domingo, 7 de agosto de 2011

El melocotón...y la "Copa Melba"


      El verano es una estación singularmente pródiga en productos y frutos de alta calidad gastronómica. Uno de ellos, hermoso como pocos a la vista y delicioso en el dulce frescor de su sabor, es el melocotón.
      Melocotones todo el verano, entendiendo incluso la estación con amplitud de márgenes: desde primeros de junio, cuando nos llegan las variedades “tempranas” de Huelva, Sevilla y Valencia, pasando luego por los “semiprecoces”, agosteños, de Extremadura y Cataluña, para rematar finalmente con los deliciosos “tardíos”, leridanos y aragoneses –los celebérrimos de Calanda-, que mantienen su presencia en los mercados hasta bien entrado el mes de octubre.
      En general, esa es la gran ventaja para el consumidor de las frutas de hueso, albaricoques, cerezas, y melocotones también, que, a diferencia de otras, no resisten nada bien su conservación en frigorífico, -léase su congelación- por lo que su temporada finaliza cuando acaba su producción natural. Otra cosa son las recolecciones “en verde”, que aquí también se dan, permitiendo luego, al inducir su maduración coyuntural “en cámara”, prolongar las temporadas algún tiempo más de su ciclo natural.
      El melocotonero es un árbol de antiquísimo conocimiento y aprecio; probablemente originario de China, donde hay constancia de su existencia 3.000 años antes de Cristo. Como en el caso de tantos otros frutos de aquella procedencia, la deriva de su extensión hacia el oeste fue lenta. La cultura occidental –y hablamos de la grecolatina- descubrió el melocotón en Persia, y fijó allí equivocadamente su origen, bautizándolo por ello como malum pérsicum (manzano persa), que aún hoy es su nombre científico. El nombre en castellano también deriva del latín, aunque en este caso del juego de combinación de dos palabras: malum (manzana) y cotonium (membrillo).
Copa Melba, en versión moderna
y simplificada
      Además del veraniego consumo en fresco, los melocotones cumplen un papel importantísimo en la industria conservera, situándose como una de las frutas envasadas de mayor utilización en el mundo, en forma de almíbar, o mermelada. También en la cocina tiene su lugar, participando, muchas veces combinado con vino, en recetas de pato, faisán, y otras volátiles de alta cocina. En lo que hace al postre, la cumbre más legendaria es –fue-, la famosa “Copa Melba”, que hizo furor en los locos tiempos de la “belle epoque”.
      La tal Melba, Nelly Melba, fue una celebrada soprano que triunfó en los escenarios operísticos hasta su retirada, en 1926. Realmente Nelly Melba era su nombre artístico, ya que en realidad se llamaba Helen Porter, y había nacido en Australia. Pero como Nelly Melba se hizo un hueco estelar en el mundo de la ópera, y a su encumbramiento –según las malas lenguas- no fue ajeno el rey británico Eduardo VII, que bebía por ella los vientos, y acabó por ennoblecerla concediendo el título de lady.
Nelly Melba
      Antes de que tal ocurriera, Nelly ya era una estrella, una gran diva. En 1893 triunfaba en el Coven Garden londinense. Allí la escuchó una noche el gran cocinero Augusto Escoffier, quien, a la sazón, por entonces dirigía las cocinas del glamuroso Hotel Savoy. Escofier quedó absolutamente prendado de la voz y el arte de la australiana. Y ocurrió que, justo al día siguiente de aquella experiencia musical tan impactante, a la Melba se le ofrecía una cena-homenaje, precisamente en el Savoy. A los postres, Escofier sorprendió a todos con una original y espectacular creación: los camareros empujaron al centro del salón un gran cisne de hielo entre cuyas alas había como una bandeja de plata; en cuyo fondo aparecían unos melocotones sobre un lecho helado de vainilla. Estos melocotones tenían como cobertura un puré de frambuesa y los rodeaba una finísima nube de azúcar hilado. El “Ohh…”, asombrado y goloso, de la concurrencia fue general. Había nacido, para la historia, la celebérrima “Copa Melba”. Buen provecho.

















jueves, 4 de agosto de 2011

Bertones rellenos, emblema culinario de Ortigueira


 Este texto ha sido publicado en el Libro-Programa de la Fiestas Patronales de Ortigueira 2011

     Que Ortigueira es tierra de prosapia antigua es algo que nadie podrá negar. Fenicios, griegos, romanos y celtas a parte, que todos ellos pasaron alguna vez por aquí, ya en testimonio de constancia histórica nuestra referencia explícita aparece por primera vez en uno de los más tempranos documentos escritos de los que hay constancia en España: el que da cuenta de los once condados adscritos a la iglesia de Lugo, en tiempos del monarca suevo Teodomiro, allá por el siglo IV, donde por primera vez aparece nuestra comarca definida como entidad política propia, al delimitar los términos de la jurisdicción por occidente “entre Lamacengos y Ortigaria”.
      Siendo esto, como es, así, a qué reiterar que nuestra Villa constituyó desde siempre un enclave de trazas urbanas; con asiento habitual en ella de familias con vínculos nobiliarios, en algún caso; de altivez hidalga, en muchos; y de talante y vocación burguesa en otros tantos. Evidentemente, todo este perfil histórico-sociológico, a la traducción de nuestros días poco o nada representa; unos habrá que lo asuman como motivo de orgullo, y otros, que lo sientan como endémica rémora de nuestro devenir comarcal. Pero, sin duda alguna, a los efectos de lo que aquí me trae hoy, tal circunstancia resulta básica para entender y explicar la razón y el porqué de que en nuestro recetario local menudeen las preparaciones de lo que bien podríamos llamar “alta cocina”.
      Y uno de esos platos de compleja arquitectura y trabajosa elaboración es el que yo tengo como emblema más señero de nuestro recetario ortegano: los deliciosos y suculentísimos bertones rellenos; merecedores, quién podrá negarlo, de esos dos laudatorios adjetivos, y de alguno más en orden a su rotunda excelencia; siempre y cuando, claro está, respondan en su factura a la receta original heredada.

