –que, ciertamente, logró cumplir el duque- se ciñó a mantener los dominios de su rey, lo cual conllevaba una política de pacifismo a ultranza y de rendido apaciguamiento frente a las demás potencias europeas. Esta línea definitoria de la política exterior de Felipe III chocaba frontalmente con la tradición anterior. Y quienes tenían mejor y más directa percepción de la potencial gravedad a medio plazo de esa diferencia eran, justamente, los embajadores y los virreyes, que, en contacto con la realidad exterior, se las veían a diario con las permanente maniobras de las otras cortes por minar la teórica preeminencia de España.
Lerma (por Rubens)
      Escenario principal de esa pugna era la península italiana, y, dentro de ella, la siempre activa y maquiavélica república veneciana, que defendía su independencia frente al cúmulo de todos los intereses cruzados imaginables en aquellos días: Francia, Austria, el Papado, los reformistas protestantes, el turco... Se entiende bien que la Venecia de aquellos días del arranque del siglo XVII era un auténtico nido de espías.
      El gobierno de la Serenísima, en su difícil superviviencia, trataba de sacar provecho de aquel complejo cruce de intereses, negociando alianzas y confrontaciones con unos o con otros, dependiendo de la coyuntura de cada momento. De entre todos, el gran enemigo natural de Venecia era España, y con España los Habsburgo, que entre unos y otros, españoles y austríacos, la tenían prácticamente rodeada.
      Por aquellos días, uno de los sacrosantos pilares de la política veneciana era su pretensión de exclusividad de dominio sobre el mar Adriático, que consideraba mar propio y de jurisdicción indiscutible. Y hete ahí que quienes más cuestionaban esta pretendida soberanía véneta sobre el Adriático eran los monarcas hispanos, dueños de numerosos e importantes puertos en el centro y sur de la “bota” itálica.
Venecia, en el S. XVI
      En estas cuitas, por aquellos años afloraron en Venecia dos corrientes de poder en pugna: de una parte, los llamados “Vecchi”, partidarios de una entente cordial con España y Austria; y de otra, los “Giovanni”, más agresivos y deseosos de mantener el prestigio de la Serenísima como gran potencia mediterránea. En la confrontación inevitable, acabaron por vencer estos últimos, que no tardaron en aproximar su acercamiento a Inglaterra y Holanda, y agraviaron al Papa Paulo V –y por ende a Felipe III, que en cuestiones de ortodoxia religiosa no era nada indiferente ni indolente- consintiendo subrepticiamente la divulgación de las ideas reformistas.
marqués de Bedmar
      Todos estos movimientos eran observados con alarma por el embajador español en Venecia, el marqués de Bedmar, al que secundaba en su alarma el virrey de Nápoles, el todopoderoso duque de Osuna (a quien entonces se tenía –y probablemente con razón- como el hombre más rico de todo el imperio español, muy por encima del propio rey y de cualquier otro noble o virrey). Junto a estos dos, también participaba de la grave preocupación por la deriva veneciana el gobernador de Milán, el marqués de Villafranca. Nunca se sabrá si estos tres poderosos urdieron de verdad la “conjura” concreta de la que se les acusó en el mes de mayo de 1618. De lo que no cabe duda es de que conspiraron cuanto pudieron, aunque, tal vez, el hecho puntual de aquel 19 de mayo no fue otra cosa que una maniobra de anticipación del gobierno de Venecia para desacreditarlos y forzar, como así ocurrió, su destitución y caída en desgracia en la corte de Madrid. Es decir, que no está nada claro que esta célebre “Conjura de Venecia” fuera realmente tal, conspiración de los españoles, o todo lo contrario: maniobra de los propios venecianos para desenmascararlos a tiempo y forzar su sustitución antes de que pudieran, efectivamente, llevarla a cabo.
duque de Osuna
      Lo cierto es que, con el apoyo del duque de Osuna, Bedmar montó en la corte veneciana una tupida red de confidentes y espías, entre los que contó, por cierto, a las órdenes directas del de Osuna, como espía encargado de diferentes misiones, un joven Francisco de Quevedo, que tenía en el de Osuna a su personal protector.
    El duque, virrey de Nápoles, además de estas maniobras subrepticias, no se recataba en disimular su personal confrontación con la autoridad veneciana. Su nombramiento y llegada se había producido dos años antes, y desde el primer momento mostró a las claras sus cartas de hostilidad hacia Venecia, empezando por cuestionar aquel dominio sacrosanto del que al principio les hablábamos: la exclusividad veneciana del Adriático. Ya en diciembre de 1616, el de Osuna ordenó irrumpir en aquel mar privado con una flota de más de treinta galeras, al mando de Francisco de Ribera y de Pedro de Leiva.
Francisco de Quevedo
      En la capital véneta, la presencia de aquella escuadra sembró una indisimulada inquietud, y hasta temor de que pudiera llegar a atacar a la propia ciudad de Venecia. La situación no llegó a provocar una ruptura de hostilidades, pero sí enorme tensión y algunos graves incidentes, derivados del abordaje a varios barcos venecianos, y el control “aduanero” que las naves hispanas ejercieron sobre otros muchos. La queja de la Serenísima llegó, expeditiva, a la corte madrileña, que resolvió ceder, y ordenar al de Osuna la inmediata retirada de la flota del Adriático.
      En este estado de permanente tensión y recelo, el gobierno veneciano consiguió otro importante éxito al lograr destapar buena parte de la red de espionaje que Bedmar había montado. Muchos fueron encarcelados, y otros tuvieron que huir y refugiarse en dominios hispanos, pero el gobierno veneciano tomó buena nota de la decidida maquinación articulada por Osuna, Bedmar y Villafranca; e ignorando su alcance real, y tal vez imaginando y temiendo mucho más por esa ignorancia, se dispusieron al contraataque.
Palacio Ducal
      El epicentro de esa reacción tuvo lugar en la fecha del 19 de mayo de 1618. Aquella noche se celebraba en el Palacio Ducal un baile de gran gala, al que concurrieron todos los nobles y notables de la ciudad. Y ocurrió que, en un momento determinado del sarao, irrumpió en él la guardia y procedió a una serie de detenciones de personajes presuntamente implicados en una conjura supuestamente maquinada para destituir al gobierno y hacerse con el poder. Nunca se sabrá si tal conjura concreta existió o no. Varios de los acusados fueron ajusticiados, otros desterrados, y otros más –todos amigos y de la camarilla del embajador español- se vieron obligados a poner tierra por medio a uña de caballo, entre ellos, a galope tendido, nuestro ilustre Quevedo.
puente Rialto
      Lo cierto es que Venecia aprovechó aquel escándalo, real o inventado, para lograr sus fines: Bedmar y Villafranca fueron sustituidos, y poco tiempo después corrió la misma suerte el duque de Osuna, quien, de regreso en Madrid, y ya en los primeros pasos del reinado de Felipe IV, cayó aún más en desgracia y dio con sus huesos en la cárcel, donde había de llegarle la muerte.
    Cierta o no, en fin, la famosa “Conjura”, lo históricamente constatable es que los venecianos volvieron a respirar en paz y a dominar el Adriático. Cuando, quince años después, María, la hija de Felipe III hubo de trasladarse a Trieste para casarse con Fernando de Austria, tuvo que hacerlo en naves venecianas ante la arrogante negativa de la Serenísima a permitir el tránsito por sus aguas de una flota hispana.















