miércoles, 17 de noviembre de 2010

Destellos de Hollín (Pag. 48 a 58)


estirpe, sin que pueda buscarse otro referente anterior que lo explique, tuvieron fama de brujas.

      Angustias, es verdad, ejercía la nigromancia, y dispensaba también, por encargo, encantamientos y pócimas de la más variada especie, siempre inocuos, eso sí, elaborados con saludables hierbas del campo. Lo hacía sin fe, consciente del fraude, empujada más por la demanda que por convicción. La maldita herencia, se decía, que ya que no se puede truncar, por lo menos que sirva para ganar unas perras.

      Daniel y Melchora, empujados por el lacerante reproche de la mirada de don Graciano, tanto más inhóspita cuanto más se hacía evidente en la joven el trazo fecundo de su creciente orondez, marcharon también a Madrid, apenas cinco meses después de haberse casado. Indalecio les acogió en la capital con absoluto entusiasmo. Se sentía feliz y descargado con la constatación de la eficacia germinal de su hermano pequeño. A pesar de vivir sin tiempo, en un frenesí laboral vertiginoso que le llevaba, de dependiente-repartidor en un ultramarinos, mañana y tarde, a camarero, de cinco a nueve y media de la mañana, en la cantina de la Estación del Norte, y ocasional ayudante de cocina, los domingos y festivos, en los “Salones Flor de Azar”, bodas y banquetes, sacó aún tiempo Indalecio para buscar, con afán selectivo, el mejor empleo que cupiera imaginar para el trío de recién casados. Una oportunidad, que el destino favoreció muy prontamente y, además, suerte y azar que así lo quisieron, puerta con puerta.

      El negocio vecino al ultramarinos, en la calle Hileras, semiesquina a Arenal, cogollo castizo de la Villa y Corte, era una vieja casa de rancia solera. “Ornamentos Izaguirre”, rezaba, nunca mejor dicho, el luctuoso cartelón de su fachada, dibujado en letras góticas con sobria orla de plata. Debajo, en su amplio escaparate, se exhibían, con ordenada pulcritud, una amplia muestra de cálices y custodias de diversos estilos y diferente acabado, desde el propio de una catedral hasta el sencillo adecuado a una capilla de barrio. La composición de la muestra se completaba con amitos, estolas y cíngulos, repartidos aquí y allá, un par de imágenes de vírgenes de pequeño tamaño, y en el lugar destacado, centrando la visión del escaparate, una soberbia capa pluvial recamada en oro y flores polícromas.

      Doña Ramona Leralta, desde hacía poco viuda del malogrado don Aniceto Izaguirre, llevaba ahora sola el negocio con abrumador esfuerzo, de ahí que acogiera como agua de mayo la sugerencia que le planteó Indalecio de emplear a su hermano recién llegado. E hizo más doña Ramona. Calculó y sopesó, y contrató al matrimonio completo, en lote, casi por el mismo precio, Melchora para la casa, y Daniel para el comercio. En su conciencia, además, doña Ramona llegó a convencerse, con gran consuelo de espíritu, de que en el trato había habido por su parte mucho de caridad cristiana, y así se encargaba de recordarlo, con harta frecuencia, en cada ocasión en la que el inminente vencimiento de un pago encrespaba sus ácidos estomacales, o cuando, en la permanente revista diaria, descubría el más mínimo fallo de orden, o el despiste intolerable de la evidencia de una mota de polvo. Sin embargo, más cierto sería reconocer que en la propuesta vio la viuda el cielo abierto; y hasta, llegó a pensar, el amparo mediador de su difunto marido, que desde el más allá acaso terciaba así en el destino para aliviarle el peso de tanta ausencia. Desde luego, consideró la vieja muy positivamente la circunstancia de que Daniel fuese hermano de Indalecio, al que tenía por ejemplar trabajador y modelo de seriedad, y acabó de convencerse aún más cuando supo que el recién llegado, sin malear todavía, pensó, había sido seminarista, lo que le hacía perfecto para el negocio, al suponer la vieja, con bastante razón, que de tal experiencia cabía inferir en el joven un conocimiento cuasi profesional de la nomenclatura y usos de tan peculiar mercadería, además de una adecuada disposición para el trato directo con unos clientes sin duda alguna especiales, como lo eran párrocos, abadesas, canónigos, sacristanes y demás jerarcas del clero.

      Y no erró doña Ramona en su apreciación. En menos de un año Daniel ya llevaba prácticamente solo el negocio, y el nivel de las ventas crecía casi en la misma proporción que la confianza y cariño que doña Ramona dispensaba a la pareja, y éstos a ella, hay que decirlo, en justa reciprocidad. El aglutinante motor de esa creciente familiaridad lo puso el nacimiento y crianza de Tomás Almendrilla, al que doña Ramona acogió como un nieto regalado.

      Diez años después, todo había cambiado y madurado para bien y mejor. Melchora se sentía feliz, y más ama que criada. Daniel otro tanto, revestido para sí de todas las responsabilidades y zozobras que atañen a un empresario comerciante, aunque formalmente no lo

fuera. Doña Ramona, a su vez, vivía en plenitud de dicha, gozando la luminosa familiaridad que había regenerado su casa, y entregada en cuerpo y alma a los caprichos y mimos que prodigaba a Tomás, su nieto postizo. Todo, en fin, marchaba divinamente, a qué extenderse. Todo en paz y orden, progresando. Hasta la noche de aquel fatídico 16 de noviembre de 1967, de los santos Edmundo, arzobispo, y Elpidio, mártir, cuando el divino fuego vino a resolver en tragedia la sacrílega osadía del trío.

      El niño Tomás se salvó por los pelos. Y tanto que sí, porque fue así, tirando a tientas de su cuidada melena, como uno de los bomberos actuantes, en medio de la negra humareda, logró rescatarlo del fondo de la cama, donde, acurrucado bajo las mantas, se había refugiado el chaval, mudo de espanto. Ellos, Daniel, Melchora y doña Ramona, perecieron abrasados, consumidos en la infernal fogata que su inconsciente y temeraria locura había provocado.