Probable origen mindoniense

      De dónde y cómo llegaron los bertones a Ortigueira, creo yo que es asunto resuelto, al menos en lo que hace al primer estadío de investigación: según mi opinión, vinieron de Mondoñedo (como nuestra tarta, por cierto), en una fecha imprecisa, y a través de la muy probable aportación que de la fórmula hizo alguna ignota cocinera ilustre de los fogones episcopales de aquella villa, capital que fue, recuérdese también, de una de las siete provincias en que Galicia estaba dividida hasta la reforma actual, acaecida en 1832. En lo que hace a los bertones, baso esta apuesta de origen en la constatación de que la presencia de ellos era frecuente y recurrente en las mesas burguesas de aquella ciudad, como el propio Cunqueiro reconoce que se hacían en su casa, y de los que, por cierto, el ilustre maestro se confiesa rendido devoto cuantas veces evoca la cocina de su infancia. También, inquiriendo a alguna de las familias más antiguas de Viveiro y de Vilalba, confirmamos esa presencia tradicional de los bertones en ambas, aunque hoy en día, tanto en la del Landro como en la de la Terra Chá, la costumbre de hacerlos haya decaído hasta un punto de práctica desaparición de los recetarios locales de ambas villas (perdón; perdón; que Viveiro también es ciudad, creo).
     Y al hilo, lo que yo advierto con preocupación y lamento es que esa misma deriva de olvido puede reproducirse también en Ortigueira. De hecho, la primera fase, que no es otra que la distorsión de la receta original, por relajación y simplificación de ingredientes y método, ya se deja ver con alarmante frecuencia. No hay más que acudir a internet, y situar en el buscador la frase “bertones de Ortigueira”. Lo que nos sale, y se ve, escandaliza, aunque en distinto grado, en cada caso. En alguna de esas presuntas recetas, se afirma que se trata de un plato de “aprovechamiento de restos del cocido” ¡vaya por Dios! En otras, la envoltura que se sugiere es la de las “hojas de repollo” ¡Dios bendito!... Y aún las hay mucho más escatológicas. Incluso en nuestro propio pueblo, en algún restaurante en el que yo los he probado, el relleno esencial no pasaba de ser una simple albóndiga de carne picada, sin más. Y a qué contarles de la descarada ausencia del “caldo de puchero” como emulsionante básico en la cocción final. Así, si se hacen así los bertones, tan desvirtuados, ciertamente casi es mejor que desaparezcan, así sólo sea por respeto a su memoria, de tanta y tan larga excelencia.

Un plato laborioso, y nada barato
    
     Los “bertones rellenos”, hay que reconocerlo, no es un plato para nuestros días de prisa y urgencia. Tampoco lo es, por lo mismo, para la hostelería del menú de diario. El problema que presentan es que, hechos así, desdibujados, pueden hacerse en un tiempo relativamente corto, y con un presupuesto de esa misma guisa, bastante asequible (en el caso de esos, tan penosos que refiero, simplemente se habían cocido, ni siquiera habían pasado por la sartén). Por el contrario, en la receta que conviene, el plato resulta bastante caro (se lleva un montón de aceite, y huevo, y picadillo de jamón; además del consomé que hay que hacer con antelación); y, fundamentalmente, es una receta que da mucho, muchísimo trabajo de manipulación, y que requiere, además, una previsión de varios días antes, por la requisitoria esencial de ese consomé previo. Lo dicho, ni es plato de menú, ni recurso de alivio de un día.
      Sin embargo, yo tengo para mí que los “bertones rellenos” podrían muy bien ser, para la hostelería local, el mejor y más prestigioso reclamo. Quienes de fuera nos visitan, hallarían en ellos un descubrimiento de enorme sorpresa y originalidad, imposible de relacionar con ninguna otra experiencia en ningún otro lugar. Además, dada su suprema exquisitez, sin duda justificarían ellos solos, por el placer de repetirlos, la planificación de una nueva visita a nuestra Villa. Sí, lo creo con pleno convencimiento: los bertones rellenos, elaborados con respeto, cariño y paciencia, podrían y debieran ser, cuanto antes, el gran emblema culinario de Ortigueira. Yo, antes de participarles mi personal receta, que ahora viene, hago desde aquí un llamamiento al Concello para que se implique con decisión en esa tutela y promoción. Urge, como primer paso, la elaboración de un folleto que difunda su cualidad y excelencia; y como segundo, la organización de un concurso anual que premie a los más ricos; y hasta, por qué no, la dedicación de un “Día del Bertón”, con oferta abierta -bajo carpa, claro está- para todos.

Qué son, cómo se hacen, y algo de memoria sentimental
     
      Y vamos ya con mi receta. Antes, aclaración conveniente: ¿qué es el bertón? Pues no otra cosa que una suerte de delicados rebrotes tiernos que salen, espontáneamente, del tallo arbóreo de la berza, o del repollo, una vez que han sido cosechadas, es decir, cortadas por su raíz, estas hortalizas.
      En cuanto a la receta que aquí les traigo, de justicia será decir que, más que mía, es la aprendida de mi santa madre, que fue, antes de que su cabeza se le enredara tan cruelmente, una excelente cocinera; que a su vez aprendió arte y oficio de otra excelsa en fogones, doña Manuela, ama que fue de aquel soberbio e imponente gourmet, mítico por tantas buenas cosas, también por su rendida afición gastronómica, el sacerdote don Jesús Márquez Cortiñas. Ya otra vez lo conté, pero ahora me complazco en recordarlo con acuosa añoranza, este párrafo entresacado del prólogo que tuve el honor de escribir para el libro colectivo que, en 1998, editó “O Paparroibo” bajo el título de “De vagar ó pé do lume”, donde, por cierto, uno de los asuntos de referencia eran los “bertones rellenos” de mi madre. Evocaba, en el fragmento que aquí traigo, la perfumada fragancia que cada día se hacía sentir en aquella cocina, en la que, sin duda, como aquí digo, nació, inevitable, mi temprana afición por estos asuntos de la culinaria
      …Pero, entre todas, una resultó para mí siempre especial, mágica, el culmen de la suculencia. Nunca he vuelto a percibir una sensación tan apetitosa, tan sugestivamente exquisita como la que emanaba de aquella cocina; y hasta tengo por seguro que esta vocación apasionada que hoy siento por la gastronomía y su práctica tiene su nacimiento, su raíz primera, en el cúmulo de sensaciones que me fue dado presenciar y tantas veces disfrutar en la irrepetible cocina de don Jesús, una cocina que, siendo de él, más lo era en propiedad ejerciente de su fiel doña Manuela. Entrar allí, a cualquier hora, de la mañana a la noche, desbocaba los jugos gástricos. Como buena casa de cura de aquellos tiempos, y más en este caso por la condición de goloso glotón que tenía el personaje -no he de faltar al respeto a su memoria, que es mucho, ni al familiar afecto que por él sentí, que también, si reconozco y digo aquí y ahora que la gula, a más de otros prontos violentos e irrefrenables, fueron dos de sus pecados más señeros y legendarios, que el buen cura nunca logró dominar-. Las francachelas culinarias se secuenciaban en su agenda con cadencia futbolística, es decir, fuera o en casa, semanalmente, más el menudeo frecuente de otros compromisos por medio…


Y a la fórmula, por sus pasos:

       He aquí los sujetos del milagro: un manojo de genuinos bertones. Estos son de repollo; hoy en día los más habituales y asequibles. En los tiempos antiguos no eran pocos quienes apreciaban más el bertón “de berza”, cuyo sabor resulta algo más intenso y menos dulce que el de repollo. El problema de hoy para su provisión (muy difícil e infrecuente), es que el cultivo de la berza, que antaño tenía como principal soporte la “encaldada” del cerdo de cada casa, prácticamente se ha abandonado.
      El primer paso será escaldarlos bien en agua con sal (3 o 4 minutos con buen hervor) para conseguir hacerlos luego maleables a la hora de manipularlos. Ojo y atención: en estricto orden y sentido, lo primero y principal será haber hecho el día anterior un buen caldo de cocido, con buenos huesos, frescos y salados, un trozo de morcillo o de falda, puerro, cebolla, perejil y demás.
      Para la carne del relleno, nada de aprovechamiento de restos. La carne, sin cocinado previo, será fundamental para trasvasar su jugo y su esencia al caldo de la cocción. Lo que yo suelo hacer es pedir en la carnicería un picado conjunto con dos tercios de carne de ternera (o algo más), un tercio de cerdo, y una buena loncha gruesa de jamón. Luego, habrá que mezclar bien esa carne, ya en casa, con un picadillo muy fino de cebolla, otro igual de un diente de ajo, un toque de pimienta negra en polvo, y la sal que convenga (poca, en todo caso, porque ya tenemos el concurso del jamón salado, y el consomé, que también)
      Y ahora, el laborioso esfuerzo. Desplegamos, con infinito cuidado, las hojas de cada bertón. Disponemos como “base” la más ancha (a veces habrá que componer esa base arrimando varias hojas), y situamos en el centro una porción del picadillo de carne.
      Parece complicado, pero es sólo cuestión de práctica, recoger y envolver con el resto de las hojas hasta componer un capullo compacto.
      Y helos aquí, todos ya dispuestos
      Lo que ahora toca es enharinarlos bien, y empaparlos en huevo batido.
      Y a la sartén; vuelta y vuelta, pero dejando que tomen algo de dorado.
      Una vez bien escurridos de aceite, los pasamos de la sartén a la olla, dispuestos así, en buen orden.
      Es ahora cuando procede incorporar el caldo de cocido (colándolo, como aquí se ve), hasta cubrir todos los bertones.
      ¡Et voilà! El milagro se ha cumplido, luego de una media hora, más o menos, de cocción a fuego moderado. Ya tenemos los bertones rellenos en el plato. Yo he dispuesto en esta foto, por prudencia y estética, tan sólo tres piezas, pero con cualquiera me apuesto que no bastarán, a menos que se repita de ellos tres veces. Buen provecho.

















miércoles, 3 de agosto de 2011

Helados y sorbetes


      Tiempo de verano...tiempo de calor...tiempo de helados y sorbetes...
      El helado es postre en nuestra mesa, y ello hace que en España, al igual que en el resto de los países mediterráneos –excepción hecha de Italia- el consumo per cápita de helado sea notablemente menor que en el resto de Europa, y en particular de la Europa nórdica, donde las cifras de consumo de esta fría especialidad doblan con amplitud a las nuestras, en razón, entre otras cosas, del mucho más alto nivel que nosotros tenemos de consumo de frutas frescas como colofón de la comida. Unos 6 litros al año es lo que consumimos, de helado, los españoles. Por encima de 15, suecos, daneses y noruegos. En todo caso lejos, lejísimo, de los más de 25 litros de helado por cabeza que ingieren cada año los ciudadanos norteamericanos.
     Que los helados son consustanciales al verano es verdad innegable, como lo es también que la práctica de su consumo ha ido rebajando considerablemente esa estacionalidad en los últimos tiempos, y el mercado del helado –particularmente del helado, y no tanto de los polos, sorbetes y granizados- se ha ido extendiendo a lo largo de todo el año.
      ¿Y desde cuándo el hombre consume helados? Hum, dificilísima y peliaguda pregunta. Sí, porque depende de cómo se considere la cuestión. En estricto sentido histórico, hay constancia documental de que los chinos, bastante antes de nuestra Era, ya gustaban de enfriar bebidas previamente aromatizadas con frutas o especias. Los árabes orientales, que tuvieron contacto con ellos, recogieron muy temprano esa fórmula, y le dieron un nombre cuya raíz aún perdura, “sharbat”, con la que designaban a una bebida fría, dulce y preparada con jugos de frutas. De aquel término, “sharbat”, viene nuestro actual “sorbete”, que, como se ve, no procede en su raíz de “sorber”, sino de esa árabe “shariba”, que significa “beber”.
      Pero si los chinos fueron tal vez lo primeros, y los árabes sus transmisores a occidente de aquella novedad exótica y refinada, los verdaderos inventores del helado, tal y cómo hoy lo conocemos, fueron –hay que plegarse- los italianos. Ellos fueron, ciertamente, sus grandes difusores. Cuentan que la fórmula la trajo, de oriente, el propio Marco Polo, pero eso ni está claro ni puede demostrarse. Lo que sí se sabe es que en la refinada Corte florentina de los Médici fue donde se descubrió el helado como gran novedad y egregio postre; y ya endulzado con azúcar –que entonces también era gran novedad-, superando así el recurso obligado anterior a la miel como edulcorante casi único.
Catalina de Médici
      Y fue, según se cuenta y se sabe, Catalina de Médici –la gran promotora de tantos refinamientos culinarios- la que introdujo el helado en la Corte gala, a raíz de su matrimonio con Enrique II de Francia. A partir de ahí, en lo que quedaba de recorrido del siglo XVI, y en el XVII, el aprecio por los helados dio en generalizarse al fin en las mesas reales, nobiliarias y purpuradas de toda Europa.
      Un hito importante en orden a la popularización del helado, del que ignoramos el nombre de su promotor, aunque no la fecha concreta, tuvo lugar en Estados Unidos en 1919, cuando las fábricas, ya industriales, introdujeron la feliz idea de incorporar, incrustado en la pieza de consumo individual, un útil palito para mejor asirlo con la mano. 
      Y a partir de ahí, la bomba y el “boom”: chiringuitos, puestos callejeros en cada esquina, carritos playeros y cofres helados en bandolera en todo cine de verano, estadio, o macroconcierto que se precie, haciendo que la canícula alivie su rigor con un lengüetazo a tiempo y oportuno. Que ustedes lo sorban, y lo lamen, bien. Buen provecho.


martes, 2 de agosto de 2011

Destellos de Hollín (Pag. 157 a 167)


