Mostrando entradas con la etiqueta ...Y OTRAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ...Y OTRAS. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de diciembre de 2012

Doce uvas ...y un brindis por el Año Nuevo


Doce uvas…

      Ya apenas horas nos separan de la francachela anual propia de la noche de San Silvestre. Aquí en España, aunque el panorama que se vislumbra para 2013, al menos en lo económico, no ofrece las mejores perspectivas, sin duda en esa hora mágica del tránsito de un año al otro volveremos, como manda el ritual, a entrechocar nuestras copas y a desearnos los unos a los otros la mejor de las venturas para el recorrido del año nuevo. Ocurrirá esto apenas unos segundos después de que las doce campanadas de la medianoche marquen el momento álgido del arranque, cuando quién más y quién menos se las vea aún con la ingesta apresurada de las clásicas doce uvas, una por cada toque, como es de ley.
      Sólo ocurre, y es lo que ahora vengo a contarles, que ese código-ley no escrito, que esa costumbre hoy en día ya tan arraigada entre nosotros, que bien puede tildarse como tradición popular rotundamente asentada, realmente, poco más tiene que un siglo de antigüedad. Sí, porque acaso no sean pocos quienes ignoren que el primer testimonio conocido de la adopción de esa costumbre tiene una fecha sorprendentemente reciente: el 1 de enero de 1897, cuando en el madrileño “El Imparcial” se recoge, en una crónica titulada “Las uvas milagrosas”, la nota de la creciente implantación de ese ritual (comer un grano de uva al compás de cada campanada) entre numerosas familias de la alta burguesía capitalina.
Reloj de la madrileña Puerta del Sol
      Y no hay más. Todo casual; sin ningún engarce de origen en tradición anterior, ni tampoco vínculo de raíz religiosa al que apelar. Ocurrió, y, eso sí, de inmediato se puso de moda, al adoptar muy pronto la costumbre el pueblo llano, que, apenas unos años más tarde ya concurría, con tal propósito y en gran número, a la Puerta del Sol, para fijar allí la cadencia de la ingesta con las campanadas del famoso reloj de la que entonces era “Casa de Correos”.

…y un brindis, por el Año Nuevo

      La tradición de brindar en los primeros minutos del 1 de enero, en efusiva conjura por los deseos de ventura para el Año Nuevo es, ciertamente, bastante más antigua que la de las uvas, aunque no inmemorial, ya que también tiene fecha tasada: como muy pronto, tuvo lugar el 1º de enero de 1583. Sí, porque antes de esa fecha el año nuevo se celebraba, en algunos países el 25 de diciembre, y en otros el 25 de marzo (día de la Anunciación de la Virgen). No fue hasta 1582 cuando la Iglesia decretó la sustitución del calendario gregoriano, que regía hasta entonces, sustituyéndolo por el calendario juliano, que estableció que el primer día del año, en el orbe cristiano, sería el 1 de enero. Y fijó esa fecha así, por las buenas, casi casi como con lo del arraigo de las uvas de la suerte, que venimos de contarles, sin que concurriera en la fecha del primer día de enero ninguna fiesta religiosa ni tampoco ningún hecho astronómico reseñable.
      Lo que sí es evidente es que la disposición nueva cuajó, y se asentó con buena firmeza, y cualquiera diría que en la memoria de la Historia nunca hubo ni otra ni mejor fecha, para marcar la transición de los años, que esa, ya tan inminente, noche de San Silvestre. Brindemos por ello.
      Sí, brindemos, y hagámoslo como más y mejor nos gusta aquí: contando otra “batallita”…
      La sana y efusiva costumbre de brindar tiene raíces muy antiguas que, indefectiblemente, remite al norte, a los países del norte de Europa. La propia palabra “brindar”, “brindis”, es un germanismo, que tiene su origen en la frase alemana “Ich bring dir’s”, que quiere decir, más o menos, “yo te lo ofrezco, yo te lo traigo”.
      En otros países también norteños, escandinavos por ejemplo, la acción de brindar suele acompañarse con la exclamación “sckol”, cuyo origen, según algunos, viene de los tiempos en los que aquellas tribus primitivas solían utilizar para beber los cráneos (sculls) de sus enemigos vencidos en la guerra. Esta costumbre, que bien se ve tan antigua, de beber brindando, tiene su origen, pues, en un rito bárbaro, de grupo, encaminado a lograr que todos beban y se alegren a la vez.
      En algunos países, y aún hoy, el acto de brindar se realiza de un trago, y mirándose a los ojos; es decir, que subyace y perdura aquella razón primitiva de forzar que nadie partícipe pueda sustraerse de la euforia colectiva. Del mismo modo que también en muchos países y sociedades, pongamos por ejemplo significativo la rusa, rechazar un brindis conlleva una ofensa grave para quien lo ofrece y propone.
      En cuanto al rito de entrechocar ruidosamente los vasos en el acto de brindar, parece ser que viene de los tiempos en los que las copas eran opacas, de cuerno o de metal, y se hacía así, se entrechocaban, para demostrar que no había engaño de que alguno de los recipientes estuviera vacío, y evidenciando también, al tiempo, que todos los partícipes habían recibido equitativamente la misma cantidad de bebida.
      En fin, que nuestro castellano “brindis”, como queda dicho, tiene su origen etimológico e histórico en ese centro-norte de Europa. También, por cierto, el término francés “trinquer”, deriva del alemán “trinken”, que quiere decir “beber”. Bebamos, pues, y hagámoslo con la moderación que siempre y en todo caso conviene, para brindar por las venturas que a todos, a ustedes y a mí, ha de traernos, seguro, el 2013, que tan a las puertas está ya. “Chin-chin”…y buen provecho. Hasta el año que viene.









viernes, 21 de diciembre de 2012

Noche de Paz, su increíble y tierna historia

Ahora sí, llegamos ya a la inminencia de cumplimiento de las entrañables fechas que marcan las celebraciones de estos días decembrinos. Es, pues, llegado el tiempo de las acostumbradas felicitaciones. Yo ya he recibido, vía e-mail, muchísimas, y estoy seguro de que la inmensa mayoría de vosotros también; y de que también, como yo, os alegráis de recibirlas, constatando así, en muchos casos, que el amigo aquel, casi perdido que nunca olvidado, comparece de esta forma para decirnos, con su mensaje, que sigue estando ahí y que nos sigue guardando en la memoria de su agenda, que ahora se ha hecho cibernética.
Yo he pensado, le he estado dando alguna vuelta, al mensaje agradecido que pudiera ser apropiado para tantos nuevos amigos blogueros que he acumulado en los 14 meses de andadura de este fascinante soporte electrónico en internet. Y he concluido, al respecto, que lo mejor para participaros mi personal felicitación de Navidad debiera ser haceros partícipes de una nueva “historia”, que es, como ya sabéis los que me vais conociendo, lo que más me gusta: contar “batallitas”, siempre con la menos especulación posible y el mejor rigor histórico.
La que hoy os traigo, que es de una ternura infinita, casi casi increíble, aunque rigurosamente cierta por sorprendente que parezca, ya me sirvió, hace algunos años para, en estas mismas fechas de víspera, felicitar a los oyentes que entonces tenía allende fronteras, en el programa “Con Ñ de ensueño”, que yo, por aquel tiempo, dirigía y presentaba en Radio Exterior de España. Con toda la vehemencia que hoy me es posible, os  invito a escuchar esta grabación, que es una estampa ciento por ciento navideña, rebosante de ternura: la increíble  historia de cómo se llegó a desvelar la autoría del villancico más universal, “Noche de Paz”…. Vaya con ella mi personal y más entrañable felicitación de Navidad para todos vosotros.


miércoles, 19 de diciembre de 2012

¿Por qué el 25 de diciembre?


