Mostrando entradas con la etiqueta El color de mi cristal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El color de mi cristal. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de septiembre de 2012

Gracias... cien mil gracias


      100.000 visitas… ¡Qué cifra fantástica!... Sinceramente inimaginable cuando esta tan gratificante aventura cibernética arrancó, aquel 2 de octubre de 2010. En menos de dos años (porque, a fuer de precisos, quedan aún algunas fechas para que la efeméride redondee su cumplimiento) hemos alcanzado ese sueño de tan soberbia y desmesurada redondez. Bien sé, claro está, que cien mil visitas no pueden traducirse por cien mil visitantes distintos. Ni mucho menos. De sobra sé de algunos amigos próximos, y familiares, que visitan el blog dos, y hasta tres, veces a la semana. Pero, bueno, aún “ajustando” en lo que convenga tales casos, de cara a una estimación verosímil, la pluralidad de visitantes conforma, a mi entender, todo un universo de extraordinaria diversidad. Vean, si no, la tabla siguiente, del reparto de “entradas” por países, y convendrán conmigo en la sorprendente magnitud del fenómeno de acogida que este blog ha tenido.



      Mi agradecimiento a todos por tan fabulosa acogida difícilmente puede expresarse. Realmente me siento anonadado, y bien quisiera que, en justa correspondencia, el flujo de nuevas entradas no se viera tan decaído como hoy, lamentablemente, se ve; aunque muchos saben ya que la causa no es, ni mucho menos, desidia sino más bien imponderable deriva de la circunstancia que impone mi precaria salud. En esa lucha estoy y me muevo a cada hora del día: atender los requisitos (múltiples) que la terapia requiere; afrontar los efectos secundarios diferidos; y mantener el mejor ánimo posible para que todo ello no mengue en exceso el discurrir -aparente al menos- de una vida normal. En la medida de lo posible, en todo caso, prometo volver muy pronto, con renovada fuerza, a ofreceros una cadencia razonable de edición de novedades. De hecho, estoy ahora mismo trabajando casi simultáneamente, en cuatro nuevas “historietas” gastronómicas, que confío poder presentaros muy pronto. Con todo ello estoy seguro de que vuestro importante y abrumador apoyo no me ha de faltar en este blog.
      Como bien sabéis, en realidad el crecimiento de ese negro y mágico casillero contable es sólo cuestión de “orgullo personal”; nada crematístico o materialmente rentable se deriva de su mayor, o menor, incremento. Pero sí puedo deciros que la costumbre de ojearlo de urgencia cada mañana ha derivado en liturgia obligada del arranque de cada día, y también de última anotación de cierre en la noche. ¡Hay que ver cuántas cosas ciertamente pequeñas logran agigantarse en la vida de cada uno! Yo, y el de hoy es un buen día para confesarlo, me he vuelto, lo reconozco, “dependiente” de ese contador… Y hasta conmigo mismo me he conjurado en que he de verlo alcanzar los 200.000. No os digo más: Si podéis, ayudadme… Y, por supuesto que sí, como siempre: buen provecho ... y reiteradas gracias.



lunes, 2 de abril de 2012

¡Arde a Fraga!


      El color de mi cristal tiende hoy al rojo triste e indignado; rojo de lamento y de rabia, si se confirma la sospecha de que un desalmado pirómano fue el provocador de ese incendio trágico e irreparable que ha puesto en unas horas ruina y desolación en un paisaje natural, el de las Fragas do Eume, de estremecedora belleza hasta ayer mismo.
      Fraga es el nombre con el que los gallegos denominamos al bosque espeso, natural, ancestral y autóctono. Por todo ello, en buena medida ciertamente también mágico y mistérico, de profunda intimidad, casi religiosa. La del Eume, que abarca todo el amplio valle bajo que el río coruñés de ese nombre forma desde el embalse de As Pontes hasta la desembocadura, en la ría de Ares, en Pontedeume, constituye -constituía hasta la tragedia desatada- una de las principalísimas joyas naturales y forestales de Galicia, y hasta incluso de Europa, según dicen.
     Extensas frondas de especies autóctonas, robles, abedules, avellanos, castaños, alisos, sauces y acebos, junto con un sotobosque herbáceo de intrincada densidad, serpenteado por la húmeda vitalidad del río, conformaba un paisaje de estremecedora inmersión. Tan sólo el desesperado lamento nos queda, ya que la superficie que ha ardido es de todo punto irrecuperable: no cabe repoblación que pueda poner consuelo al daño, cuando menos en treinta años.
      Sí. Menos mal que no soy juez; porque son esos los que yo le pondría de pena a cumplir al desgraciado que inició el fuego, si es que lo hizo “a posta”, voluntariamente. Treinta años aislado en una amplia azotea, sin otra visión que el cielo y obligado a descansar sobre un suelo de tierra calcinada, con salpicados muñones de tizones enhiestos aquí y allá. No creo que sobreviviera tanto.
      De vuelta al escenario de la tragedia, por mejor divulgar el conocimiento de ese espectacular medio natural tan vilmente arruinado, recordamos ahora aquella otra fraga memorable, la de Cecebre, hoy prácticamente desaparecida, por la presión demográfica y urbanística, el trazado de la autopista y la invasión de un embalse, cuya añorada ubicación viene a situarse a menos de 25 kilómetros de ésta del Eume.
El monasterio de Caaveiro, fundado, en
el  siglo X por San Rosendo, es uno de los
varios vestigios eremíticos de cenobios
que, en el Alto Medievo, escogieron esta
espesa floresta para apartarse del mundo.
      En aquella, la de Cecebre, se inspiró como marco natural literario el coruñés Wenceslao Fernández Flórez, para dar a la luz, en 1943, su extraordinario relato “El bosque animado”. Aquel encantado bosque, en el que el ladrón Fendetestas ocultaba sus pasos, por cuyas umbrías corredoiras deambulaba el alma en pena de Fiz de Cotobelo, y en cuyas lindes tenía refugio la casuca ruinosa de Marica da Fame, era descrito así por el genial autor: “La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra; en sus cuevas se hunde, en sus cerros se eleva, en sus llanos se iguala. Es toda vida: una legua, dos leguas de vida entretejida, cardada, sin agujeros, como una manta fuerte y nueva, de tanto espesor como el que puede medirse desde el hondo de la guarida del raposo hasta la punta del pino más alto…La fraga es un ser hecho de muchos seres…”
      Dado el daño natural, ya irreparable y irreversible, no estaría de más -así lo sugiero yo- acometer en estos días de ocio pasional la relectura de esta obra, tan breve como hermosa y sugerente, que es “El bosque animado”. Háganlo así, en desagravio y como homenaje al precioso espacio natural que todos hemos perdido.