joyas. No obstante, no se sintió en modo alguno más tranquilo por esta constatación, pues calculaba que el conocimiento de los hechos sería cosa de aquella misma mañana. Por eso aguardó a escuchar las noticias de las doce del mediodía en la radio, que tampoco hicieron mención de robo alguno, para decidirse a encarar la representación del papel que a él correspondía.
      Al aproximarse, en la observación del entorno de la fábrica no advirtió ningún movimiento especial ni ningún detalle extraño, lo que le hizo reconsiderar con esperanza la idea de que tal vez “Bermeo”, por algún inconveniente imprevisto, había abortado el robo, y tampoco había podido acudir a la cita, pero que todo estaba en orden.
      Aparcó donde siempre. Refrenando su ansiedad, recogió parsimoniosamente el equipaje del maletero y caminó despacio hacia la puerta de acceso al taller. Al abrirla, descubrió con sorpresa el interior de la nave en penumbra y completamente vacía de personal. Sólo la claridad iluminada de la vidriera del fondo, en el despacho de la oficina, hacía suponer que alguien estaba, o había estado, allí.
-- ¿Qué pasa? ¿No hay nadie? ¿No se trabaja hoy aquí?... Matías dejó a un lado las maletas, y se dirigió hacia la oficina con forzada naturalidad. A medio trayecto descubrió a un lado el boquete en la pared y el desarreglo del mobiliario alrededor... ¿Hay alguien ahí?... ¡Coño! ¡La hostia!¡Qué es ésto! ...¡Qué ha pasado aquí!...¡Nos han robado!...¡Hay que joderse! ... ¡Han entrado y nos han robado!...
      Precipitadamente, con un ahogo que ya lo era natural, entró en la oficina y descubrió allí, tras la mesa, sonriente y enigmático, a un “Richard” con un aspecto de apacible e inquietante serenidad. Parecía llevar horas aguardándole allí sentado, con plena paciencia, y esbozaba al escucharle un a modo de mueca irónica, como la del pintor al que, sin reconocerlo en una exposición, tratan de explicarle las claves de su propia obra. Exagerando teatralmente el sofoco, Matías insistió, para quebrar la sospechosa pasividad de “Richard”:
--¡A ver …Explícate, coño!, que estás ahí tan tranquilo. ¿Qué ha pasado?... ¿Cómo y cuándo nos han robado?...¿Has avisado a la policía?. -Matías trataba de exprimir su cabeza a toda prisa para reelaborar una teoría convincente. Al dar por hecha la traición de ‘’Bermeo’’, y dada la presencia allí de “Richard”, caía en la cuenta ahora de que las huellas “sembradas” en la herramienta podían volverse en pruebas contra él mismo. Lo mejor, pensó, si aún no había llegado la policía, sería moverlo todo, borrarlo sembrado y dejar que la sospecha pudiera recaer en delincuentes ajenos y desconocidos.
      Al fin, “Richard” se decidió a hablar, aunque con una premeditada retranca, al tiempo grave y reposada: -- ¡Matías! ¡Matías!..., casi eres tan mal actor como hijo de puta... Te lo voy a explicar, sí...; aunque tú lo sabes mejor que nadie: han robado, efectivamente ... pero ¡no nos han robado “a nosotros”! ... Al menos, a tí no... A nosotros, a “Gardel” y a mí... ¡Pasa “Gardel”! -a la llamada, hizo aparición en escena, desde el otro despacho, el tal “Gardel”, empuñando una pistola. ...A “Gardel” y a mí –continuó- sí queríais robarnos; encasquetarnos toda esta mierda chapucera, ¡pedazo de cabrón! ...Y para aclarar eso tienes menos de un minuto,que es lo que te doy antes de que llegue la policía, que, por cierto, te ha venido siguiendo y estará aquí en cualquier momento ... ¡Y te juro por tu puta madre que les vas a hacer una confesión completa!
      Sentado frente a ambos y encañonado por “Gardel”, entre la profusión de gritos, golpes y amenazas, Matías pudo hilvanar al vuelo los retazos esenciales de lo que había sucedido: Efectivamente, “Bermeo” había hecho su trabajo, y lo había hecho bien, consiguiendo un extraordinario botín, pero en la madrugada del sábado, al salir, tuvo la desgracia de levantar las sospechas del sereno, que resultó ser un perfecto fisonomista. Alertada la policía y descubierto el pastel, “Richard”, que venía ejerciendo desde años atrás como confidente de la policía, sospechó inmediatamente de la implicación de Matías. El descubrimiento de sus huellas y las de “Gardel” en la herramienta utilizada, que identificó inmediatamente como las usadas en el accidente del coche, no hicieron más que confirmarle en su denuncia, a la que la policía dio crédito, y más cuando el sereno reconoció en las fotos de archivo la cara de “Bermeo”. “Gardel”, por su parte, aportó el dato de la relación carcelaria entre “Bermeo” y Matías, ya que él, temiendo la venganza del vasco, había procurado en todo momento estar bien informado de sus pasos y situación en la cárcel, y a través de un amigo interno sabía de los contactos y relación frecuente con Matías. Así pues, aunque “Richard” y “Gardel” seguían bajo sospecha y control de la policía, ésta, dando por bueno y aceptando el encaje de los hechos, había dispuesto retrasar la detención de Matías, al que sabían controlado y vigilado en el pueblo, en la esperanza de que “Bermeo”, que había huido con el botín y de cuyo paradero no se tenía noticia, pudiera acudir hacia allí para encontrarse con su cómplice.
-- Ya ves, pedazo de cabrón -al decir esto, “Richard” le asestó un nuevo golpe en la cara a Matías, que ya sangraba abundantemente por la nariz, mientras “Gardel” le atenazaba ahora desde atrás en la silla, apuntándole al tiempo con la pistola ...que todo el montaje se te ha venido abajo. Que vas a comerte tú sólo el marrón, mientras ese “Bermeo”, ¡ingenuo!, ha volado con la pasta...
      En ese momento, movido por la rabia y el instinto de conservación, de pronto, Matías dio en revolverse como un relámpago. En el rebumbio de un instante propinó desde su posición una contundente patada a “Richard” en la entrepierna y saltó hacia un lado rodando hasta detrás de la mesa. Sorprendido y a destiempo, “Gardel” efectuó un disparo que dio de lleno en la tripa de “Richard”, situado ahora frente a él, quien cayó malherido al suelo. Los segundos de sorpresa por su trágico error fueron suficientes para que, al tratar de reaccionar y efectuar un nuevo disparo hacia la nueva posición de Matías, se viera encañonado directamente por éste, que empuñaba su propia pistola y amenazaba con descerrajarle directamente la cara.
-- ¡Tírala!.. ¡Tírala, o te mato!... le gritó Matías fuera de sí, con evidente ánimo de estar más que dispuesto a cumplir su amenaza a la menor vacilación. “Gardel” obedeció al instante, quedando inerme y desorbitado por el pánico.
-- ¡Al suelo! ... ¡Junto a él!¡Al suelo...! -ordenó Matías, dueño ya de la situación.
-- Bueno. Bueno... Parece que las cosas ya no son como parecían. -Ironizando, aunque todavía visiblemente nervioso, Matías disfrutaba del trueque y trataba de recuperar la calma. La situación era francamente complicada. Posiblemente no tenía ningún arreglo para él; no obstante, en la precariedad de los hechos consumados necesitaba aferrarse a alguna teoría, por disparatada e inviable que ésta pudiera resultar.
-- ...Veamos -continuó-. No es como decís, ni mucho menos. No señor ...Toda esa historia no pasa de ser una conjetura; una suposición ...sin ninguna prueba. Lo realmente cierto es que yo acabo de llegar... ¡Hechos, señores! ...Como también lo es que tengo una coartada. Y más y mejor aún si, como decís, he estado vigilado en el pueblo por la propia policía, ¡Qué mejor! ... Las pruebas, las que hay, sí, en cambio, os señalan a vosotros ... Ahí están ...Y “Bermeo”, que, efectivamente, probablemente sí es un hijo de puta ...ha volado. ¡Vaya!¡No está! ...Luego no puede acusarme ...ni declarar en mi contra. Matías empezaba a respirar más sereno, con la esperanza de verosimilitud que entendía oír en sus propias palabras. En el suelo, “Richard” nadaba en un charco de sangre y había dejado de quejarse, y de moverse, tal vez estaba muerto ya, o había perdido el conocimiento. A su lado, “Gardel” permanecía enovillado sobre su propio pánico, rendido a una suerte que intuía trágica para él en cualquier momento. ...O sea. Que vuelvo y os encuentro aquí, en mi casa, armados y dispuestos a atacarme ...¡Fíjate cómo me habéis dejado la cara! ...Y ese pobre hombre lleva en la barriga una bala de tu pistola, ¡con tus huellas, querido “Gardel”! -Matías trocaba por momentos su propio miedo en loco desvarío criminal ...¡Qué pena! ...¡Tú también vas a tener que morir!
      Matías cumplió fríamente la amenaza un instante después de enunciar la sentencia, coincidiendo con el vértigo de pánico que se apoderó de él al oír en el exterior la urgente estridencia de varias sirenas de coches policiales, el chirriar de las frenadas y el aparatoso escándalo de los agentes forzando la puerta e irrumpiendo tumultuosamente en el local. Desarmado y con las manos en alto, Matías salió del despacho al encuentro de los agentes, repitiendo para sí, en su alucinación, que había actuado, dentro de lo peor, del mejor modo posible. Sin testigos y con una coartada formal, ya vería de salvarse.
***