      La referencia periodística del suceso, y la investigación policial y judicial subsiguiente, resolvieron, sin mayores profundidades, que la causa del trágico siniestro había sido la fatal concatenación de dos factores: por un lado, la emanación de gases del brasero, bajo la mesa camilla, que les dejó inconscientes; y por otro, simultáneamente, el incendio de la estufa de keroseno, que no pudieron atajar en su amodorrante ausencia. Pero no fue así, sino peor y más grave.

      Lo sucedido realmente, que el niño vio en su comienzo, espiando tras la puerta antes de acostarse, y que luego calló y no llegó a entender hasta muchos años más tarde, fue la consecuencia de otra bien distinta concatenación, cien veces más peligrosa e impredecible: la obsesión vesánica de una vieja, por una parte, y la ignorante insensatez de una joven lunática, por otra.

     Ocurrió que, al paso de la confianza, poco tiempo después de iniciar la convivencia, su anfitriona confesó a Daniel y Melchora lo que éstos ya sospechaban casi desde el primer día de entrar en la casa: que doña Ramona ensayaba prácticas espiritistas, en un loco afán por contactar con su difunto Aniceto, que tan huérfana la había dejado. Esta era la insensata obsesión que obnubilaba a la vieja.

      La cosa no pasaba, en un principio, de extrambóticas invocaciones salpicadas de latinajos en la penumbra del gabinete, con dos cirios encendidos sobre la mesa camilla, y un hilo de humeante sándalo como todo atrezzo. Pero estas cosas, como siempre ocurre cuando hay fe y se fracasa, bien se sabe, de ahí su peligro, sólo hacen que ir a más. Y cuanto más huidizo se mostraba el difunto Izaguirre, más empeño y parafernalia disponía en contactarlo doña Ramona. Así fue como, ganando cada vez más desquicio su locura, revisando libros prohibidos y recogiendo consejas de aquí y de allá, como material no le faltaba, dio con el tiempo la vieja en transformar el doméstico gabinete en verdadera capilla heterodoxa, irreverente, escandalosa y herética. Un cromo de espeluznante presencia que en la complicidad de los tres mantenían oculto a las visitas y también al niño, muy particularmente al doncel Tomasito, por la caridad de no traumatizarle de por vida.

      Lo que pasó, pasó porque tenía que pasar, que el destino es muy dueño y así lo había dispuesto, cierto que sí. Pero también convendrá anotar y dejar dicho, en honor al buen nombre y mejor memoria de Daniel y Melchora, que en el sacrílego disparate que indujeron no hubo maldad consciente, sino más bien ganas de dar consuelo a la empecinada exigencia de doña Ramona.

      Daniel tuvo la culpa, el día en que su bocaza soltó a doña Ramona el secreto más vergonzante de su esposa. Melchora bien le había advertido y suplicado mil veces que no mencionara, en ningún caso y bajo ninguna circunstancia, su ascendencia brujeril y el estigma de “las Gabachas”. Pero Daniel, por presumir y darse importancia, ahora una clave, luego una pista, acabó largándole todo, y más aún de su invención, a doña Ramona, que no paró desde entonces de presionar a Melchora para obligarla a ensayar algún rito aprendido en su hermético acervo.
      Melchora vivía, pues, agobiada por no poder complacer a aquella señora que tan buena era con ellos y que tanto quería al niño. Pero lo cierto es que nada sabía de fórmulas ni sortilegios, y mucho menos que fueran capaces de contactar con un difunto pertinaz como don Aniceto, contra el que tantos intentos anteriores habían fracasado. Consultó con su madre, y recibió la respuesta que esperaba: De verdad. De verdad -vino a decirla-, no hay en las maniobras más que cuento, mentira y engañifa. Cuando a veces funciona, que sí, que a veces sí, o es por casualidad o por el prodigioso e inexplicable portento de quien, queriendo, se engaña, y cree, y vé, y experimenta el milagro. Pero doña Ramona, en su urgencia, recibía cada vez peor las dilatorias excusas, e ignoraba y tomaba a mal y por desprecio las sinceras explicaciones que Melchora le daba acerca de la falsedad del presunto oficio heredado. La situación llegó a hacerse realmente embarazosa, y hasta a poner en riesgo el futuro y la permanencia del matrimonio en la casa. Asi que Daniel, visto el cariz, se vio obligado a tomar una determinación, y él mismo urdió y transfirió a Melchora la parafernalia que, al fin, habría de llevar a los tres a la presencia eterna de don Aniceto.

      Pensando en disponer el cuerpo del modo más propicio a los efectos deseados, desveló Melchora, por encargo de Daniel, que en el día señalado, en el punto y hora exacta de la puesta del sol, deberían los tres oficiantes, reunidos allí en místico círculo en torno a la mesa mediática, ingerir cada uno medio cuartillo de vino de consagrar, dispuesta cada ración formalmente en su correspondiente vinajera de fino e inmaculado cristal checo. Luego, cada hora, a intervalos precisos hasta la medianoche, deberían repetir la libación. Como complemento litúrgico para la ocasión, por dar empaque y contenido al ritual, ideó Daniel una jaculatoria supuestamente hermética de la que repartió a cada una su copia correspondiente. Preciosamente escrita en letras góticas, decía así:

 

“¡Questum vinum invocatum, Anicetum!.
... aceptan presentian nostram.
... (Bis).
Revivere sepulcratis et torna pronovis.
¡Prego!. ¡Prego!. ¡Prego!.
... Ad centrum... pa dentrum”.

      La sacrílega ceremonia, tras el increscendo preparatorio del trasiego de vinajeras -cayeron siete, desde las seis que empezaron, pues tan de huidizo es el sol en el horario de invierno- llegó a su momento álgido al punto de la medianoche, cuando, según el protocolo anunciado, vinieron los tres a sentarse en torno a la mesa camilla y dispusieron, con más ansia y algarabía de la que fuera tenida por prudente y seria para una ocasión así, la liturgia final, el acabóse capaz de traer en viva presencia al errabundo espíritu de don Aniceto Izaguirre.