jueves, 29 de marzo de 2012

Boicot y Esquirol


      Como siempre, me he levantado hoy a una hora temprana. Y con el primer café, las noticias de la radio me han traído la reconfortante y esperanzadora actualidad de que, al parecer y al menos a esta hora, la vida ciudadana parece más bien apuntar a una relativa normalidad en el arranque de la jornada laboral de este jueves, que los principales sindicatos de izquierdas han señalado como de Huelga General en España. Yo, he de decirles, no estoy nada de acuerdo con esa convocatoria.
      No, señor. Nada en absoluto con que pueda ser oportuno hacer tal llamamiento ahora, cuando la crisis apunta, si no se adoptan con urgencia drásticas medidas de control y de reforma, a un abismo de desplome total, “a la griega”, de horripilantes consecuencias. A todas luces, para mí, se trata de una huelga ciento por ciento política, convocada por una izquierda sindical vergonzante, que ha sido cómplice, con total descaro y sumisión, del nefasto gobierno anterior del señor Zapatero, principal culpable, a mi modo de entender, de la muy precaria situación que de él hemos heredado, y hoy padecemos con tanta angustia.
      Así pues, coherente con esta posición mía, se me ha ocurrido que, si hay un día en el que debo trabajar es, precisamente, hoy. Con 59 años que tengo, debiera coger el coche y marchar raudo a Prado del Rey, para fichar allí mi entrada el primero en la Casa de la Radio. Pero, resulta que no puede ser, porque desde hace cinco años ya, estoy pre-jubilado.
      Sí señor, instalado en mi casa y muy bien pertrechado, por cierto, con un magnífico sueldo, que esos mismo sindicatos que hoy convocan negociaron en su día tan hábilmente con RTVE, en un insólito ERE que hizo que, así de un golpe, más de 4.000 profesionales, los más como yo, cincuentones y bien curtidos de brega, plegáramos en las redacciones y en los estudios de audio y de video, y dispusiéramos nuestra vida, tan insólitamente, en un pis plás, al obligado y novedoso acomodo del horizonte ocioso. Muchos, por lo que yo sé, optaron por el golf, y hoy lucen un bronceado natural que es admiración y envidia; otros hubo que eligieron la floricultura del pequeño jardín trasero del adosado, y hoy podan, riegan y trasplantan con admirable habilidad. Y, en fin, otros muchos, como yo mismo, hemos optado por crear el ensueño de una doméstica redacción propia en la esquina ocupada del salón familiar. Pero, claro, ni tenemos contrato, ni convenio, y ni siquiera jornada. Por no tener, ni siquiera tenemos carnet sindical, ni consecuentemente pagamos cuota por ello; aunque en eso, es verdad, nuestra singularidad no debe llamar nada la atención, porque nos sitúa a la par con el 95 por ciento de la población asalariada española.
      En fin, a lo que vamos: que hoy es día de huelga…y yo, está claro, no quiero sumarme a ella. ¿Qué debo hacer, pues, para significar con claridad esa determinación en este blog? Pues, se me ocurre que no habría mejor modo que el de aprovechar para contarles alguna “historieta” apropiada, que pueda servir al doble fin de poner de manifiesto mi expresa voluntad de boicotear esta injusta, aviesa e interesada convocatoria, y de ejercer al tiempo, como el cuerpo me pide, de “esquirol” en este día.
      Y así decidido, ahí va el caso y la cuestión que hoy les aporto…

BOICOT Y ESQUIROL

      Estas dos palabras, como la mayoría que son de uso común en un idioma, tienen su origen bien determinado, y curioso.