sábado, 14 de mayo de 2011

La mostaza


      Hablaremos hoy de un aderezo que, en justa catalogación, resulta ser una salsa, así sea ésta, tal vez, la más densa y espesa de todo el catálogo salsero. Les contaremos, sí, de la mostaza, que aunque en nuestro país no goza de una popularidad generalizada -excepción hecha de su imprescindible arrimo a salchichas y hamburguesas made in burger-, sí cuenta, como ingrediente común a concurso, en buena parte de la culinaria centroeuropea, a más de la francesa y británica, donde su empleo es igualmente común y frecuente en multitud de platos.
      Su paternidad es polémica, en particular cuando sobre ello disputan franceses y germanos, sin embargo, de justicia es decir que ni los unos ni los otros la inventaron, porque de la mostaza se sabe y se cuenta desde la Antigüedad más temprana. Recordemos lo que, de la planta de la mostaza, dice ya el Nuevo Testamento, en la famosa parábola en la que Jesucristo plantea la semejanza entre el reino de los cielos y un grano de mostaza: “que toma uno y siembra en el campo; y con ser la más pequeña de todas las semillas, cuando ha crecido es la más grande de todas las hortalizas y llega a hacerse un árbol…”
      Tal es la mostaza, una planta crucífera anual, presente silvestre en todo el arco mediterráneo, de la que, desde la más remota antigüedad se aprovechan sus semillas, las cuales, una vez secas y sometidas a una fina molienda, reparten su utilidad entre la culinaria y la farmacopea, ya que durante siglos los emplastos, sinopias y cataplasmas de mostaza fueron principal recurso terapéutico contra un amplio catálogo de dolencias.
planta de la mostaza
      En lo que hace a la culinaria, fueron tal vez los romanos quienes primero dieron con la fórmula de combinar y mezclar los granos de mostaza con vinagres y vinos especiados. Y así ha llegado a nuestros días. La salsa de mostaza, esencialmente, es eso: esa mezcla de tal combinación; claro que, en un casi infinito universo de gradaciones y variedades.
       El sabor de la semilla, ligeramente amargo, picante y aromático, mezclado con el vinagre, o el vino agraz, luego de fermentado el conjunto, da lugar a una pasta de sabor peculiar y característico.
      Su consumo se generalizó en la Edad Media, cuando los platos de caza reinaban en todos los recetarios; unas carnes que llegaban a la mesa, por lo general y según el gusto de la época, muy apuradas de conservación, cuando no ya francamente corrompidas. En esas condiciones, el fuerte sabor de las especias, o el recurso a la mostaza, se hacía imprescindible para disimular aquel gusto dudoso. Fue por entonces cuando en Alemania, en Francia y en Inglaterra, la mostaza pasó a ser un condimento esencial en la alimentación cotidiana.
Múltiples presentaciones, combinaciones y texturas
      Los ingleses, tradicionalmente gustan de la mostaza seca, en polvo, dejando que cada comensal deslíe luego y haga su propio ungüento. Los franceses, sin embargo, prefieren la pasta ya elaborada, y su referente geográfico, hoy de universal reconocimiento, es la borgoñona ciudad de Dijon, de donde hoy en día sale el cincuenta por ciento de la producción mundial de mostaza. Allí, en Dijon, con el paso de los años y de los siglos (desde el XIII, al menos, hay constancia documental del reconocimiento y concesión de licencia para fabricar mostaza al gremio de vinagreros locales) las variedades diferentes de elaboración superan en la actualidad más del centenar. Y tanto que más, ya que sólo en tipologías de vinagres, los homologados por el Consejo Regulador borgoñón suman más de noventa; a los que hay que añadir, en el juego de combinación de posibilidades, más de una veintena de variedades diferentes de mostaza, si bien las más comunes y básicas sean tres: la mostaza parda, originaria de la India, la mostaza negra, procedente del sur de Europa, y la mostaza blanca, también europea, y americana. Buen provecho.