      El punto de la apoteosis consistía en una queimada de aguardiente oficiada al centro, en un copón como recipiente crisol. Repartidos en la estancia, doce cirios aportaban la única tremulante luz adecuada al momento. Así sobrevino el desastre, que a los tres pilló beodos e inermes ...El aguardiente encendido que se desborda ...el precipitado y descoordinado recular que el susto provoca a continuación, y los cirios que caen prendiendo nuevos focos ...La estufa de keroseno que explota ...Y el caos, en fin, y la confusión del esfuerzo inútil por tratar de atajar sin orden lo que en pocos segundos deriva ya en pavoroso incendio. Daniel cayó derrotado muy cerca de la puerta, en el postrer esfuerzo de arrastrar el cuerpo inconsciente de su querida Melchora. Y doña Ramona expiró feliz en el trance más ansiado: en apacible y ajeno diálogo con su esposo, al que llegó a ver al fin nítidamente entre el refulgir de las teas encendidas.

***

      Al llegar al camposanto, Indalecio Almendrilla depositó con grave solemnidad su ofrenda floral sobre la tumba de sus deudos. Como cada año, desde la muerte de Daniel y Melchora, que allí reposaban ambos como inquilinos más antiguos, junto a don Graciano, ocupante más reciente, notó Indalecio de inmediato la pulcra limpieza que ofrecía toda la obra: el mármol de la lápida, reluciente; el Cristo de latón en la cruz del cabecero, perfectamente bruñido; y la hierba del sepulcral entorno cuidadosamente recortada. Angustias, la buena mujer, ya muy anciana, había estado allí antes.

      Con ceremonioso respeto, siguiendo la costumbre de todas las visitas anteriores, Indalecio se persignó y balbució un padrenuestro, observando al tiempo el entorno para asegurarse de estar solo y libre de miradas indiscretas que luego pudieran chotear lo que para él era el rito más sagrado de su cita anual: hablar a sus deudos a viva voz, como solía y gustaba, con entregada sinceridad, contándoles las novedades habidas desde la última ocasión, y rematando con el solemne compromiso que asumía en la confesión de los propósitos que allí quedaban sellados para el próximo ejercicio.

-- ...Bueno. Aquí estoy otro año más -empezó diciendo, tras el padrenuestro-. ...Ehh..., ya veo que Angustias se sigue ocupando bien de vosotros. Todo está perfecto. ...Aún no la he visto. Seguro que luego... Llegué ayer. Estoy en “La Camelia Blanca”, que está como siempre. Y el pueblo tampoco parece haber cambiado mucho en este año... Bueno... Esto.... El que sí tiene cambios que contaros soy yo... A tí, padre, te van a gustar mucho; lo sé. Verás..., ya está decidido: se acabó lo del bingo... Sí. Puedes creerme, definitivamente se acabó, de verdad...

      Como si aquel diálogo fuera real, y posible la réplica, dejó pasar Indalecio unos segundos calculados de incertidumbre, antes de continuar y aclarar su plan:
 -- ...Cierro el bingo, y voy a montar en el local un restaurante. Un buen restaurante. Ya tengo lo planos y todo el diseño ...Tomás aún no lo sabe, no se lo he contado todavía. También para él será una sorpresa, sí... Es espabilado el chaval. ¡Vaya que sí! ... Bueno, y de chaval nada, porque ya es todo un hombre... Y está cambiando mucho, sí señor...,pero mucho, de verdad. En los estudios no va mal, y cuando acabe la carrera podrá hacer buena ayuda en el restaurante.... Ahora me ayuda bastant...
      Cayendo de inmediato en la indiscreta gravedad a la que le llevaba su entusiasmo, Indalecio rectificó sobre la marcha, mintiendo con infantil disimulo: --Bueno, no... Quiero decir que me anima; me ayuda ... Sí, eso es, me anima mucho y me hace mucha compañía. Esa es la verdad. ¡Por el bingo apenas se asoma!... Además, no le gusta -volvió a mentir- ...Ya tiene sus novias, ¡y vaya si tiene éxito!....

      Temiendo volver a caer en inoportunas indiscreciones, Indalecio trató de recuperar seriedad y cambió de tercio: -- Bueno. A lo que vamos. Que tenemos que decidir algo importante: Para lo del restaurante traigo dos nombres... A ver cuál le ponemos. Hay que elegirlo ahora: uno es “Chez Graciano”... ¿Qué te parece, papá?...Es por ti... Lo de Chez es, como si dijéramos “Casa Graciano”, pero mucho más fino, ¿comprendes?... para que tenga nivel. Bueno, y el otro nombre, creo que tampoco está mal, a ver qué os parece: “El Figón de San Marcos”... Suena bien también, ¿no? ... Sí, creo que sí... Bueno, pues, si queréis, podemos hacer lo de siempre: Aquí tengo los papelitos...

      Lo de siempre no era otra cosa que un juego de azar que Indalecio dio en entender por oráculo de ultratumba el día en que, hallándose como hoy allí, de charla con sus deudos, y debatiendo con ellos si procedían mejor, en el único búcaro de la tumba, las rosas que él traía o los claveles que horas antes había dejado Angustias, habiendo apoyado en los dos brazos de la cruz de cabecera ambos ramos mientras limpiaba el recipiente, un golpe de viento vino a echar por tierra los claveles, e Indalecio despejó sus dudas: preferían las rosas... Desde entonces, los brazos de la cruz hablaban por los muertos y decidían la pertinencia o no de las cuestiones que les eran planteadas. Situaba un papelillo con la opción correspondiente anotada en cada brazo, y el primero que aventaba la brisa quedaba descartado, tal era la respuesta que Indalecio aceptaba y tenía por directamente emanada de la voluntad de sus difuntos. Años hubo en que la calma chicha del día, o la gran dificultad de la decisión requerida, retuvo a Indalecio pendiente de los papelillos más de una hora; pero hoy, por fortuna, el trámite se resolvió en apenas unos segundos: “Chez Graciano” salió volando casi en el mismo instante de tomar posición. Indalecio

agradeció la diligencia, ya que andaba un poco apurado, con el tiempo justo para la misa mayor, pero quedó también entristecido, porque entendió que aquella rapidez le indicaba que su padre rechazaba de plano cualquier implicación en el nuevo negocio, ya fuera sólo de nombre. Que seguía enojado con él, y que aún no le había perdonado.

