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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Destellos de Hollín (Pag 190 a 200)


junto a Raúl frente al altar, vestida de blanco, y así se cumplió, con la despreciable desviación de veinte días. El plazo no era arbitrario, sino condicionado por el inexcusable compromiso que el joven debía rendir en su servicio a la Patria, en la Armada por supuesto, y en El Ferrol, que entonces aún era del Caudillo, como destino lógico y previsible.
      También es verdad, todo hay que decirlo, que en la estrategia de acoso de Vir contó mucho a su favor la debilidad que Raúl sentía por la tetas. Ante unas buenas, afiladas y reventonas, el joven se sentía anulado y dependiente como lo es un balandro del viento. Vir lo supo desde el primer momento, y amplió la crueldad de sus escotes en una progresión que llevó al pobre Raúl al borde del paroxismo. Además, la muy víbora, a la que la naturaleza había dotado con espléndida generosidad, regateaba las concesiones con frialdad calculada. Consentía de todo, besos, magreos y hasta calas en todas sus partes, menos en la pudibunda pechera. Ahí rezongaba de inmediato, la muy zorra, produciéndose incluso en cólera en cuanto la ansiosa caricia de Raúl llegaba al límite sacrosanto del pezón. El joven reculaba entonces, resoplando su frustración como lo hace la caldera de un vapor en mitad de una galerna, pero Vir, la arpía, ni se inmutaba por ello. Todo lo más, cuando entreveía, por la inyección claudicante de los ojos del amante, que el nivel de presión apuntaba explosivo, consentía con desgana en accionar manualmente, nunca por boca, la válvula de alivio del pobre marinero. Hasta ahí llegaba, en el límite de su calculada y mezquina generosidad, la muy puta.
      Así enganchado y perdido, el novicio contaba con delectación las horas de cada semana hasta el franco de ría, cuando viajaba al pueblo con la esperanza, siempre frustrada, de poder acceder sin trabas al tesoro más deseado, aquel que en la febril ensoñación del sollado del “Churruca” se le representaba bajo la forma de dos imponente cúpulas catedralicias, doradas y refulgentes bajo el sol, en un lento y lúbrico emerger desde las profundidades de un mar agitado de espumas lácteas por el que él navegaba a toda máquina, en descubierta de combate, presto al desembarco y a un resbaladizo y esforzado avance cuerpo a tierra por su lomo, gateando por la lustrosa curva de su apurado perfil hasta el logro de la cumbre, aquella oscura y arrugada corona en la cima, sobre la que se abandonaba finalmente en llanto de dicha infinita.
      En los dieciocho meses de milicia, salvo tres semanas de ausencia por maniobras, y otras dos que pasó arrestado al ser sorprendido defecando por la borda del destructor, Raúl no falló un sólo fin de semana a su cita con Vir. A un mes de la licencia, preso de desesperación, claudicó y la pidió en matrimonio. La propuesta la formuló en el cine, en plena proyección de “Cuando ruge la marabunta”, en la penumbra golfa de las últimas filas del patio de butacas, las tan cotizadas 26 a 29, que el vuelo de la platea sumía en sombra absoluta e inescrutable, para beneficio y abono de parejas cinéfilas de doble sesión. En aquella protegida angostura, claro que no se ve; pero se oye, aquí y allá y todo alrededor, un ronroneo jadeante totalmente asincrónico y al margen de la peripecia de la pantalla, de la que uno acaba por desentenderse dominado por la envidia y un afán loco de emulación. Tras la petición, susurrada en un tono postulante al oído de la loba, que exigió aún la repetición por dos veces, como quien firma, rubrica, numera y sella un documento judicial, en un hilo de voz felino y exultante, Vir respondió con el mayor de los cinismos:
-- Raúl, cariño, qué sorpresa... ¡Tanto me quieres, ratoncito!...
-- Estoy loco por tí, Vir. No lo soporto más...
-- Yo también te quiero, mi amor... Está bien, nos casaremos, aunque no sé si será un poco precipitado. Ya lo hablaremos, ahora atiende a la película, que está muy interesante...
-- Es que, Vir, mujer, yo...
-- ¡Chisss!... Cállate ahora... Ya hablaremos -zanjó la raposa, al tiempo que en un apunte de insólita piedad consentía al desdén en liberar dos botones de la blusa, los que más tensión soportaban. Luego, sin perder la atención a la pantalla, en un gesto de arrogante desprecio, desplazó su mano a la nuca de Raúl y le atrajo violentamente al pesebre. En el mareo de la urgencia, como tantas veces habría de ocurrirle en el futuro, cimentando así su desgracia, Raúl aceptó el trueque de gozo por dignidad, y entró de bruces, ciego, al melonar, con la frenética furia de un lechón sometido a dieta de dos días.