      Diez años después de estos desgraciados hechos que vienen de relatarse, en 1981, Matías había tenido tiempo suficiente para acomodar su rutina a la vida carcelaria. Veterano en las lides penitenciarias, afrontaba su condena de veintidós años y un día con paciencia franciscana. Se sabía “Tornasol” para el resto de los compañeros, pero disfrutaba en la comprobación diaria de que nadie osaba dirigirse a él por tal apodo, dispensándole, hasta los mismos funcionarios, un protocolario y siempre respetuoso tratamiento de don. Cierto que él ponía de su parte especial hincapié en hacerse respetar de la chusma, manteniendo escrupulosamente las distancias.
      Parquísimo en palabras, podía pasarse semanas enteras sin dirigirse de viva voz a nadie, inquiriendo y respondiendo con un código personal de gestos que todos acabaron por entender y aceptar. Alimentado por una endogenia casi patológica, como patético recurso diferencial su figura y talante derivaron en una suerte de caricatura pintoresca, muy próxima, en usos y modos, al desvarío trasnochado de un caballero de barataria con jurisdicción intramuros sobre aquella desesperanzada humanidad cautiva.
      La aureola de respeto tenía, además, un fundamento capital que él no ignoraba, nacido de la sospecha que todos abrigaban de ser él el único depositario del secreto del paradero de las joyas, el fabuloso botín de “Bermeo”, que nunca llegó a recuperarse.
      El vasco había resultado al fin de una lealtad fuera de lo común, ciento por ciento extraordinaria. A los pocos días de ingresar en la cárcel le llegó a Matías la noticia de la detención de su cómplice. Luego, preparando el juicio, supo a través de su abogado de la peripecia protagonizada por el ladrón tras la comisión del robo, comprobando el injusto error en el que había incurrido al creerse traicionado. El miedo, la prudencia y el despiste, en amalgama, habían sido la causa, y no felonía, del incumplimiento de la cita acordada en la cabaña de Pisón.
      “Bermeo” ciertamente había salido de Madrid a toda prisa y hecho un manojo de nervios, no sólo por la excitación propia del robo, sino, más aún, por la enorme cuantía del botín conseguido, mucho más sustancioso de lo que ninguno de los dos compinches hubiera podido llegar a soñar. En la denuncia hecha por Joyre, en obligada armonía con la póliza del seguro y los asientos contables de existencias de la empresa en la fecha del robo, se había valorado lo substraído en algo más de sesenta millones de pesetas, mayormente en piedras y lingotes de oro y platino; sin embargo, el montante real subía a cuando menos el doble, al no poder contarse, por su oscuro origen, un lote de trece diamantes, aún sin tallar, pero tan gordos cada uno de ellos como garbanzos de Fuentesaúco, y de una gran pureza.
      Pues bien, ya en la carretera, en su ruta al norte, los nervios de “Bermeo” alcanzaron un punto próximo a la paranoia cuando, a la altura de Somosierra, sufrió su primera angina de ansiedad casi insuperable, al verse obligado a circular poco más de tres kilómetros al paso de una pareja de motoristas de la Guardia Civil, en los que su fiebre interior creyó adivinar miradas aviesas y malintencionadas. Al fin, optó por salirse de la general en un supuesto despiste, e inició una pretendida ruta de escape alternativa por carreteras secundarias y que resultó un auténtico fiasco. Cruzó pedanías abandonadas, laberínticos caminos forestales, solitarios parajes sólo frecuentados por esporádicos rebaños, y aún así no logró zafarse ni por un instante de la agónica percepción de un inminente acoso aguardándole al acecho de cada curva. Se obsesionaba en la memoria, que no cejaba, de aquella incisiva mirada del sereno al iniciar su huida, e interpretándola con una lógica muy próxima a la realidad, daba por hecho que todo se había precipitado en catástrofe al paso de las horas.
      Necesitaba el aplomo de Matías, aquella serena y envidiable templanza que reconocía en su cómplice en visos así, de urgencia; pero el camino de Pisón se le hacía cada vez más inescrutable en aquellas condiciones de desvío y turbación extrema. Metido ya en horas de tarde, sin saber cómo ni por dónde, aunque sí siempre obsesivamente enfilado al norte, dio en hallarse y descansar en un caserío abandonado en un paraje incierto, entre Puentenansa y Cabuérniga, a la sombra de la Peña Sagra, en la alta montaña de Cantabria.
      Al amparo de un cobertizo destartalado, sin salir del coche, recapituló sobre los pasos que mejor le convenían. Acudir a la cita que habían acordado para antes del mediodía en la cabaña de Pisón parecía ya excesivamente peligroso e inadecuado. Realmente, sin saber lo que había ocurrido, si la policía seguía o no de cerca sus pasos, ni tampoco si Matías continuaba, no ya en el lugar de la cita, sino siquiera en el pueblo, aguardándole, o, como creía más probable a aquellas horas, posiblemente viajando ya en precipitado regreso a Madrid al llegarle la noticia, que daba por segura, de la comisión del atraco en la fábrica, lo más conveniente, pensó, incluso considerando la mejor hipótesis, sería dejar pasar unos días perdido e incomunicado a cal y canto en aquellos pueblos; o aún mejor, tratar de camuflarse en el callejeo anónimo de la capital, de Santander. Luego regresaría a Madrid, con todas las precauciones y dando un amplio rodeo, y ya acabaría encontrando el modo de establecer contacto discreto con Matías, a cuya lealtad no pensaba ni por un momento faltar, y ya no sólo por la promesa del trato respecto de “Gardel”, sino también porque íntimamente le reconocía imprescindible para procurar la mejor “salida” al botín, a más de que también, a qué negarlo, le había cogido al noble rufián una gran simpatía y confianza. ¡Qué sorpresa iba a llevarse al comprobar la cuantía real de lo apañado! ¡Y qué poco abultaba realmente aquella millonada!... Ahí sí había fallado en el cálculo Matías, al empeñarse de aquel modo tan intransigente en utilizar la maleta como cofre. Desplegada allí en el asiento de al lado, por primera vez pudo disfrutar Abel con sosiego de la deslumbrante visión del botín. Incluso en la penumbra gris de aquel refugio, oscurecido aún más por un cielo encapotado y amenazante, sorprendían y fascinaban los destellos de las piedras y el bruñido dorado de los lingotes.
      Previsor y razonable, pensando en la posibilidad de que pudiera planteársele en las próximas horas una huida urgente que exigiera ligereza, “Bermeo” decidió cambiar por su cuenta el tesoro a una bolsa de mano más pequeña y manejable, que él fuera capaz de cuidar bien sujeta a su lado constantemente. De la voluminosa maleta se deshizo allí mismo, tirándola directamente por la ventanilla y sin cuidarse siquiera de cerrarla. Luego se rindió al descanso de una siesta, eso sí, tan trabado a la pequeña bolsa como lo haría un niño con su osito de peluche más querido. El hambre le despertó al cabo de poco más de dos horas. Despacio y con infinitas precauciones, dominado de nuevo por los nervios, cubrió los kilómetros de una carretera ya principal en el descenso al valle. Así se llegó hasta San Vicente de la Barquera, donde dio buena cuenta de unos deliciosos “manganos encebollados”, en la traducción al común excelentes calamares frescos, y un chuletón de buena res, para rellenar el galopante vacío de su maltratado estómago. Ocupaba una mesa al fondo del comedor de un restaurante sin nombre a la salida del pueblo. Desde el ventanal le era dado observar el coche, aparcado enfrente, y mantenía junto a él, en permanente contacto con su pierna, la bolsa preciosa con el tesoro.
      Aquel sosiego nutriente pareció también atemperarle un tanto el ánimo, recuperando, a la vez que energía, un cierto grado necesario de valor y de confianza en las posibilidades de verse capaz de superar con éxito el tránsito de aquellas cruciales horas. Incluso, metido en imprudencias, pidió, y repitió más tarde, sendas copas de un coñac de marca, que fue libando sin prisas al compás del lento arder de un cigarro puro de vitola habanera. Quería hacer tiempo para que se entrara bien la noche, entendiendo más seguro el viaje hacia la capital al amparo de las sombras profundas de la madrugada.
      Pero poco duró el sosiego, y menos aún el aplomo del que ya se creía dueño. Bastó que asomara en el aparcamiento un Land Rover de la Guardia Civil, posiblemente una patrulla rutinaria, para que “Bermeo” diera en desmadejarse en su silla de la manera más evidente. Arrebatado de precipitación, pidió la cuenta a voces, derramó la copa sobre el mantel, olvidó recoger el cambio, dejando en el platillo del perplejo camarero, todavía en la caja, una más que sospechosa propina, y abandonó el local al paso casi de carrera, atropellando por poco en el cruce de la puerta a los ajenos guardias que entraban en aquel instante.
      Como no podía ser menos, tan atípico comportamiento alertó a los agentes, que fijaron su atención en la apurada salida del coche, su matrícula, y la dirección que tomaba. Al rato, advertidos de los otros detalles por el dueño del local, dieron rápida cuenta de todo ello por la