      Sin llegar a rebelarse, que a tanto no llegaba la osadía de Indalecio, y aún aceptando la rotundidad del veredicto, esta vez no se dejó amilanar, y en un tono de brusca insolencia, dirigiéndose directamente al irreductible espíritu de don Graciano, encarando con valentía por primera vez su mirada con la amarillenta del viejo, en la foto ovalada que le recordaba al pie de la cruz, dejó fluir












martes, 16 de noviembre de 2010

45 primeros días del blog

      Se cumplen hoy, efectivamente, los primeros 45 días de existencia de este modesto blog. Y el resultado me tiene totalmente fascinado. Ya sé que las entradas de muchos blogs, especialmente cuando se trata de propuestas de actualidad, deportes, política y demás, o de escaparates de personajes famosos y populares, se cuentan por miles en cada día, o en cada semana, pero cuando la oferta es como ésta, de un personaje casi anónimo, y unos contenidos tan circunscritos a un ámbito de interés muy concreto, como la gastronomía, y aún más: lo gastronómico desde un enfoque histórico y anecdótico, sin recetas -de momento, que alguna habrá- ni engarce alguno -que también habrá- con asuntos de actualidad, resulta -a mí me lo parece- realmente sorprendente haber cosechado una respuesta tan amplia como la que ahora vengo a participaros, en estos datos que siguen, correspondientes al balance a día de hoy, 16 de noviembre, cuando el contador me dice que el total de entradas suma ya 1.408, repartidas del siguiente modo:
      Igualmente, resulta interesante contrastar el nivel de acogida e interés de los diferentes artículos publicados:



      A todos, pues, mi más rendido agradecimiento, y mi más cordial saludo.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Lección de gramática


Entre esas decena de correos, con chistes, coñas, ingeniosidades mil, sugerencias de profunda reflexión, consejos y dislates del más variopinto pelaje, que cada día recibimos todos en nuestro correo electrónico, de vez en cuando alguna tiene verdadero interés. Yo acabo de recibir ésta, que así me lo parece, y por ello vengo a introducirla aquí, por si a tí, querido lector bloguero, también te resulta interesante y de provecho. Ojalá que así sea.



Un poco de gramática bien explicada.... Hagámoslo circular, vale la pena.


¿PRESIDENTE o PRESIDENTA?


      En castellano existen los participios activos como derivados de los tiempos verbales.
      El participio activo del verbo atacar, es atacante; el de salir, es saliente; el de cantar, es cantante; el de existir, existente.
      ¿Cuál es el participio activo del verbo ser?
     El participio activo del verbo ser, es 'el ente'.


      ¿Qué es el ente?. Quiere decir que tiene...entidad. Por ese motivo, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega al final '-nte'.
      Por lo tanto, a la persona que preside, se le dice presidente, no presidenta, independientemente del sexo que esa persona tenga.
      Se dice capilla ardiente, no ardienta; se dice estudiante, no estudianta; se dice paciente, no pacienta; se dice dirigente y no dirigenta.

      Nuestros políticos (y muchos periodistas) no sólo hacen un mal uso del lenguaje por motivos ideológicos, sino por ignorancia de la gramática de la lengua castellana.






sábado, 6 de noviembre de 2010

Destellos de Hollín (Páginas 37 a 47)