      El primer sábado de septiembre de 1966 juraron al fin eternamente su amor ante Dios en la hermosa capilla del Cristo do Mar. Fue una ceremonia sencilla, aunque cuajada de designios de mal fario que Suso Filgueira advirtió en silencio desde el primer momento.
      A falta de otros fundamentos teológicos de mejor ortodoxia, que Suso no alcanzaba, la sólida fe del viejo marinero se sustentaba en un amplio cuadro de creencias propias de relevancia fundamental para él, cuyo único punto de coincidencia con la práctica al uso de la religión católica era una devoción de entrega absoluta a la Virgen del Carmen. De Dios abajo, la Virgen del Carmen y, si me apuras, ¡a saber!. Todo lo demás, apóstoles, santos, mártires, infiernos, imágenes, cirios y curas: patraña canallesca, vividores del cuento, parásitos del engaño. A cambio, por no dejarlo todo al amparo único y solitario de la bendita Virgen marinera, Suso reconocía para sí una suerte amplia de otras devociones de menor rango, cada una con su correspondiente contrario maléfico, en un juego animista particular en el que él creía saber interpretar, a su modo, los signos y avisos de la Providencia. Por ejemplo, aborrecía la niebla. Más aún, la temía con profunda inquietud. Para él, como había podido confirmar en la película “Los Diez Mandamientos”, estaba muy clara la vinculación con el maligno de la viscosa sinuosidad, como aquella que había visto recorrer las calles de Egipto extendiendo la muerte y dejando a salvo sólo las casas marcadas con la sangre del cordero. Por contra, reverenciaba el sol apagado en la caída de la tarde, cuando era posible mirarlo de frente en la línea del horizonte sin quebrar los ojos. Entonces, sólo en esas condiciones, Suso se encaraba al oeste, se recogía con discreción y formulaba deseos, peticiones de bonanza para la salud y la familia, y lo hacía siempre descubierto, recogiendo la boina sobre el pecho, en un gesto discreto, para no dar tres cuartos al pregonero, pero de muy íntimo respeto.
      La lluvia del sur era peligrosa, y más en tierra. Traía mal fario si con ella enmudecían los gatos y se precipitaba el cuajar de la leche. Sin embargo, esa misma ventolera sureña podía ser signo del mejor augurio, si antes de descargar se hacía anunciar con truenos y relámpagos, pero eso no ocurría casi nunca.
      En la amplia panoplia de signos buenos y malos, contaban entre los primeros las fuentes que manaban sin ruido, las espigas de maíz de grano morado, los fragmentos de piedra pómez que flotan en el agua y los nidos de golondrina ubicados dentro de las casas. De los segundos, de los signos agoreros, había muchos más, aunque en distinta gradación, desde la simple advertencia desagradable, como la muda de una culebra en medio de un camino, las huellas del zorro en la arena de la playa o la deriva en círculo de una barca sobre su amarre, hasta los de alarma y grave prevención, como la llama derivada en su totalidad al azul en un fuego, o los huevos de cáscara blanda que de cuando en vez ponían las gallinas.
      Entre las personas, las que Suso advertía como menos fiables eran las pelirrojas, y de entre ellas, por diabólico vínculo, espeluznaba particularmente de las que siendo de esa tez gustaban de guardarse el humo al fumar, como él mismo había sorprendido haciendo en más de una ocasión a Fabián, el tabernero, que entre calada y calada, cuando creía no verse observado por nadie, aspiraba con profundidad de su faria y no soltaba ni un leve rastro de humo hasta cumplida la siguiente. Otro test infalible para él era la aguja de la brújula de su barco, capaz de traducir en vibración singular la mala entraña de quienes accedían a bordo. Así fue como advirtió por primera vez el nefasto designio de su futura nuera. Ocurrió a finales de mayo, cuando, en uno de los últimos francos de ría antes de licenciarse, Raúl dispuso la formalización de su noviazgo con la preceptiva petición de mano. Suso y Lola, su mujer, acudieron acompañando a Raúl a la casa de los Fachal, Rosendo y Virtudes, madre, para compartir en un almuerzo el compromiso de los respectivos retoños. Fue una fiesta familiar sencilla, sin excesos ni apuros protocolarios, pues unos y otros eran, a más de vecinos casi puerta con puerta, amigos de muchos años, compañeros todos ya en los tiempos de la escuela primaria, e hijos de padres que a su vez ya fueran amigos. Los Fachal, sin embargo, no eran gente de mar. Rosendo, como antes hiciera su padre, se dedicaba como actividad principal a la intermediación en la compraventa de pinos y eucaliptus, a más de ejercer también ocasionalmente como agrimensor, y, sin sueldo ni contrato expreso, de asesor-vigilante de las propiedades forestales de algunas grandes familias.
      El caso es que, finalizado el almuerzo, como la tarde estaba de buen aire y limpio el cielo, se decidieron todos con entusiasmo por la propuesta de Lola de navegar un rato hasta la embocadura de la ría para contemplar el cabo por su lado norte y la imponente panorámica de la costa desde el mar de fuera. Suso, tal vez sin picardía ni segunda intención, aunque quién sabe, aceptó el plan de buen grado y dispuso que él iría por delante, para ir calentando el motor y achicando el agua de la fuerte lluvia de la noche anterior. Cuando el grupo llegó, Suso les saludó desde el puente y no lo abandonó hasta que todos estuvieron a bordo. Saltó desde el muelle, primero Raúl, Rosendo lo hizo también inmediatamente y tendió la mano a las damas madres. Raúl dio la suya a la joven Virtudes. Desde el puente, observando el embarque, la atención de Suso se simultaneaba en la secuencia de cada salto con la reacción de la brújula. Con Rosendo, no se movió; con Virtudes madre, apenas una oscilación ligera; pero en el salto de la niña, la vibración fue tan amplia y frenética como jamás había observado, y se mantuvo así, inestable y alocada, durante toda la breve singladura, que Suso hizo acortar ostensiblemente, pues al poco de pasar la barra ordenó a Raúl, que pilotaba, virar en redondo, con el pretexto de un mar de fondo inexistente y un ruido extraño y sospechoso en el motor, que sólo él percibía. Raúl, que sabía bien que ni lo uno ni lo otro, cayó en la cuenta de la verdadera razón al cruzar su sorprendida mirada con la de su padre e interpretar de éste el gesto adusto con que señalaba a la brújula. Luego, ya desembarcados los excursionistas, cuando padre e hijo quedaron solos en la maniobra de fondear, sin testigos y en medio de la rada disputaron con violencia por primera vez en su vida.
      Pero las vehementes advertencias del padre nada podían ya en el juicio perdido de amor del hijo, quien, en su ceguera, no hacía más que empeñarse en ver la oración por pasiva: No era Vir ¡Qué va a ser!, quien alteraba la brújula; era él mismo, Suso, quien influía magnéticamente sobre la aguja en razón y a capricho de quienes le caían bien o mal. Y estaba claro, como que el mar es agua, que Vir nunca le había gustado. Y en eso se equivocaba de punta a punta, porque Vir era una santa, la más noble y buena en diez millas a la redonda, mucho más madura que todas las de su edad, un prodigio de equilibrio, incapaz absolutamente de un mal deseo ni del menor retorcimiento. Y qué mierda de vibraciones: manías y supersticiones de viejo, de ignorante. Lo que tenía que hacer era cambiar la brújula, eso sí, y comprar otra más moderna, y cambiar de paso él mismo y no destilar tanta mala leche.
      En las semanas siguientes, ni Suso, en renovados empeños, ni Lola, en desesperadas advertencias, por la fe que a su marido le tenía, fueron capaces de torcer el destino de Raúl. Hasta la misma mañana de la boda, que amaneció cerrada de una niebla persistente, le rogaron y suplicaron por última vez, con lágrimas, que diera marcha atrás, que todo podía aún arreglarse. Amenazaron incluso con no acudir a la ceremonia, pero al fin fueron, aunque con la clara conciencia de quien conduce a un hijo, su único hijo, al matadero.
      En tales condiciones, deslucido el día por la niebla y la persistente lluvia del sur que vino a sustituirla entrada la tarde, el banquete y la fiesta discurrieron en un tono apagado de acusada atonía. Lo único que se celebró con unánime alborozo fue la extraordinaria calidad del requesón, a los postres, antes de la tarta nupcial, que todos coincidieron en señalar como el mejor y más cuajado que habían disfrutado en muchos años. Todos gozaron y repitieron de él, menos Suso y Lola, que no consintieron ni en probarlo.
      El matrimonio de Raúl y Vir no fue un mar de rosas, aunque tampoco un infierno, al menos en sus primeros diez años. El joven, como Vir había descubierto en el primer baile, era de buen llevar en casi todo: trabajador, serio, sin caprichos ni manías y, salvo el tabaco y el gusto por el café ilustrado con gotas de aguardiente, libre de vicios. Ella gobernaba la casa a su antojo, sin la menor interferencia por parte de él. Frecuentaban a los amigos que ella elegía, y ordenaban el quehacer de los días de descanso según el criterio y ánimo que a ella se le antojaba. Vivían de alquiler en una hermosa casa frente a la playa y gozaban del sexo consagrado dos veces por semana -los viernes, fijo- y en verano, tres.
      Durante muchos de los primeros años, Raúl arrastró, con paciencia franciscana, la frustración de aquella ansia, nunca consentida plenamente, de manosear a su antojo, sin límites ni trabas, las orondas tetas de su esposa; pero Vir, sabedora de viejo de la debilidad de Raúl, por no colmarlo, se mostraba huidiza y cicatera, y cortaba de raíz el sobe en el punto justo en el que advertía a su marido a un paso de la plena satisfacción. Así, ocurrió al fin que, vencido por un natural mecanismo de autodefensa, Raúl acabó por distanciar cada vez más la frecuencia de sus acosos, y, lo uno por lo otro, ni tetas ni sexo.
      A finales de los setenta, luego de trece de matrimonio, qué mal número, Raúl y Vir, sin hijos ni otro engarce que la rutina, respondían con fidelidad de concurso al más rancio esquema de la pareja agotada, de afectos desvaídos, exenta de complicidades. Dos en convivencia formal, abúlicamente apacibles, desbastados de aristas en un pacto tácito de no agresión, pero, por lo mismo, incapaces ya, por mutua renuncia, de romperse en un proyecto unitario, navegándose el uno del otro en derredor como lo hacen dos gotas de aceite en un vaso de agua, que se alejan, se acercan, y hasta se rozan y acarician, pero sin acabar de fundirse en una sola.
      Con discreta eficacia, Vir había ido allanando el espacio de su dominio hasta los límites más anchos de su real capricho. Primero, con fina sutileza, logró ahuyentar de su casa las visitas sin anuncio de sus suegros. Raúl, solo y por su cuenta, acudía con frecuencia a la casa de sus padres y, casi diariamente, al desembarcar acompañaba a su progenitor hasta la casa, por saludar a su madre y obsequiarse con ella con un café y un poco de charla amable. Después, en un rezongar calculado, las protestas de Vir se dirigieron en una larga temporada al quehacer marinero de Raúl, y al reproche constante por los menguados rendimientos que sacaba en el reparto, a partes, del faenar costero de “Fachendoso”. En varias ocasiones trató, aunque sin conseguirlo, que Raúl dejase la mar para ocupar plaza en tierra, bien con Rosendo, en la madera, bien en la construcción, como peón albañil. Y otra vez, con mucha insistencia, como revisor de contadores de la compañía eléctrica, con un sueldo miserable, pero fijo y en jornada diurna de lunes a viernes. Fue entonces, esta vez, cuando Suso, visto el cariz y la flaca voluntad de su hijo para sortear los enredos de Vir, optó por adelantar su retiro, pensando que así, dejándole dueño y señor de “Fachendoso”, obligado sólo a repartir ganancias en la parte pequeña que correspondía a Damián, podría defender de mejor modo su oficio marinero, y hasta prosperar en él, reconduciendo, tal vez, con lo uno y con lo otro, el deslucido papel de marido badanas en el que, por consentida indolencia, se había dejado instalar.
      Sin embargo, efecto contrario, la generosa renuncia de Suso en favor de su hijo derivó en la consecuencia peor, precipitando los acontecimientos que habrían de forjar a la postre la definitiva desgracia de Raúl y la condena por fraude e imprudencia con resultado de muerte, razón y causa directa de su ingreso en la cárcel, do le hemos hallado.
      La tortuosa Vir, superándose a sí misma en doblez y disimulo, recibió con aparente alborozo la noticia del generoso legado de su suegro, y festejó con Raúl la condición nueva de propietario único de “Fachendoso”; aquel esperanzado estreno como armador y patrón autónomo. Sin embargo, en la hiel de su retorcimiento interior, aquella novedad es lo cierto que venía a trastrocar, y tal vez a echar por tierra definitivamente, la proyección de futuro que venía pergeñando la víbora desde unos meses atrás, cuando supo de los buenos ahorros que su amiga Maruxa Soto, casada el mismo año que ella, había logrado acumular en diez de emigración en Suiza, trabajando junto a su marido, Elías, en el Hotel Metropole, en Ginebra. En cartas frecuentes y en conversaciones de verano, Maruxa no dejaba de animarla a seguir su misma ruta, ofreciéndose para conseguirles un puesto junto a ellos en el mismo Hotel, y elucubrando sobre las ganancias al primer año, al cuarto, y el horizonte de vejez acaudalada que podían alcanzar, si no demoraban demasiado tiempo la decisión.
      Raúl, ajeno a estas maquinaciones, volcaba su esfuerzo de absoluta entrega en su barco, y en adecuarlo al trabajo de sus ahora dos únicos tripulantes, él y Damián. Suso le había advertido de la conveniencia de enrolar a un marinero, aunque fuera como aprendiz, porque juzgaba que tres personas eran imprescindibles, pero Raúl, que temía los gastos inevitables de Seguridad Social y los otros varios de un puesto de trabajo, además de partes o sueldos, prefirió acometer algunas reformas en la embarcación para hacer posible que con dos fuera suficiente, como mejoras en el puente, al que dotó de más controles sobre las operaciones del motor, o la adquisición



lunes, 3 de octubre de 2011

Destellos de Hollín (Pag. 179 a 189)


mundo, se muere!... Venga, venga, ...vamos, que lo que necesita es meterse en la cama cuanto antes, relajarse y descansar.

      Unos veinte minutos después de que se hubieran acostado sobrevino la tragedia, de la que dio aviso y alarma un sollozo seco y gutural de asfixia. Tomás y Raúl se precipitaron al instante sobre Matías, quien ofrecía un aspecto demudado de dolor extremo. Todo empapado en un sudor pastoso y frío, de mármol, no cejaba de aferrarse, crispado, con sus manos de agonía, a los brazos de sus amigos, en tanto le sobrevenían, uno tras otro, temblores convulsos de un epicentro profundo y vital. Tomás y Raúl percibieron al instante el dramático alcance de aquellos síntomas, y dieron en clamar al unísono en demanda de socorro...
-- ¡Guardia! ... ¡Guardia! ... ¡Socorro! ... ¡Por favor; dense prisa, que es muy urgente! ... ¡A don Matías le ha dado algo muy fuerte!... ¡Posiblemente el corazón!... ¡Rápido!... ¡Guardia! ... ¡Guardia!...
      En un instante, rebrotó el alboroto en las celdas y empezaron a sonar cazos, vasos y cacharros, en una cadencia de urgencia para avivar la atención de los guardias. En su lecho, Matías, transido de dolor, desorbitaba los ojos y apuraba con plena conciencia el definitivo final del hilo de la vida. En un último esfuerzo, recostado sobre el hombro de Tomás, que había tratado de incorporarlo un poco, y agarrado fuertemente a las manos de Raúl, con voz entrecortada y balbuciente, agotando el último aliento de vida les hizo esta confesión:
--...No hay tiempo... Creo que no hay tiempo... Atended, por si me muero ...Sé que puedo...confiar en vosotros ... : Las joyas... El botín...está... dentro de... una chimenea....
-- ¡Déjelo ahora, don Matías, por Dios! No se fatigue más... -le interrumpió Tomás, con su más sincero deseo en aquel momento.
--...Sí. Deje eso ahora, por favor... Ya nos lo dirá ... Que no va a pasar nada; ya verá, don Matías...Ahora tranquilícese, y descanse... -completó Raúl.
-- ¡Callad...y escuchad!... -insistió el viejo, cada vez más fatigado. ... ¿Habéis entendido?: Dentro de... una chimenea.... Recordadlo bien... En una...casa verde...
-- ¿En una casa qué?... -preguntó Raúl, que apenas podía entender ya el hilo de voz de Matías.
-- ...Casa verde... Una casa verde, ¿oís? ... en Bulquera ... en Santander ...No en el pueblo. No... Oídme, que es importante: En el pueblo, no ... Al lado, en el...Poblado... Recordad esto: en el Poblado...de Bulque... “Tornasol” no llegó a completar el nombre. La muerte relajó en un instante sus facciones y precipitó su cabeza inerme contra el pecho de Tomás.