lunes, 9 de mayo de 2011

Lubina, "lobo" del mar


     Les contamos hoy de la lubina; lo cual equivale a decir que nos ocupamos de uno de los pescados “finos” más apreciados por los consumidores españoles.
      Sin ánimo de establecer jerarquías –que ya se sabe que, para gustos, colores- si la referencia de los restaurantes de fuste nos sirve, la lubina, junto con el rodaballo, disputa el lugar preferente en el quinteto de los más elegidos. Los otros tres son, a saber: la merluza, el lenguado, y el mero. De éste último, el mero, es, en cierto modo, “pariente” la lubina, pues ambos pertenecen a la familia de los “serránidos”. No obstante, entre ambos peces hay notables diferencias sápidas. (además de las muy evidentes morfológicas). Tal vez uno de los parecidos que más les une –espléndida cualidad en ambos- es la firmeza de sus carnes. Sin embargo, en beneficio de la lubina pesa sobremanera la finura y delicadeza de su tenue sabor, el inigualable perfume de su carne.
     De inmediato contaremos algo de lo mucho que se puede decir, y escribir, sobre el delicado sabor de las carnes de la lubina; pero antes, completemos la definición del animal empezando por la buena “pista” que nos da su propio nombre, ya que “lubina”, como habrán adivinado, viene de “lobo”, del “lupus” latino. Los franceses la nombran incluso con más precisión: “lup de mer” (lobo de mar).
      Unos y otros, antiguos y modernos, bautizaron así por reconocer con ello la acreditada y acusada voracidad de esta especie, que es, entre los peces, sin duda alguna el más “territorial”: elige una amplia parcela submarina para vivir, y la defiende con el mismo encono y ferocidad como lo hace el lobo en tierra; de ahí el atractivo legendario que tiene su pesca deportiva.
      Vive la lubina -nosotros, los gallegos, la conocemos mejor por “robaliza”- en aguas poco profundas, próximas a las costas y extremadamente limpias, sin desdeñar adentrarse en rías y estuarios. Su tamaño es muy variable, e igualmente suculento en la cocina: las pequeñas se prestan muy bien a la fritura; pero para las piezas grandes, ésas que en Galicia llamamos “róbalos”, o “robalos”, la única formulación recomendable es la cocción, o el horno, si no se adorna la fuente en exceso.
      Y aquí enlazamos ya con la referencia que antes hacíamos a la determinante cualidad, en la lubina (en otros pescados también, pero en la lubina más), de la “delicadeza tenue” de su sabor; lo cual nos lleva a decir, y a reafirmarnos, en que las fórmulas culinarias que mejor le van son, siempre, las más sencillas.
      Esto lo saben muy bien los cocineros y cocineras de nuestros fogones populares, de las casas de comidas y las tabernas de nuestros pueblos marineros. Y hoy parecen volver a descubrirlo, de nuevo también, los cocineros de alta prosapia. Menos mal. Porque hubo unos años, en los setenta y ochenta, en los que el papanatismo seguidista de la “nouvelle cuisine” francesa, impuso verdaderos despropósitos en esto de la cocina del pescado.
      Y es que, hay que empezar por sentar axiomas: a los franceses nadie podrá negarles su enorme y magistral categoría en formulaciones originales, sofisticadas e imaginativas; ni tampoco su acreditada sapiencia en la provisión de una despensa extraordinarias en casi todos los productos base; pero, en lo que hace a la cocina del pescado, con perdón, a los españoles nada en absoluto nos pueden enseñar; entre otras razones porque España es, entre todos los países occidentales y con notable diferencia, el de mayor consumo de pescado per cápita; y no de ahora, sino desde siempre; desde la Edad Media, si me apuran.
      Pues bien, a lo que íbamos, en aquellos años, que yo digo “del papanatismo”, el modelo indiscutible eran los franceses, y entre ellos el “papa” Paul Bocuse. A su estela y ejemplo, y el de otros, nuestros restaurantes no dudaron en cambiar el aceite de oliva por la empalagosa mantequilla; la nata líquida pasó a integrarse como ingrediente imprescindible y sacrosanto de cualquier formulación, por castiza que ésta fuera, hasta en las tortillas. En fin, que fue una etapa realmente “negra” de nuestra restauración, porque, bien se sabe que las imitaciones casi siempre se quedan muy por debajo de los modelos originales. Pero aquí tragábamos con todo, era la moda, y manifestarse en contra era poco menos que confesión y reconocimiento de “palurdez”, simplicismo agreste y rusticidad manifiesta.
Hecha a la sal conserva la lubina en plenitud
su perfume
      En aquellos días, y a lo que estamos de la lubina, proliferaron recetas auténticamente deplorables y hasta insultantes a cualquier paladar sencillo y honrado, conocedor de la potencialidad del pescado. Entre todas, la más emblemática y a imitar era, fue, la famosa “lubina al hinojo” que inventara Bocusse. El magistral despropósito se formulaba de la siguiente guisa: tomaba el maestro la lubina, y la horneaba ligeramente, sin piel, en compañía del susodicho hinojo. Como es natural, la hierba en cuestión se imponía, y laminaba cualquier vestigio del original sabor del pescado. Ya metidos en osadías, aquella carne, así horneada y desespinada, pasaba luego a integrarse en un molde con la forma del pescado, que finalmente acababa por cubrirse con una suerte de hojaldre en cuya superficie, eso sí con gran laboriosidad, se habían dibujado una bonita apariencia de “escamas”. Horneado de nuevo el conjunto, las escamas de hojaldre tomaban color, y el pescado, recompuesto así, llegaba a la mesa de los admirados y rendidos comensales.
       Bien, pues este es un ejemplo entre los muchos que cabría poner de los desaguisados que durante tantos años se impusieron en la cocina del pescado. Menos mal que la cosa ha vuelto en la actualidad, como no podía ser de otro modo, a sus cauces razonables; que no son otros que, si se trata de pescados finos y salvajes -que esto también es muy importante, porque hoy en día ya no es nada fácil encontrarnos con una lubina verdaderamente “salvaje”, pescada en su medio, el mar, a anzuelo- lo esencial, prudente y razonable, es tratarlo en la cocina con la mayor sencillez posible. Y eso nos lleva, en el caso de la lubina, y más si es de porte la pieza, a optar, como mejor formulación, por la cocción sin más. Luego, como compañía y sin restricciones, las salsas que uno quiera, incluso las más sofisticadas y atrevidas; pero el pescado: simplemente cocido... y en su punto.
Mi paisano Ezequiel Orosa se las gasta así con la poblada
fauna del Ortegal. No por casualidad se proclamó, en 2010,
Campeón de Galicia de pesca submarina  (la grande que
exhibe pesó 8,5 kilos) SUGERENCIA: haz "clic" sobre la
foto, si quieres verla ampliada... vale la pena.
      Y, ay el “punto”. Esa es otra. Porque los cambios y las modas han tenido también en esto su larga trayectoria. Y es gran pena; porque ofrecer el punto justo en la cocción del pescado es absolutamente esencial y determinante del resultado, de la brillantez o no del bocado que nos llevaremos a la boca. Toda la jugosidad, la delicadeza del sabor, y la redondez de la textura dependen de ese “punto”. Y, desde luego, llama la atención –y yo lo hago ahora- que en los restaurantes sea costumbre habitual y asumida que nos pregunten, a la hora de pedir una carne, un entrecot, por ejemplo, o un solomillo, cómo lo queremos: si muy hecho, poco hecho, al punto... Luego lo traerán como les dé la gana, pero al menos lo preguntan. Pero con los pescados, ni se les ocurre; ni nosotros tampoco -reconozcámoslo- se lo demandamos. Sin embargo, hacerlo debiera ser esencial: como poco, tanto o más que en el caso de la carne.
      Aquí en España, salvo raras excepciones, el pescado se ha pasado siempre de cocción, con la nefasta consecuencia de que el plato nos llegaba a la mesa, tantas veces, claramente insípido, o con una arruinada textura “harinosa”. De aquello, que estaba mal y fue general defecto, se ha pasado -y en eso están ahora muchos- a presentarlo prácticamente crudo, con la espina aún sangrante, en muchos casos. Sí; de aquellos lodos, hemos pasado a estos barros, cabría muy bien decir. Yo soy de la opinión de que en el punto medio está la virtud –y nunca mejor traído lo del “punto”-. El pescado, desde luego, es una ruina si, a fuerza de cocción, se deja seco y estropajoso; pero ello no puede llevarnos a que el bicho no se haya enterado siquiera de que lo han puesto al fuego. Yo tengo para mí, y esto les recomiendo, que el punto exacto está en ése en el que las carnes se separan de la espina con facilidad, aunque no de motu propio. Y ello se adivina muy fácilmente, con el único requisito de mantener la atención y no perder de nuestra vista el proceso de cocción, que ha de finalizar apenas un instante después de que la carne haya adquirido, en plenitud, el blanco radiante que marca el exacto punto.
      En todo caso, en esto como en tantas cosas, la mejor fórmula es la práctica y el ensayo. Pónganse a ello, y buen provecho.

y de postre, una receta...:

Lomos de lubina al horno

INGREDIENTES (para 4 personas): 1 lubina  de 2,5 kgr.; 4 patatas; 2 cebollas medianas; 4 tomates pequeños; 1/2 l. de caldo de pescado; 1 diente de ajo; 1 dl. de vino blanco; 20 gr. de jamón; 1 dl. de aceite de oliva; pan rallado, sal y pimienta.
 
PREPARACIÓN: Una vez limpia la lubina, se filetea para hacer los lomos. Cortamos la cebolla en medias lunas pequeñas, y las patatas en lascas, a la inglesa. En una sartén, sofreímos ligeramente las patatas y la cebolla. Al punto, añadimos el fumet de pescado y sazonamos con sal y pimienta. Dejamos reducir un instante, y lo pasamos todo a una fuente de horno. Encima, colocamos los lomos de lubina y los tomates, troceados. Introducimos en el horno, a temperatura media, y dejamos hacer durante unos 12 minutos. De nuevo en la sartén, en un poco de aceite sofreímos el ajo, el jamón y el pan rallado, añadimos el vino, dejamos reducir, e incorporamos este sofrito sobre la lubina cinco minutos antes de sacarla del horno.
 