que dejó en el aire inconclusa en el instante mismo de su fulminante vencimiento. Nadie supo entonces, a ciencia cierta, ni completarla ni siquiera interpretarla fielmente en su literalidad, pero es muy cierto que la tal diatriba estaba llamada a tener con el tiempo una gran trascendencia local y hasta una traducción premonitoria, esclarecida al fin entre las buenas gentes ribereñas. En aquel fatal momento, según se recuerda y circuló en los corrillos, testigos presentes en la alcoba patricial afirmaron haber entendido en la voz quebrada del anciano algo así como:¡Vago. Cuatrero. Ojalá te arruines, carajo!... Pero Indalecio Almendrilla, en su azorada confusión, por sobrevivir a la pena, engañándose tal vez, tuvo para él siempre que su progenitor, benévolo al fin en su último aliento, lo que realmente dijera no fue tal, sino: “¡Reza, lotero, y tendrás trabajo!”. Hoy, después de la tragedia, ya a nadie le cabe la menor duda del sentido literal de aquel exabrupto de muerte. La enigmática frase del segundo final de don Graciano resultó ser una exacta y cruel profecía: “¡Déjalo, putero, o te matará un badajo!”. Eso dijo, ahora se sabe, despidiéndose, el sacristán. Y así se cumplió. Un fabuloso suceso, profecía o milagro, a saber, que aún hoy sirve de base al comité de beatas local como aval y mejor prueba para su pretensión de alcanzar algún día para don Graciano el reconocimiento vaticano de su condición de santidad.
      Aquel infausto veinticinco de abril de 1977 había comenzado, sin embargo, para Indalecio con los mejores augurios. Fiel a su rito anual, en la hora más temprana abandonó “La Camelia Blanca”, el viejo hostal en el que solía alojarse en sus puntuales visitas al pueblo. Como siempre, encaminó sus primeros pasos en dirección al
cementerio. Aunque, quien hoy le viera, conociéndolo, podría afirmar que este año llevaba el hombre un andar más ligero, mucho más animado y apurado también. Pudiera ser de ello causa el influjo del sol, contagioso aquel día en su calentar temprano, o el musical murmullo del río, henchido de vital deshielo. Pero, aún sumando éstas, que también, eran otras y más íntimas las razones que llevaban al vuelo a Indalecio a su cita en el camposanto.
      Dos felices nuevas portaba en el buche para los silentes interlocutores que le aguardaban en el panteón familiar. A Daniel, el hermano, avecinado allí desde hacía diez años, la buena de los cada vez más derechos y reconducidos pasos de Tomás, el hijo que el fuego de Dios dejó huérfano y al cuidado del tío desde la noche del sacrílego incendio. Y al padre, al temible don Graciano, tres años residente, el voto solemne, que pensaba hacer sobre el mármol, de cerrar definitivamente el bingo a comienzos del ya próximo verano, para acometer en el local las obras del restaurante que proyectaba y cuyo nombre, por cierto, aguardaba tan sólo para su fijación definitiva el preceptivo refrendo que allí habría de darse. “Chez Graciano”, o “El Figón de San Marcos”, eran las dos opciones que pensaba plantear en la necrófila consulta.
      Al cruzar el puente nuevo, como tenía por costumbre Indalecio detuvo allí su andar. Se asomó al pretil y dirigió al tumultuoso caudal el susurro grave de una sentida oración. Era el recuerdo a la madre, a doña Emérita, la discreción hecha carne. La que un día se llevó este río, por accidente o por voluntad, nunca se supo, como nunca se consiguió ni pudo recuperar su cuerpo. Cayó o saltó, no hubo testigos; pero allí la vieron por última vez, absorta en la torrentera, el día en que llegó el telegrama con la noticia del trágico final de su Daniel y Melchora.
      Con el amén, como siempre, soltó Indalecio el ramo de rosas por encima del barandal hacia el agua; dejando, para la maniobra, en el suelo el otro similar, que portaba como ofrenda de respeto para la mucho más comprometida y dura cita que le aguardaba en el cementerio. Hacia allá siguió, caminando por el sendero que orilla el río en su borde mismo, tan angosto y quebrado en el caprichoso trazado que lo dibuja como la propia historia de quien ahora lo anda.
      Cualquier psicoanalista podría explicarla, la historia de Indalecio, con mejores razones, más técnicas y fundamentadas; pero, no siendo el caso, seguro que igualmente resulta fácil de entender a cualquiera, en llano y por sencillo, que la desgracia de este hombre tuvo su origen en la influencia traumática del padre y la contradictoria y perversa dualidad que, a los ojos de un niño, tuvo que resultar la simultaneidad de dos oficios tan paradójicos, como el de sacristán y capador, que don Graciano ejercía.
      La vida empezó a quebrarse para el niño Indalecito a sus apenas diez años, en mil novecientos cuarenta y ocho, justamente aquel día que comenzara para el chaval como el más feliz de su corta vida, para concluir al término en el referente de su más prematuro abatimiento.
      Corría septiembre, y los cuatro Almendrilla viajaban a la capital. Nunca tal habían hecho. Indalecio se sentía feliz, pletórico por la fascinante aventura de tanto nuevo por descubrir. Su hermano Daniel, un año más joven, también disfrutaba de la misma inocente alegría. Y hasta el adusto padre, don Graciano, aparecía relajado y contento. Sólo Emérita se mostraba triste y ausente, perdida en el dorado paisaje de las anchuras manchegas que el encuadre de la ventanilla del tren iba recorriendo. Vestían todos de domingo, y componían juntos, en aquel vagón, una imagen de pulcra sobriedad y de apacible y envidiable armonía. Bajo el asiento del padre, un paquetón irregular, rezumante de grasa y atado con cáñamo, acompañaba al grupo; era su tarjeta de visita, de agradecimiento y obligada pleitesía al señor obispo, que al mediodía habría de recibirlos. En el regazo de la madre, abrigada con sus brazos, una pequeña maleta marrón de cartón barnizado completaba el equipaje.
      Pero el señor obispo no pudo recibirles. Lo hizo en su nombre, con amplia sonrisa, un joven sacerdote, que recogió y agradeció el paquete y se brindó a acompañarles al vecino seminario, donde el perplejo Daniel quedó ingresado aquella misma tarde para hacerse cura, según los designios y la voluntad de don Graciano, que para estos asuntos no consideraba necesaria ni autorización ni consulta, ni del niño, ni de la madre tampoco.
      Indalecio hizo el viaje de regreso a San Marcos de la Ribera sin decir palabra, hundido en su asiento y aferrado a su madre, que tampoco abrió la boca en todo el trayecto. Los Almendrilla inauguraban así un silencio que acabó por hacerse crónico en aquella familia en los siguientes meses y años. Desde entonces y hasta su huida a Madrid, la mirada de Indalecio sólo recobró vida en los cortos períodos de vacaciones que traían a Daniel de vuelta a casa. Entonces, apurando juntos todas las horas del día y de la noche, recuperaban los críos al punto las fraternales señas de su identidad, la íntima complicidad de sus sueños y el frustrante rechazo que ambos sentían por la realidad que a cada uno tocaba vivir. Indalecio ansiaba salir de San Marcos de la Ribera y confesaba envidia a Daniel por la experiencia de éste en la capital, por su ir y venir solo en el tren y por las gentes nuevas que conocía, aunque fuera a costa de hacerse cura. El seminarista, sin embargo, agotaba la infantil capacidad de su argumento en explicar al hermano el grave error de pensar así y la futilidad de su envidia. La capital, le decía, sólo se oía al otro lado del gigantesco muro que rodeaba el seminario. El ir y venir en el tren, bueno, tenía un pasar, aunque infinitamente más la venida que la ida; y las gentes nuevas, un desastre, lo peor: caras frías, gestos duros, disciplina, castigos, reproches ... una mierda.
      Y a todo esto, la insufrible suma de un despertar adolescente que traía a Daniel por la calle de la amargura. Indalecio trataba inútilmente de atemperarlo, de sosegar la frustración del chaval por los negros augurios que Daniel imaginaba en su futuro, sin mujeres, sin poder casarse, y sin siquiera poder pensar en ellas, que a tanto creía, y sufría, el crío. El hermano mayor porfiaba que no era para tanto; que no tenía por qué ser así. -- Casarse ...Bueno, casarte no -le explicaba-... Pero pensar...¡Quién te va a quitar de pensar!. Eso es cosa tuya solamente, Daniel. ¡No seas tonto, bobo...!
-- Cosa mía, sí ...Y de Dios también, que todo lo ve -respondía pronto Daniel, agotando cualquier posible razonamiento- ...Y ya no es sólo que pueda o no pensar -continuaba el niño en su aflicción- ...es que tampoco podré nunca tocarlas ...¿Comprendes?
-- Ya... Sí. Lo entiendo...