***

      Arrebatado de indignación y maldiciendo aún su mala estrella, Benigno Sarasa abandonó la cárcel algo después de las doce de la noche. En la puerta, su coche se cruzó con el furgón de los servicios funerarios, ante cuya visión no pudo evitar por lo bajo un nuevo juramento. El mosqueado “Pulgas” era bastante supersticioso, y espeluznaba ante la muerte, en cualquiera de sus representaciones.
-- ...¡La madre que me parió! ...Y quería perderme yo esta noche. ¡Sólo me falta atropellar un gato negro!...
      Al llegar a casa se sorprendió de hallar a Alicia aún despierta y levantada. En su cara interpretó de inmediato un gesto grave de abatimiento y preocupación.
-- ¿Qué pasa? ... ¿Dónde está la niña?...
-- Durmiendo. Tranquilo... Rita está durmiendo... ¿No sabes nada, no?...
-- ¿Nada de qué?...¡Coño, suelta!...
-- Ha llamado Fito hace un rato...Me dijo que te había tratado de localizar después de la guardia, pero que ya te habías ido...Se trata de Matías, que, al parecer, ha muerto, de repente, esta noche...
-- ¡Qué dices!¿Esta noche? ¿Allí...?. Joder!¡Joder!... ¿Pero, cómo ha sido?¿Te contó algo más?...
-- No, mucho más no. Tampoco él sabía... Un infarto, una angina... Fue del corazón... Según me contó Fito, estuvo viendo el partido de fútbol por televisión, y al poco de volver a la celda le dio el ataque... Cuando fueron a atenderle ya estaba muerto.
-- Vaya por Dios. ¡Qué desgracia! ... ¿Y no dijo nada, claro?
-- Qué va a decir, Beni ¡Cómo eres! ... Pobrecillo, si a lo mejor, además, no sabía nada ... Bueno ¿Y ahora, qué?...¿Habrá que ir y hacernos cargo, no?.
      Benigno y Alicia cumplieron el deber humanitario, que entendían compromiso familiar, de asumir las exequias de quien fuera hermano de leche de Ana Mantilla, y también, por ello, tío-abuelo honorario de la joven Rita Sarasa Heredia, a la sazón ya una prometedora adolescente de catorce años.

      Fue el de Matías Cuernavaca y Muerdecojón, un entierro de desolado patetismo. Benigno, Alicia y la niña recibieron al día siguiente los restos en el pabellón mortuorio del Hospital Penitenciario. El solitario trío, manifiestamente desubicado y casi tan frío y ajeno de expresión como la propia mañana y el lugar mismo, escucharon, sin desenfundarse de abrigos y bufandas, la faena de alivio del sacerdote que por allí asomó en el último instante para musitar con desgana un breve responso. Inmediatamente, el ataúd pasó al coche fúnebre, que inició sin consideración ni aviso una auténtica carrera hacia el vecino cementerio de Carabanchel. Benigno y los suyos se las vieron y desearon para lograr seguir en la distancia a aquel furgón, que más se dijera, por las prisas, ambulancia de urgencias. Al fin, cuando llegaron a la sacramental y localizaron, en el laberinto, el lugar que habían dispuesto de urgencia para la inhumación, en un rincón nuevo del cementerio, ya sólo quedaban allí dos obreros, ultimando la operación de asentar con cemento la placa de cierre del nicho. Tras el primer instante de confusión, Alicia y la niña rompieron a llorar casi simultáneamente. Benigno las recogió en un abrazo, y así permanecieron los tres un rato, sumidos en una enrabietada tristeza, que más procedía de la patente frialdad mecánica de todo el proceso, que del propio dolor de ausencia por la muerte del amigo. El guardia, visto el cuadro y a los suyos en él tan hundidos, acabó por estallar y liberar su cólera impotente contra aquellos dos hombres perplejos, a los que Benigno dio en vociferar la miseria de ser pobre, y a traer a colación para el caso, a gritos, la comparación con el funcionario de cartería capaz de distribuir a toda velocidad, rutinariamente, las cartas -aquí cadáveres- en sus respectivos apartados. -- ¡El mundo es una mierda, sí! ... ¡Y nosotros somos la peor mierda! ... ¡Bahh!... Alejándose, Benigno seguía liberando aún imprecaciones, mientras Alicia trataba inútilmente de reconvenirle al respeto debido al lugar. Sobre el andamio, los dos albañiles reanudaron en silencio su faena.
      De vuelta a su casa, ya más calmados, la conversación de los tres, en buena medida en respuesta a preguntas de Rita, desgranó, en retazos desordenados cronológicamente, la evocación de los sucesos que dieron con Matías en la cárcel y el largo vínculo de familiaridad que desde siempre habían mantenido con él; desde la historia de la infancia compartida con la abuela, hasta la sorpresa que para ellos supuso el conocimiento de su implicación en el robo, la detención luego, el juicio, los planes frustrados del soñado trabajo de Alicia en la fábrica de corbatas, y la triste coincidencia en la cárcel de Carabanchel de Benigno, como guardián, y de Matías, como preso.
-- La guerra tuvo la culpa -defendía Alicia. Matías, como tantos, se desquició en Rusia..., pero era buena persona.
-- Bueno, bueno. Menos ...Vosotros, que estabais ciegos por él... ¡No vayamos a santificarlo ahora!... Era como era: un señorito golfo e inútil. Por la guerra, o por su propia ley, la verdad es que también fue bastante egoísta. En diez años, que yo recuerde, faltó una sóla vez que diera las gracias por todos los paquetes, por todas las cartas y por toda tu preocupación constante, Alicia. Esa es la verdad... Y con la niña, pues mucho paripé, pero nada de nada. Ahí está la cosa, tampoco nos engañemos.
-- Hombre, Beni, a la niña la quería; no digas que no... Y más de una vez dejó ver que quería ayudarla cuando fuera mayor, y eso tú lo sabes. En las cartas lo decía muchas veces...
-- Sí. Lo decía; lo decía; lo dejaba caer...y se dejaba querer por ello. Pero la historia está en cómo estamos, esa es la cuestión, Alicia, que si hubo o no hubo, ya da lo mismo, porque el secreto se lo llevó a la tumba... O, peor aún: estoy seguro que esos mierdas de Tomás y Raúl a lo mejor lograron sacárselo, vaya que sí. Estoy convencido... Mira, me da un no sé qué de que hemos hecho el canelo, y sólo el pensarlo me saca de quicio: ¡Tú pagas el entierro, y esos dos se llevan la famosa “herencia” de Rita!... ¡ Joder!¡ Joder! Lo cuentas, y no se cree.
      El mosqueo de “Pulgas” vino a reafirmarse en él, derivando sus sospechas a certidumbre casi total, cuando supo de las circunstancias de la muerte de Matías y los largos minutos que transcurrieron en la celda desde la alarma hasta la llegada de la primera ayuda. Por unos y por otros, entre los funcionarios, indagó y supo también que Matías, agonizante, no dejó de musitar al oído de sus compañeros hasta el último aliento. Como puntilla a sus sospechas, acabando de despejarlas, constató además el cambio notable de talante, indisimuladamente optimista, que operaron en su actitud Tomás y Raúl en las semanas que siguieron. Como pudo, arriesgando incluso más allá de lo prudente en sus indagaciones, “Pulgas” recabó todos los datos referentes al cumplimiento próximo del uno y del otro. Su obsesión por ellos derivó al fin en enfermiza, al apuntalarse en él, cada vez más firme, el convencimiento íntimo de que aquellos piratas no eran otra cosa que los ladrones del patrimonio legítimo de su querida hijita.

***

      El régimen judicial-penitenciario tiene, entre otros muchos paradójicos, algunos aspectos de sorprendente peculiaridad, como, por ejemplo, la incertidumbre y precipitación con la que se produce el cumplimiento de la condena, o, por más precisión, el día y la hora exacta de la salida de la cárcel. Uno sabe, intuye, baraja, que la orden de excarcelación debe producirse en torno a una determinada fecha, pero desconoce cuál exactamente, ni siquiera si ese mismo día que uno ya ha recorrido incluso en su mitad de jornada puede completarse, al final de sus horas, con el disfrute pleno de libertad. Así las cosas, por conocidas, Tomás y Raúl concluyeron el perfil de sus planes y compromisos mutuos de cara al futuro mucho antes de que se acercara la fecha previsible del cumplimiento de Raúl, que sería quien primero saldría a la calle; según sus cálculos, hacia finales de marzo. Tomás, por su parte, debería permanecer aún entre rejas en torno a un mes y medio, o dos, más. Esa diferencia, dado el crucial secreto que compartían, podría suponer en cualquier otro caso un grave inconveniente y una fuente de acusada desconfianza y recelo por parte de Tomás hacia su compañero; sin embargo, el más joven de los afortunados camaradas tenía holgadas razones para mostrarse tranquilo y confiado respecto de la lealtad de Raúl. Y es que el gallego, del que todavía nada hemos contado, ni tan siquiera esta importante referencia de su filiación, era un hombre de nítidas transparencias, incapaz de todo punto para la traición. Tan sencillo y reservado en el trato social, como noble, en el sentido más primitivo, y serio a carta cabal, según el sagrado compromiso que mantenía consigo mismo. Todo esto era bien conocido y apreciado por Tomás, quien, aunque mucho más joven, asumía desde el principio de su relación un destacado papel de liderazgo e influencia sobre él. Raúl le admiraba y le aceptaba con una sinceridad y sumisión tan falta de reservas que llegaba a antojarse impudorosa. De hecho, antes de conseguir del viejo la confidencia que ahora comparten, ambos habían hecho planes para encauzar juntos la vida de futuro: que si trabajar un taxi a medias en Madrid; o tal vez instalarse en Baleares, o en Canarias, en algún asunto de hostelería... Tomás proponía, planeaba, disponía plazos y requisitos, y Raúl aceptaba al punto con entusiasmo y daba por hecho desde el mismo instante de la elucubración que todo había de producirse de ese modo, perfecto y rápido, como lo contaba Tomás.
      En su apariencia externa, desde luego sin conocerle a fondo, podría tal vez apuntarse en los modos de Raúl un cierto grado de candidez. Sin embargo, es de notar que sólo se mostraba así, de manera más acusada y de buen grado, con su amigo Tomás, al que reconocía cualidades y bonhomía suficientes como para apreciar esa entrega, llámese sumisión si se quiere, sin provocar por ello el más mínimo signo de altivez o soberbia, ni menos aún asomo alguno de desconsideración o desprecio.
      El cupo de asimilación de desprecio lo había agotado Raúl hacía años, en la tortuosa convivencia con la que había sido su mujer, y aún lo era legalmente, aunque nada supiera de ella ni de su suerte y paradero desde su ingreso en prisión: la infausta Virtudes, pena de nombre, tan paradójico en ella como denominar paloma a un águila culebrera.
      La tal Virtudes, ¡qué trabajo de nombrarla!, a la que resumiremos en adelante en Vir, tal y como solía hacer el propio Raúl, más por escrúpulo de conciencia que por confianza marital, fue la principal causante e inductora de todas las desgracias que le sobrevinieron, en hecatombe, desde el mismo momento de su matrimonio.
      Raúl era pescador, como lo fuera su padre, y antes su abuelo en la memoria de breve constancia de una estirpe de humildes modos y orígenes. Los Filgueira disponían como principal patrimonio de un pequeño barco, bautizado en el lejano día de su botadura como “Fachendoso”, en razón de su elegancia de líneas, realzadas con el acierto de una distribución muy armoniosa de los colores blanco y rojo elegidos para su decoración. En sus catorce metros de eslora no le faltaba de nada. Bueno, algo sí, pero no de lo principal. Contaba con un gracioso puente, y hasta con una pequeña cocina y un water; vaya, más bien un angosto rincón con agujero, pero un lujo en todo caso, y más porque nunca llegó a utilizarse, ya que en la mar, para esos menesteres, la borda resulta más cómoda e infinitamente más holgada y fresquita.
      “Fachendoso” había sido el empeño de toda la vida de Jesús, Suso Filgueira, el padre de Raúl. Un “empeño” en el más estricto sentido del término, pues justo acabó de pagar la última letra apenas dos años antes de jubilarse. Claro que la jubilación de Suso fue, por inducida, un tanto forzada y prematura respecto de los usos habituales en el lugar y la época. Vir tuvo la culpa, y Suso también, la suya, por entender erróneamente que, apartándose, podía ayudar a salvar el matrimonio de su único hijo. Aquella generosidad estéril, sin embargo, no hizo más, a la postre, que precipitar los acontecimientos.
      Raúl había sido una gloria de hijo en su infancia y adolescencia. Desde muy joven, acompañando a su padre y al viejo Damián, el mejor maquinista y engrasador de la zona, a pesar de su minusvalía -manco de medio brazo izquierdo, a resultas de la guerra-, había aprendido el oficio. No sólo el del arte de la navegación costera sino también el más arcano de la localización intuitiva de los bancos de sardina y chicharro, fiando su guía a indicios tan sutiles como el olor del viento, el vuelo de las aves, o la refracción de la luna en el brillo plateado del horizonte.
      En la mar, Raúl se hacía un hombre, más grande y más viejo, por sabio, de lo que realmente era. En tierra, en cambio, naufragaba, respiraba más corto y se empequeñecía. Como mareado por la quietud, adoptaba un aire de fragilidad e indolencia que le hacía absolutamente tentador, como carnada, para las especies predadoras. Vir se fijó en él y lo eligió para sí recién cumplidos los dieciséis. Raúl iba para dieciocho. Lo habría engullido al completo aquel mismo Martes de Carnaval, cuando por primera vez bailaron juntos toda la noche. Entre boleros, tangos y pasodobles, enfrentados sin reservas por el cadencioso girar de la música, Vir descubrió que la pusilanimidad gestual del mozo no era nada al lado de la patética desconexión que era capaz de lograr en la nula adecuación de sus pasos al ritmo. Sin embargo, se sintió infinitamente complacida al comprobar la docilidad con la que se dejaba llevar, buen síntoma, y más aún, mejor, al descubrir, con el roce, la dura persistencia de una poderosa fuerza oculta bajo el pantalón, salvaje, latente y contradictoria, que en nada parecía ni podía juzgarse de apocada.
      Los planes de Vir se cumplieron con precisión metronómica. Dieciocho meses se dio de plazo para verse