Charles Boycott
      En el caso de la palabra “boicot”, que el Diccionario define como “acción de boicotear”, es decir “privar a una persona o entidad de toda relación social o comercial para perjudicarla y obligarla a ceder en lo que de ella se exige”, resulta ser un anglicismo derivado de un nombre propio, el del capitán Charles Boycott (1823-1897), quien ejerció, en tierras de Irlanda, como administrador general de un importante terrateniente. Su actitud de presión extrema ante los campesinos arrendatarios hizo que éstos emprendieran contra él una campaña de unión y resistencia de todos los granjeros. Después de duras pugnas, en 1880 el caso trascendió y alcanzó eco en la prensa londinense, y The Times comenzó a utilizar el término “boicotear” (boycotting) para designar este tipo de resistencia. Finalmente, la Liga Agraria Irlandesa, atendiendo a la presión de los granjeros descontentos, accedió oficialmente a que los campesinos pudiesen evitar a Boycott y abstenerse de alcanzar ningún acuerdo o negocio con él.
Santa María de Corcó-L'Esquirol
      Y en lo que hace a la palabra “esquirol”, su raíz y origen nos es muchísimo más próximo. Según la definición de la RAE, el término hace referencia al “obrero que se presta a realizar el trabajo abandonado por un huelguista”.
      Pues, bien. Empecemos por significar que el término “esquirol” es común en el idioma catalán, y significa “ardilla”. Pero por ahí no va la cuestión, porque ese sentido de rompe-huelgas nada tiene que ver con el ágil y astuto animal. No. La cosa del enlace viene, según opinó en su día el erudito José Pla, del nombre popular que se daba, en el último tercio del siglo XIX, a la población barcelonesa de Santa María de Corcó, que era enclave también conocido popularmente como L’Esquirol, al igual que sucede hoy en día, donde los dos términos se muestran unidos como denominación única de la localidad.
     Cuenta Pla que en una de las primeras huelgas que hubo en Cataluña, en esa industriosa comarca de Osona, para sustituir a los huelguistas los patronos trataron de reclutar obreros de otros pueblos de la zona. Y resultó ser que, en aquella ocasión, uno de los que aportó un mayor contingente de obreros sustitutos fue ese pueblo. Inmediatamente, como suele -o solía- ocurrir en estos casos, el fenómeno corrió la voz de “esquiroles” para denominar a aquellos obreros insolidarios que ocuparon plaza de sustitutos. Incluso, con el tiempo, la terminología social de todo el mundo acabó por asimilar el término esquirol como definitorio de tal comportamiento. En castellano, la palabra ya fue incorporada al Diccionario en 1899.








miércoles, 1 de febrero de 2012

Algo que contar...