      La casta perspectiva que se dibujaba en el horizonte de Daniel ocupó largas horas de porfiada charla entre los hermanos aquellas navidades del cuarenta y ocho. La cuestión, analizada por ambos desde todos los perfiles posibles de su infantil capacidad, derivó al fin en obsesión irresoluble: Indalecio, agotado y rendido en la inútil búsqueda de razones y argumentos de consuelo que pudieran compensar y sosegar a Daniel. Y éste, en guardia siempre y al quite, para rebatir e invalidar cualquier posible vía de escape que el hermano pudiera proponerle.
      Así las cosas, hundidos los dos en esta desesperanzada angustia, empaparon el abrazo en llanto en la despedida aquel año; no tanto ya por causa de la separación en la obligada vuelta de Daniel al seminario al término de las vacaciones, sino, muy particularmente, en su íntima complicidad, por ese dramático panorama que entre los dos habían magnificado.
      El niño Indalecio, todo corazón, que amaba profundamente a su hermano menor, quedó sumido en la depresión más absoluta; pero nadie se apercibió de ello en el ajeno silencio de la casa. Emérita navegaba en sombra por sus quehaceres, sin ruido y sin prisa, cada vez más ausente. De su apagada rutina sólo cabía anotar algunos detalles que habrían resultado significativos a quien pudiera tener interés en observarlos, que no era el caso, a más de que la mujer dominaba la discreción con magistral virtuosidad. Desde que regresara del viaje a la capital, tras el ingreso de su Daniel en el seminario, no había vuelto a colocarse en la pechera de la bata, como solía, prendido con imperdible, el escapulario “¡Detente bala!” que su marido había llevado en la guerra. Y también pudiera apuntarse por extraño el dato de su cada vez más irregular asistencia a misas y oficios entre semana, evidenciando una inequívoca tendencia a limitar sus deberes religiosos al cumplimiento estricto del precepto dominical.
      Don Graciano, por su parte, tampoco prestó gran atención al desesperado trance que vivía Indalecio, cada vez más sumido en la dolorosa cuita del destino infeliz que aguardaba a su hermano.
      Cierto día, en vísperas del Carnaval, quiso el destino que el joven Indalecio tuviera que acompañar a su padre a casa de unos vecinos, que habían demandado de don Graciano su buen oficio como capador para castrar a un cerdo. La escena de aquel espanto no era nueva para el niño, aunque sí lo fue el descubrimiento que por boca de su padre hizo de la razón que justificaba tal operación. Le explicó don Graciano que el motivo de deshuevar al marrano, lo que don Graciano hizo, por cierto, en un santiamén, manejando la cuchilla con prodigiosa habilidad, no era otro que aplacarle los instintos, hacerle olvidar su desazón de macho y favorecer así su engorde y solaz, liberándolo, por caridad, de las tribulaciones carnales que tanto angustian y encanijan.
      Lo malo fue que Indalecito captó la onda en su literalidad, hallando al fin en ella la solución que tanto ansiaba. En cinco ocasiones más, por aprender, acompañó a su padre a otras tantas intervenciones. Y cuando creyó dominar el método, que la profesionalidad de don Graciano hacía parecer tan fácil, se dispuso a aplicarlo en la primera ocasión que resultara posible. Ocurrió esto en la tarde del Jueves Santo, al término de los Oficios litúrgicos en los que él y Daniel actuaron de monaguillos.
      Como solían hacer, rezagaron los chavales la hora de cambiarse en la sacristía, buscando el momento de introducirse sin testigos en el cuartucho adjunto en el que se guardaban las obleas y el barrilito del vino de consagrar. Allí apostados, al amparo de su refugio secreto, bajo las andas de San Roque, se aplicaron los rapaces al trasiego del vino, como solían en estas ocasiones. No obstante, esta vez, según el plan ideado por el aprendiz de carnicero, aunque la dulce dosis a hurtar no fue mayor, por riesgo de que pudiera notarse, Indalecio se había procurado un rebañe periódico en las semanas anteriores, hasta llegar a disponer para la ocasión de casi una botella completa de tres cuartos extra, además de la merma que el barril, casi lleno aquel día, podía admitir sin levantar sospechas.
      Bebieron pues, los críos, como nunca antes lo habían hecho. E hiciéronse sí, también, como tenían por costumbre en estas ocasiones tras los efectos etílicos, inconfesables tocamientos de mutuo consuelo. En ello estaban, cuando Indalecio preguntó a su hermano, una vez más, si seguía angustiado en su conciencia por el negro presagio de su futura vida sacerdotal...
-- Pues, claro. Ya lo creo ... Eso es lo peor de ser cura...-respondió Daniel con su boca ya de trapo.
-- ¿Y a tí gustaría que yo pudiera “aplicarte” los “distintos”?... ¿Y que te hiciera olvidar tu “destrozón” de macho? -insistió Indalecio, evocando en su alcohólica nebulosa las razones que oyera a su padre.
      El beodo Daniel sólo atinó a sacudir afirmativamente la cabeza, como única respuesta.
-- ...Lo malo es que vas a engordar -completó, filosófico, Indalecio- ¿Te importa?
-- Nnnooo... -balbució, semiinconsciente, Daniel.