      La Nochebuena, en el arranque del Día de Navidad, conmemora cada 25 de diciembre el nacimiento de Jesús en Belén. Esta es la convención cristiana, que, obviamente, nada tiene que ver con el rigor histórico del hecho, porque en los datos biográficos de Jesús, en lo que hace a la documentación histórica, sólo constan algunas referencias –y muy pocas- de su vida pública de adulto, pero nada en absoluto de las fechas concretas de su nacimiento y de su muerte. Así pues, ¿por qué el 25 de diciembre?...
      Si apelamos en los Evangelios como fuente documental, nada se nos dice al respecto sobre la fecha exacta del nacimiento de Jesús. Ni Mateo ni Lucas, que se refieren explícitamente al hecho, aportan ningún dato preciso. Y en los de Marcos y Juan, Jesús aparece ya adulto, bautizado en el Jordán y loado por el Bautista. Sólo sabemos que nació bajo el mandato del emperador Augusto, pero éste reinó más de cuarenta años. Además, al principio de la era cristiana no se dio un especial interés por evocar esta fecha concreta del nacimiento. Lo que entonces parecía interesar más era la conmemoración del día en el que San Juan bautizó a Jesús en el Jordán, ya muy adulto, y esa fecha, obviamente, también era igualmente desconocida.
      No obstante, en el siglo II los primitivos cristianos decidieron consagran a esa evocación un día festivo, para lo que fue preciso elegirlo de un modo arbitrario, y se optó por el 6 de enero. En ese día, en las religiones primitivas de Oriente tenía lugar la “fiesta de la Inmersión”. Los ríos eran ceremoniosamente bendecidos y el pueblo se sumergía en ellos para purificarse, y recogían también en ellos agua considerada absolutamente pura bajo el efecto de la solemnidad. Estas prácticas se daban en numerosas creencias orientales, y también en Grecia, en el culto a Dionisio, y en Egipto, en honor a Osiris. Así pues, la Iglesia decidió –allá por el siglo IV- fijar en esa fecha, del 6 de enero, la conmemoración del bautizo de Jesús, teniendo en cuenta la analogía existente entre el bautismo cristiano, que en aquellos tiempos se administraba por inmersión, y el uso antiguo. A la nueva solemnidad se le dio el nombre de Epifanía, que en griego significa “aparición”, o “manifestación”. 
      Epifanía, además “manifestación” porque poco a poco había venido a concurrir en la celebración de la fecha la evocación de la adoración de los Magos. Y otra concurrencia más, debido al carácter maravilloso atribuido en ese día al agua, la Epifanía también fue aprovechada como un recuerdo de las bodas de Canáa, en las que Jesús, en su primer milagro, convirtió el agua en vino. En resumen, que a partir del siglo IV, el 6 de enero, día de la Epifanía, fue contemplado como la conmemoración simultánea del bautizo de Cristo, de la Natividad (en cuanto a la adoración de los Magos) y del milagro de las bodas de Canáa.
      Pero, andando el tiempo, cien años más tarde, ya por el siglo V, la jerarquía de la Iglesia empezó a considerar que aquella concentración de conmemoraciones diversas en un solo día no era buena (por entonces tan sólo había dos grandes celebraciones en el calendario cristiano: la Epifanía, y la Pascua), y empezaron a considerar la búsqueda de una fecha concreta y única para la conmemoración de la Natividad. Además, con ello se quería contrarrestar la influencia de la herejía maniquea, según la cual el cuerpo de Jesús no era real, y sólo habría sido el producto de una ilusión. Se decidió, por lo tanto, conmemorar el “nacimiento según la carne”, distinguiéndolo del bautismo, que tenía la consideración de hito a partir del cual Jesús había iniciado la “vida divina”. Y así fue cómo se pusieron a buscar la fecha, y con ello a empezar a elucubrar cuál sería la fecha exacta de nacimiento de Jesús.
      Los primeros cálculos de los que tenemos constancia documental nos remiten a finales de ese siglo IV, y a la obra del monje Dionisio el Exiguo, quien estableció que Jesucristo había nacido en el año 753 después de la fundación de Roma. La opinión fue aceptada, y el año en cuestión pasó a convertirse en el primero de la nueva era cristiana. Pero, una cosa era establecer el año, y otra más difícil y compleja aún determinar el día y el mes concretos. Dionisio no quiso llegar a tanto en su osadía, y dejó el asunto en nebulosa, que la Iglesia resolvió de nuevo acudiendo al calendario pagano, confiando en resolver así, una vez más por sustitución, una costumbre añeja revirtiéndola en solemnidad cristiana.

      En aquellos tiempos del siglo IV se tenía la creencia errónea de que el solsticio de invierno tenía lugar el 25 de diciembre. En ese día, todas las religiones paganas celebraban el culto solar, jubilosa celebración del “nacimiento” del sol que, después de permanecer bajo en el horizonte durante los cortos días invernales, se elevaba en el cielo y alargaba los días. Al no poder extirpar tan arraigada festividad, la Iglesia optó por anexionársela dándole un significado cristiano, y así, el 25 de diciembre se convirtió en el día de la Natividad. No obstante, de aquellos usos paganos asociados al primitivo culto solar todavía son perceptibles algunas costumbres que han perdurado, como los troncos encendidos y las velas y luces en los abetos tradicionales, que son otras tantas supervivencias de las hogueras y las luminarias que, primitivamente, festejaban el retorno del astro solar.
