viernes, 2 de septiembre de 2011

Destellos de Hollín (Pag. 168 a 178)


emisora móvil, y así fue cómo, en menos de diez minutos, comenzaba a orquestarse el despliegue policial definitivo para la caza y captura del imprudente “Bermeo”.

      A la atolondrada huida de Abel vino a sumarse, encima, el drama escénico sobrevenido del diluvio universal trufado de apocalípticas centellas. Sin embargo, bien se dijera que aquel caudal estrepitoso, que a duras penas lograba desalojar del cristal el frenético ir y venir del limpiaparabrisas, dio un punto de refresco a la agobiada mollera del ladrón. Sin aliviar el acelerador, que pisaba temerariamente hasta el fondo de su recorrido, y vigilando casi más el retrovisor que la blanca torrentera que iluminaban los faros por delante, se concedió al fin Abel un tiempo para la necesaria atención a un tercer frente, éste de reflexión interna, acerca de las posibles consecuencias que cabía esperar, o al menos tener en cuenta, del desastroso papel que había desarrollado en el restaurante, y el casi seguro mosqueo de los guardias. Fue así como dejó un tanto de temer ya lo que pudiera llegarle por detrás en su persecución, dada la ventaja que llevaba, y a considerar más factible la posibilidad de toparse con una encerrona por delante, en forma de control. Mejor sería, se dijo, abandonar de nuevo la general, y hasta mejor aún buscar un escondite seguro para aquella bolsa preciosa en la que fiaba todo su futuro. Un escondite bueno, aunque provisional, por unas horas, que le diera tiempo para despejar la duda de si estaba siendo o no realmente perseguido.
      Entre la cortina de agua, suspendido sobre la calzada, fue entonces cuando asomó a su frente el cartelón que le vino a propósito para revisar su estrategia. Incidido por la luz de los faros, el nombre del lugar, del que se advertía en un próximo giro a la izquierda, destacaba en sus grandes letras refractantes sobre fondo azul: San Bartolomé de Bulquera.
      El pueblo, en la costa, a nueve kilómetros de la general por una carretera casi recta, salpicada aquí y allá de caseríos aislados, parecía totalmente dormido y amedrentado por la violencia del temporal. “Bermeo” cruzó la que parecía su calle principal de punta a punta, sin advertir ni la más mínima muestra de presencia humana. La hora, al filo de la medianoche, y la intensa descarga de lluvia, había refugiado sin duda a todo quisque de puertas adentro. En medio de tan intempestiva desolación, un neón desvaído y macilento vino a fijar al paso la atención de Abel. En alternancia de encendido y apagado proyectaba dos mensajes, a cual más sugerente: “Brisa Confort”... y debajo, en la siguiente secuencia, en letras más pequeñas: “Habitaciones con baño completo”. Fue esta segunda intermitencia la que acabó de rendir las pocas fuerzas que aún le quedaban a “Bermeo”, después de tanta agitación. Llevaba más de cuarenta y ocho horas sin disfrutar de una cama ni del relajante alivio del agua caliente. Y además, se dijo, sumando innecesariamente razones para una decisión ya tomada, el descanso obraría bien en su cabeza para calibrar del mejor modo los pasos a seguir. Cogería, sí, una habitación, y al día siguiente seguiría viaje, en autobús, en tren o en lo que fuera, abandonando el coche en un sitio discreto. Ahora, lo que más arriesgado le parecía era tener con él la preciosa bolsa, no fuera que la noche viniera a enfollonarse en razón de las circunstancias que temía e ignoraba. Siguió pues hasta la salida del pueblo, y continuó la carretera, ya fuera de él, buscando el lugar propicio para el escondite. La lluvia continuaba arreciando con violencia cantábrica. Varias veces se detuvo a considerar algunos lugares que podrían servir al propósito que buscaba, pero ninguno acabó de convencerle. Inconscientemente, aunque sin ninguna razón lógica dada la naturaleza del material a guardar, en su afán requería dos circunstancias difíciles de conjugar aquella noche, como que fuera un lugar discreto y seguro, y que estuviera seco. Lo segundo no es que lo razonase así, como exigencia explícita, pero en su desazón, y de hecho, no paró hasta hallar un lugar que reuniera ambas premisas. Llevaba recorridos cuatro o cinco kilómetros, cuando se sorprendió ante un paisaje punto menos que fantasmagórico: todo un pueblo enorme, como un enjambre de casas bajas, todas iguales y todas en distinta fase de construcción, se ofreció a su vista al final de la carretera. Bajo la lluvia, sin luces, el panorama enmarcaba en el cielo un recorrido informe de techumbres, unas cubiertas y otras no, encofrados, estructuras vacías de construcción, casas semiterminadas, y el repunte sobresaliente de, al menos, veinte grúas distribuidas en distintos planos, lo que permitía advertir, por la lejanía entre ellas, la imponente envergadura de aquel proyecto extraordinario: todo un pueblo, y no pequeño, estaba surgiendo allí, flamante todo él en su simultaneidad, al borde del mar, en el fondo de una pequeña bahía.
      Repuesto pronto de la impresión, tras unos minutos de cautela para comprobar la desierta desolación del lugar, “Bermeo” localizó el sitio que le pareció más adecuado. Una de las casas estaba ya prácticamente terminada, destacando por ello entre las demás. Hasta aparecía pintada ya de un verde vivo que la hacía inconfundible y perfectamente reconocible entre todas las de su entorno. Vista por fuera, diríase perfectamente acabada ya, salvo las puertas y la carpintería de las ventanas, único remate exterior que faltaba para su definitiva apariencia. “Bermeo” pasó adentro, y buscó el rincón que pudiera servir para custodiar la bolsa aquella noche.
      Al día siguiente, domingo, sería fácil volver y recogerla, si todo discurría en el orden que él deseaba. Luego de descartar varios lugares, al fin acabó de decidirse por el hueco angosto de la chimenea, ya perfectamente acabada, del salón. Escudriñando en su interior, forzando un escorzo hacia arriba por el tubo del tiro, descubrió, casi inaccesible al brazo, una oquedad perfectamente ajustada al tamaño de la bolsa. Allí quedó depositado el tesoro, y “Bermeo” pletórico, y descargado por el orgullo de un hallazgo tan perfecto. Ahora ya podía volver tranquilo al pueblo, tomar aquella habitación, el baño que soñaba, y dormir a pierna suelta buena parte de las muchas horas que su fatiga demandaba.

      El orden del deseo de Abel, menos mal, se vio truncado violentamente tras casi doce horas de sueño profundo y reparador. Tan reparador fue, y tan a gusto y plácido se hallaba en la otra orilla, que le costó un buen rato acomodarse a la imperiosa realidad del volver urgente, que exigían en su hombro los empellones de un cabo de la guardia civil, al requerirle del modo más desabrido: ¡Abel!...¡Abel Zabaleta! ... ¡Despierte ya, Abel! ... ¡Vamos, despierte de una vez y vístase, que no tenemos todo el día! ... En la habitación, junto al cabo, otros tres guardias apuntaban sus armas hacia el bulto inerme de la cama.
      Los modos, aún de cierta amabilidad en el apremiante despertar, fueron pasando a mayores de violencia, y hasta de arrebato, en las siguientes horas, a medida que los guardias constataron la ausencia del botín entre las pertenencias de “Bermeo”, ni en la habitación ni en el coche, y su pertinaz negativa a soltar prenda respecto de su paradero y localización. Hasta la mitad de la tarde, Abel consiguió sortear el interrogatorio, en el cuartelillo local, encastrado en empecinados silencios, negativas y vaguedades, con el coste soportable de algún que otro bofetón irrefrenable, encajado sin cadencia y al azar. A las cinco llegó de Santander un supuesto comisario, de nombre ignoto, y el asunto derivó a partir de ahí y con claridad previsible hacia territorios de muy negra perspectiva para la integridad del detenido. Abel percibió al instante, a pesar de su mirada ya confusa y amoratada, que aquel hombre exigiría de él respuestas concretas y sin dilación, y que gozaría en la brutalidad de la demanda. Desde hacía un buen rato tenía pergeñado el argumento último a esgrimir, pero por propia experiencia sabía lo importante que era dilatar todo lo posible esa “confesión” final, aguantando previamente, hasta el límite que le fuera posible, la deposición definitiva. Cuanto más tardara en “cantar”, y cuanto más fuera capaz de aguantar la tortura sin soltar prenda, más creíble resultaría su historia, y al fin, soportando ahora el cupo completo, pensaba para sí, podría ahorrarse mucho luego de torturas en los aciagos días que, inevitablemente, habrían de venir hasta su definitivo pase a disposición judicial.
      Hacia las cuatro de la madrugada, a la vuelta de un enésimo desvanecimiento, llegado al límite de lo soportable, confesó por fin “Bermeo” la localización del botín. Se hallaba, les dijo, escondido debajo de unas maderas apiladas, en la casa derruida y abandonada de la montaña, en la que había parado antes de bajar al valle. Allí lo había guardado, dentro de una maleta, y allí debía de seguir, para su perdición y desgracia.
      Con las primeras luces del alba, escoltado por un amplio dispositivo de guardias y policías, “Bermeo” fue conducido hasta las recónditas ruinas. La maleta apareció, efectivamente, aunque no en el lugar indicado sino abierta y abandonada al descuido en un lateral del galpón anejo.
      Realmente, no hubo modo y manera, aunque los duros interrogatorios y las torturas trataron de forzarle durante los días siguientes, de sacar de “Bermeo” otro dato que no fuera el de reafirmarse una y otra vez en que dejó escondida allí la maleta con las joyas, y que nada sabía, ni podía saber ni adivinar, respecto de su paradero. Por su parte, la policía acabó también por rendirse a la posible veracidad de la historia. El hallazgo de la maleta, aunque vacía, parecía corroborarla. ¿Qué otra circunstancia, si no, podía justificar su presencia allí?. Y el hecho de localizarla así, de aquel modo, abierta y abandonada como de urgencia, parecía abonar la teoría de la azarosa fatalidad: que alguien, desconocido, posiblemente vecino de aquellos parajes, pastor tal vez, descubrió la maleta en su escondite, se espantó con el hallazgo, rapiñó con él, y dejó el abultado y engorroso cofre abandonado en su precipitada y gozosa huida. De hecho, fueron numerosos los interrogatorios y los registros que se hicieron en todo el contorno, aunque, empeño imposible; tanto como rastrillar la mar océana para tratar de recuperar el anillo que una dama displicente hubiera supuestamente dejado caer y perdido por la borda de un transatlántico en mitad de su singladura, y más y peor si, como en este caso, el anillo, sutilmente escamoteado, nunca hubiese llegado a embarcar, quedando en tierra, bien guardado, a la espera de poder disfrutar de él al regreso del largo viaje.