      Sí, es verdad y muy cierto que desde hace algunas semanas sé que tengo que contarles algo. Algunos de mis amigos más próximos ya lo saben desde casi la primera hora en que yo mismo tuve conocimiento del dramático avatar. Otros, y pienso ahora en los vecinos de mi querida Ortigueira, también están, los más de ellos a estas alturas, al cabo de la noticia. ¿Y cuál es tal?: Pues, suena que cruje -a qué negarlo- y ciertamente asusta, aunque los continuos avances de la ciencia médica desacrediten cada vez más su siniestro acento: cáncer.
      Tal enfermedad padezco. Sí. El que ha hecho presa en mí es de pulmón, y se sitúa concretamente en el mediastino, es decir, centrado (como de siempre lo he sido yo), tirando hacia la mitad entre los dos pulmones, siniestramente arrimado a la bifurcación bronquial de la tráquea. Ahí está, do lo hemos descubierto, trampulleiro y criminal, agazapado. Ahí ha venido a instalarse el gran enemigo, la fiera alevosa contra la que ya estoy luchando desde hace algo más de un mes.
      Contarles de esta intimidad tan personal, desde luego tiene su aquel, y no es nada fácil decidir sobre si al fin es, o no es, pertinente. Al final, como ya están leyendo, he optado por contarlo, por exponerlo aquí al conocimiento general, más allá del que ya tienen mis más directos conocidos. Y eso así porque, tanto en general como ahora para mí mismo, tengo el convencimiento de que desdramatizar, en lo que sea posible, la propia palabra “cáncer” ya es un buen paso de eficacia para mejor combatirlo. No se trata, por supuesto, ni de hacer alarde de impudorosa exhibición, ni mucho menos de restarle preocupada entidad a un padecimiento que, sin duda, es grave y trascendente, capaz de hipotecar la propia vida, y que, en todo caso, de manera inevitable establece en el paciente que lo sufre un antes y un después que deviene al fin en marca indeleble. Todo eso es cierto; como lo es también, por fortuna, el ingente avance registrado en cuanto al arsenal terapéutico del que hoy la medicina dispone para mejor combatirlo. Por cierto que, muy al hilo de esto último vendrá subrayar aquí la impresionante constatación que yo mismo he experimentado respecto de la entidad de tal arsenal en juego en nuestra Sanidad Pública. Simplemente, una maravilla. En apenas un mes, con una celeridad que llega a hacerse espectacular, el protocolo de recursos humanos y técnicos que en torno a mí se ha desplegado para, primero, concretar y precisar el diagnóstico, y, segundo, disponer con casi instantánea urgencia las pautas terapéuticas para encarar la enfermedad, ha sido impresionante y ciertamente inmejorable. Insisto, y ahora con pleno convencimiento: ¡Bendita Sanidad Pública española!... Y bendito también el modélico servicio que, dentro de ella, presta la madrileña Clínica La Concepción, junto con el no menos modélico concierto que con este hospital tiene suscrito la Asociación de la Prensa de Madrid.
      Y bien, también me parecía conveniente y necesaria esta confesión por otra razón muchísimo menos trascendente, pero que no dejaba de desazonarme. Tal razón no es otra que el interés de aclararme con tantos buenos amigos que no han dejado de enviarme en este mes atentos correos, algunos desde los más lejanos confines, amablemente interesados, muchos de ellos, en especular sobre la razón del fenómeno, que ya sagazmente advirtieron, de la evidente quiebra habida en la cadencia, hasta entonces regular y sostenida, de incorporaciones de nuevos contenidos a este blog.
      Pues, aclarado queda. Efectivamente, ésta que les cuento es la razón, y no otra. Desde luego no, como un limeño apunta, que se me haya agotado la inspiración, ni tampoco, menos aún, los recursos documentales de mis fuentes, las cuales, por cierto y se lo agradezco, con tanta amabilidad tilda de sorprendentes y hasta de eruditas. No; por ese lado no hay problema, y puedo garantizarles que, en lo que hace a historias, sucedidos y personajes del culinario universo, hay fondo para rato. Eso sí, la cadencia de incorporaciones será otra a partir de ahora, sin duda más lenta y reposada, supeditada, como es bien de entender, al margen de maniobra que me deje y permita esta lucha por la misma vida en la que me veo empeñado.





lunes, 10 de octubre de 2011

Vamos de cóctel. Nueva temporada


      Ni con la crisis tan aguda que padecemos ha bajado un ápice, por lo que ya apunta, el nivel de oferta “coctelera” que cada año se renueva por este tiempo. Sí señor, la nueva temporada de cócteles, de presentaciones de toda guisa de géneros y productos, promociones gastro-vitivinícolas mil y saraos del más diverso e inimaginable pelaje ya empieza a hacerse presente, con ánimo de saturación, en la carpeta de entrada de todo periodista (o asimilado) urbano que se precie. Las múltiples agencias que en cada gran ciudad funcionan como organizadoras de “eventos” andan ya prestas a echar al vuelo sus listados y directorios con los que garantizar al fascinado cliente un lleno total en el salón hotelero de que se trate. Luego allí, cierto que hay que aguantar el tedioso discurso de turno, tal es el peaje, pero al alivio de su término llegan los ansiados canapés y las bandejas de bebidas, que es lo que se espera, y el ambiente se anima y sobreexcita, haciendo que el pagano promotor estime que su discurso, y su producto a promover, han cosechado un éxito y una acogida memorable, plenamente justificativa del esfuerzo inversor.
      Pero, acaso no. Tan burdo es el juego, y tan repetitivo el engaño, que yo juzgo que, al fin, no lo hay. Que todo está perfectamente asimilado y tácitamente pactado. Porque ha de ser un insulto a la segura sagacidad de ese empresario-promotor, suponer que ignora que un elevadísimo, abrumadoramente mayoritario, porcentaje de ese público asistente no es más que “clá” contratada al precio más barato, por cuatro canapés industriales y un par de cervezas que, encima, ha de pillar el plumilla al vuelo y en segura disputa. Muchos de ellos hay, de esos plumillas y “asimilados”, que llevan una agenda especial, pulcramente puesta al día, de las citas semanales, mediodía y tarde-noche, en la que, a partir de este tiempo otoñal, difícilmente cabe un hueco libre. Uno tengo en la memoria, que no ha mucho me confesó, inequívocamente orgulloso, que en plena temporada hay meses en los que no come ni cena en su casa un solo día. Son, también he de decirles, gente muy entrañable -yo tengo grandes amigos entre ellos-; tal como los niños con los cromos: “si le”, “si le”, “no le”, “si le”, …en el corro van confrontando las invitaciones de cada uno, y, claro está, resulta campeón -léase más influyente, más prestigioso, más introducido, o más codiciada su asistencia- el que presenta la panoplia de convocatorias más abigarrada, el cóctel mejor, es decir, el presuntamente más selecto y exclusivo. Es todo un mundo, en fin, que cada otoño viene a renovarse en su inagotable vitalidad.
      Y a propósito de este curioso fenómeno de los cócteles, que por ahí venía la razón, casi olvidada luego de tanta digresión, de la mención y la entrada, quisiera participarles ahora lo que sobre ellos escribió una de las personas que más admiro y envidio (envidio, sí, que no es mal sentimiento ese cuando a uno le sirve como acicate de emulación): don José Pla, en un artículo que él tituló “Cocktail-Party”, del que he de extractarles ahora la parte que entiendo más “jugosa”. Por cierto, para quienes puedan creer que esto de los saraos cocteleros al uso son cosa de nuestro presente, les diré que las líneas que siguen están firmada por el genial catalán en el mes de septiembre de 1953