domingo, 15 de julio de 2012

Rosalía

      Se cumplen hoy, 15 de julio, 127 años de la muerte de una mujer extraordinaria, además de una poetisa excelsa. Se llamó Rosalía, y ese sólo enunciado es suficiente para que todos los gallegos reconozcamos en él, de inmediato y sin excepción alguna, el sentimiento propio que se le tiene a una madre. Sí, porque, aunque resulte cursi, tal es la mejor definición, en estricta verdad, del vínculo que Rosalía de Castro logró fecundar de manera indeleble y permanente con su poesía entre sus paisanos.
      Y no sólo por su magistral oficio en el manejo de la métrica, incomparable. Ni siquiera por el honor que le cupo de redescubrir y forjar nuestro idioma, la lengua gallega, durante siglos denostada y arrumbada, sino, fundamentalmente, porque nadie como ella supo calar y denunciar, con tan amoroso afán, en la lacerante condición que por entonces, en su tiempo, sufría el pueblo gallego, al menos la inmensa mayoría de los campesinos y pescadores, secularmente anclados en la miseria, de la que sólo podía salvarles la incierta y penosísima vía de la emigración.
      Rosalía de Castro vino al mundo en Santiago de Compostela el 24 de febrero de 1837. Un año antes había nacido en Sevilla Gustavo Adolfo Bécquer. Andando el tiempo, ambas personalidades, Rosalía y Bécquer, vendrán a cancelar el Romanticismo español, del que ellos dos serán sus figuras más señeras y representativas.
      Más, a diferencia del sevillano, que tuvo una infancia feliz y en nada traumática, Rosalía nació marcada por lo que en aquellos días era un gravísimo estigma: era hija de soltera; y más y peor, su padre era un cura, un sacerdote. La de los Castro era una familia de ínfulas, de granada hidalguía en la capital compostelana, y el baldón de aquel nacimiento hubo de llevarse con vergüenza y clandestinidad. “Hija de padres incógnitos” se escribió en su registro bautismal, adonde la llevó, en horas aún de madrugada, una sirvienta de la casa, que ejerció como madrina. Para evitar el escándalo, no volvió a casa la recién nacida, yendo a la de aldea de una hermana de su padre que la acoge. Allí pasará sus primeros años, hasta que al fin la madre, María Teresa de la Cruz de Castro y Abadía, reconoce a su hija y le da su apellido. La futura poetisa será desde entonces, Rosalía de Castro.
Casa-museo de Padrón
      El reconocimiento familiar propicia a la niña/joven Rosalía, además del cariño natural –que nunca le faltó- la educación a la que por entonces sólo pueden acceder los hijos de familias acomodadas. La de Rosalía, además –los Castro- figura entre las de mayor barniz cultural de la ciudad, con contacto y amistad con los círculos de la burguesía local en los que empieza a asomar un tímida conciencia galleguista; o no tan tímida, porque entre los allegados de la casa se encuentra el gran bardo Eduardo Pondal, cuyas composiciones, beligerantes en la reivindicación del irredentismo de Galicia –uno de sus poemas, “Quéixume dos pinos” es letra hoy del “Himno gallego”- habrían sin duda influenciado en la vocación poética de la joven Rosalía, quien manifiesta esa aptitud desde sus años adolescentes. Años en que su vida discurre a caballo entre el ambiente urbano –así sea de rancio provincianismo- de Compostela, y las frecuentes idas a la aldea padronense, donde no puede por menos que escandalizarse y apiadarse de las durísimas condiciones en las que viven los famélicos campesinos, y entre ellos, y aún peor y más desesperada, la extrema sumisión que sufren las mujeres.
Dormitorio de la casa-museo
      Con la imagen de la terrible hambruna que las malas cosechas habían provocado en los tres últimos años, en 1856 Rosalía de Castro se traslada a Madrid, para vivir en casa de su tía Carmen Lugín de Castro, madre que será del escritor Pérez Lugín, autor que fue años más tarde de famosa “La casa de la Troya”. El motivo del viaje de Rosalía a Madrid no está muy claro, y probablemente obedece a varias razones: una, sin duda principal, su ambición literaria y el afán de aproximarse a las corrientes más efervescentes de la capital; otra, no menos co-causal, alejarse de la perenne humedad gallega, para aliviar en la seca meseta castellana la latente tuberculosis que tanto incide en su siempre precaria salud.
Rosalía, en foto de estudio
      A través de los años se ha fomentado la imagen estereotipada de una Rosalía introvertida, permanentemente imbuida de melancólica tristeza y de “dolor de vivir”. Bien puede ser que tal fuera su condición en el último tramo de su vida, cuando la enfermedad y un panorama matrimonial no muy satisfactorio, acabaron por doblegar su espíritu y abocarlo al pesimismo. Pero no fue así siempre, ni mucho menos. En la etapa en la que todavía estamos, joven y soltera, y recién llegada a Madrid, logra de inmediato relacionarse e integrarse con un grupo de escritores y poetas, quienes acogen con entusiasmo sus composiciones –todavía en castellano- y hacen posible que éstas vean la luz en forma de libro, bajo el título de “La flor”.
Rosalía, Murguía  y sus cinco hijos
      La aparición de este primer poemario fue comentada con ditirámbicos elogios por el periodista de “La Iberia” Manuel Murguía, gallego como Rosalía, también santiagués de origen, e igualmente implicado en sueños literarios, si bien los de Murguía habían al fin de encauzarse por la vía del ensayo histórico. Acendrado galleguista, Manuel Murguía, con el que Rosalía se casará en Madrid el 10 de octubre de 1858 tras menos de un año de noviazgo, ejercerá siempre como favorable impulsor de la carrera poética de su mujer. Rosalía, a la vez que se va cargando de hijos –hasta 5- habrá de seguirle en azarosa vida, incluida una etapa de destierro en Extremadura. Murguía ejercerá como director del Archivo Histórico de Simancas, para pasar luego a ejercer la dirección del Archivo General de Galicia, y a figurar como uno de los intelectuales fundadores de la Real Academia Gallega.
      Hasta 1871, quince años después de su viaje a Madrid, no logra Rosalía volver a afincarse definitivamente en Galicia, meta ésta que había pasado a ocupar un interés principal en su vida. Con lo ganado de oficio en el arte de escribir y la nueva emoción del reencuentro, en 1863 saca a la luz su primer libro de poesía gallega, el trascendental “Cantares Gallegos”, en el que Rosalía recrea con magistral sensibilidad el paisaje, el dolor, la alegría, la tragedia de la emigración, el folklore y la saudade. En definitiva, la epopeya popular de las gentes sencillas de su tierra, en versos llamados a ejercer como sagrada reivindicación del pueblo galaico y de su lengua.
      Su segundo gran libro de poesía gallega lo publica Rosalía en La Habana, en 1880, bajo el título de “Follas Novas”. En él el costumbrismo sigue siendo fundamento argumental, pero ahora más hondamente trufado de dolor y de tristeza, la misma que se va adueñando de su alma. Tan sólo cinco años le quedan de vida. El cáncer ha asomado ya, y ella se aferra, para combatirlo, a la intimidad con sus gentes y su paisaje. Todavía publicará un último poemario, en castellano, “En las orillas del Sar”. Finalmente, la muerte acaba por vencerla el 15 de julio de 1885. Tan sólo seis años después de su muerte tiene lugar la gran reivindicación nacional de su obra y de su persona, al ser trasladados sus restos, en olor de multitud, desde el cementerio de Padrón al Panteón de hombres –y mujeres- Ilustres de Galicia, en Santo Domingo de Bonaval, en Santiago de Compostela, donde hoy se hallan y son venerados con el más acendrado respeto y reconocimiento –aquel que decíamos que corresponde a una madre- por todos los gallegos.