      Y en un instante, sin mayor consulta, por sorpresa, cuando aún no se había apagado del todo el balbuciente “no” de Daniel, rompió el chaval en alarido feroz, enloquecido de horror y espanto cuando la caricia del hermano se trocó en frío navajazo, aplicado allí, en la misma base de sus tiernas e incipientes criadillas.
      El escándalo derivado del sangriento episodio fue de órdago a la grande. En socorro de los infantiles gritos acudieron de inmediato media docena de beatas que aún permanecían en el templo. También el cura, don Nicolás, que hacía tertulia en el atrio, justamente y por fortuna con don Evaristo, el médico. Y, por supuesto, también don Graciano, que saltó al oír el chillido desde lo alto del Monumento, donde se hallaba encaramado ordenando y asegurando para la noche los cirios encendidos. De inmediato supieron todos la entidad de lo ocurrido, aunque no las razones ni el porqué, que Indalecio no tuvo tiempo de explicar anulado por la violenta reacción de don Graciano, que le dejó inconsciente de un soberbio guantazo.
      Daniel, dentro del drama, tuvo suerte, porque la precipitación y la impericia de la fraternal cuchillada sólo alcanzó a rebanarle, de completo, eso sí, un huevo, pudiendo la pronta intervención de don Evaristo atajar la hemorragia allí mismo, y recomponer la funcionalidad del testículo sobreviviente luego, en la artesanal cirugía de su consulta.
       El tiempo fue pasando, aunque no así la memoria acusadora hacia Indalecio, que vivió desde entonces en un auténtico infierno, tanto en casa como en el pueblo, hasta el día de su liberadora huida a Madrid. Tan sólo Daniel, entendiendo la bondad del propósito, supo desde el principio perdonar sin reservas. Años más tarde llegaría incluso a confesar a la agobiada conciencia de su hermano el íntimo agradecimiento que sentía por la oportunidad de aquella catárquica mutilación.
      Los años oscuros que siguieron para Indalecio en San Marcos de la Ribera, lo fueron, en cambio, de luminoso despertar para el semicastrado Daniel. Por lo pronto, dejó el seminario y el negro destino de canonjía que para él había soñado don Graciano.
      Una vez liberado de estas pías ataduras, dio el mozo en prestar creciente atención a las jovenzuelas del lugar, afanándose en aprender con gran aplicación sus secretos. En esta gozosa tarea tuvo además Daniel el terreno abonado, pues la morbosa curiosidad de las jóvenes lugareñas por conocer de primera mano el alcance real de su mutilación testicular, y más aún sus reales consecuencias en la práctica, le facilitaron un amplísimo caudal de experiencias.
      En el 56, a los diecisiete años, uno después de la marcha de Indalecio a Madrid, llegó para Daniel la ocasión de despejar cualquier duda que aún pudiera albergar respecto de la funcionalidad perfecta de su huevo disparejo, cuando Melchorita, su novia formal en los últimos tres meses, le anunció, con desolado rubor, hallarse en estado de buena esperanza. Aquel embarazo fue para Daniel la mejor noticia que cupiera imaginar. A buen seguro que pocos hijos lo fueron por un padre tan deseados en la larga historia de este mundo. No sólo “quería” y “sabía”, que de éso, sí, ya estaban al cabo hacía tiempo todo el pueblo, sino que ahora, al fin, con rotunda evidencia, dejaba sentado Daniel ante todo bicho viviente y ante si mismo, muy principalmente, que también “podía”.
      Y, lo que son las cosas de la vida, tan distinta de ver para unos y para otros, ¡qué misterio! ...Aquel día de mayo, porque fue en mayo florido ... era por mayo, Melchorita, recién cumplidos los dieciséis, consumió todas las horas en un trance atropellado de llantos, ayes e hipos, mientras que Daniel lo ocupó entero en recorrer, atolondrado, las calles y todas las tabernas y garitos del lugar, ofreciendo la buena nueva a cuantos con él se cruzaron.
      Contagiados por tan paternal entusiasmo, a todos se les vio reír y celebrar la noticia. Todos, en efecto, así lo hicieron, cínicamente los más y con mucha malicia también, en muchos casos; menos los padres de los jóvenes protagonistas, que dieron en entender el asunto por tragedia. Don Graciano, por castigo divino, por sus muchas culpas y pecados cometidos de pensamiento y obra, la puntilla que le faltaba al desprecio que un año antes le había hecho su hijo mayor, Indalecio, marchando a Madrid sin despedirse siquiera. Y Angustias, la madre de Melchora, a la pena de vergüenza, que no era tanta, sumaba el drama de ver a su tierna criatura emparentada con la familia de un meapilas, como por tal tenía a don Graciano.
      Angustias, “La Gabacha” de mal nombre, arrastraba este apodo desde que su tatarabuela entripara por cuenta de la acometida de un soldado francés, en plena Guerra de la Independencia. Desde entonces para acá, que ya llovió, “Las Gabachas”, mujeres siempre en la

Laurel y perejil

     
 En estos tiempos en los que no hay nada sin precio, llama la atención -aunque probablemente muchos de ustedes no hayan reparado en ello, en esa singularidad- que en nuestras verdulerías populares y mercados de barrio persista la hermosa costumbre, de imposible datación en cuanto a su fecha de origen, de regalar a quien lo requiere para el aderezo doméstico, unas hojas de laurel, o un ramillete de perejil.
      Es ésta una costumbre ciertamente curiosa, y muy española, porque han de saber que en otras latitudes, donde lo uno y lo otro también se usa con profusión en sus respectivas cocinas, por ejemplo en Italia, o en Alemania, o al otro lado de los Pirineos en la de nuestros vecinos franceses, laurel y perejil por supuesto que se cobran... De ahí tal vez que hagan lo propio, es decir, cobrarlo, renunciando a la tradición hispana, los grandes supermercados, que, como bien se sabe, son casi todos ellos franceses de origen y capital. Sin embargo, entre los minoristas de barrio, la costumbre se mantiene, por fortuna. Y bueno será reconocerlo y agradecerles que persistan en ella aunque les cueste algo, porque, efectivamente, lo curioso es que a ellos no se lo regalan, sino que en su mayoría lo compran, para regalárnoslo a nosotros después. Fíjense en el dato curioso, y más aún teniendo en cuenta esa nula rentabilidad económica: en Mercamadrid, a lo largo del año se venden más de 2.000 toneladas de perejil.
      Pero, vayamos con el laurel, que es una planta de remotísimos orígenes, y probablemente una de las pocas –al igual que el perejil, por cierto- de solar primigenio europeo. Su aprecio, no sólo culinario, tiene hondísimas raíces. Los clásicos griegos atribuían al laurel el poder de la profecía; y también un sinfín de virtudes terapéuticas. El propio Esculapio, dios de la medicina, solía representarse adornado con una corona de laurel. Laureles también para los triunfadores de los Juegos, en tanto que símbolo de la consagración de la gloria.
      Pero todo eso es historia. Hoy el laurel ha quedado fundamentalmente relegado a su uso culinario, como adorno de aroma para infinidad de preparaciones, desde los escabeches a los estofados. Su uso, con todo, debe ser comedido. Mucho más, desde luego, que en los recetarios antiguos, donde llama la atención su presencia abusiva; lo cual, entonces, tenía su razón de ser, ya que el fuerte sabor y aroma que procura el laurel resultaba ideal para enmascarar, en aquellos platos de antaño, las frecuentes deficiencias de conservación de muchos productos perecederos que los integraban.
      ¿Y del perejil, qué decir?... Pues, mucho de lo mismo. También es aderezo de uso antiquísimo en las cocinas de toda Europa. Dicen los botánicos que su tierra originaria es Grecia, o tal vez la isla de Cerdeña, donde viejísimas monedas le exhibían como símbolo gráfico. Al igual que el laurel, el perejil también sirvió de adorno para las testas clásicas, ya que se usaba de él, liado en forma de corona, para adornar las cabeza de los comensales invitados a los grandes ágapes romanos. Su nombre, perejil, viene de la palabra latina “petroselium”, que a su vez traduce fonéticamente una palabra anterior, griega, cuyo significado era “hierba de las rocas”... no se sabe si porque, efectivamente, el perejil crece en cualquier lugar que tenga un poco de tierra y de sol, incluidos los roquedales...o porque, según la medicina clásica, tenía fama muy acreditada como remedio contra las piedras del riñón. En todo caso, acreditado queda que el perejil tuvo aprecio culinario desde los tiempos más antiguos, y en todas las latitudes, desde las cocinas mediterráneas a las más septentrionales del norte escandinavo. Desde entonces sigue siendo la hierba más popular, gastronómicamente hablando. Su concurso es esencial en casi todos los guisos, y en algunos hasta protagonista básico, como en nuestra muy hispana “salsa verde”, o en los no menos hispanos “boquerones en vinagre”, tan amenazados, por cierto en estos días, por ese gusanillo sátrapa traidor llamado anisakis. Que ustedes lo aderecen bien y, como siempre, buen provecho.