lunes, 1 de agosto de 2011

Despensa de AGOSTO


Están, o a punto llegan:

Verduras: judías verdes, acederas, pochas, berros, berenjenas, calabaza, pimientos de Herbón, cebolleta, acelgas, maíz, cardillos, pepino, calabacín, tomate

Frutas: peras de agua, albaricoques, picotas, ciruelas, brevas, sandía, melón, nectarina, arándano, higo chumbo, melocotón

Pescado y marisco: sardinas, atún, bonito, caballa, congrio, rosada, pez navaja, sampedro, chipirones, choquitos, anguila, besugo, berberechos, centolla, cangrejos de río, almejas

Carnes: cabrito, codornices, rabo de toro, gazapos, lechales, avestruz, caracoles, conejo de descaste, recentales

Quesos: quesuco, blanquet, frescos de cabra

Se van:

Verduras: alcachofa, brécol, espárrago, escarola, endivia, repollo

Frutas: grosella, níspero, piña, manzanas, pomelos, mandarinas

Pescado: arenque, lubina, pez espada, ostra, vieira

Carnes: lechazos, patos y ocas cebados, foie-gras

Quesos: azules y en aceite.





sábado, 30 de julio de 2011

Las desgracias del Príncipe


      Los príncipes, aún viviendo en el seno de tanta dicha, o de lo que pretende serlo, me parecen desgraciadísimos, porque carecen de ocasión de escuchar la verdad y porque están obligados a tener a su lado aduladores en vez de amigos.
                            
                                 ERASMO DE ROTTERDAM

miércoles, 27 de julio de 2011

Memoria de un Pregón

   
      Memoria, sí, y ciertamente muy entrañable y de muy viva emoción aún para mí, a pesar de los 19 años transcurridos. En aquel olímpico 1992, en la misma fecha y hora en la que en Barcelona tenía lugar la brillante ceremonia inaugural de los Juegos, en mi entrañable pueblo natal de Santa Marta de Ortigueira se me concedía el insólito honor de ejercer como Pregonero de las Fiestas Patronales. El año había sido difícil; también -otro más- en lo referente a la dificultad para encontrar voluntarios que quisieran hacerse cargo de la árdua tarea de organización -y de procura de financiación- del programa festivo a desarrollar entre el 28 de julio, con la "salida de bandas", y el 1 de agosto, con el cierre de gala del "Baile del Club". Al fin, con poco más de un mes de antelación, cuatro jóvenes valientes asumieron el encargo, y tal vez por ello, bendita ocasión y concurrencia, por la prisa y la urgencia aceptaron elegirme a mí como ejerciente pregonero. Y allí me ví, momento inolvidable, asomado al balcón del que durante los años de infancia y juventud había sido academia-colegio de mi renqueante bachillerato. Lo que dije y conté, les juro, es lo más difícil y comprometido que he escrito hasta la fecha. Hoy, que es también víspera renovada de ese ciclo anual festivo de Ortigueira, me gustará compartir con todos vosotros aquel mensaje de entrañable convocatoria, que entonces pronuncié desde lo más hondo de mi alma. Confío en que os guste (y más aún, si así fuera, que no dejéis de visitar esta Villa norteña a la primera ocasión que se os presente. Puedo juraros que no os defraudará)