martes, 3 de julio de 2012

A Rapa das Bestas


      Quien haya tenido ocasión de viajar por Galicia siguiendo las muy atractivas y serpenteantes rutas de montaña, que en determinados lugares -Capelada, Finisterre, Barbanza…- llegan hasta el borde mismo del océano, perfilando vertiginosos cantiles, habrá disfrutado del singular espectáculo que ofrecen las manadas de caballos en libertad, moviéndose con la arrogancia de saberse amos absolutos de tan inhóspitos y solitarios parajes. Tan sólo una vez al año ven doblegada su salvaje libertad por la acción dominante del hombre: ese día veraniego en el que los mozos de la aldea protagonizan la gran fiesta ritual de “a rapa das bestas”.
      El atractivo y espectacularidad de esta fiesta -“rapa” en las provincias de Lugo y A Coruña, o “curro”, que es como mejor se la conoce en la zona de Pontevedra- justifica la notable proliferación que ha venido dándose en los últimos años, hasta llegar a cubrir la práctica totalidad de la geografía gallega. Con todo, como bien dice el refrán, "la antigüedad es un grado", y ese grado, predominante sin discusión, sigue correspondiendo, hoy como ayer, a una aldea del municipio pontevedrés de A Estrada, San Lorenzo de Sabucedo, que tradicionalmente celebra su “curro” en el primer fin de semana de julio. Dadas las similitudes básicas entre unos y otros, para la descripción general de la fiesta, que es lo que pretendemos, sin duda resultará apropiada la referencia concreta a lo visto y vivido allí, hace ya algunos años, en esta aldea hospitalaria cuyos breves horizontes aparecen perfilados en lo alto por cumbres de nombre tan sugerente como Montouto, Curutu, Cábado, Fontefría…solitarios parajes en los que tienen su hábitat natural y libertario las manadas de caballos salvajes desde tiempo inmemorial. Una raza primitiva, de la que dio ya cuenta el inefable Plinio en sus escritos, que en sus soledades y abandono secular evolucionó sin controles de linaje ni “pedigree”, en una secuencia elemental de simple y necesaria adaptación al medio, con la fortaleza y resistencia como principal característica; en detrimento, eso sí, de nobles alzadas y estilizadas formas, que son éstas “coqueterías” de todo punto incompatibles con las durezas invernales que aquí tienen que soportar. Viven sin mimos ni azúcares, pero también sin sillas ni alforjas.
La yeguada del Santo

      La primera referencia documental de los caballos de Sabucedo está vinculada a una historia singular acaecida en cierto año del siglo XV, cuando una devastadora peste asoló la comarca sembrando el pánico entre los pacíficos lugareños. Dos hermanas, que vivían solas, decidieron entonces poner tierra por medio y construir a tal fin una cabaña en un lugar aislado, conocido como Labagueiras; allí, intentado dar esquinazo al contagioso mal, convinieron encomendar su suerte al patrón, San Lorenzo, prometiéndole a cambio la donación de un potro y una yegua, que habrían de soltar al monte para su reproducción bajo tan pía advocación. Nació así la “Yeguada del Santo” marcada a fuego con una simbólica “parrilla” y origen de las numerosas manadas actuales.
      El censo de hoy alcanza las quinientas cabezas, de las cuales apenas diez son “garañones”, es decir, machos, jefe de manada, con territorio propio perfectamente delimitado por su deyecciones, y defendido a coces y dientes si algún otro macho comete la osadía de aplicarse en veleidades seductoras con alguna de las yeguas de su “harén”. Batallas y disputas entre rivales, que se soslayan y superan cuando sobreviene, con tanta frecuencia en el invierno, el ataque del lobo; entonces todos forman agrupados en una piña, con los potros más jóvenes y las yeguas al centro, y los garañones en atento reto y vigilancia en el círculo exterior. De esas lides dramáticas, y tantas veces trágicas, saben muy bien los vecinos de Sabucedo cuando, llegados los primeros calores del verano, suben al monte en el primer fin de semana de julio para agrupar “ás bestas” en una sola manada, y bajarla luego al pueblo en una ceremonia ancestral y festiva que muchos consideran, acertadamente, como el más auténtico espectáculo gallego e su género.
La “Baixa”

      La iglesia parroquial de Sabucedo tiene un viejo reloj de sol, grabado en la noble piedra de su fachada, con una leyenda simple y ripiosa en la que se lee: "Reloy soy, dándome el sol las horas doy". En el alborear del primer sábado de julio, cuando la sombra horaria empieza a perfilarse en la hendidura que señala la posición de las seis de la mañana, ya están los mozos de la aldea en orden de marcha, reunidos en cuadrillas en torno al atrio y dispuestos a cumplir con un ritual sencillo y preciso, que apenas ha variado a lo largo de los siglos: repique de campanas y bombas de palenque, para espabilar a los más rezagados; misa, para propiciar la tutela del Santo en la dura jornada que aguarda; la mochila bien pertrechada de viandas caseras, para reponer fuerzas en la soleada media mañana de la alta sierra; sin olvidar, por supuesto, el imprescindible bastón de moca, trabajado a navaja a partir de un buen retoño de “carballo cerqueiro”.
      Dos horas de montaraz caminata por riscos y vericuetos, llevan a las distintas cuadrillas hasta los lugares de pasto y dominio de las dispersas manadas. Los más veteranos dirigen con sumo cuidado la operación de irlas rodeando y reuniendo, con la precaución de no acosarlas directamente para evitar estampidas y dispersiones que obligarían a empezar de nuevo toda la operación; lo cual, dicho sea de paso, no se recuerda que haya ocurrido jamás aquí, pues tienen muy a gala estos mozos que ni un solo animal se quede en el monte en este día, y que todos pasen por la saludable “toilette” que abajo aguarda, en el “curro”.
      A las dos de la tarde están al fin reunidas todas las bestias en una única y excitada manada. Los que han trabajado en el rodeo de los caballos han recorrido ya unos veinte kilómetros y la mayor parte corriendo. Totalmente empapados en sudor, y hambrientos, llega el momento de abrir las mochilas y dar buena cuenta del avituallamiento preparado al efecto. Es un respiro tan gratificante como de obligada brevedad, ya que el riesgo de dispersión crece por momentos, con los garañones enzarzados en crispados relinchos y amagos de combate por la forzada “convivencia”. En la mente de todos se hace urgente iniciar el descenso, la “baixa”, sabedores, además, de la ansiosa expectación que ya se vive en el pueblo a esa hora, con miles de turistas y visitantes apiñados en los linderos de la angosta cañada por la que habrán de entrar los caballos.
      Hacia las cuatro de la tarde es la hora prevista. El público ha ido disminuyendo paulatinamente el nivel de sus conversaciones hasta alcanzar un sorprendente y tenso silencio. En la complicidad de esa fascinante atención todas las miradas permanecen atentas al manto verde que forman las copas de los árboles al remontar la ladera del monte más próximo. Por debajo, entre los claros y sombras, se adivina a ratos el serpenteante zigzagueo del camino forestal. Vista y oído alerta, todos pugnan por ser los primeros en descubrir allá en la cumbre la nube de polvo o el eco sordo de la galopada que anuncie la inminencia de la tumultuosa e irrefrenable llegada de las bestias. Un grito, al fin, desata el delirio y la algarabía ¡Xa chegan!...En apenas unos minutos, ciertamente únicos, se produce la arribada en tropel por la llamada “congostra das lamas”, en medio del ensordecedor estrépito de cascos y relinchos. Tras un brevísimo “encierro” por las callejas de Sabucedo, la riada va a desembocar a un plácido y frondoso robledal, conocido como “campo do medio”, previamente cercado de alambre, donde las manadas recompondrán el orden “familiar” perdido tras el atropellado descenso, y sosegarán los ánimos durante un par de horas, hasta la cita de media tarde, en el “curro”.
El “curro”