Oporto (II). La ruta atlántica


       Dejábamos en la entrega anterior a los comerciantes ingleses embarcando vinos comunes del Alto Douro en los muelles de Oporto. Decíamos también que la razón de esta búsqueda de provisión al sur derivaba del permanente conflicto bélico que los ingleses venían manteniendo con Francia, su tradicional proveedor. Y también que, antes de fijarse en Portugal, habían tratado de adquirir el vino en Ribadavia, pero que Felipe II frustró y cortó de raíz aquel comercio.
        Todos los vinos de la época (mediado el siglo XVI), de cualquier zona, adolecían, entre otros problemas de elaboración, de un grave defecto de estabilidad. Los vinateros ingleses sufrían este problema hasta la desesperación, al comprobar con harta frecuencia que, tras la difícil travesía, las más de las veces removida de galerna, el vino desembarcaba en las islas totalmente arruinado y echado a perder.
        Y así fue como, dándole vueltas a aquel desastre tan  aciago y frecuente, cayeron los británicos en la cuenta de la solución a aplicar; un recurso de emergencia que, al fin, derivó en  “invento” novedoso y revolucionario, llamado a perpetuarse por los siglos hasta el presente, con marchamo de excelencia y prestigio mundial.
Las típicas viñas escalonadas del Alto Douro
        El tal invento, que los británicos ensayaron primero en Oporto, y muy pocos años después en Jerez, y también en Málaga, consistió en añadir al vino común una buena dosis de alcohol etílico en forma de aguardiente; es decir, inventaron el “encabezado”.
        Al principio, la mezcla era basta y directa, porque, en su picardía, lo que pretendían no iba más allá de solventar el mal trago de la mar brava. Al llegar a los almacenes de Londres, pensaban, se rebaja el vino con agua, como en tantos otros casos por aquel tiempo, se le devuelve su graduación, y a la mesa en paz y gloria.
        Pero el pícaro invento estaba llamado a hacer historia, y ocurrió que, a los pocos años de esa práctica ruin, alguien, no se sabe quién en nombre concreto de honor y gloria, pensó que aquella mezcla infame resultaba milagrosamente mejor si se efectuaba no con el producto terminando sino en medio de su proceso de elaboración.
        En el caso del Oporto, este añadido alcohólico supone un 20 por ciento del volumen final, y consiste en la adición de brandy (que no es otra cosa que vino destilado y envejecido) en un momento determinado del proceso de fermentación del mosto, que se ve así inmediatamente interrumpido. Esta quiebra traumática hace que una parte importante de los azúcares naturales se queden en el vino, sin pasar a alcohol, lo que procura el consecuente dulzor típico de los vinos de Oporto, aunque no de todos, como inmediatamente veremos.
        Nota general: todos los oportos, con la única excepción del tipo blanco seco, son dulces, en mayor o menor grado. Todos los demás oportos son tintos, dulces, y propios para postre y sobremesa, y hasta para copa nocturna, pero nada recomendables para comer con ellos, asi les pese a mis dos amigos del alma.
        En todos es conveniente, pero en los oportos más y esencial, prestar atención a las anotaciones de la etiqueta. Marcas aparte, la diversidad de tipologías es muy amplia. Las resumiremos en tres básicas, empezando por la joya del oporto, que se identifica en la etiqueta  con el epígrafe “vintage”. Y ¿qué es un vintage?. Pues ni más ni menos que “el rey” de los oportos. En general, estos vinos en los que la fermentación se ve interrumpida, como también ocurre en el caso del champagne, y de los de Jerez, suelen elaborarse partiendo de mezclas de vinos originales muy diferentes y también mezclando varias cosechas. Pero ocurre que, en ocasiones excepcionales, una vendimia, una sola cosecha es, en sí misma, de calidad superior, y no requiere el recurso a ningún tipo de mezcla. He ahí un “vintage”. Este vino único pasará dos años en barrica de roble, y al menos otros diez después envejeciendo en botella antes de salir al mercado. El resultado es un vino sumamente redondo y suave, de un intenso color púrpura y levemente dulce.
        En segundo nivel, aunque todavía muy alto, el siguiente en categoría al vintage es el etiquetado como “Old Tawny”. En este caso se trata de una mezcla de varias cosechas, pero que han madurado durante muchos años –10, 20 o incluso 30 (el número debe figurar en la etiqueta)-  en barrica de roble. Al contrario que el vintage, al haber pasado tanto tiempo en madera ha sufrido un gran cambio en su color, que ahora se ofrece en un tono castaño dorado (de ahí lo de “tawny”, que en inglés significa “leonado”). Son también vinos muy caros, por su largo envejecimiento, de paladar muy concentrado y dulce,  ideales para el postre, aunque no les vendrá mal enfriarlos un poco.
        Luego está el denominado “Rubi”, ya en otro nivel -también en otra escala de precio-, que se corresponde con los oportos más jóvenes, que han permanecido mucho menos tiempo en madera –unos 3 años- aunque el proceso de elaboración sea el mismo. Todavía conservan un matiz rojo rubí (de ahí el nombre). Son muy aromáticos, y también convendrá enfriarlos un poco.