Cocktail-Party

José Pla
      Yo hago, debido a la falta de tiempo, muy poca vida de sociedad; pero si he de ser franco, me gustan más los “cocktail-party” de invierno que los de verano. Estos últimos se suelen dar al aire libre, delante de las casas donde veranean los señores de la casa, frente al mar o frente a un paisaje de valle o de montaña. Estos lugares al aire libre suelen tener una ubicuidad suficiente para las personas que se concentran en su espacio, lo que hace que estas reuniones sean peligrosas, porque el desahogo del espacio y la falta de empujones hace que uno acabe teniendo con una u otras de las personas reunidas conversaciones largas, cosa que en sociedad es una falta de tacto y un error considerable. Los “cocktails” de invierno suelen darse en habitaciones y salones que por grandes que sean son siempre insuficientes para el número de personas que a ellos asisten; hay los correspondientes empujones, las naturales apreturas, los amontonamientos inevitables, los cuales, por las mismas razones que se forman, se deshacen. Así, pocos instantes después de haber iniciado una conversación cualquiera con una persona determinada, se encuentra uno con que nuestro interlocutor, presionado por otras presencias, ha dado a su cuerpo otra posición y ya no le vemos la cara. El diálogo se interrumpe bruscamente, uno se queda con la palabra en los labios y la boca un poco abierta, a menos que creamos conveniente y discreto continuar la conversación interrumpida con la nueva persona que las presiones circundantes nos han puesto súbitamente delante. La imposibilidad total de tener en esta clase de concentraciones una conversación coherente con alguno de los asistentes es del mayor interés porque ello no compromete a nadie, ni compromete nada, lo cual es la quintaesencia de la sabiduría en la vida sociable. Claro está que ello tiene sus inconvenientes porque muchas veces desearíamos aprovechar estas reuniones para decir una palabra a una determinada persona que se encuentra muy cerca de nosotros, y durante los cinco cuartos de hora que permanecemos en la casa no lo logramos porque la plasticidad de la reunión es como una muralla que lo impide; por el contrario estamos reiteradamente expuestos a encontrarnos delante de personas de las que nos consta que nuestra presencia no es muy grata, o delante de personas que nos convendría más no haber encontrado y que el mecanismo de desplazamientos constantes del “party” nos acerca de manera fatídica e ineluctable. Por fortuna, la libertad de movimientos que en estas reuniones es tolerada permite interrumpir bruscamente las conversaciones, darse perfectamente la espalda en el momento más impensado y desaparecer de la presencia de una o varias personas sin despedirse con un admirable y delicioso desparpajo. No son, pues, estos “partys” especialmente favorables a la conversación, pero sí muy adecuados para la exhibición, para mirarse mutuamente y pasar así el rato. En los mejor organizados hay siempre la posibilidad de ver una u otra “vedette” o persona célebre que se convierte, por razones obvias, en el centro de la reunión e imanta todas las miradas. Ello nos permite luego decir a nuestras amistades que conocemos a la referida celebridad, aunque con ella no hayamos cruzado más que una frase o dos, rápidamente interrumpidas por la plasticidad del “party”. Las amistades y conocimientos que estas reuniones nos ofrecen no son, pues, amistades y conocidos de conversación, sino de mirada.
       …El “cocktail-party” no llega a crear más que conocidos, personas que acaso nos complacería conocer más y con las cuales no llegamos nunca a entablar diálogo. Son amistades que parecen fracasadas “ab ovo” [desde el huevo], amistades que parecen estar tocadas del misterioso destino de no poder fructificar. Personalmente ello me plantea, con el dolor de siempre, el drama espantoso de la rapidez del paso del tiempo en relación con la imposibilidad de sentir lo que desearíamos y anhelamos. El tiempo nos empuja delante de las cosas; desearíamos detenernos frente a alguna de ellas, pararnos, plantarnos, pero de pronto recibimos un codazo que nos obliga a reanudar la marcha. Nuestra capacidad de exploración está tan en desacuerdo con la fugacidad del tiempo, que no captamos más que ligeras imágenes superficiales, ligerísimas ondulaciones a flor de piel, insignificantes… // ….