      Es el “curro” una recia y sobria construcción rectangular, dotada con graderíos para el público. El de Sabucedo cuenta, además, con el interés añadido de su antigüedad, ya que fue construido, en mampostería, a finales del siglo XVIII, en piedra sillar y adosado a la iglesia, de la cual depende.
      El momento crucial de la fiesta está a punto de comenzar un año más en este recinto, que ofrece ya su más soberbio aspecto, mezcla singular de coso taurino, circo romano, y rodeo da far-west. En la arena, el amasijo abigarrado de los caballos ofrece una fantástica estampa, capaz de trasladar la excitación de las bestias al propio ánimo del público que colma el recinto “hasta la bandera”.
      La primera operación consiste en separar a los potrillos, nacido en la pasada primavera, para evitar que puedan resultar heridos en la pelea que se avecina, sacándolos del recinto y aislándolos en un cercado preparado al efecto en el exterior. Son los chavales del lugar, como práctica iniciática, los encargados de acometer esta faena, en un simpático empeño que el público sabe premiar convenientemente con ovaciones y carcajadas a cada revolcón.
      Entre tanto, las cuadrillas de veteranos, que han aprovechado este simpático preludio para estudiar con atención la posición -y “disposición”- dentro del grupo de cada uno de los garañones, se hallan dispuestos ya, repartidos en equipos de tres o cuatro “agarradores” para acometer la dura faena del acoso, derribo, pelado, y marcaje si procede, de los caballos adultos. La “rapa das bestas” propiamente dicha empieza a partir de este momento.
      El “agarrador” coordina con su equipo los detalles finales de la estrategia a seguir, comenzando por los machos, los más peligrosos y encabritados, a los que conviene dominar en plenitud de fuerzas. Una vez tomada la decisión, se produce un salto rápido y ágil sobre el lomo del caballo, sin otra ayuda que las propias manos, agarrándose con fuerza crispada a las crines del animal. La lucha se desarrolla ahora ferozmente, el bruto intenta zafarse a todo trance, zimbreando su cuerpo con grandes cabriolas y lanzando furibundas coces al aire, en un inútil intento por sacudirse del ocupante de su grupa. El primer objetivo del “agarrador” consiste en llegar a taparle los ojos y aislarle de los demás caballos. Saltando por el aire como un muñeco, “agarrador” y caballo mantienen un combate salvaje y espectacular sin ambages, hasta que los compañeros entran el lid, aferrándose al cuello, el uno, y a la cola, el otro, y forcejeando ya los tres al unísono por lograr derribar al animal, y mantenerlo luego firmemente sujeto en tierra.

La “rapa”

      Entre relinchos desesperados y fracasados intentos por liberarse, la tijera entra al fin a saco con las pobladas crines del noble bruto. Luego, en la recuperada libertad de la sierra, cuando lleguen los calores agosteños, este aligeramiento capilar evitará, en buena medida, el cruel ensañamiento de parásitos y tábanos.
      El proceso de acoso, dominio y “rapa” se va repitiendo una y otra vez hasta completar el censo de la manada. En el caso de las yeguas nuevas, la operación ha de completarse con el “marcaje”, a fuego o a tijera, dependiendo de la propiedad que corresponda a cada caso. Los potros jóvenes no podrán volver en ningún caso al monte, por una clara incompatibilidad con el garañón: su destino no es otro que la venta en pública subasta. Hasta hace algunos años también se subastaban las “crines”, que eran empleadas para la fabricación de cepillos, brochas y pinceles.
      Ya a la caída de la tarde, cuando ya apuntan las sombras, la agotadora jornada concluye con el acto de devolución de las yeguas y garañones al monte, encaminándose cada una de las manadas al galope hacia sus respectivos territorios, dispuestas a disfrutar por otro año más del privilegio de una absoluta y solitaria libertad.
