...y un vino:
Guitián Godello fermentado sobre lías. Bod. La Tapada (D.O. Valdeorras)
 
      La blanca godello es varietal noble y antiguo entre los de la Galicia interior; ourensano en este caso. Y Senén Guitián, uno de los pioneros en la modernización enológica de estos vinos de tan primitiva resonancia.
    En el caso que nos ocupa, el vino se ha dejado permanecer durante un tiempo más en contacto  con las lías (levaduras y bacterias naturales) en las que ha fermentado, al objeto de potenciar su untuosidad y su complejidad aromática. Como resultado, su cata nos depara un vino de seductor color amarillo pajizo, con irisaciones verdosas. En nariz, resulta especialmente elegante la perceptibilidad de esos sutiles aromas de levadura, junto con los propios herbáceos y florales. En boca, se  mantiene estructurado, con buena acidez; graso en el trago, con un ligerísimo toque amargo, propio del varietal, y adecuada persistencia retronasal.


domingo, 8 de mayo de 2011

La boda de "Madame Bobary"

      Ay, los banquetes de antaño; aquellas bodas jocundas y golosas, en las que la burguesía provinciana echaba el resto, para alagar y sorprender a sus ávidos invitados. He aquí un magnífico ejemplo, en la descripción que Gustave Flaubert, en su gran novela "Madame Bobary" (1857), nos dejó del banquete que el rico granjero Rouault organizó para la boda de su joven hija Emma con el doctor Charles Bobary...
Gustave Flaubert
      Sobre la mesa, dispuesta bajo el cobertizo, se veían cuatro solomillos, seis pepitorias de pollo, ternera a la cazuela, tres piernas de cordero y, en medio, un bonito lechoncito asado rodeado de cuatro morcillas de acederas. En los ángulos, unas garrafitas de aguardiente. La sidra dulce embotellada rezumaba su espesa espuma alrededor de los tapones y todos los vasos aparecían llenos de vino hasta los bordes. Grandes fuentes de crema amarilla, que oscilaba al menor movimiento de la mesa, mostraban sobre su lisa superficie y en graciosos arabescos las iniciales entrelazadas de los recién casados. Para elaborar las tortas y pasteles se había llamado a un repostero de Yvetot, quien por ser la primera vez que actuaba en aquellas tierras había colocado todo su saber profesional y confeccionado un pastel de boda que levantó voces de admiración. La base, hecha de cartón azul, representaba un templo con sus pórticos, columnatas y estatuillas de estuco, y en las hornacinas puso las constelaciones recortadas en papel dorado; en el segundo piso se reproducía un castillo en pastel de Saboya rodeado de fortificaciones construidas con pacíficas almendras, pasas y gajos de naranja, y finalmente sobre la plataforma superior, que representaba una pradera verde con peñascos y lagos de mermelada en los que se veían barquitas de cáscara de nuez, un pequeño Cupido se mecía en un columpio de chocolate cuyos dos palos estaban rematados por dos capullos de rosas naturales.
      Se comió hasta muy tarde. Si alguien se cansaba de comer, se levantaba de la mesa y se iba a pasear por los patios o a jugar una partida de chito en la granja; después, volvía a la mesa. Al final, algunos se durmieron y hasta roncaron, pero a la hora del café volvió a animarse la reunión y empezaron las canciones, las pruebas de fuerza, los chistes y los abrazos a las damas.

miércoles, 4 de mayo de 2011

La gesta de María Pita


      Estos hechos que hoy vamos a evocar tuvieron lugar en la primavera de 1589, es decir, un año después del desastre cosechado por aquella Armada Invencible que Felipe II enviara contra la herética Inglaterra de Isabel I, Isabel Tudor, la que fue conocida también como la “Reina Virgen”. Esta circunstancia resulta crucial en el análisis de las razones estratégicas que movieron a la reina a encargar al corsario a su servicio Francis Drake el “raid” del que hoy vamos a ocuparnos, y en el que confluían muchos posibles intereses: de una parte, estaba la revancha, el desquite, el aprovechar la debilidad defensiva en la que había quedado España, para completar la liquidación de los restos de su Armada. De otra y concurrente, como se ha de ver, hay serios indicios de que el fin último de la operación contemplaba desgajar a Portugal de la soberanía de Felipe II. El resultado, en todos éstos, y otros objetivos que han de señalarse, se saldó en un estrepitoso fracaso para los ingleses. Todo empezó a ir mal cuando, en la primera y principal acción, el ataque a La Coruña, tras 15 días de asedio se vieron obligados a reembarcar. En aquella defensa heroica sentó plaza en la historia una mujer, de nombre María Pita.
Francis Drake
      Corría, decíamos, el año 1589. El anterior, el fracasado episodio de la Armada Invencible había puesto de manifiesto la vulnerabilidad de la flota de Felipe II. En Londres, la reina y su gobierno pensaron que, en cuanto pasara el invierno, la ocasión era que ni pintada para aprovechar el rebufo y acabar de liquidar el poderío naval español, atacando en los puertos donde se hubieran refugiado los barcos que habían logrado regresar. Si lo lograban, la ruta de Indias quedaría al fin totalmente a su merced. De paso, y como puntilla, si todo salía según lo previsto, cabría pensar en la liberación de Portugal y en la ocupación de las estratégicas islas Azores. Tal es la razón de que en la flota que se armó para la empresa, embarcara el pretendiente al trono portugués, Don Antonio, y uno de sus hijos, junto con un séquito de 16 caballeros portugueses que con él vivían exiliados en Inglaterra.
      Para la empresa, en el puerto de Plymouth se concentró una vasta flota, integrada por 120 navíos de vela, 16 pinazas y 5 galeras. Como almirante de la armada, la reina le ofreció el mando al corsario Francis Drake, cuya propia flota había integrado en la empresa, previa negociación de la parte alícuota del botín que había de corresponderle. Las fuerzas de tierra embarcadas, más de 6.000 hombres, actuarían bajo el mando de sir John Norris, e incluían 600 de caballería con sus correspondientes monturas. Tras proveerse de vituallas para una campaña de 2 meses, el 26 de abril se hacían a la mar.
      Todos aquellos preparativos no podían pasar inadvertidos para el espionaje de la época, que ya funcionaba con una eficiencia y agilidad que para sí quisieran muchas renombradas Agencias de Inteligencia de hoy en día. Así que la noticia de la amenaza ya había llegado a Madrid bastantes meses antes. Lo que no se sabía era el itinerario concreto que iba a seguirse ni la prioridad en el esquema de los ataques. En lo que hace a Lisboa, se habían remitido de urgencia refuerzos de tropas de tierra, y dispuesto nuevos emplazamientos artilleros en el estuario del Tajo, en Cascaes y en Peniche. También se había enviado un importante contingente de refuerzo a las Azores. Al menos esta vez, pensaron en Madrid, Drake no iba a sorprender, como ocurriera en Cádiz dos años antes.
Ría y puerto de La Coruña, en un
grabado de la época
      La mayoría de los barcos de la Invencible que habían logrado regresar estaban refugiados y en reparación en los puertos del Cantábrico; los más, fondeados en Santander, Laredo, San Sebastián y Pasajes, es decir, en el seno del Golfo de Vizcaya. Y hacia allí, en buena lógica y de acuerdo a las instrucciones reales, debiera haberse dirigido la flota atacante. Pero, según la razón que luego dieron, “por impedimento de los vientos contrarios” les fue imposible seguir ese rumbo, y decidieron atacar La Coruña.
      En esta sorpresiva elección pesaron también, sin duda, algunas otras razones, como la simbólica, no menor, de que el puerto gallego había sido punto de partida de buena parte de los barcos de La Invencible. También pesaba el conocido apoyo que la ciudad había prestado a la rebelión irlandesa. Y, tal vez determinante y más crematístico, la noticia-rumor extendida de que un galeón de Indias había desembarcado allí, hacía muy poco tiempo, un importante cargamento de oro y plata. Así pues, por éstas y las otras razones, y por el conocimiento de las débiles defensas con que contaba la ciudad y el puerto, las velas de la flota inglesa asomaron en el horizonte coruñés en la mañana del 4 de mayo de 1589
      Al conocimiento de la alarmante noticia, el gobernador y capitán general de Galicia, el marqués de Cerralbo, destacó dos balandras con la misión de cerciorarse de las intenciones de la flota que se divisaba, al tiempo que la ciudadanía y la escasa guarnición militar se aprestaba de urgencia para la defensa. La peculiar estructura topográfica de La Coruña de entonces dividía a la ciudad en dos zonas muy diferenciadas y casi independientes –también sociológicamente-: la Ciudad Alta (lo que hoy se conoce como “ciudad vieja”), núcleo primitivo, donde tenían su asiento las principales familias y las entidades jurídico-religiosas. Esta especie de ciudadela contaba con una fortificación de mejor entidad. De otra parte, adyacente pero separada con una mucho más débil fortificación independiente, estaba la llamada zona de la Pescadería, donde vivía el resto de la población, dedicada a las actividades pesqueras y mercantiles. Refugiados todos intramuros, el desembarco de los infantes ingleses se produjo sin tropiezo. Una vez en tierra y organizados, comenzó el asedio.
      A lo largo de quince días, los ingleses trataron en vano de abrir brecha en el recinto. El ataque principal se llevaba a cabo contra la muralla de la Pescadería, que logró resistir pese a las tres minas que los invasores hicieron explotar en la muralla. En una de ellas, la que explosionó el 12 de mayo, se produjo la memorable gesta de María Pita. Las crónicas de la época lo cuenta así: “Adelantose entonces a la brecha un alférez enemigo, animando con la voz y el ejemplo a los suyos para que avanzasen, poniendo con ello en grave apuro a los sitiados, porque, cansados unos y muertos o heridos otros, se veían a punto de sucumbir... En tan apurado y triste momento, una mujer, llamada María Fernández de la Cámara y Pita, se presenta y adelanta a los defensores armada de una pica, y dirigiéndose al alférez inglés le descargó un golpe tan certero que le derribó muerto, apoderándose en el acto de su bandera. Recobrando los defensores, a la vista de esta heroicidad, los ánimos abatidos, se lanzaron enardecidos sobre los enemigos, que optaron por pronunciarse en precipitada fuga”...
      Tal fue la gesta heroica de María Pita. Tras este decisivo episodio, todavía permanecieron los ingleses cinco días más, asediando la ciudad y saqueando cuanto hallaron en los alrededores. Al cabo, llegadas noticias de la proximidad de un ejército de refuerzo español, optaron por reembarcar y marcharse.