 
4. EL LEGADO DE “TORNASOL”, Y UN NAUFRAGIO


-- ¡Qué miseria de energúmenos!¡Chusma vociferante! ...Esto es lo peor de estar aquí -protestó “Tornasol”, zanjando, por ya imposible, la larga perorata que de su aventura venía relatando a sus dos amigos. ...Bueno, vamos a dejarlo ya. Otro día os contaré más detalles, pero así fue, más o menos, como ocurrieron las cosas. ¡Pobre “Bermeo”...!
      El partido estaba a punto de comenzar, y la sala de descanso de la Quinta, mudada ahora al completo en auditorio televisivo, lucía ya un alborotado lleno de gala para presenciar el choque España-Malta. El permiso excepcional para verlo era licencia de especial regalía de la dirección de la cárcel, que atendía así al buen comportamiento del colectivo presidiario en aquel mes, y en consideración también a la circunstancia de la fecha, en vísperas navideñas. El trío buscó mejor acomodo en una mesa más próxima al televisor. Pero Tomás y Raúl se mantenían inquietos, imbuidos por la desazón de su curiosidad aún no satisfecha...
-- Don Matías -terció Tomás-. Disculpe que insista, pero no nos ha contado nada de cómo murió “Bermeo”...Ya sabe que sobre eso se han dicho muchas tonterías...
-- Sí que es verdad: muchísimas... La mala leche de la gente... -apostilló Raúl.
-- Lo sé. Lo sé... Se dijo de todo -respondió, cansado, el viejo- ...También, que fui yo. Para evitar que saliera, y que volara con las joyas. ¡Infames! Desgraciadamente, lo que pasó sólo lo sabe el cabrón que lo hizo, y también, seguro, quienes lo ordenaron desde fuera. Ya os he dicho que “Bermeo” era leal, como nadie que yo haya conocido nunca. Cuando tuvo ocasión, después del robo, pudo haber desaparecido para siempre, pero tenía un compromiso conmigo, y estaba dispuesto a cumplirlo. Por eso le detuvieron. Y luego, después de superar las torturas, podía perfectamente haberse guardado el secreto para él. De hecho, como os he contado, hasta la policía y los jueces llegaron a creer que, efectivamente, el botín se había perdido. Pero le faltó tiempo a Abel para buscar la ocasión de enviarme el mensaje de que estuviera tranquilo, que estaba a buen recaudo.
      En el juicio, el abogado se lo pagué yo. Y, ojo, que lo hice antes de saber nada de lo que había pasado ... De hecho, pensaba yo, en un primer momento, que le habían trincado con todo el paquete...En fin, que por el abogado, antes, y en el juicio, después, supe que las joyas no habían aparecido. Y por la mirada de Abel, en un determinado momento en aquellos días del juicio, que estaban a buen recaudo. Lo que no supe, hasta casi dos años después, es dónde las había escondido ...Ya sabéis que a él le cayeron cuatro años, y que el primero lo pasó en El Puerto. Luego le trasladaron aquí, a la Cuarta. Pues bien, al poco tiempo conseguimos ponernos de acuerdo para coincidir dos semanas en la enfermería, y allí fue donde me lo contó todo, el lugar exacto donde están todas esas maravillosas piezas, esperando pacientes a que vayamos a recogerlas... Ah, y la mierda de su muerte... Bueno, de eso no tengo ni idea, podéis creerme.. ¡Ojalá lo supiera!. Ya sé que algunos babosos comentaron que la había ordenado yo, porque “Bermeo” estaba a punto de cumplir, y yo no quería que saliera y desapareciera mientras yo me quedaba aquí dentro. ¡Hijos de puta! ...Quienes dicen eso no hablan de otra cosa que de lo que ellos mismos habrían hecho en un caso semejante ¡Son bazofia, pura mierda! ...¡El botín entero daba yo ahora mismo, de muy buena gana, por cargarme al asesino de Abel! ¡Os lo juro por mi honor! ... Pero eso nunca se sabrá. Quien lo ordenó, porque estoy seguro de que aquello fue un “encargo”, lo habrá pagado bien, y se habrá asegurado de que nunca se sepa nada. El pobre “Bermeo”, como ya sabéis, apareció estrangulado en la lavandería en marzo del 74, pero nadie vio nada, ni oyó nada, ni supo nada, ni se enteró de nada; así son las cosas aquí. Quién sabe, tal vez alguien podía tenérsela jurada por alguna razón particular de aquí dentro, puede ser, o por algún trapicheo de él de antes; aunque yo creo que fue un “encargo” de fuera, bien de los dueños de “Joyre”, a saber, o hasta, por qué no, del propio seguro. Eso nunca se sabrá. Lo que sí puedo deciros es que durante mucho tiempo después de aquello yo pasé una temporada larga muy mosqueado, y pensé, casi seguro, que a mí me iba a tocar después, que iba a ser el siguiente... Luego resultó que no, pero con el “Chanfainas”, por esa razón, os lo aseguro, pasé muchas noches en vela.

      Los primeros compases del partido marcaron, definitivamente, el fin de la charla. La mayoría de los presos aún tardaron un buen rato en prestar atención a las posibilidades de un marcador imposible. La ocasión parecía más propicia a la juerga bulliciosa y distraída que a la emoción de una gesta que podía lograrse. Matías, en su patriótica exaltación, vibró con pasión desde el primer momento. Su inquebrantable fe en las posibilidades de los colores patrios, diríase que se mostraba tanto más firme cuanto más adverso se presentaba el pronóstico.
      Cuando llegó el delirio, y la esperanza de lo increíble empezó a tomar forma contagiosa y visceral en el grupo, ya Matías había rendido su voz, en afonía, en una suerte continua de gritos, imprecaciones y aleluyas en cada minuto de juego. Saltaba sobre su asiento, se elevaba impelido en abrazos al aire, o en ganchos de zurda demoledores, según cómo y a quién, en cada lance del juego. Todo esto lo hacía anegado en sudor y enrojecido de furia, pero, aunque pudiera preocupar un estado de excitación tan desmesurado, en el marco general de aquella histeria colectiva no pasaba de aparentar el suyo acaso un punto más de entrega y pasión que el resto. Por eso nadie advirtió en él los dos o tres ahogos punzantes que le sobrevinieron en la secuencia enloquecida de los goles finales. A la conclusión de la gesta, el retorno a la celda hubo de hacerlo “Tornasol” apoyado en el brazo de Raúl, quien, sin advertir la gravedad de los síntomas, no dejaba de recriminarle los excesos de su euforia...
-- Don Matías, si es que lo de usted es demasiado; no tiene medida; se pasa una barbaridad. Mire en qué condiciones va, sudando la gota gorda...
-- Tiene mucha razón Raúl, don Matías -abundó Tomás. ¡Vaya si se ha pasado! ¡No puede ponerse así por un simple partido, coño! ...¡Anda que si es la copa del





martes, 2 de agosto de 2011

Destellos de Hollín (Pag. 157 a 167)