domingo, 6 de mayo de 2012

Muerte de Napoleón


      191 años se vienen de cumplir de su muerte, acaecida en la inhóspita isla atlántica de Santa Elena, donde llevaba recluido seis durísimos años. Ninguneado y hasta maltratado de palabra y obra por el gobernador británico, asistido por un reducido séquito, que no hizo más que menguar al correr del tiempo, y minada su salud desde el punto mismo de su llegada. Contaba tan sólo 51 años cuando le sobrevino la muerte, aquel 5 de mayo de 1821, oficialmente, por causa de un cáncer de estómago, pero hay serias dudas, y muy abiertas controversias aún a día de hoy sobre la causa real que provocó el fatal desenlace.
Máscara mortuoria del Emperador
      Estudios patológicos recientes, llevados a cabo a partir de muestras de cabello tomadas entonces al cadáver, confirman un sospechoso nivel elevado de arsénico, lo que ha dado pábulo a una cuestión fascinante: ¿Fue víctima Napoleón de un metódico plan criminal para asesinarle?... Y si así fue, ¿Quién de sus próximos y allegados en aquel encierro lo llevó a cabo? De todo ello contaremos en esta página de hoy, entreverando este grave interrogante con el marco referente sustancial y contrastado de las penosísimas condiciones que el corso hubo de soportar en esos seis últimos y desesperados años. Razón tenía el Emperador cuando, en confesión a su fiel marqués Las Cases, reconocía el grave fallo de no haber muerto en Waterloo.
Napoleón en Waterloo
      Tras la derrota en Waterloo, el 15 de junio de 1815, Napoleón regresó a Paris. Allí valoró la situación. De una parte, el pueblo le imploraba que continuara la lucha, pero de otra, al fin determinante, los políticos le hicieron ver con nitidez la quiebra de su confianza y la retirada de su apoyo. Napoleón optó entonces por abdicar en favor de su hijo, el “Aguilucho”, un niño que desde el año anterior estaba en Austria junto con su madre, la emperatriz María Luisa, que había optado por regresar a la corte de su padre, el emperador Francisco II, cuando Napoleón había sido desterrado a la isla de Elba. Pero el plan de Bonaparte no funcionó.
       Las cortes europea vencedoras no consintieron en la sucesión de un Napoleón II, optando por la reposición en el trono del Borbón Luis XVIII. Napoleón conoció de estos sucesos, junto al grupo de sus más incondicionales, en su retiro de La Malmaison. Pensó entonces en la posibilidad de retirarse a los Estados Unidos, y es muy cierto que, desde Paris, le hicieron creer que ese plan era posible, y que con tal pretensión, a finales de junio se trasladó con aquel grupo de los más allegados al puerto de Rochefort. Fue allí donde embarcó ingenuamente en el barco de pabellón británico que le aguardaba. Al acceder a él, la banda del buque les rindió engañosos honores, y se hizo de inmediato a la mar. Pero el barco tomó rumbo directo a Inglaterra, luego de informar al sorprendido Napoleón de que su condición a bordo no era otra que la de prisionero de guerra.
En el barco inglés que le llevó al definitivo destierro
      Finalmente, los ingleses decidieron que en ningún caso iban a repetirse las circunstancias de Elba. Buscaron entre sus dominios el más inhóspito, el más inabordable y más difícil de atacar, y lo hallaron en un islote perdido en el Atlántico sur, a 3.500 kilómetros de la costa brasileña y a 1.900 de la africana, descubierto el 28 de agosto de 1502 y bautizado con el nombre de la santa del día, Santa Elena. Una isla diminuta, permanentemente ahogada en la neblina, azotada por frecuentes tempestades y de manera constante por rachas de viento huracanado de infernal bramido. Tal fue la prisión elegida para el Emperador, quien nada más desembarcar percibió la abierta e indisimulada hostilidad con que había de tratarle el gobernador del islote, Hudson Lowe, quien empezó por marcar su posición negándole el trato de Emperador, o de “sire”, para referirse a él siempre como “prisionero de Estado”.
En Santa Elena, junto a sus fieles: de izda a dcha, de pie:
Montholon y Gourgaud; sentados, Bertrand, Les Cases, y el
hijo de éste.
       El pequeño grupo de sus acompañantes, todos ellos voluntarios que habían pedido expresamente compartir su exilio, estaba integrado, entre los más destacables, por el citado marqués de Las Cases, y su hijo, conde del mismo título; el general Montholon; el general Bertrand; el doctor O`Meara, como médico personal; y algunos fieles más como personal de servicio, todos ellos junto con sus esposas. Les destinaron como alojamiento una amplia finca, con varias edificaciones, una principal y varias anejas, ubicada en el centro de la isla. Dentro de este recinto, gozaban de cierta independencia, no obstante lo cual, el gobernador, por un sistema de señales, estaba permanentemente informado, en su residencia del puerto de Jamestown, de todos los movimientos del grupo. En semejante ambiente aislado, sometido a permanente vigilancia y cicateramente provisionado, no resultan difíciles de explicar los cada vez más frecuentes accesos de cólera y subsiguiente ataques de depresión que progresivamente fueron haciendo presa en él.
El deterioro de su aspecto físico
se hace evidente en este grabado
      Los escasos días que el infernal tiempo lo permitía, Napoleón recorría la finca a caballo; también empezó a interesarse por la jardinería, y ocupaba buena parte de la mañana en la lectura de la nutrida biblioteca –unos mil volúmenes- que se había llevado con él. También se ocupaba de dictar sus “Memorias”, que recogía por escrito el marqués de Las Cases, y cuya publicación, años más tarde, supuso uno de los éxitos editoriales más resonantes del siglo.
      Las cosas, como decimos, empezaron a ir mal desde el principio. El gobernador, Hudson Lowe, carecía de todo tacto, y parecía complacerse en su permanente despotismo, creando conflicto a diario. El marqués de Las Cases escribió dando detalle y denuncia de esta situación a Luis Bonaparte, pero la carta fue interferida, y el marqués y su hijo tuvieron que abandonar la isla, desterrados a Suráfrica. En el mismo lote, el gobernador también incluyó el destierro del médico personal de Napoleón, el doctor O’Meara.
      La marcha de estos tres confidentes hizo grave mella en Napoleón, y muy en particular, en lo que hace a las consecuencias prácticas, la marcha del médico, que no fue sustituido. Como Napoleón se negara a aceptar las visitas del médico de la guarnición inglesa, pasaron seis meses sin ninguna asistencia. La salud de Napoleón no hizo más que agravarse preocupantemente durante ese tiempo, y a partir de entonces en una dramática escalada.
      Ya desde mucho antes, padecía el corso de trastornos estomacales, que le producían vómitos frecuentes, fiebres y postraciones dolorosas; y este cuadro no hizo más que agravarse ahora, en la situación devenida en tan precaria. En una de las crisis, el cuadro de urgencia le obligó a aceptar la visita del médico británico de una goleta que había hecho escala allí. El doctor lo auscultó y diagnosticó hepatitis, pero tal no hiciera, porque provocó la cólera del gobernador que no dudó en someterle a un consejo de guerra, alegando que aquella enfermedad no existía en la isla.
      Finalmente, atendiendo la mediación del Vaticano, donde había hallado refugio la madre de Napoleón, las autoridades inglesas aceptaron el envío de un médico italiano, el doctor Antommarchi, un forense florentino que no logró sintonizar para nada con su paciente, y que desde su llegada a Santa Elena iba a mostrar mucho más talento para la intriga que conocimientos médicos.
El dictado de sus Memorias al marqués
de Les Cases, era una de las recurrentes
actividades del día a día en Santa Elena.
      Lo cierto es que, con éstos y otros avatares, la salud de Napoleón cayó en picado en su último año de vida. Para atajar sus padecimientos se le administraba regularmente calomel, un preparado a base de cloruro mercurioso que la medicina de entonces utilizaba como purgante y vermífugo. La conjunción de este calomel con tisanas de agua de cebada condimentada con almendras amargas para combatir el estreñimiento, derivaban en el estómago en una mezcla similar al cianuro de mercurio, no letal por la baja dosis, pero sí de crónica toxicidad. De ahí podría venir la explicación de la presencia detectada, que antes comentábamos, de arsénico. Pero, igualmente, no cabe descartar esa otra especulación de una trama programada de envenenamiento. El propio Napoleón sospechaba de ello, y aunque no se llevara bien con su nuevo médico italiano, un día –como éste recordó años más tarde- le hizo la siguiente petición expresa: “luego de mi muerte, que presiento no muy lejana, quiero que abra mi cuerpo y lo estudie bien... Le recomiendo que lo observe todo cuidadosamente durante su examen”... Bien parece que, fundadas o no, Napoleón sospechaba que estaba siendo envenenado.
En el lecho de muerte
      Desde luego, no faltaban razones justificativas con las que abonar la hipótesis de un asesinato planificado. De hecho, cabe imaginar conspiraciones para todos los gustos: desde los monárquicos franceses, temerosos de su indeleble aureola y de la coyuntura de un posible retorno; hasta los ingleses, por iguales razones y el alto coste de aquella reclusión, presupuestada en unos ocho millones de libras anuales. Eso, sin desdeñar a los cortesanos que habían en su día aceptado el exilio voluntario con él, y que veían pasar el tiempo, y agriarse el carácter de su mito, tan desnudo y desposeído ahora, y hasta tan penosamente patético, y anidara en ellos un deseo soterrado de desembarazarse de aquella estéril obligación y poder retornar a casa.
El lugar del enterramiento en la isla
      Fuera como fuere –la cuestión sigue hoy sin resolverse- Napoleón vio agudizada su dolencia, con apariencia de fatal e irreversible, desde primeros de marzo. Postrado desde entonces y sometido a durísimos padecimientos y dolores, el sábado 5 de mayo de 1821, a las cinco y cuarenta y nueve minutos de la tarde dejaba de existir. Antes de embalsamar su cuerpo, se le practicó la autopsia, dirigida por el médico italiano y los demás facultativos ingleses que se hallaban entonces en la isla. De ella se extrajo la conclusión, y así se detalló por escrito, que la causa del fallecimiento había sido debida a la existencia de un cáncer en el estómago. Una vez hecho esto, vestido con su uniforme y envuelto en la capa galoneada que había llevado en la batalla de Marengo, se le dio tierra en la propia isla.
El mausoleo actual, en Los Inválidos
      Y hasta en ello hubo agria disputa, pues los generales franceses requirieron que se grabara en la tumba una sola palabra: “Napoleón”, pero el intransigente gobernador Hudson Lowe exigió que se pusiera “Napoleón Bonaparte”. No llegaron a un acuerdo, y la lápida quedó finalmente sin grabar. Y así estuvo hasta que, diez años después, el monarca Luis Felipe de Orleans hiciera petición a los ingleses para trasladar los restos a Francia, donde fueron depositados, en 1840, ahora sí, en solemne ceremonia, bajo la cúpula del templo parisino de San Luis de los Inválidos.




jueves, 22 de marzo de 2012

Du Guesclin. Ni quito ni pongo rey...