Decisivo papel del vino foráneo
     
      Y aquí, si se nos permite, al hilo de ese “saqueo” que los invasores llevaron a cabo en todo cuanto hallaron, merece mención especial un episodio singular: el caso del vino... que fue la rapiña que, a la postre, más sintieron los coruñeses.
Plaza de María Pita, con su monumento en el centro,
frente al Ayuntamiento coruñes
      De este episodio también cuentan con prodigalidad las crónicas inglesas de aquella expedición, y es que, para desesperación de sir John Norris, es lo cierto que buena parte de los infantes ingleses pasaron aquellos quince días “de borrachera en resaca”, y vuelta a empezar. La razón tiene su curiosidad, y es la siguiente: desde los tiempos medievales, el Concejo de La Coruña tenía la potestad de impedir la entrada en la ciudad de cualquier partida de vino de otra procedencia, en tanto no se agotasen las existencias del vino local, el que se elaboraba en la zona de su demarcación, en un perímetro de dos leguas en torno a la ciudad. Ocurría que aquel vino local era, francamente, muy malo, elaborado a partir de una uva antigua, llamada “romana”, que aún pervivía allí y que era la propia del lugar. Para proteger y garantizar su consumo, el Concejo había adoptado aquella medida, que obligaba a los coruñeses a agotar el suyo antes de poder consumir los vinos de fuera, de Rivadavia, del Bajo Miño, y también de Jerez y de Castilla.
      ¿Y qué ocurrió? Pues, desgracia sobre desgracia: a la llegada de los ingleses todavía quedaba en la ciudad vino local, y aquel codiciado foráneo aguardaba en los almacenes situados extramuros; y, claro, cayó en manos de los ingleses, que no dudaron en arremeter con él con desaforada ansiedad de “hooligans”.
      Desde lo alto de las murallas, los coruñeses sufrían horrores viendo aquella innoble rapiña, aunque tal vez sin ser conscientes entonces de la importancia que aquel hecho pudo tener en su propia supervivencia, ya que tal vez gracias al vino se salvaron, o cuando menos lograron atemperar la belicosidad de los resacosos atacantes.
      Y, en fin, el epílogo. Los fracasados ingleses reembarcaron en La Coruña, y pusieron rumbo hacia el sur, pero, tal vez porque la alerta ya había puesto sobre aviso a las guarniciones portuguesas, marearon la perdiz en una errática navegación indecisa por el Atlántico durante días. Al fin, el 26 de mayo desembarcaron el ejército en Peniche, bastante al norte de Lisboa, hacia cuya capital dispusieron la marcha, y a cuyas inmediaciones llegaron el día 2 de junio. Y allí se atrincheraron, al parecer frustrados por la sorpresa de ver que la ciudad no les abría las puertas, y que la rebelión interna con la que contaban tampoco acababa de producirse. Drake y sus barcos saquearon en cuanto pudieron el estuario del Tajo. Finalmente, al igual que en La Coruña, la tropa reembarcó en Cascáes, según se cuenta, en un ambiente de clara confrontación entre Drake y Morris.
      Durante las semanas posteriores se tuvo noticia periódica del deambular de la flota inglesa aguas adentro, no se sabe si, tal vez, aguardando la ocasión de hacer alguna presa en navío que vinieran de Indias, o esperando las condiciones meteorológicas que les favorecieran la navegación de regreso al norte. Al final acabó por perderse la pista. Y a últimos de septiembre corrió el rumor que la reina inglesa preparaba una nueva Armada de trescientas velas, en las que de nuevo se hallaba encuadrado Drake.
 
María Pita

      Nuestra osada heroína rondaba los 25 años de edad cuando protagonizó su gesta. La historia nos la ha dejado con ese nombre apelativo de María Pita, no obstante, parece que su nombre real era el de María Mayor Fernández de la Cámara y Pita.
Retrato idealizado de María Pita, en sus años
de acomodo y madurez
      De origen humilde y oscuro, en el tiempo de los hechos su situación era ya de viuda de un carnicero, de nombre Gregorio Rocamunde. Tras la acción de defensa desesperada, en la que también se distinguieron otras varias mujeres de gran coraje, como Inés de Ben, que recibió un balazo en la cabeza y otro en el muslo, María Pita se sumó a la tarea de recoger los cadáveres y de atender a los heridos, sin cuidarse de su acto heroico, que pronto cayó en el olvido, y por bastantes años.
      María, que debía ser una mujer de gran carácter y notable atractivo, pocos meses después del cerco se casó por segunda vez, ahora con un capitán de la guarnición, de nombre Sancho Arratia, con el que tuvo una segunda hija, bautizada Francisca.
      Cinco años más tarde se encontraba de nuevo viuda, y en 1599 celebró su tercera y última boda, esta vez con un acaudalado alguacil, don Gil Figueroa, propietario de numerosas fincas en Ledoño y en San Pedro de Nos, con el que tuvo dos hijos varones, Juan y Francisco.
      Fue al enviudar de nuevo, con los dos chicos aún niños y las dos hijas casaderas, cuando se decidió a remitir al rey Felipe II una carta en demanda de reconocimiento y de ayuda. No es que su situación económica fuera entonces singularmente apremiante, pero resulta cierto que andaba bastante liada en pleitos con la familia de su fallecido marido, por cuestión de la propiedad de las tierras del difunto. Y el rey atendió su petición, concediéndole el título de alférez, con la paga que correspondía a ese grado, de diez escudos mensuales, más la concesión de ciertos permisos para la exportación de mulas a Portugal.
      Y así, mudada en propietaria rural de buen pasar, discurrieron los últimos años de María Pita, sin que se sepa con exactitud la fecha de su muerte, que debió acaecer hacia 1643. Felipe III tuvo a bien perpetuar en sus descendientes el grado y la paga de alférez en activo que habían recompensado la, ya a partir de ahora sí, reconocida proeza heroica protagonizada por aquella joven veinteañera, en el mes de mayo de 1589, defendiendo heroicamente la peligrosa brecha que la explosión de una mina había abierto en la muralla coruñesa.