joyas. No obstante, no se sintió en modo alguno más tranquilo por esta constatación, pues calculaba que el conocimiento de los hechos sería cosa de aquella misma mañana. Por eso aguardó a escuchar las noticias de las doce del mediodía en la radio, que tampoco hicieron mención de robo alguno, para decidirse a encarar la representación del papel que a él correspondía.
      Al aproximarse, en la observación del entorno de la fábrica no advirtió ningún movimiento especial ni ningún detalle extraño, lo que le hizo reconsiderar con esperanza la idea de que tal vez “Bermeo”, por algún inconveniente imprevisto, había abortado el robo, y tampoco había podido acudir a la cita, pero que todo estaba en orden.
      Aparcó donde siempre. Refrenando su ansiedad, recogió parsimoniosamente el equipaje del maletero y caminó despacio hacia la puerta de acceso al taller. Al abrirla, descubrió con sorpresa el interior de la nave en penumbra y completamente vacía de personal. Sólo la claridad iluminada de la vidriera del fondo, en el despacho de la oficina, hacía suponer que alguien estaba, o había estado, allí.
-- ¿Qué pasa? ¿No hay nadie? ¿No se trabaja hoy aquí?... Matías dejó a un lado las maletas, y se dirigió hacia la oficina con forzada naturalidad. A medio trayecto descubrió a un lado el boquete en la pared y el desarreglo del mobiliario alrededor... ¿Hay alguien ahí?... ¡Coño! ¡La hostia!¡Qué es ésto! ...¡Qué ha pasado aquí!...¡Nos han robado!...¡Hay que joderse! ... ¡Han entrado y nos han robado!...
      Precipitadamente, con un ahogo que ya lo era natural, entró en la oficina y descubrió allí, tras la mesa, sonriente y enigmático, a un “Richard” con un aspecto de apacible e inquietante serenidad. Parecía llevar horas aguardándole allí sentado, con plena paciencia, y esbozaba al escucharle un a modo de mueca irónica, como la del pintor al que, sin reconocerlo en una exposición, tratan de explicarle las claves de su propia obra. Exagerando teatralmente el sofoco, Matías insistió, para quebrar la sospechosa pasividad de “Richard”:
--¡A ver …Explícate, coño!, que estás ahí tan tranquilo. ¿Qué ha pasado?... ¿Cómo y cuándo nos han robado?...¿Has avisado a la policía?. -Matías trataba de exprimir su cabeza a toda prisa para reelaborar una teoría convincente. Al dar por hecha la traición de ‘’Bermeo’’, y dada la presencia allí de “Richard”, caía en la cuenta ahora de que las huellas “sembradas” en la herramienta podían volverse en pruebas contra él mismo. Lo mejor, pensó, si aún no había llegado la policía, sería moverlo todo, borrarlo sembrado y dejar que la sospecha pudiera recaer en delincuentes ajenos y desconocidos.
      Al fin, “Richard” se decidió a hablar, aunque con una premeditada retranca, al tiempo grave y reposada: -- ¡Matías! ¡Matías!..., casi eres tan mal actor como hijo de puta... Te lo voy a explicar, sí...; aunque tú lo sabes mejor que nadie: han robado, efectivamente ... pero ¡no nos han robado “a nosotros”! ... Al menos, a tí no... A nosotros, a “Gardel” y a mí... ¡Pasa “Gardel”! -a la llamada, hizo aparición en escena, desde el otro despacho, el tal “Gardel”, empuñando una pistola. ...A “Gardel” y a mí –continuó- sí queríais robarnos; encasquetarnos toda esta mierda chapucera, ¡pedazo de cabrón! ...Y para aclarar eso tienes menos de un minuto,que es lo que te doy antes de que llegue la policía, que, por cierto, te ha venido siguiendo y estará aquí en cualquier momento ... ¡Y te juro por tu puta madre que les vas a hacer una confesión completa!
      Sentado frente a ambos y encañonado por “Gardel”, entre la profusión de gritos, golpes y amenazas, Matías pudo hilvanar al vuelo los retazos esenciales de lo que había sucedido: Efectivamente, “Bermeo” había hecho su trabajo, y lo había hecho bien, consiguiendo un extraordinario botín, pero en la madrugada del sábado, al salir, tuvo la desgracia de levantar las sospechas del sereno, que resultó ser un perfecto fisonomista. Alertada la policía y descubierto el pastel, “Richard”, que venía ejerciendo desde años atrás como confidente de la policía, sospechó inmediatamente de la implicación de Matías. El descubrimiento de sus huellas y las de “Gardel” en la herramienta utilizada, que identificó inmediatamente como las usadas en el accidente del coche, no hicieron más que confirmarle en su denuncia, a la que la policía dio crédito, y más cuando el sereno reconoció en las fotos de archivo la cara de “Bermeo”. “Gardel”, por su parte, aportó el dato de la relación carcelaria entre “Bermeo” y Matías, ya que él, temiendo la venganza del vasco, había procurado en todo momento estar bien informado de sus pasos y situación en la cárcel, y a través de un amigo interno sabía de los contactos y relación frecuente con Matías. Así pues, aunque “Richard” y “Gardel” seguían bajo sospecha y control de la policía, ésta, dando por bueno y aceptando el encaje de los hechos, había dispuesto retrasar la detención de Matías, al que sabían controlado y vigilado en el pueblo, en la esperanza de que “Bermeo”, que había huido con el botín y de cuyo paradero no se tenía noticia, pudiera acudir hacia allí para encontrarse con su cómplice.
-- Ya ves, pedazo de cabrón -al decir esto, “Richard” le asestó un nuevo golpe en la cara a Matías, que ya sangraba abundantemente por la nariz, mientras “Gardel” le atenazaba ahora desde atrás en la silla, apuntándole al tiempo con la pistola ...que todo el montaje se te ha venido abajo. Que vas a comerte tú sólo el marrón, mientras ese “Bermeo”, ¡ingenuo!, ha volado con la pasta...
      En ese momento, movido por la rabia y el instinto de conservación, de pronto, Matías dio en revolverse como un relámpago. En el rebumbio de un instante propinó desde su posición una contundente patada a “Richard” en la entrepierna y saltó hacia un lado rodando hasta detrás de la mesa. Sorprendido y a destiempo, “Gardel” efectuó un disparo que dio de lleno en la tripa de “Richard”, situado ahora frente a él, quien cayó malherido al suelo. Los segundos de sorpresa por su trágico error fueron suficientes para que, al tratar de reaccionar y efectuar un nuevo disparo hacia la nueva posición de Matías, se viera encañonado directamente por éste, que empuñaba su propia pistola y amenazaba con descerrajarle directamente la cara.
-- ¡Tírala!.. ¡Tírala, o te mato!... le gritó Matías fuera de sí, con evidente ánimo de estar más que dispuesto a cumplir su amenaza a la menor vacilación. “Gardel” obedeció al instante, quedando inerme y desorbitado por el pánico.
-- ¡Al suelo! ... ¡Junto a él!¡Al suelo...! -ordenó Matías, dueño ya de la situación.
-- Bueno. Bueno... Parece que las cosas ya no son como parecían. -Ironizando, aunque todavía visiblemente nervioso, Matías disfrutaba del trueque y trataba de recuperar la calma. La situación era francamente complicada. Posiblemente no tenía ningún arreglo para él; no obstante, en la precariedad de los hechos consumados necesitaba aferrarse a alguna teoría, por disparatada e inviable que ésta pudiera resultar.
-- ...Veamos -continuó-. No es como decís, ni mucho menos. No señor ...Toda esa historia no pasa de ser una conjetura; una suposición ...sin ninguna prueba. Lo realmente cierto es que yo acabo de llegar... ¡Hechos, señores! ...Como también lo es que tengo una coartada. Y más y mejor aún si, como decís, he estado vigilado en el pueblo por la propia policía, ¡Qué mejor! ... Las pruebas, las que hay, sí, en cambio, os señalan a vosotros ... Ahí están ...Y “Bermeo”, que, efectivamente, probablemente sí es un hijo de puta ...ha volado. ¡Vaya!¡No está! ...Luego no puede acusarme ...ni declarar en mi contra. Matías empezaba a respirar más sereno, con la esperanza de verosimilitud que entendía oír en sus propias palabras. En el suelo, “Richard” nadaba en un charco de sangre y había dejado de quejarse, y de moverse, tal vez estaba muerto ya, o había perdido el conocimiento. A su lado, “Gardel” permanecía enovillado sobre su propio pánico, rendido a una suerte que intuía trágica para él en cualquier momento. ...O sea. Que vuelvo y os encuentro aquí, en mi casa, armados y dispuestos a atacarme ...¡Fíjate cómo me habéis dejado la cara! ...Y ese pobre hombre lleva en la barriga una bala de tu pistola, ¡con tus huellas, querido “Gardel”! -Matías trocaba por momentos su propio miedo en loco desvarío criminal ...¡Qué pena! ...¡Tú también vas a tener que morir!
      Matías cumplió fríamente la amenaza un instante después de enunciar la sentencia, coincidiendo con el vértigo de pánico que se apoderó de él al oír en el exterior la urgente estridencia de varias sirenas de coches policiales, el chirriar de las frenadas y el aparatoso escándalo de los agentes forzando la puerta e irrumpiendo tumultuosamente en el local. Desarmado y con las manos en alto, Matías salió del despacho al encuentro de los agentes, repitiendo para sí, en su alucinación, que había actuado, dentro de lo peor, del mejor modo posible. Sin testigos y con una coartada formal, ya vería de salvarse.
***