      “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”... Esta célebre frase fue supuestamente pronunciada en una fecha como la de hoy hace 643 años, en la trifulca que se armó aquel día, mejor aquella noche ya, del 22 de marzo de 1369, dentro de la tienda del mercenario francés Bertrand Du Guesclin. Éste se hallaba al servicio del pretendiente al trono de Castilla, Enrique de Trastámara, quien venía luchando por arrebatarle la corona a su hermanastro, el rey legítimo Pedro I. El francés había convenido con Pedro celebrar un encuentro aquella noche en su tienda, con el presunto acuerdo-señuelo de que iba a cambiar de bando. Pedro, que sufría un durísimo asedio en el castillo de Montiel, abandonó la fortaleza y acudió a la cita. Pero al llegar a la tienda del francés se encontró allí a Enrique y a otros nobles esperándolo. Los hermanos lucharon, y en un momento, Pedro, que era más fuerte y corpulento, logró tumbar a Enrique...Fue entonces cuando ocurrió el famoso episodio. Uno de los nobles intervino y forzó el cambio de posiciones, que decidió la suerte fatal de Pedro.
      En las crónicas de la época nunca se le dio nombre al decisivo personaje que llevó a cabo la determinante intervención. La historiografía francesa, muy pródiga con los hechos de armas del bretón, al que tiene por héroe nacional, ni siquiera menciona el episodio, ni mucho menos, claro, se lo atribuye a él. Entre nosotros, la atribución quedó fijada y asumida a partir de la monumental Historia de España que, en el siglo XIX, escribiera Modesto Lafuente. El nombre de Bertrand Du Guesclin quedó por ello, y a partir de entonces, vinculado en la memoria colectiva hispana al arquetipo del más ruin y malvado de los traidores.
      Ciertamente sí, así se escribe la historia, y a tanto llegan las paradojas y los contrastes en la valoración de muchos de sus protagonistas: el que en España es tenido por prototipo de traidor miserable, resulta que en su país de origen, en Francia, ocupa lugar de honor de leyenda casi a la par con Juana de Arco. Esta que hoy vamos a contarles es, o quiere ser, la historia cierta.
Estatua ecuestre de Du Guesclin, en
la ciudad bretona de Dinan