martes, 3 de mayo de 2011

Chalota, escarola, o cebolleta de Ascalón

      Sí señor, esos tres nombres, y aún alguno más, recibe esta pequeña variedad de cebolla, cuyo concurso se nos ofrece, cada vez con mayor presencia, en las sofisticadas recetas de alta cocina.
      Probablemente es así, en buena medida, porque el nombre resulta todavía exótico; de hecho, al menos en nuestro país, el recurso a la chalota no tiene más allá de veinte años; aunque hay que reconocer, y constatar, que, efectivamente, su concurso en los últimos tiempos es ciertamente frecuente, y hasta habitual en el enunciado de muchos platos de restaurantes de ínfulas.
      ¿Y qué es la chalota, también conocida como chalote, o escalonia? Pues una variedad de cebolla, más pequeña de tamaño, más ligera y tenue de sabor, que hace llorar menos, y que tiene una estructura interna dividida en una suerte de “dientes” independientes, de un modo parecido al que presenta el ajo. De ahí, de esa similitud aparente estructural, deriva precisamente su nombre científico, “Alium scalonium”, que vendría a ser, en la traducción, “ajo de Ascalón”. Y cabe preguntarse, ¿cómo es que el naturalista que “bautizó” esta hortaliza se confundió en su día tanto como para nombrar ajo a lo que claramente es cebolla? Pues también tiene una explicación, que no es otra que el hecho de que cuando se le designó con ese nombre, el bulbo en cuestión, silvestre entonces, era realmente diminuto, muy parecido, en su forma, a lo que hoy conocemos como “ajetes”, o “ajos tiernos”. Los múltiples cruces y selecciones de semillas, a lo largo de los siglos, obraron al fin el milagro del porte que hoy conocemos; aún, con todo, ciertamente modesto, aunque superior, en todo caso, a esa otra cebolla diminuta, también muy de moda hoy en día, que por aquí reconocemos como “cebollita francesa”, diminuta, que en guisos siempre se presenta entera y resulta excelente como guarnición. 
Batalla de Ascalón,
en la Primera Cruzada
      Procedente de Francia también nos llegó la chalota, que hoy nos ocupa. Y decíamos que, además de por ese nombre, también la conocemos como “escalonia”, o “cebolleta de Ascalón”. El porqué de estas dos denominaciones, por supuesto que también tiene su oportuna y razonada explicación, que no es otra que el lugar de origen de su descubrimiento por los cocineros occidentales. Según se cuenta, la escalonia fue traída a Europa, en la Alta Edad Media, por los soldados de las Cruzadas, que habrían tenido su primer conocimiento de ella en tierras de Palestina, y más concretamente en la zona de Ascalón, que era un puerto antiguo de aquella costa.
El puerto de Ascalón, en la actualidad
      Hoy en día, tras esas infinitas selecciones y cruces que le dieron el mayor tamaño, también cabe anotar, como logro de horticultura, la existencia de un amplio catálogo de variedades diferencias, y no tanto en su sabor como en su apariencia y color. La utilidad conveniente de unas y otras dependerá mucho de los guisos a los que estén destinadas. En general, para su consumo en crudo, en ensalada, nuestra recomendación apunta a las más blancas y grandes. Igualmente, convendrá saber que la variedad más rojiza, de procedencia americana, resulta de menor finura sápida.
      En cuanto a propiedades alimenticias, en todo son semejantes a la cebolla común. Sí ofrece, en cambio, la chalota una mejor digestión que su prima hermana mayor, además de cumplir con mejor eficacia a la hora de servirse de ella como instrumento para espesar las salsas. Invernaderos aparte, que garantizan su provisión todo el año, la primavera es su tiempo sazón para adquirirlas frescas y naturales. Buen provecho.






lunes, 2 de mayo de 2011

Destellos de Hollín (Pag. 124 a 134)