     Queridos conveciños de Santa Marta… Miñas donas e meus señores…
      Non é cousa, ben sei, de escomenzar negando nada; e ainda menos desacreditando o que tan de boa fe aquí se acaba de falar de min. No entendemento de todos están, evidentemente, as razóns de fondo agarimo que xustifican un panexírico tan desbordado como o que acabamos de escoitar. E nese mesmo entendemento, tamén, a medida xusta dos escasos méritos que eu poido achegar para vir a ocupar hoxe esta honrosísima praza de Pregoeiro das festas de meu pobo.
      Dúas circunstancias concurrentes, penso eu, son a causa de que este insólito miragre se veña a producir hoxe: por una banda, a xenerosísima imprudencia dos rapaces que forman este ano a Comisión de Festas ¡Xente nova…vara verde!, como ben dicía o Práctico. E pola outra, a insoslaiable tentación do embite en si mesmo. E xa non soio pola indubidable honra que representa, senon tamén -engadindo- polo fondo significado que, para moitos da miña xeneración, ten esta tribuna dende a que vos falo agora. Este balcón que, se poidera, daría fe dos moitos coscorróns e calugadas que fixeron falla para sacarnos adiante de latíns e xeografías.
      Así pois, entenderedes conmigo que a calidade do combite ía moito máis alá do que a miña xa pouca prudencia podía resistir. E aquí estóu logo, disposto a exercer de Pregoeiro como mellor poida, e a convidarvos a todos ó festeiro disfrute da nosa santa Patrona.
     Quixera escomenzar confesándovos que, con todo, o que isto ten de novidade para min non é máis que o marco e a ocasión; porque o que é falarvos cara a cara, de feito véñoo facendo dende ai moitos anos. E un dos máis vellos e eficaces recursos para supera-lo vértigo inevitable de asomarse a un micrófono ante unha audiencia tan numerosa e dispersa como a da radio; un truco que non consiste noutra cousa que en acadar a compoñer coa imaxinación un auditorio familiar, poboado de caras coñecidas. E falar de feito soio para él; recollendo nese ensoño o benevolente consolo para os moitos erros, e buscando nel, tamén, a agarimosa complicidade nos acertos. Así o veño facendo éu dende ai vinte anos, e vede aí pois, como vos dicía, que no é ésta, nin moito menos, a primeira vez que vos falo cara a cara.
      A que sí é, sen dúbida, e a máis comprometida, xa que a maioría de vosoutros sabedes moito mellor ca min da prestixiosa tradición festeira de Ortigueira, e das claves da sua evolución ó longo de tantos anos, lucindo sempre con rilante singularidade á marxe da mellor ou peor coxuntura económica coa que teña que loitar a correspondente Comisión de Festas. Algún ano, que eu recordo, chegouse a xuntar a devandita Comisión na mesma tarde deste día 27, e non por iso deixóu de estoupa-la traca no momento xusto do paso da Procesión; nin fallou o pasarrúa de banda percorrendo a Vila; nin, por suposto, chegou a asoma-lo mencer sen que a Ría devolverá o eco da serpenteante “Conga de Jaluco”, nos últimos coletazos da verbena. E ata tal se dixera que, no caso das nosas Festas, esa desasosegante incertidume chega a ser un máis dos ingredientes en xogo. Un bo motivo para enche-las cansinas tertulias dos primeiros días do verán, e unha baza gañada sempre, na polémica, polos máis veteranos, fartos de terciar nas urxentes teimas dos máis novos con un sabio e retranqueante “¡Xa se xuntarán!”…”¡Ainda hai tempo!”…
      Pois ben, con tempo, sí, pero tamén xusto, estes catro magníficos, Dolores, Lupe, Suso e Pablo, viñeron, neste 92, a darlle a razón outra vez ós vellos, e a sorprendernos a todos cun programa festeiro de auténtica categoría, capaz de medirse sen complexos cos máis lembrados de calquer época pasada.
      E por se fose necesario confirmar canto digo con algún exemplo, aí está a impresionante nómina de bandas que se anuncian: cinco, mais duas de gaitas…, todo un record olímpico para encher con derroche ese capítulo que todos consideramos como o máis señeiro na secular ambición festeira de Santa Marta. Ou, buscando outro exemplo, ese conxunto brasileiro que se anuncia para o día 30: nada menos que toda unha Escola de Samba de Río de Xaneiro, insólita e excepcional atracción que a moitos, sen dúbida, traguerá a febril lembranza daquelas míticas “Nereidas” que hai trinta anos romperon eiqui todo-los esquemas sobre a capacidade física e paixonal deste Cantón.
      Así pois, é moi certo que, pola conta do Programa, a festa está servida, e ben servida: música, actuacións, concertos, lucería, xogos, deportes… Todo canto se pode pedir de lúdico aderezo está aí, xenerosamente disposto nese Programa. E, con todo, eu quixera significar agora -falando dun xeito especial para os que de fora veñen- que o máis atractivo de canto está por pasar nesta Vila nos próximos cinco días non figura detallados nos carteis, nin se axusta -salvo excepcións- á rixidez horaria que impón un programa de actos. E esa outra parte da festa na que todos somos Comisión. A que pon en xogo a íntima complicidade de tódolos ortigueireses para encher de emoción e solemnidade determinados momentos e actos que están por vir. Ritos locais que o son, de domestica e sinxela singularidade certamente; nin únicos nin insólitos, ben o sabemos, pero que, vividos dende esa solidaria complicidade emocional, chegan a constituirse en inesquecible experiencia, e en morriñoso referente tamén das esencias da Patrona dun ano para outro.
      Un desfile de bandas de música, ben certo é que non ten nada de extraordinario. Máis, se queredes velo á nosa maneira, poidera ser que sentírades un ledicioso brinco na alma cando mañá dean as doce no reloxio do vello Convento; e que participedes así, connosco, do alporizado rebulir de ver cómo un dos soños máis arelados por esta Vila se cumpre ó fin: o de disponer de novo dunha banda de música propia, pechando un demasiado longo baleiro, e renovando unha das tradicións más emblemáticas de Ortigueira.
     E tampouco, ben sei, ten nada de extraordinario unha concentración de foguetería ó paso solemne dunha Procesión. Case todalas festas contan con ese ingrediente. Mais non todas, velaí, dispoñen dunha caixa de resoancia de tan atronadora capacidade como a nosa Ría…
      E é que, para rematar, en cuestión de acústica, meus queridos amigos, non queda outro remedio que reconocerlle a Ortigueira capacidades excepcionáis; case tantas como nos últimos anos nos descubríu Álvaro, en canto á riqueza biolóxica dos nosos humidáis. Unha potencialidade acústica de tan amplo espectro, como para reflexar todalas frecuencias posibles, dende un umbral ó outro da escala; dende o máis agudo crocar das copas, nas matináis sensións de vermut, ata o bronco estoupido dos tapóns de champán, na derradeira noite do Baile do Club.
      A que ven pois anunciándose, si queredes vela deste xeito, ven sendo algo así como unha longa e rica sinfonía, en cinco movimentos, que debemos escomenzar a interpretar todos, se vos prace, dende agora mesmo; en canto éu deixe de desafinar neste ensaio previo, que xa vai sendo longo.
      ¡Felices Festas!... E que sexan todos benvidos ó festeiro disfrute da nosa Santa Patrona.