      El bretón Bertrand Du Guesclin era, en efecto, como así se le tiene en España, un soldado de fortuna, un mercenario; pero esto, en el siglo XIV, no resultaba ser condición extraordinaria y ni mucho menos negativa: muchos nobles de altísima cuna solían serlo con alguna frecuencia. En el caso de Bertrand, su suerte recorrió una amplia escala de progresión, desde sus orígenes de modesta hidalguía, al más alto escalafón dentro de la nobleza militar francesa, en la que alcanzó el grado máximo de Condestable de Francia.
      Había nacido en 1320, primogénito de los nueve hermanos de una familia asentada en el lugar unos doscientos años antes, cuando un moro de nombre Akim llegara a Bretaña y levantara allí una pequeña torre fortificada, llamada Glay-Akim, origen de la familia.
      Bertrán Du Guesclin era, en su infancia y juventud, un tipo de durísimas facciones, feo y renegrido, razón por la cual, tal vez, su madre, la hermosa y delicada Jeanne, se cuenta que le aborrecía, desvinculándose totalmente de su educación. Probablemente por ello, a los diecisiete años se escapó de casa, y pasó una larga temporada participando en torneos, con gran éxito.
      Su suerte cambió cuando una gitana auguró a su madre que aquel hijo, feo y rudo como un gañán, estaba destinado a grandes hazañas. Volvió entonces a casa, y cuando se inicia la Guerra de Bretaña, Bertrand encabeza una partida de guerreros que luchan a su modo, en escaramuzas, en ataques nocturnos y en robos de caravanas, a favor de Carlos de Blois. Todavía no tiene título ni blasón, pero su fama empieza a medrar, aunque de manera muy lenta, ya que no será reconocido plenamente hasta cumplidos los cuarenta años.
Du Guesclin, dibujo del s. XIX
      En aquella larga y enconada guerra con el inglés, Bertrand Du Guesclin, al mando de su hueste logra en el campo de batalla sus primeros títulos: caballero, primero, y conde de Longeville, después. Convendrá recordar, al respecto, que en aquellos tiempos todavía no existían los ejércitos regulares. El rey no podía mantenerlos. Cuando procedía, llamaba a sus nobles, pero no solía hacerlo por más de tres meses, así que no quedaba más remedio que alquilar soldados, y lo difícil, en tal caso, no era tanto mantener el “alquiler” cuanto poder licenciarlos después. Estos poderosos grupos mercenarios serán conocidos, en Francia, como las Grandes Compañías.
      La Guerra de Bretaña, que es prólogo de la de los Cien Años, concluyó con la derrota de Auray, en la que muere el propio Carlos de Blois, y Du Guesclin resulta hecho prisionero. Los ingleses piden por él un rescate de 40.000 florines, que paga el nuevo rey Carlos V, con dos condiciones que le pone: una, que ceda el condado de Longueville, que el rey necesita para devolvérselo a Carlos de Navarra y firmar la paz con él. Y la otra, la segunda condición que le pone es que le saque de Francia a las Grandes Compañías.
      Ocurre entonces, en una jugada de gran estilo, que Du Guesclin averigua que el rey de Aragón, Pedro IV estaría muy interesado en contratar a la Compañías para que el conde de Trastámara guerree con su hermanastro, el rey de Castilla. Con tal fin, Du Guesclin reúne a los jefes de las Compañías, y logra convencerles de que le sigan al sur de los Pirineos, donde les aguarda -según su propuesta- un país rico en oro y honores, y el combate contra un rey cruel, amigo de moros y de judíos.
Escudo de armas de Du Guesclin
      La mayoría aceptan, pero exigen garantías del cobro de sus servicios. Reunidos y organizados en una impresionante partida, de unos 12.000 hombres, se dirigen en primer lugar a Avignon, donde pretenden acampar y entrenarse, y presionar de paso al Papa para que les considere cruzados y les conceda algún subsidio. Pero el Papa, que no les niega todas la bendiciones posibles, y hasta levanta la excomunión que pesa sobre las Compañías, no suelta al fin dinero alguno. Bertrand se entiende entonces directamente con el rey aragonés, que le promete 200.000 florines, a cobrar en Barcelona. Bertrand duda, porque no se fía demasiado; pero entonces ocurre que se reanudan las hostilidades entre Castilla y Aragón, y el aragonés suma, a su promesa dineraria, la oferta del condado de Borja para Du Guesclin. En diciembre, los mercenarios llegan a Barcelona.
      En Barcelona, las Compañías cobran una parte, ni siquiera la mitad, de los florines pactados. El rey aragonés confirma a Du Guesclin la concesión del título de conde de Borja, pero no le ha dicho que esa plaza tiene que conquistarla primero. Tras varios tensos forcejeos y negociaciones, al fin en el mes de marzo las Compañías toman el camino de Castilla. Lo primero que hacen es atacar Borja, y después Magallón. Siguen la ribera del Ebro, rodean Alfaro y toman sin resistencia Calahorra, que se rinde inmediatamente. El pretendiente, hasta entonces conde de Trastámara, enarbola entonces ante aquel ejército, sumado al suyo propio y al aragonés, la bandera de Castilla, y se proclama rey al estilo pretoriano. Las mesnadas aclaman la decisión, y desde entonces Enrique ya no se llamará conde, sino rey.
Pedro I El Cruel
      Entre tanto, el monarca legítimo, Pedro I, está en Sevilla, sin parecer dar demasiada importancia a la invasión. Finalmente, sus consejeros le convencen, y se traslada con su ejército –también en buena medida integrado por mercenarios- a Burgos. Pero, una vez allí, y al cabo de las noticias de los imparables avances del bastardo Enrique, que ya ha sitiado Briviesca, Pedro empieza a temer no ya una derrota, sino que le corten el camino a Toledo y Sevilla, donde guarda sus tesoros. Así que decide marchar y abandonar Burgos a su suerte. Enterado Enrique de la huída de su hermanastro, se presenta ante la capital castellana, que le abre sus puertas sin resistencia. Dos días después, en el monasterio de las Huelgas se hará ungir como rey.
      Una vez celebradas las fiestas de la coronación, el nuevo Enrique II se decide a perseguir a su hermanastro, ordenando que las Compañías bajen por Castilla, rodeen Toledo, e irrumpan en Andalucía, sin encontrar resistencia. Pedro I, en Sevilla, considera perdida la partida, embarca sus tesoros en una galera y huye hacia Portugal, pero allí es recibido fríamente, y en realidad expulsado con una escolta hasta Galicia, donde le aguarda el hombre que le fue más leal, Fernando de Castro.
Mausoleo de Eduardo, el Príncipe Negro,
en la catedral de Canterbury
      Una vez allí, en Galicia, toma la decisión de solicitar a los ingleses la misma ayuda que Enrique obtuvo del rey de Francia. La negociación fructifica al fin, aunque al cabo de bastante tiempo, y el príncipe de Gales, al que aquí conoceremos como El Príncipe Negro, accede a prestar esa ayuda, a cambio de la oferta que Pedro le hace de 500.000 florines y la cesión de varios puertos en Vizcaya. El 9 de enero de 1367, el poderoso ejército del Príncipe Negro se pone en marcha hacia el sur, desde Aquitania.
      Entre tanto, Enrique, en Sevilla, ajeno a este grave panorama y creyendo a Pedro prácticamente derrotado, ha decidido licenciar a buena parte de las Compañía, que le resultan especialmente gravosas. Entre los que se quedan, entre ellos Du Guesclin, no suman más allá de dos mil hombres. El ejército del Príncipe Negro progresa entre tanto rápidamente desde su entrada en la Península, por Navarra. Toma Vitoria, Pamplona, y, a finales de marzo, cae sobre Logroño.
Enrique II
      Por su parte, Enrique ha espabilado al fin para reunir a su ejército, y sube de urgencia para oponerse al invasor. En las llanuras de Nájera, contra el criterio de Du Guesclin, Enrique decide plantear batalla. La derrota es total y Du Guesclin cae prisionero. Don Pedro quiere matarle, pero el Príncipe Negro se opone, y lo agrega a su séquito.
      La batalla de Nájera ha dispuesto un nuevo equilibrio, muy difícil. Las fuerzas de Pedro y Enrique están muy igualadas, y se impone una suerte de tensa tregua. Pero entonces viene a plantearse el definitivo desequilibrio. Eduardo de Gales, el Príncipe Negro, se niega a dar un paso más si no recibe las mercedes prometidas, y esto no acaba de producirse, porque Pedro no ha conseguido reunir todavía el dinero, y las prometidas plazas de Vizcaya no aceptan la transferencia, alegando que son soberanas y que no le incumbe al rey disponer de su destino. Con este panorama, el Príncipe de Gales ve agotada su paciencia, y decide volverse a su corte de Burdeos, llevándose con él a los prisioneros que le pertenecían, entre ellos Bertrán Du Guesclin.
      Y de nuevo el trato del rescate. Eduardo de Gales pide 100.000 florines por la libertad de Du Guesclin. Y una vez más el rescate es pagado por el rey de Francia, que ahora le pide, a cambio, que vuelva a España. Bertrand reúne cuatrocientas lanzas, y vuelve a Castilla, esta vez por Andorra. Enrique le acoge con alborozo. La guerra entre los dos hermanos ha vuelto a generalizarse, aunque ahora, en esta etapa, Pedro parece haberse convertido en un enfermo mental, destapando una notoria crueldad, que al fin habría de otorgarle el sobrenombre para la historia, como Pedro El Cruel.
Ruinas actuales del castillo de Montiel
      Y así le hallamos ya refugiado en Toledo, en una fase de la guerra en la que las derrotas, aunque parciales, vienen sucediéndose. En una de esas fases, recibe un nuevo castigo en las llanuras manchegas de Montiel, y Pedro acaba por refugiarse en el castillo de ese nombre. Allí, en muy precarias condiciones, bajo un asedio de fatales perspectivas, uno de sus leales, Men Rodríguez de Sanabria, que conocía a Du Guesclin, le ofrece mediar para que el bretón se pase a su lado, o al menos les deje escapar del castillo. Don Pedro, que no tiene mucha elección, accede finalmente, y envía a la tienda de Bertrand un mensajero ofreciéndole, a cambio de su ayuda, la ciudad de Soria y las villas de Almazán, Atienza, Monteagudo, Deza y Serón. Bertrand escucha al mensajero, y le responde que quiere que sea el propio rey el que vaya a verlo, y le haga de viva voz esa propuesta.
Lucha entre los dos hermanastros,
con Du Guesclin al fondo
      Du Guesclin, entonces, se lo cuenta todo a Enrique, el cual, en recompensa, añade a las villas que su hermanastro le ofreciera el ducado de Molina. Y así ocurre el famoso episodio de aquella noche del 22 de marzo de 1369. Pedro I deja el castillo y acude a la tienda del bretón; pero cuando apenas han empezado a hablar, irrumpe Enrique junto con otros nobles. Se profieren insultos, y se enzarzan en una lucha cuerpo a cuerpo. El caso es que Pedro, por más habilidoso o por más corpulento, acaba por tumbar a Enrique, disponiéndose sobre él a rematar la faena. Es entonces cuando uno de los nobles presentes –no hay ninguna evidencia histórica de que fuera Du Guesclin-, interviene en la suerte de la contienda, toma a Don Pedro por un pie, y le da la vuelta, diciendo la famosa frase: “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. Pedro I muere, y Enrique II logra ya, sin disputa, la corona de Castilla, inaugurando con él la nueva dinastía real de los Trastámara, que habrán de reinar durante cien años, hasta su relevo por los Habsburgo.