viernes, 23 de septiembre de 2011

Catálogo otoñal, y otras cuitas


      La vida y sus ciclos naturales, que se suceden y renuevan en una constante inexorable. El verano se fue, y henos aquí recorriendo ya las primeras horas de la nueva estación.
      Llegó, sí señor, el Otoño. Ya estamos en él, y su languidez inherente, trufada de melancolía, no tarda en hacerse patente en todos, cada cual en su caso y condición. Los días se acortan y la luz se hace más mezquina; las mañanas y las tardes refrescan, y hasta se tornan desapacibles cada vez con más frecuencia. Todo eso es común, ciertamente igual para todos en mayor o menor grado. Otras notas, sin embargo, de oscura desazón otoñal, son propias de cada quien en su circunstancia. En la mía, por poner un ejemplo, el arranque del Otoño indefectiblemente me induce al llanto, cuando me veo incapaz de cuadrar las cuentas que cada año vienen a atosigarme y a asfixiarme con estos primeros fríos. Las matrículas de la universidad me dan un palo que me descompone, no obstante entender -quiero leerlo así- que al fin es inversión de esperanzada rentabilidad futura; pero lo que me mata y me sume en depresión total y patológica, es el renovado afán expropiatorio, confiscatorio y ladrón -que otro título no cabe, si nos dejamos de eufemismos- del insolente recibo del IBI que, como premonición del duro invierno que apunta, comparece en el buzón, siempre y con bien poca caridad y delicadeza, en estos días de tan difícil y depresivo tránsito estacional. ¡Más de mil euros!, oiga usted y espántese, me requiere esta vez Gallardón y los suyos. Así, ¡con un par! Y no hay reclamación ni descargo posible: o pagas…o pagas. No hay vuelta. O sí la hay, aunque requiere, probablemente, del valor y la determinación juvenil que acaso yo ya he perdido: la liquidación de tu breve mochila, el consecuente corte de mangas, y el ¡ahí os quedáis!... ¡A robarle a tu…()... madre!, que me vuelvo al pueblo.
      Bueno, pues tras este desahogo -para el que, amable lector, ruego tu comprensión y disculpa- vamos al enunciado de esa despensa otoñal, con la salvedad hecha de que las sugerencias que siguen son para ti, que no para mí, como viene de explicarse, que no he de transitar por este tiempo más que con macarrones y lentejas.
      Es el Otoño, en lo gastronómico, una estación ni mucho menos exenta de atractivas posibilidades. Se reabre, por ejemplo, en ella, el fascinante mundo de los hongos y las setas, con un amplio catálogo, que se va sucediendo y enriqueciendo al compás de ese ciclo regular de lluvias y soles que por este tiempo son tan propios. Y llega la caza, que es otra de las grandes estrellas otoñales, con sublimes platos de perdices, codornices, liebres, corzo, conejos…
      De la despensa marina, gran número de pescados, y la inmensa mayoría de los mariscos, alcanzan su mejor punto sazón al dejar atrás el verano. Merluzas, pescadillas, salmonetes y lenguados se ofrecen en su mejor momento. Y otro tanto cabe decir de las carnes, que, aunque en general su calidad no varía demasiado a lo largo de todo el año, en el ciclo otoñal presentan una carga de grasa más ligera, y casi siempre también, con mucha frecuencia, un precio más sugerente y asequible.
      En cuanto a la cesta de verduras y hortalizas, y otro tanto ocurre con la fruta, la generalización de los cultivos bajo plástico, de invernadero, ha arrumbado prácticamente el ciclo tradicional de la estacionalidad. De todo hay todo el año. Pero, para quien pueda acceder a mercados restringidos de producción local, el tiempo otoñal nos traerá (a partir de noviembre), esa delicia golosa que son las patatas tardías. También a mediados de estación llegarán las castañas, las piñas y los nísperos. Y por ese tiempo, vuelven las mejores naranjas, en su punto óptimo de saludable expresión.
      Para los paseantes de otoño, ahora que eso de andar está tan de moda, la nueva estación invita a vigilar con más atención los ribazos, pues es el tiempo de muchas de esas sabrosas frutas espontáneas y silvestres, como la zarzamora, el endrino, el arándano. Y dado que en este tránsito todavía podemos disfrutar de buenas ciruelas, melocotones, membrillos, higos y peras, es tiempo propicio, bien se diría que ideal, para la elaboración casera de conservas y mermeladas.
      Y tampoco, en fin, deberemos olvidar esa otra energía concentrada que el otoño nos ofrece: los frutos secos. Su presencia en la mesa, bajo la forma de aperitivos, simplemente colocados en platitos para ir picando, como aderezo a una ensalada, como guarnición, como base de una salsa o de una crema o una sopa, será en este tiempo un disfrute posible y bien gratificante. Buen provecho