Cantón ortegano, al que se asoma el balcón de la vieja Academia

TRADUCCIÓN, si fuese necesaria:

      Queridos convecinos de Santa Marta… Señores y señoras…
      No es cosa, bien lo sé, de comenzar negando nada; y aún menos desacreditando lo que tan de buena fe aquí se acaba de hablar de mí. En el entendimiento de todos están, evidentemente, las razones de hondo cariño que justifican un panegírico tan desbordado como el que acabamos de escuchar. Y en ese mismo entendimiento, también la medida justa de los escasos méritos que yo puedo allegar para venir a ocupar hoy esta honrosísima plaza de Pregonero de las fiestas de mi pueblo.
      Dos circunstancias concurrentes, pienso yo, son la causa de que este insólito milagro se venga a producir hoy: por un lado, la generosísima imprudencia de los jóvenes que integran este año la Comisión de Fiestas ¡Gente joven…vara verde!, como bien decía el Práctico [don José Bermúdez, práctico que fue del puerto y de la ría de Ortigueira, y personaje muy querido y popular en la Villa]. Y por otra, la insoslayable tentación del envite en sí mismo. Y ya no sólo por el indudable honor que representa, sino también -a mayores- por el hondo significado que, para muchos de mi generación, tiene esta tribuna desde la que os hablo ahora. Este balcón que, si pudiera, daría fe de los muchos coscorrones y tortazos que hicieron falta para sacarnos adelante de latines y geografías.
      Así pues, entenderéis conmigo que la calidad de la invitación iba mucho más allá de lo que mi ya poca prudencia podía resistir. Y aquí estoy, pues, dispuesto a ejercer de Pregonero como mejor pueda, y a invitaros a todos al disfrute de nuestra santa Patrona.
     Quisiera empezar confesándoos que, con todo, lo que esto tiene de novedad para mí no es más que el marco y la ocasión; porque lo que es hablaros cara a cara, lo vengo haciendo desde hace muchos años. Es uno de los más viejos y eficaces recursos para superar el vértigo de asomarse a un micrófono ante una audiencia tan numerosa y dispersa como la de la radio; un truco que no consiste en otra cosa que en alcanzar a componer con la imaginación un auditorio familiar, poblado de caras conocidas. Y hablar de hecho sólo para él; recogiendo en ese ensueño el benevolente consuelo para los muchos errores, y buscando en él, también, la cariñosa complicidad en los aciertos. Así lo vengo haciendo yo desde hace veinte años; ved ahí, pues, como os decía, que no es ésta, ni mucho menos, la primera vez que os hablo cara a cara.
      La que sí es, sin duda, es la más comprometida, ya que la mayoría de vosotros sabéis mucho mejor que yo de la prestigiosa tradición festera de Ortigueira, y de las claves de su evolución a lo largo de tantos años, luciendo siempre con brillante singularidad al margen de la mejor o peor coyuntura económica con la que tenga que luchar la correspondiente Comisión de Fiestas. Algún año, que yo recuerdo, se llegó a juntar la referida Comisión en la misma tarde de este día 27, y no por eso dejó de estallar la traca en el momento justo del paso de la Procesión; ni faltó el pasacalle de banda recorriendo la Villa; ni, por supuesto, llegó a apuntar el amanecer sin que la Ría devolviera el eco de la serpenteante “Conga de Jaluco” en los últimos coletazos de la verbena. Y hasta tal se dijera que, en el caso de nuestras Fiestas, esa desasosegante incertidumbre llega a ser uno más de los ingredientes en juego. Un buen motivo para llenar las cansinas tertulias de los primeros días del verano, y una baza ganada siempre, en la polémica, por los más veteranos, hartos de terciar en las urgentes disputas de los más jóvenes con un sabio y retranqueante ¡Ya se juntarán!...¡Aún hay tiempo!...
      Pues, bien, con tiempo sí, pero también justo, estos cuatro magníficos, Dolores, Lupe, Suso y Pablo, vinieron, en este 92, a darle la razón otra vez a los viejos, y a sorprendernos a todos con un programa festero de auténtica categoría, capaz de medirse sin complejos con los más añorados de cualquier época pasada.
      Y por si fuese necesario confirmar cuanto digo con algún ejemplo, ahí está la impresionante nómina de bandas que se anuncian: cinco, más dos de gaitas…; todo un record olímpico para llenar con derroche ese capítulo que todos consideramos como el más señero en la secular ambición festera de Ortigueira. O, buscando otro ejemplo, ese conjunto brasileiro que se anuncia para el día 30: nada menos que toda una Escuela de Samba de Rio de Janeiro, insólita y excepcional atracción que a muchos, sin duda, traerá la febril memoria de aquellas míticas “Nereidas” que, hace treinta años, rompieron aquí todos los esquemas sobre la capacidad física y pasional de este Cantón.
      Así pues, es muy cierto que, por la cuenta del Programa, la fiesta está servida, y bien servida: música, actuaciones, conciertos, lucería, juegos, deportes,… Todo cuanto se puede pedir de lúdico aderezo está ahí, generosamente dispuesto en ese Programa. Y, con todo, yo quisiera significar ahora -hablando de un modo especial para los que de fuera vienen- que lo más atractivo de cuanto está por pasar en esta Villa en los próximos cinco días no figura detallado en los carteles, ni se ajusta -salvo excepciones- a la rigidez horaria que impone un programa de actos. Es esa otra parte de la fiesta en la que todos somos Comisión. La que pone en juego la íntima complicidad de todos los ortigueireses para llenar de emoción y solemnidad determinados momentos y actos que están por llegar. Ritos locales que lo son de doméstica y sincera singularidad, ciertamente; ni únicos ni insólitos, bien lo sabemos, pero que, vividos desde esa solidaria complicidad emocional, llegan a constituirse en inolvidable experiencia, y en morriñoso referente también de las esencias de la Patrona de un año para otro.
      Un desfile de bandas de música, bien cierto es que no tiene nada de extraordinario; pero, si queréis verlo a nuestra manera, pudiera ser que sintierais un feliz brinco en el alma cuando mañana den las doce en el reloj del viejo Convento; y que participéis así con nosotros del alborotado rebullir de ver cómo uno de los sueños más deseados por esta Villa se cumple al fin: el de disponer de nuevo de una banda de música propia, cerrando un demasiado largo vacío, y renovando una de las tradiciones más emblemáticas de Ortigueira.
      Y tampoco, bien lo sé, tiene nada de extraordinario una concentración de foguetería al paso solemne de una procesión. Casi todas las fiestas cuentan con ese ingrediente. Pero no todas, ved ahí, disponen de una caja de resonancia de tan atronadora capacidad como nuestra Ría…
      Y es que, para concluir, en cuestión de acústica, mis queridos amigos, no hay más remedio que reconocerle a Ortigueira capacidades excepcionales; casi tantas como las que nos descubrió Álvaro [Álvaro Fernández Polo, apasionado y brillante naturalista local] en cuanto a la riqueza biológica de nuestros humedales. Una potencialidad acústica de tan amplio espectro, como para reflejar todas las frecuencias posibles, desde un umbral al otro de la escala; desde el más agudo entrechocar de las copas, en las matinales sesiones de vermut, hasta el bronco estampido de los tapones de champán, en la postrera noche del Baile del Club.
      La que viene, pues, anunciándose, si queréis verla de este modo, vendrá a ser algo así como una larga y rica sinfonía, en cinco movimientos, que debemos comenzar a interpretar todos, si os parece, desde ahora mismo, en cuanto yo deje de desafinar en este ensayo previo, que ya va siendo largo.
      ¡Felices Fiestas!... Y que sean todos bienvenidos al festivo disfrute de nuestra Santa Patrona!...