3. EL EXTRAVÍO DEL BOTÍN BUTRÓN

      La cárcel es universidad para quien ansía atajar por la calle de enmedio. Los ejemplos allí son tan próximos, tan reales e influyentes, que resulta muy difícil, por no decir imposible, substraerse a su fascinante atención. Aunque se fuercen los modos, las distancias resultan tan obligadamente cortas que acaban por imponerse en lo sustancial, por más que cada cual, en los casos primerizos, pretenda mantener a su modo y durante un tiempo la apariencia de una singularidad propia, excepcional y como al margen de tan indeseable marabunta.
      La estancia de Matías en prisión, aunque formalmente lo fuera, no resultó para él “primeriza” en su experiencia, comportamiento y recursos. Diríase que hasta le rejuveneció, en la memoria rediviva de los años rusos. El régimen carcelario de aquí resultaba casi palaciego al lado de las acritudes límite que él había tenido que soportar durante tantos años en los Urales. Matías contaba así, ciertamente, con infinitas ventajas en orden a una pronta y fácil adaptación. Sin embargo, la mezcla del terror insuperable que en su ánimo había dejado aquella experiencia, y la angustia de revivirla ahora, aunque fuera así, en un blando remedo, junto con la impronta de altivez heredada, tan consustancial a su carácter, entramparon de inusitada dureza los nueve meses de su encierro.
      De un modo premeditado, desde el primer día dio Matías en repartir miradas y gestos de criminal furibundia, llegando, en ocasiones escogidas de gran concurrencia, a materializar en ajustados prontos violentos una suerte de mensaje de loco intratable e indomable que muy pronto surtió el efecto deseado de aislarle de cualquier trato con los demás reclusos.
      Tenía Matías en esta época 48 años y mantenía una forma física envidiable. En ningún caso consintió en dejarse vencer por la rutinaria indolencia presidiaria, antes bien, gustaba de exhibirse en la celda y en los patios en plenitud de arrogancia, siempre impolutamente aseado, vestido al límite del dandismo que permite el reglamento, permanentemente engominado de refulgentes brillos y con la línea de su singular perilla tan milimétricamente perfilada como el trazo fino de un pintor de Corte.
      En sus largas horas de reflexión, paseando arriba y abajo los patios, Matías alcanzó al fin a ver con clara lucidez el negro panorama que debería afrontar a la salida. La ruina era, por segura, ineludible. Y esa idea de un futuro de pobreza, que él asimilaba como indignidad, junto con el pronóstico que para él se hacía de no ser capaz de verse en ningún oficio o empleo imaginable, dieron en torturarle hasta la ofuscación. Fue en ese caldo de cultivo, de angustiosa fertilidad, donde comenzó a germinar en su cabeza la idea de apostar y llevar a la práctica una salida que, a fuer de sinceros, ya tenía ensayada teóricamente desde algún tiempo atrás: un golpe, un golpe perfecto para él, en el vecino almacén de joyería, ‘Joyre, S.A.”, que el destino, acaso con ese fin de aliviarle en una urgencia imperiosa, había situado pared con pared con su ruinosa fábrica de corbatas.
      Requisito obligado para garantizar el éxito era una buena planificación, reposada y cuidada en todos sus detalles y plazos, hecha con tiempo. Pero para eso estaba él allí, rodeado de eméritos de contrastada formación, en el lugar ideal, para reflexionar en el tiempo y con todo el tiempo del mundo. La empresa, además, exigía un cómplice fiel y profesional, un cualificado experto en reventar no sólo paredes sino cajas fuertes; y no sólo una, sino varias. Sólo había que buscar, elegir y atinar. Por último, había que fabricar un culpable. Sabía Matías que, por natural perspicacia, la policía y más con este antecedente carcelario de ahora no dudaría en fijarse en él como principal sospechoso ... salvo que un reparto de pruebas, bien amañadas y dispuestas de manera eficaz, señalaran con evidencia, incluso al investigador más pedestre, directamente hacia otra persona. En menos de un segundo, en el breve rictus de un flash de sonrisa iluminada, halló Matías el nombre del victimario mochuelo adjudicatario del marrón: “Richard”, querido Cajete, ¡te ha tocado!..., pensó para sí, resolviendo la cuestión.
      La localización del cómplice ejecutor ideal fue más fácil para Matías que convencerle luego de llevar a cabo el trabajo. Se llamaba Abel Zabaleta Rekarte, más conocido en el oficio como “Bermeo”, un profesional de mucho respeto y acreditada cualificación, casi tan hosco y ceñudo en su vida carcelaria como el propio Matías, e igual que él especializado en ahuyentar de raíz la más mínima confianza. Matías empleó más de un mes en observarle en la distancia y en conocer de él todos los detalles posibles, guardándose mucho de levantar sospechas al respecto de su curiosidad. Así supo que era viudo, sin familia conocida, que había aprendido los rudimentos de su mágica ciencia como aprendiz, primero, y destacado oficial después, en una de las fábricas más importantes de cajas de caudales de Vizcaya. Que por cuenta de aquella empresa, y por una sensibilidad digital nata fuera de lo común, dio en recibir encargos de abrir sin violencia ésta o aquella caja, de aquí o de allá, de la propia u otra marca, igual le era, que un mal uso o un descuido habían estropeado o bloqueado en cualquier lugar del país. Que al tiempo de crecer su fama en el sector, la virtud hecha pecado, dio en medrar también el recelo en sus patronos, y en sentirse éstos humillados y acomplejados por la prodigiosa facilidad con que Abel manipulaba sus cofres, cual si fueran cajones de mesilla de noche. Y que se vio así en la calle por ello, y que desde entonces sólo ansiaba vengarse; habiéndolo logrado con éxito en múltiples ocasiones. Eso decía su fama. Tal era su leyenda.
      Matías iba procesando los datos y advirtiendo al paso que, aún aplicándoles la reducción de fantasía que siempre, inevitablemente, acompaña al mito, con que la mitad del historial de ‘’Bermeo” fuera cierto, aquel era su hombre sin el menor género de dudas. Y acabó al fin de decidirse cuando resolvió la última, nada baladí, por cierto: si realmente era tan bueno, tan extraordinariamente eficaz cómo se contaba, ¿qué hacía allí? ¿cómo es que había ido a dar con sus huesos en la cárcel?. Por traición, le dijeron. “Bermeo”, según le explicaron, había “trabajado” los últimos tiempos con un socio; un ayudante más que socio, que le dejó vendido y tirado en Barcelona y ahuecó con el botín rapiñado por ambos en los tres últimos golpes. De eso hacía dos años largos, los que “Bermeo” venía penando con aquella rabia contenida que le hacía intratable.
      La estrategia de aproximación de Matías, cauta y prudente en grado sumo, fue poco a poco dando sus frutos, hasta acabar trabándose entre él y “Bermeo” una relación de mutua simpatía cada vez más sincera. Las historias de Matías, que tan bien sabía contar, enganchaban sobremanera al vasco, quien, en justa reciprocidad, fue también liberando relatos cada vez más íntimos de sus propias vivencias. Hasta que, de uno de ellos, surgió la mejor carambola imaginable.
      Matías no cabía en sí de alegría, y no pudo dejar de pensar que aquella extraordinaria coincidencia era la mejor prueba del destino favorable que los hados habían previsto para a su empresa: ¡”Gardel”!¡Era “Gardel” el bicho que había engañado a “Bermeo”!...Sin duda alguna: ¡el cabrón de “Gardel”!
      De estar en la calle y en otro ambiente, querido por alguien e imbricado familiarmente, es bien seguro que “Bermeo” llevaría ya muchos meses recibiendo algún tipo de tratamiento psicológico intensivo. Con prístina evidencia se hacía ver en él una suerte de patología aguda, reiterada y omnipresente, motivada por el odio cerval y obsesivo que sentía hacia aquel personaje que le había traicionado. A tal punto llegaba la rabia del aborrecimiento, que evitaba hasta el dolor de nombrarle, sustituyendo siempre su referencia por un rebosante catálogo de las más salvajes imprecaciones.
      Matías no había reparado en los detalles que “Bermeo” venía soltando al vuelo y con tanta frecuencia acerca de la fisonomía de aquel sujeto, entendiéndolo, por pasado, totalmente ajeno al interés de la estrategia de complicidad que pretendía. Sin embargo, un domingo, en el paseo de la tarde, la quejosa letanía del vasco provocó en él un luminoso destello de clarividencia; una sacudida de violenta emoción que a duras penas Matías fue capaz de controlar, al escuchar de la boca de su colega la pieza decisiva que en un instante venía a ordenar el rompecabezas, y a resolver la principal pega de todo el plan.
-- ...Aquel hijo de su puta madre... ¡Mierda de suerte, Matías, ¡cómo me engañó!. Si es que tenía que haberlo visto; haberme dado cuenta antes, ¡mariconazo! ¡Si era un fullero!. Sí, un tramposo profesional, créame...,¡siempre canturreando tangos, y con todas las cartas marcadas!...
-- ¿Qué?...¿Qué?... Per...perdóname, “Bermeo”, estaba en otra cosa...¿Qué dices que cantaba aquel socio tuyo?...