domingo, 18 de septiembre de 2011

Libro de Estilo


Libro de Estilo

      Una vez más he vuelto a leerlo, y confieso que me pone frenético, o casi, porque a estas alturas de mi vida, tal es la verdad, para serles sincero lo que se dice “frenético”, “frenético”, muy pocas cosas ajenas son ya las que me llevan a ese incómodo trance. Pero, sí, confieso que me desagrada leerlo (y oírlo) una y otra vez erróneamente aplicadas. Me refiero a las expresiones “a bocajarro”, y “a quemarropa”.
      Desde luego, doy fe de que estas cosas, tal vez menudas pero importantes, no se enseñan -al menos no en mi época de estudiante- en las Facultades de Periodismo; y tampoco las he visto aclaradas nunca en los diferentes Libros de Estilo de los grandes medios audiovisuales y de las rutilantes cabeceras de prensa. Normalmente son cosas que se aprenden y advierten con el oficio (que el periodismo, al fin, no es otra cosa); con la práctica de años en la siempre ajetreada -tantas veces, esa sí, ciertamente, frenética- rutina de la redacción, cuando algún noble veterano de sabia experiencia, en el breve y consolador descanso de un café de madrugada, se explaya, y se anima a corregirte con paternal afecto.
      Si, pongamos por caso -y Dios no permita la reversión-, estuviera yo aún trabajando como redactor, y si, así ya puestos a elucubrar sueños, me fuera dado mudar mis hoy generalizadas canas por aquel mechón, solitario y arrogante, que tanto distinguió mis años más jóvenes, y habiéndome sido encargada -un suponer- la edición de la noticia reciente del mastodonte nigeriano, Niwig Uzochukwo, quien hace unos días, como sin duda saben ya, se revolvió violentamente, en el madrileño Parque del Retiro, contra los policías que trataban de identificarlo, acuchillando a dos de ellos y desarmando de un manotazo a la joven agente en prácticas que trató de encañonarlo, haciéndose el africano con ese arma y disparando después con ella, “a bocajarro”, contra uno de los agentes, que salvó al fin la vida por el chaleco antibalas que portaba, y que, por cierto, él mismo había adquirido de su peculio. Si tal hubiera hecho yo, escribiéndolo así, mi amigo y maestro José Ramón Zabala me hubiera interrogado con toda su sorna burlona:
-Entonces, Manolo -habría dicho- ¿Qué llevaba el nigeriano?¿Una ametralladora?...
-No, que va. Usó la pistola que le quitó a la pobre agente.
-Ya, ya…Y, claro, ¿le vació todo el cargador en un instante?...
- Pues, no; al parecer le hizo un solo disparo a uno de los agentes, pero apuntándole directamente al pecho. Fue el bendito chaleco lo que lo salvó.
- Entonces, ¿por qué coño has escrito que le disparó “a bocajarro”?... Si lo hizo en medio de un forcejeo, en una lucha, lo que haría fue dispararle “a quemarropa”, es decir, a muy corta distancia…Pero no, nunca, “a bocajarro”, leche, que es situación bien distinta. La propia palabra lo dice, a ver si te lo aprendes: a “boca de jarro”, es decir, atropelladamente, tumultuosamente, todo de una vez, como sale un líquido cuando se vierte un jarro. A “bocajarro” es, por ejemplo, como dispara un pelotón de fusilamiento; o como lo hace un grupo de facinerosos cuando se soliviantan en un saloon del Oeste, y les da por armar una “balasera” contra el típico espejo y toda la botillería del fondo de la barra. Eso sí es disparar “a bocajarro”, todo de una vez y en secuencia atropellada y tumultuosa. Cuando se hace un solo disparo, o dos, y a corta distancia, entonces es “a quemarropa”. ¿Aclarado?
- Aclarado, maestro.
- Pues, págate otro café, y te aclaro otra.
- ¿Otra sugerencia de estilo?
- Sí, más o menos; digamos que sí… Otro caso, también muy extendido, de desacierto de utilización, generalizado en los medios, aunque aquí las razones de trasfondo del error son bastante más sutiles, y hasta de evidente calado político. Desde luego a nosotros, que escribimos y hablamos por Radio Exterior de España, nos interesa muy en particular precisar el alcance del término que procede utilizar cuando, esa es la cuestión, contamos o nos referimos al conjunto de países americanos de habla no anglosajona. Las posibilidades de elección de término son varias, con tres como principales: Hispanoamérica, Latinoamérica o Iberoamérica…¿Cuál de ellas crees que es la más acertada?
- Pues, no sé. Me pones en un brete… Las tres, más o menos, se suelen leer y oír con frecuencia.
- Sí, es verdad, pero es de advertir -los periodistas debemos de tenerlo muy en cuenta- que cada una de ellas tiene un trasfondo de significado muy sutilmente distinto. 