      Diez años después de estos desgraciados hechos que vienen de relatarse, en 1981, Matías había tenido tiempo suficiente para acomodar su rutina a la vida carcelaria. Veterano en las lides penitenciarias, afrontaba su condena de veintidós años y un día con paciencia franciscana. Se sabía “Tornasol” para el resto de los compañeros, pero disfrutaba en la comprobación diaria de que nadie osaba dirigirse a él por tal apodo, dispensándole, hasta los mismos funcionarios, un protocolario y siempre respetuoso tratamiento de don. Cierto que él ponía de su parte especial hincapié en hacerse respetar de la chusma, manteniendo escrupulosamente las distancias.
      Parquísimo en palabras, podía pasarse semanas enteras sin dirigirse de viva voz a nadie, inquiriendo y respondiendo con un código personal de gestos que todos acabaron por entender y aceptar. Alimentado por una endogenia casi patológica, como patético recurso diferencial su figura y talante derivaron en una suerte de caricatura pintoresca, muy próxima, en usos y modos, al desvarío trasnochado de un caballero de barataria con jurisdicción intramuros sobre aquella desesperanzada humanidad cautiva.
      La aureola de respeto tenía, además, un fundamento capital que él no ignoraba, nacido de la sospecha que todos abrigaban de ser él el único depositario del secreto del paradero de las joyas, el fabuloso botín de “Bermeo”, que nunca llegó a recuperarse.
      El vasco había resultado al fin de una lealtad fuera de lo común, ciento por ciento extraordinaria. A los pocos días de ingresar en la cárcel le llegó a Matías la noticia de la detención de su cómplice. Luego, preparando el juicio, supo a través de su abogado de la peripecia protagonizada por el ladrón tras la comisión del robo, comprobando el injusto error en el que había incurrido al creerse traicionado. El miedo, la prudencia y el despiste, en amalgama, habían sido la causa, y no felonía, del incumplimiento de la cita acordada en la cabaña de Pisón.
      “Bermeo” ciertamente había salido de Madrid a toda prisa y hecho un manojo de nervios, no sólo por la excitación propia del robo, sino, más aún, por la enorme cuantía del botín conseguido, mucho más sustancioso de lo que ninguno de los dos compinches hubiera podido llegar a soñar. En la denuncia hecha por Joyre, en obligada armonía con la póliza del seguro y los asientos contables de existencias de la empresa en la fecha del robo, se había valorado lo substraído en algo más de sesenta millones de pesetas, mayormente en piedras y lingotes de oro y platino; sin embargo, el montante real subía a cuando menos el doble, al no poder contarse, por su oscuro origen, un lote de trece diamantes, aún sin tallar, pero tan gordos cada uno de ellos como garbanzos de Fuentesaúco, y de una gran pureza.
      Pues bien, ya en la carretera, en su ruta al norte, los nervios de “Bermeo” alcanzaron un punto próximo a la paranoia cuando, a la altura de Somosierra, sufrió su primera angina de ansiedad casi insuperable, al verse obligado a circular poco más de tres kilómetros al paso de una pareja de motoristas de la Guardia Civil, en los que su fiebre interior creyó adivinar miradas aviesas y malintencionadas. Al fin, optó por salirse de la general en un supuesto despiste, e inició una pretendida ruta de escape alternativa por carreteras secundarias y que resultó un auténtico fiasco. Cruzó pedanías abandonadas, laberínticos caminos forestales, solitarios parajes sólo frecuentados por esporádicos rebaños, y aún así no logró zafarse ni por un instante de la agónica percepción de un inminente acoso aguardándole al acecho de cada curva. Se obsesionaba en la memoria, que no cejaba, de aquella incisiva mirada del sereno al iniciar su huida, e interpretándola con una lógica muy próxima a la realidad, daba por hecho que todo se había precipitado en catástrofe al paso de las horas.
      Necesitaba el aplomo de Matías, aquella serena y envidiable templanza que reconocía en su cómplice en visos así, de urgencia; pero el camino de Pisón se le hacía cada vez más inescrutable en aquellas condiciones de desvío y turbación extrema. Metido ya en horas de tarde, sin saber cómo ni por dónde, aunque sí siempre obsesivamente enfilado al norte, dio en hallarse y descansar en un caserío abandonado en un paraje incierto, entre Puentenansa y Cabuérniga, a la sombra de la Peña Sagra, en la alta montaña de Cantabria.
      Al amparo de un cobertizo destartalado, sin salir del coche, recapituló sobre los pasos que mejor le convenían. Acudir a la cita que habían acordado para antes del mediodía en la cabaña de Pisón parecía ya excesivamente peligroso e inadecuado. Realmente, sin saber lo que había ocurrido, si la policía seguía o no de cerca sus pasos, ni tampoco si Matías continuaba, no ya en el lugar de la cita, sino siquiera en el pueblo, aguardándole, o, como creía más probable a aquellas horas, posiblemente viajando ya en precipitado regreso a Madrid al llegarle la noticia, que daba por segura, de la comisión del atraco en la fábrica, lo más conveniente, pensó, incluso considerando la mejor hipótesis, sería dejar pasar unos días perdido e incomunicado a cal y canto en aquellos pueblos; o aún mejor, tratar de camuflarse en el callejeo anónimo de la capital, de Santander. Luego regresaría a Madrid, con todas las precauciones y dando un amplio rodeo, y ya acabaría encontrando el modo de establecer contacto discreto con Matías, a cuya lealtad no pensaba ni por un momento faltar, y ya no sólo por la promesa del trato respecto de “Gardel”, sino también porque íntimamente le reconocía imprescindible para procurar la mejor “salida” al botín, a más de que también, a qué negarlo, le había cogido al noble rufián una gran simpatía y confianza. ¡Qué sorpresa iba a llevarse al comprobar la cuantía real de lo apañado! ¡Y qué poco abultaba realmente aquella millonada!... Ahí sí había fallado en el cálculo Matías, al empeñarse de aquel modo tan intransigente en utilizar la maleta como cofre. Desplegada allí en el asiento de al lado, por primera vez pudo disfrutar Abel con sosiego de la deslumbrante visión del botín. Incluso en la penumbra gris de aquel refugio, oscurecido aún más por un cielo encapotado y amenazante, sorprendían y fascinaban los destellos de las piedras y el bruñido dorado de los lingotes.
      Previsor y razonable, pensando en la posibilidad de que pudiera planteársele en las próximas horas una huida urgente que exigiera ligereza, “Bermeo” decidió cambiar por su cuenta el tesoro a una bolsa de mano más pequeña y manejable, que él fuera capaz de cuidar bien sujeta a su lado constantemente. De la voluminosa maleta se deshizo allí mismo, tirándola directamente por la ventanilla y sin cuidarse siquiera de cerrarla. Luego se rindió al descanso de una siesta, eso sí, tan trabado a la pequeña bolsa como lo haría un niño con su osito de peluche más querido. El hambre le despertó al cabo de poco más de dos horas. Despacio y con infinitas precauciones, dominado de nuevo por los nervios, cubrió los kilómetros de una carretera ya principal en el descenso al valle. Así se llegó hasta San Vicente de la Barquera, donde dio buena cuenta de unos deliciosos “manganos encebollados”, en la traducción al común excelentes calamares frescos, y un chuletón de buena res, para rellenar el galopante vacío de su maltratado estómago. Ocupaba una mesa al fondo del comedor de un restaurante sin nombre a la salida del pueblo. Desde el ventanal le era dado observar el coche, aparcado enfrente, y mantenía junto a él, en permanente contacto con su pierna, la bolsa preciosa con el tesoro.
      Aquel sosiego nutriente pareció también atemperarle un tanto el ánimo, recuperando, a la vez que energía, un cierto grado necesario de valor y de confianza en las posibilidades de verse capaz de superar con éxito el tránsito de aquellas cruciales horas. Incluso, metido en imprudencias, pidió, y repitió más tarde, sendas copas de un coñac de marca, que fue libando sin prisas al compás del lento arder de un cigarro puro de vitola habanera. Quería hacer tiempo para que se entrara bien la noche, entendiendo más seguro el viaje hacia la capital al amparo de las sombras profundas de la madrugada.
      Pero poco duró el sosiego, y menos aún el aplomo del que ya se creía dueño. Bastó que asomara en el aparcamiento un Land Rover de la Guardia Civil, posiblemente una patrulla rutinaria, para que “Bermeo” diera en desmadejarse en su silla de la manera más evidente. Arrebatado de precipitación, pidió la cuenta a voces, derramó la copa sobre el mantel, olvidó recoger el cambio, dejando en el platillo del perplejo camarero, todavía en la caja, una más que sospechosa propina, y abandonó el local al paso casi de carrera, atropellando por poco en el cruce de la puerta a los ajenos guardias que entraban en aquel instante.
      Como no podía ser menos, tan atípico comportamiento alertó a los agentes, que fijaron su atención en la apurada salida del coche, su matrícula, y la dirección que tomaba. Al rato, advertidos de los otros detalles por el dueño del local, dieron rápida cuenta de todo ello por la





viernes, 1 de julio de 2011

Destellos de Hollín (Pag 146 a 156)


-- Perfectamente. Todo perfectamente, de verdad, tranquilo...

-- ¿Lo has repasado todo?¿Lo tienes todo en la cabeza?...

-- Todo, absolutamente. Sin ningún problema ... Confía en mí. ¿Y tú, qué sabes de lo tuyo?¿ Qué pasa con ...el encargado? ¿Está el campo despejado?

-- Sí. He hablado esta mañana con él; y mejor imposible, porque está medio griposo, según me dijo, y tiene pensado pasar estos días en casa, sin salir y medio en la cama... O sea que, adelante; y mucha suerte. A ver qué te encuentras...

-- A ver. A ver. Ya veremos. Ojalá pueda llenar siete bolsas...

-- ¡Cómo que bolsas! ...¿Qué bolsas?... Coño, ¿ya estamos?...

-- Que no. Que no... Es un decir. Maletas; dos maletas, ya lo sé. Están preparadas, descuida. Todo se hará según el plan previsto, no, te preocupes...

-- Bueno, otra cosa: Recuerda bien el camino para llegar... Acabo de estar en la cabaña. Vengo ahora mismo de allí, y está perfecta... Recuerda que son siete kilómetros por el primer camino, a la derecha, que hay después de pasar el alto... Verás un templete rojo de una parada de autobús, que tiene un anuncio grande de Coca Cola, recuérdalo; y de ahí mismo sale el camino, no tiene pérdida... Se puede ir en coche perfectamente, y a los siete kilómetros ya verás la cabaña, a la derecha, con un pequeño cobertizo de madera delante, y los tres robles grandes que te he contado en la parte de atrás... Tú ven tranquilo, y seguro que no te pierdes, ¿de acuerdo?

-- De acuerdo. Sí. Perfectamente entendido... Hasta el sábado.

-- Sí, hasta el sábado... ¡Joder, qué dura y qué angustiosa me va a resultar la espera!. Crucemos los dedos, y mucha suerte.

-- De acuerdo... Sí. Que no falte...

-- Eso ...¡Y ... que no faltes tú!... Oye, en fin, ya sabes:... que no me la juegues...

-- ...No seas gilipollas, Matías ¡A estas horas con eso! Parece que no me conozcas todavía... Venga, hasta el sábado. Adiós...

-- Adiós.