-- ...Tangos. El cabrón se pasaba el día cantando tangos, ya lo creo que sí. Barajaba, cantaba un tango por lo bajinis, a lo zorro... Repartía las cartas, y seguía cantando... Y te apuñalaba la cabeza, y seguía y seguía con la mierda del tango ...Sólo vivo, se lo juro, Matías, para buscarlo y echármelo a la cara algún día, que ha de llegar, ¡por éstas!, y poderle meter la “cumparsita” entre las tripas... Es mi sueño, vea usted, no tengo otro. Lo que me mantiene vivo ¡Y le juro que lo voy a cumplir!.
-- Ya. Lo comprendo... Pero, claro, ¡quién sabe dónde estará ahora!...¿No tienes ni idea, no?
-- No. No señor ... Y eso es lo que me vuelve loco...
      Con un esfuerzo admirable de contención, en calculadas dosis de infinita sutileza, Matías fue completando en los días siguientes los datos que confirmaban la identidad intuida de aquel personaje tan odiado por “Bermeo”. Parecía increíble: pequeño, regordete, de unos cincuenta años, catalán de acento inconfundible, Carlos de nombre, ...jugador profesional de “tresillo”, fullero y aficionado a los tangos... ¡Increíble! ¡Sencillamente increíble!... ¡Si se habría dejado Matías “manos”, y pelas y noches enteras frente a él! ¡Cómo iba a olvidar el acogotamiento de tantas horas aciagas bajo aquella cínica sonrisa que recogía parsimoniosamente el dinero del tapete mientras te restregaba a media voz con “madreselvas en flor”! ... Por supuesto que le conocía y le ubicaba bien: en Madrid, en la calle Peñafiel íntimo de “Richard”, que se lo había presentado. Conocido y reconocido, claro está, ya lo creo, por su afición canora, como “Gardel”.
      La jugada, maestra por demás, ofrecía una nueva carambola al plan de Matías: si “Richard” había de ser el culpable, el adjudicatario del marrón, más y mejor habría de parecerlo si, con las pruebas y rastros que conviniera “sembrar”, se hacía ver que había actuado en complicidad con un sujeto experto en ese tipo de golpes y sin duda ya fichado por la policía por las denuncias sumariales de “Bermeo”. Sin embargo, por otra parte, pensó Matías de inmediato, aquella luz favorable dibujaba también una sombra inquietante: ¿Y si esta maquinación resultara premonitoria? ¿No estarían “Richard” y “Gardel” pensando o preparando ya ese mismo golpe?... No quedaba más remedio que cruzar los dedos, suponer que no, y darse toda la prisa del mundo en prepararlo todo para poder acometerlo cuanto antes, inmediatamente después de su puesta en libertad. Matías cumplía en Navidad, y “Bermeo”, según sus cuentas, entre febrero y marzo, como muy tarde. En todo caso, la principal pega que hasta aquel momento había impedido a Matías participar su plan a “Bermeo” parecía haberse despejado al fin.
      En todo el tiempo de su calculada aproximación al vasco, a cada paso de avance en la auscultación, siempre sobrevenía en el ánimo de Matías, inevitable e irresoluble, un impedimento crucial: “Bermeo” era el cómplice ideal, cierto; el único capaz de llevar a cabo la empresa con éxito, seguro; y parecía serio y razonablemente fiable, sí; sin embargo, de llevar a cabo el plan como había proyectado, y no podía ser de otro modo, ¿qué garantía podía tener de que “Bermeo” cumpliría con su parte?. Esa cuestión le había quemado muchas horas de insomnio en la celda y de ausencia en el patio, sin lograr despejar una solución adecuada.
      Según lo previsto por Matías, el golpe debería dejarle a él al margen, si no de sospecha, que la daba por inevitable, sí de cualquier posibilidad de implicación directa. No podía, además, por muy suculento que fuera el botín, poner en cuestión su propia virtualidad futura ni condenarse a ser un huido de la ley, entre otras razones porque tenía un patrimonio que negociar y una posición que ambicionaba para él, respetable, en los años venideros. Tenía planificada una coartada perfecta: cuando ocurrieran los hechos, él estaría fuera, muy lejos desde varios días atrás, rodeado de testigos que pudieran dar fe de ello. El marrón sería para “Richard” y “Gardel”, eso resultaría fácil... Pero si, consecuentemente, “Bermeo” tendría que realizar el trabajo solo, y huir después también solo con el botín, ¿cómo podía apalancarlo para que cumpliera luego con su parte en el reparto?. “Bermeo”, un ser solitario como él, sin familia ni ataduras, se ofrecía inmune a cualquier chantaje... hasta que el azar quiso disponer a su mano el único flanco de dominio que podía sujetarle: “Gardel” era la clave. Si el odio visceral que profesaba a aquel hombre era tan profundo, vital y patológico como parecía, sin duda daría un brazo, o, mejor aún, medio botín, por el dato esencial de su localización.
      Sin bajar la guardia en la dosificación de la prudencia, aunque sí acelerando ya los pasos de un modo plenamente decidido, Matías, tras calibrar hasta un punto de razonable satisfacción la intensidad del odio de su futuro cómplice, descubrió sus cartas, por delante y a las bravas. “Bermeo” sudaba indignación al oírle; las venas de las sienes y el entrecejo dieron en dilatársele, a punto de reventar; sus ojos se inyectaron en sangre y los brazos rompieron la crispación con un temblor convulso que estalló al fin, liberándose, en un amago de estrangulamiento en el cuello de Matías, que no llegó a completarse por bien poco, gracias a la pronta intervención de los otros internos que paseaban cerca.
      De la pelea, de la que ninguno quiso reconocerse por inductor ni víctima, derivaron doce días de incomunicación para ambos. Matías pasó los suyos inmerso en una angustiosa desazón, comido por la duda de saber si su brusquedad al plantear la cuestión habría tal vez dado al traste con el meticuloso cálculo que había hecho de la respuesta previsible de “Bermeo”. Creía conocerle bien. De hecho, presumía para sí de haberle calado con total amplitud en todos los matices, por otro lado no demasiado complejos, de su carácter y personalidad.
      Un hombre, “Bermeo”, de natural apocado, imbuido de una timidez rústica que le hacía genéticamente incapaz para un mínimo desarrollo de conveniencias y protocolos. Realmente, según el diagnóstico de Matías, se trataba de un ser desvalido, propicio a la docilidad y al acatamiento, al que el azar innato de una destreza insólita y extraordinaria había situado en el disparadero incómodo de tener que autoconducirse. Según este esquema, de cuya consistencia Matías se veía ahora tentado a dudar obligado por la incertidumbre de su encierro, “Bermeo” se sentiría más naturalmente conforme en el ejercicio de la fidelidad que en el del liderazgo, aunque, dadas las circunstancias, fuera conveniente, en todo caso, que lo uno se solapase, enmascarado con habilidad, con lo otro.
      El reencuentro inevitable tras la sanción reprodujo en el patio carcelario la misma escena de amagos, retos y querencias que hubieran protagonizado en un corral dos gallos de cresta colorada. Matías recelaba, en realidad, más de un nuevo paso en falso que de falta de coraje para volver a intentarlo. Su principal problema era la prisa, la urgencia que le acuciaba, y la certeza que tenía de la idoneidad de aquel loco venado para materializar su plan.
      De no ser por eso, descansaba en lo demás, ya que recordaba que la violenta reacción de “Bermeo” al saber de su conocimiento de la localización actual de “Gardel”, no había dado lugar a poco más que un esbozo, sin detalles ni circunstancias, del atraco que se traía entre manos. El dato de que el vasco no hubiera soltado prenda a los funcionarios a la hora de explicar la motivación de la pelea dejaba para él abierta al menos una brizna de esperanza. No cabía más apuesta que aguardar el prudente plazo de unos días, antes de considerar la incierta posibilidad de buscar otra opción.
      El cómico duelo cruzado, de recelos y mutuas miradas sorprendidas entre ambos, concluyó al cabo de quinto día, cuando “Bermeo” se decidió al fin a interrumpir el paseo marcial de Matías arriba y abajo del patio.
-- Matías, por favor, quiero hablar con usted un momento. ¿Puedo?
-- Por supuesto que sí. Te escucho, “Bermeo”, dime...
-- Bueno. Se trata de... En fin, que quería decirle que lo que pasó...
-- Lo que pasó es que estás loco, “Bermeo”. Loco y obnubilado ... No entendiste nada. Es decir, no me entendiste nada...
-- Ya. Lo sé... Déjeme, por favor, que le explique ... Por favor, déjeme... Por eso quiero hablarle. Lo he pensado mucho, y he comprendido su razón. Ahora lo comprendo, de verdad... Seguramente yo en su lugar haría lo mismo, pero es que el otro día no pude soportar la idea de que durante tanto tiempo usted supiera de ese tipo cabrón, y no me dijera nada... Me sentí engañado una vez más; eso es lo que pasó, y no lo pude soportar. Pero ahora lo comprendo, créame. Le comprendo a usted y comprendo sus razones...
      En poco tiempo, Matías y “Bermeo” hallaron al fin el camino de la franca comprensión que a ambos convenía. Se explicaron, se disculparon, e iniciaron los trámites del acuerdo tácito de complicidad para llevar a cabo el delictivo plan de Matías.