      Veamos: Hispanoamérica, empecemos por ella, sería razonablemente adecuado. No se puede dudar ni negar el hecho del Descubrimiento, que fue hito histórico trascendente de exclusivo protagonismo hispano, es decir, español. Por otra parte, como consecuencia de lo anterior, la extensión del dominio colonial español, con la inherente impronta cultural derivada, y no sólo en lo que concierne al idioma, es nota, guste o no, de evidencia indiscutible, definitoria del vínculo esencial aglutinante que hoy comparten todos esos países. Sin embargo, con todo, Hispanoamérica no es el término que debe promoverse como más adecuado, porque su generalizado uso en otro tiempo hizo que la palabra se impregnara de un cierto sesgo imperialista, cuya memoria aún perdura, y en clave de rechazo, en muchos casos; y además, razón esencial para no decantarnos por su elección, tiene un componente de exclusión ciertamente injusto, ya que olvida y deja al margen de esa histórica impronta cultural a Portugal, como país de dominio y presencia temprana, y al portugués como idioma de muchos millones de personas que forman parte del área geográfica que se pretende abarcar en la referencia.
      En consecuencia, el término correcto, el más justo y preciso, el que nosotros debemos emplear y promover, es Iberoamérica, pues ciertamente son los dos países ibéricos, España y Portugal, los promotores raíces de la realidad cultural que hoy enlaza y vincula a todos esos países americanos, desde el Río Grande al confín patagónico. Tal realidad es Iberoamérica.
- Y entonces, ¿el término Latinoamérica, que tanto se usa?
- Pues, ahí es donde está la sutileza malévola que apuntaba al principio. El trufado político que ha venido a enredarse al fin en este juego. Hispanoamérica pudiera ser, como quedó razonado. Iberoamérica debe ser, como quedó dicho… Pero lo de Latinoamérica, ¿de qué?, ni corresponde ni hay razón alguna que lo avale. Es, simplemente, cosa de los franceses, y de su sutil afán por incluirse de rondón en el hecho histórico americano. Está muy claro: Iberoamérica es término que concierne, en la promoción histórica, como es justo y verdad, a dos en exclusiva, España y Portugal… Pero, si ampliamos a Latinoamérica, sutilmente estamos aceptando en la inclusión lo que, de todo punto, es una falsedad histórica. Hablamos entonces, ampliando erróneamente, de los países “latinos”, es decir, España y Portugal, cierto…pero también Francia e Italia, que nada tuvieron que ver, histórica y culturalmente, con aquel Continente en ninguno de los siglos pasados. Incluso cabría, aceptando lo irrazonable, someter a consideración y ponderar la presencia y huella, relativamente masiva en los países del Cono Sur, de la inmigración italiana en la primera mitad del siglo pasado; pero lo de Francia y lo francés, venga ya, eso no tiene ni por donde cogerlo. El uso de tal denominación, que hoy, no cabe negar, está muy generalizadamente extendida; si no nace entonces, sí cobra esencial impulso en los años setenta del pasado siglo, cuando París, que desde siempre había sido referente de ensoñación intelectual, devino en meca y refugio de tantos escritores iberoamericanos perseguidos o acuciados por las dictadura militares de sus respectivos países. Allí nació y cobró impulso, en ese ambiente y contexto, la falaz utilización del término Latinoamérica y latinoamericano, que hoy goza, así sea tan injustamente, de tan buen predicamento de uso. Es como lo de Sudamérica, otro término erróneo cuya génesis responde, en cierto modo, a una raíz parecida. Pero eso ya te lo explicaré otro día, por el precio de otro café…
- De eso, nada. Si estamos a aprender, aprendamos…¿O no es cierto aquello de “no dejes para mañana lo que puedas enseñar hoy”?…
- Pues, sí, eso es verdad. Vale. Te explico: se trata de una historia en cierto modo parecida, aunque aquí la sutileza política alevosa sea bastante menor, o incluso nula, porque lo cierto es que lo que aquí opera como fundamento raíz no cabe atribuirlo a procedencia foránea sino a nuestro propio papanatismo, que nunca ha de faltar. Veamos ¿Cómo dicen y escriben (principalmente cómo lo nombran fonéticamente) en sus respectivos idiomas franceses e ingleses?: Sudamérica, Sudáfrica, sudoeste… Claro, y dicen bien, porque tanto en inglés como en francés el término “sur” se nombra y se escribe “sud” (“sud”, en francés, “south”, en inglés, fonéticamente prácticamente “sud”). Pero en español el tal “sud” no existe, ni como nombre ni, consecuentemente, como partícula. Nosotros decimos, y escribimos, sur. Así pues, en español, lo que un periodista debe decir, y escribir, no ofrece al respecto la menor duda: Suramérica, Suráfrica, sureste… Está claro, clarísimo, ¿no es verdad?
- Pues, sí. Claro como el agua clara… Aunque no sé yo si esto no será una guerra perdida…
- Probablemente, pero qué puede haber más noble para ti y para mí, a estas alturas de la vida ya casi hecha, que empeñarnos algo, de cuando en vez, en alguna que otra batalla incierta…
- Pues también en eso llevas mucha razón. Tómate otro café.