      De vuelta al pueblo, algo más sosegado tras la llamada, Matías torció la ruta para echarle por fin un ojo al caserón que fuera solar de los suyos por tantas generaciones. Aquí sí pudo comprobar que los cambios eran radicales, no sólo en el edificio, sino en todo su entorno. La finca había sido despojada de los muros de cierre y explanada en su totalidad. Al fondo habían construido una amplia pista polideportiva de cemento, que ahora aparecía poblada de chiquillería, y en el espacio aledaño al caserón, por la parte de atrás, formaban en paralelo dos pabellones de nueva construcción de viviendas de los guardias, una de las cuales correspondería sin duda al domicilio de Alicia y Benigno. Matías aparcó el coche en las proximidades de la puerta principal, sin percatarse de la prohibición expresa que indicaba una señal bien visible. El guardia de puertas salió de inmediato para reconvenirle, pero aplacó el gesto al instante de reconocerle, lo que sorprendió agradablemente a Matías. Tras ese guardia, asomaron por la puerta el propio Benigno y el sargento que ostentaba el cargo de comandante de puesto y jefe de línea. Benigno hizo las presentaciones, y el sargento correspondió con un saludo ceremonioso y preñado de cordialidad. Era evidente que todos estaban bien informados de su vida e historial.
      Nadando en el halago, Matías aceptó de buen grado la visita que le ofrecieron al interior remodelado de la que había sido su vieja casa familiar. En la memoria de Matías volvieron a cruzarse los recuerdos más vivos de la infancia, pues aunque las obras de acondicionamiento dibujaban una arquitectura interior totalmente diferente a la que él podía evocar, algunos elementos sí permanecían inalterados, como la escalera ancha de acceso a la planta superior, con el mismo pasamanos de caoba, sustentado en una filigrana floral de hierro y adornos dorados de bronce; o el salón noble de la primera planta, reconvertido ahora en cuarto de banderas, que conservaba, restaurados, los mismos lucidos estucos en las anchas molduras sobredoradas que remataban las paredes, pintadas al gusto tradicional, en rojo pompeyano. Cada una de las cuatro esquinas del remate superior conservaban, en bajorrelieve de escayola policromada, el escudo de los Cuernavaca y Muerdecojón; y los frescos del techo, en los que perduraba la recreación alegórica de la escena en la que el fundador de la dinastía salvaba a su rey, aparecían ahora, tras la restauración, más luminosos y vivos de lo que nunca se habían podido admirar en los últimos cien años.
      La amigable charla se prolongó allí por más de una hora. Matías desgranó, invitado por los guardias, alguna de sus anécdotas rusas, comprobando con íntima satisfacción que el relato no era ni mucho menos nuevo para sus interlocutores, quienes mostraban más interés en oír la peripecia en su propia voz que en conocerla de primeras, lo que resultaba evidente por las matizaciones que introducían a la menor digresión u olvido por parte de Matías. Todos lucían el uniforme de gala, con los vistosos correajes amarillos y los tricornios mudados del charol tradicional al terciopelo negro. Al cabo, la conversación hubo de interrumpirse un tanto bruscamente al caer en la cuenta de la hora, y el compromiso de los guardias de comparecer en la procesión para dar escolta solemne al paso del Santo Entierro. Una costumbre ésta, ganada desde su llegada al pueblo, del que todos ellos hablaban maravillas, por cordial y acogedor. Y allí estaba Benigno, como mejor prueba, que se ennovió al tercer mes de la inauguración del nuevo cuartelillo.
      Antes de abandonar el lugar, agradeciéndoles la deferente acogida, Matías fue invitado a asomarse a la obra que sustituía, en la planta baja, lo que en tiempos fueran cocina, despensa y comedor de diario, ocupadas ahora por dos celdas formalmente asépticas, con su camastro y sus barrotes, ante cuya visión Matías no pudo evitar un respingante escalofrío, perfectamente advertido por los guardias, que bromearon y disculparon el gesto entendiéndolo como justa y comprensible reacción a la impresión de un cambio tan brusco con respecto a lo que él recordaría de aquel lugar. La impresión de Matías obedecía, por supuesto, a otras causas, más engarzadas en su propia experiencia reciente, y más aún por lo que de mal fario cabía interpretar de aquella visión para la empresa que tenía en marcha. En realidad, lo que en Matías provocó la contemplación de aquellas reformas vino a ser algo así como un efecto similar, en aquellos momentos, a la rotura de un espejo, el desparrame de un salero, o el encuentro siniestro con el más luctuoso de los gatos.
      Sin dejar de pensar obsesivamente en lo que estaba a punto de suceder a quinientos kilómetros, en la ribera del Manzanares, cuyo repaso no dejaba de cruzar permanentemente por su cabeza, Matías no tuvo más remedio que consentir en canalizar su impotencia por la vía de una implicación, siquiera formal, en la rutina local de la liturgia del Jueves Santo, centrada, después de los Santos Oficios, ya entradas las primeras horas de la noche, en la procesión del Santo Entierro. Un desfile austero y solemne, sólo para hombres, acompañando con gravedad ceremonial por las calles del pueblo al Cristo yacente, de cuya imagen, cubierta por un sudario, sólo se dejaba ver el rostro torturado, dentro de una urna de cristal profusamente decorada, que hacía las veces de supuesto ataúd. La escolta marcial de seis guardias civiles vestidos de gran gala, descubiertos, el tricornio a la espalda y con el mosquetón al hombro y rendido, del revés, apuntando al suelo en señal de luto, era para él la única nota diferencial de una escenografía conocida y siempre emotiva, remarcada en la solemnidad por las lucientes hileras de hachones y velas, el mareo de la cera ardiente y la sonoridad coral de aquellas voces, acentuadas a propósito de viril gravedad, que entonaban una y otra vez la adusta salmodia del “Perdona a tu pueblo, Señor...”, en respuesta a la prédica secuencial del fraile que iba marcando las estaciones del Via Crucis.
      Al pasar frente a la casa de los Heredia, Matías observó en el balcón, asomadas muy juntas, a Ana y a Alicia, como dos gotas de agua, confundidos sus rasgos en las sombras de la noche helada por el efecto de los tenues resplandores de los cirios encendidos que subían del desfile. Por reclamar su atención, Matías elevó por un instante, ostensiblemente, el nivel de su canto, pero desistió de inmediato, enmudecido por el singular brillo que advirtió en las miradas de las mujeres, pletóricas de orgullo ambas: la una hacia Donato, que desfilaba al centro, junto al alcalde y el resto de compañeros de Corporación, orlado igual que ellos con el cordón de concejal; la otra, rutilante, hacia Benigno Sarasa, hecho un pincel con su flamante uniforme, cerrando marcialmente el grupo de escolta militar, inmediatamente detrás del “paso” que cargaban a hombros doce cofrades encapuchados. El punto definitivo de amargura, la puntilla insufrible que impelió a Matías a abandonar la fila y huir del allí casi a la carrera fue, en el silencio tras la última estrofa, la voz del fraile desde un balcón próximo, refiriéndose a los ladrones que fueron crucificados a la derecha y a la izquierda de Jesús. El pobre Matías, deprimido por el ambiente y la asfixiante ansiedad de su propia conciencia, ni siquiera fue capaz del consuelo de imaginarse merecedor de la suerte de Dimas; eligiendo, en la huida desesperada, el destino ciego y fatal de Gestas.
      La noche, como bien se veía venir, acabó ahogada en alcohol en la cantina de la estación de ferrocarril, único garito abierto en estas fechas señaladas, en las que hasta la radio enmudecía de otro mensaje que no fueran los puntuales boletines de noticias y la música sacra, adecuada al riguroso luto oficial.
      El viernes discurrió para Matías en un permanente sobresalto interior. A vueltas consigo mismo, imbuido por la secuencia paso a paso del atraco, que no dejaba de repetírsele en la cabeza obsesivamente, junto con la factura de migraña por el exceso alcohólico de la noche anterior, Matías aparecía completamente ajeno y embotado. Con poca atención y menos entusiasmo, escuchó en el almuerzo los planes de futuro que quisieron participarle Alicia y Benigno. Oía, como en un rumor lejano que no fuera con él, los razonamientos de Alicia, que Benigno, de paisano, confirmaba asintiendo con la cabeza de cuando en cuando, a intervalos regulares: La conveniencia de ser previsores, la anotación de que Rita habría de crecer, y que en el pueblo no había posibilidades para una educación adecuada de la niña; y mucho menos, claro, cuando llegara la hora de afrontar estudios superiores, hacer una carrera y todo eso... En la guardia civil, ya se sabe, los traslados no son fáciles, y las buenas plazas están muy solicitadas, por eso es tan importante aprovechar las ocasiones cuando se producen, aunque sea con mucha antelación.

-- En fin, Matías, que lo que queríamos decirte... Lo que habíamos pensado, sin ningún compromiso, claro, es que... A ver qué te parece..-Alicia buscaba infructuosamente el momento de una atención más comprometida de Matías ...¿Verdad, Beni?

-- Claro, claro, por supuesto...

-- Bueno. Pues que a Beni le sale ahora la posibilidad de conseguir una plaza en Madrid ...Y habíamos pensado que, puesto que Madrid, la capital, ya se sabe, es mucho más caro para vivir, ... pues que tal vez yo podría complementar un dinero trabajando algunas horas en tu fábrica de corbatas... Eso habíamos pensado... ¿Qué te parece?

-- ...¿Eh?... Ah. Sí, me parece muy bien, muy bien, estupendo... Perdonadme, pero hoy tengo la cabeza hecha un bombo. -Matías, para no parecer más grosero y desatento de lo que ya lo estaba siendo, por demostrar algo más de interés por la cuestión, preguntó: ¿Y a dónde te destinarían, Benigno?...porque yo tengo algunos amigos en la Dirección General?

-- No. Eso ya lo tengo. Es un puesto bastante cómodo: en Carabanchel. En la cárcel de Carabanchel... Como si de mentar la bicha se hubiese tratado, en la repetición de la palabra “Carabanchel” el tenedor que Matías acercaba en aquel instante a la boca, cargado de arroz, dio en moverse convulsivamente, derramando todo su contenido. La cara perdió su color y, pidiendo mil perdones, impelido por la urgencia, en el segundo después no tuvo más remedio que abandonar la mesa precipitadamente camino del baño, a todas luces para desalojar el estómago, enturbiado repentinamente por el maleficio de aquel conjuro, que Matías encajó como premonitorio de las fatalidades que tanto temía. El resto del día hubo de pasarlo en la cama, asistido por las infusiones de manzanilla de Ana, quien sólo evidenció su sospecha con una pregunta, eso sí, repetida dos veces:

-- Matías, dime la verdad, no me engañes, ¿te ocurre algo más que la resaca?

-- Qué dices, Ana, ¿qué me va a ocurrir?: que ayer me pasé un poco. Eso es todo...

-- ¿Seguro?

-- Seguro, seguro, tranquila... ¡Qué me va a pasar!...

      Al amanecer del lunes, tras una despedida breve y precipitada, Matías emprendió el viaje de vuelta a Madrid. Ana y Donato aceptaron con resignación la frialdad de los abrazos protocolarios, renunciando a inquirir más acerca de la causa de aquel comportamiento tan extraño y ajeno. Sabían, y en ello descansaban, que aquella patética actitud de Matías, su comportamiento huraño y profundamente ausente en las últimas cuarenta y ocho horas no obedecía en ningún caso a desafecto hacia ellos, o a algún fallo achacable a su hospitalidad como anfitriones. Matías tenía problemas, posiblemente graves, pero, dado su carácter, era inútil indagar o esperar de él la descarga de una confesión; obligándole a ello, mentiría, y muy probablemente se sentiría aún más incómodo. Desde el día anterior, Ana y Donato, por confidencia de Alicia, sabían que la guardia civil local había recibido la orden de vigilar con discreción todos los pasos que Matías diera en el pueblo de día y de noche, a todas horas, e informar de su salida y programar un seguimiento del viaje hasta el límite provincial, donde otro grupo tomaría el relevo. La cosa parecía un asunto grave, aunque ignoraban absolutamente de qué pudiera tratarse.
      La jornada completa del sábado, y toda la del domingo, la había pasado Matías en el monte, en la vieja cabaña de los años adolescentes, cuando, al cuidado de Cosme Mantilla y “Asunción”, disfrutando con ellos de un paradisíaco nacer a la vida junto a Ana, viviera sus mejores años totalmente ajeno a la sangría incivil que entonces anegaba el valle.

      El imponente Mercedes 200 SE, color canela, rugía ahora en plenitud de potencia devorando kilómetros crispados de vuelta a Madrid. Matías maltrataba, como no lo había hecho nunca, el acelerador de aquella máquina perfecta, el último modelo de la casa alemana, por aquellos días un verdadero lujo insólito en las carreteras españolas. Su modelo, además, a mayor abundamiento de sibaritismo, correspondía a una serie especialmente exclusiva en detalles de acabado, como el espléndido autoradio de que iba dotado, un “BecketEuropa”, encastrado en armónico juego con la decoración del salpicadero. Un aparato que se había demostrado imprescindible para él en las últimas cuarenta y ocho horas, aunque no tanto por las noticias recibidas a su través, sino precisamente por la desasosegante ausencia de la que Matías temía escuchar. Nada del atraco, nada del botín, nada de la suerte de “Bermeo”...
      Al volante, liberado ya de ataduras y de convenciones de discreción, Matías se maldecía a sí mismo por haber confiado en el cerrajero vasco. Daba por seguro que éste había completado el trabajo y había decidido apropiarse el beneficio en su totalidad. Con infinita rabia, venía ahora a reconocerse ingenuo e infantil al haber supuesto que en el ánimo de su cómplice, lealtades aparte, fuera a pesar más el odio acumulado de una traición que el codicioso panorama de un millonario botín, así lo imaginaba, y la dolorosa perspectiva de menguarlo en el reparto.
      Cabía, claro, aunque era ésta una posibilidad que descartaba al tiempo mismo de esbozarla, que por alguna razón o impedimento “Bermeo” se hubiera visto obligado a desistir o a aplazar la acción en el último momento; pero, de haber sido así, nada le hubiera impedido acudir a la cita en la cabaña. No. Le había engañado. Le había traicionado. Y, siendo así, a lo que ahora tenía que disponerse, y con plena concentración, era a desarrollar su propio papel del modo más convincente, fuera cual fuera el panorama que le aguardase. Recuperar la serenidad y prepararse bien para su llegada, esa era la prioridad ahora. Si todo sucedía como pensaba, se plantaría en la fábrica unas tres horas después de que los hechos, si habían ocurrido realmente, hubieran sido descubiertos, bien en su local, o en el de al lado, por los primeros en llegar al trabajo en aquella mañana de lunes.
      Al entrar en la ciudad, antes de dirigirse a su casa, Matías hizo una parada para comprar el juego de periódicos del día, advirtiendo en ellos la ausencia total de cualquier referencia noticiosa a la comisión de un robo de