martes, 16 de noviembre de 2010

45 primeros días del blog

      Se cumplen hoy, efectivamente, los primeros 45 días de existencia de este modesto blog. Y el resultado me tiene totalmente fascinado. Ya sé que las entradas de muchos blogs, especialmente cuando se trata de propuestas de actualidad, deportes, política y demás, o de escaparates de personajes famosos y populares, se cuentan por miles en cada día, o en cada semana, pero cuando la oferta es como ésta, de un personaje casi anónimo, y unos contenidos tan circunscritos a un ámbito de interés muy concreto, como la gastronomía, y aún más: lo gastronómico desde un enfoque histórico y anecdótico, sin recetas -de momento, que alguna habrá- ni engarce alguno -que también habrá- con asuntos de actualidad, resulta -a mí me lo parece- realmente sorprendente haber cosechado una respuesta tan amplia como la que ahora vengo a participaros, en estos datos que siguen, correspondientes al balance a día de hoy, 16 de noviembre, cuando el contador me dice que el total de entradas suma ya 1.408, repartidas del siguiente modo:
      Igualmente, resulta interesante contrastar el nivel de acogida e interés de los diferentes artículos publicados:



      A todos, pues, mi más rendido agradecimiento, y mi más cordial saludo.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Lección de gramática


Entre esas decena de correos, con chistes, coñas, ingeniosidades mil, sugerencias de profunda reflexión, consejos y dislates del más variopinto pelaje, que cada día recibimos todos en nuestro correo electrónico, de vez en cuando alguna tiene verdadero interés. Yo acabo de recibir ésta, que así me lo parece, y por ello vengo a introducirla aquí, por si a tí, querido lector bloguero, también te resulta interesante y de provecho. Ojalá que así sea.



Un poco de gramática bien explicada.... Hagámoslo circular, vale la pena.


¿PRESIDENTE o PRESIDENTA?


      En castellano existen los participios activos como derivados de los tiempos verbales.
      El participio activo del verbo atacar, es atacante; el de salir, es saliente; el de cantar, es cantante; el de existir, existente.
      ¿Cuál es el participio activo del verbo ser?
     El participio activo del verbo ser, es 'el ente'.


      ¿Qué es el ente?. Quiere decir que tiene...entidad. Por ese motivo, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega al final '-nte'.
      Por lo tanto, a la persona que preside, se le dice presidente, no presidenta, independientemente del sexo que esa persona tenga.
      Se dice capilla ardiente, no ardienta; se dice estudiante, no estudianta; se dice paciente, no pacienta; se dice dirigente y no dirigenta.

      Nuestros políticos (y muchos periodistas) no sólo hacen un mal uso del lenguaje por motivos ideológicos, sino por ignorancia de la gramática de la lengua castellana.






sábado, 6 de noviembre de 2010

Destellos de Hollín (Páginas 37 a 47)



que dejó en el aire inconclusa en el instante mismo de su fulminante vencimiento. Nadie supo entonces, a ciencia cierta, ni completarla ni siquiera interpretarla fielmente en su literalidad, pero es muy cierto que la tal diatriba estaba llamada a tener con el tiempo una gran trascendencia local y hasta una traducción premonitoria, esclarecida al fin entre las buenas gentes ribereñas. En aquel fatal momento, según se recuerda y circuló en los corrillos, testigos presentes en la alcoba patricial afirmaron haber entendido en la voz quebrada del anciano algo así como:¡Vago. Cuatrero. Ojalá te arruines, carajo!... Pero Indalecio Almendrilla, en su azorada confusión, por sobrevivir a la pena, engañándose tal vez, tuvo para él siempre que su progenitor, benévolo al fin en su último aliento, lo que realmente dijera no fue tal, sino: “¡Reza, lotero, y tendrás trabajo!”. Hoy, después de la tragedia, ya a nadie le cabe la menor duda del sentido literal de aquel exabrupto de muerte. La enigmática frase del segundo final de don Graciano resultó ser una exacta y cruel profecía: “¡Déjalo, putero, o te matará un badajo!”. Eso dijo, ahora se sabe, despidiéndose, el sacristán. Y así se cumplió. Un fabuloso suceso, profecía o milagro, a saber, que aún hoy sirve de base al comité de beatas local como aval y mejor prueba para su pretensión de alcanzar algún día para don Graciano el reconocimiento vaticano de su condición de santidad.
      Aquel infausto veinticinco de abril de 1977 había comenzado, sin embargo, para Indalecio con los mejores augurios. Fiel a su rito anual, en la hora más temprana abandonó “La Camelia Blanca”, el viejo hostal en el que solía alojarse en sus puntuales visitas al pueblo. Como siempre, encaminó sus primeros pasos en dirección al
cementerio. Aunque, quien hoy le viera, conociéndolo, podría afirmar que este año llevaba el hombre un andar más ligero, mucho más animado y apurado también. Pudiera ser de ello causa el influjo del sol, contagioso aquel día en su calentar temprano, o el musical murmullo del río, henchido de vital deshielo. Pero, aún sumando éstas, que también, eran otras y más íntimas las razones que llevaban al vuelo a Indalecio a su cita en el camposanto.
      Dos felices nuevas portaba en el buche para los silentes interlocutores que le aguardaban en el panteón familiar. A Daniel, el hermano, avecinado allí desde hacía diez años, la buena de los cada vez más derechos y reconducidos pasos de Tomás, el hijo que el fuego de Dios dejó huérfano y al cuidado del tío desde la noche del sacrílego incendio. Y al padre, al temible don Graciano, tres años residente, el voto solemne, que pensaba hacer sobre el mármol, de cerrar definitivamente el bingo a comienzos del ya próximo verano, para acometer en el local las obras del restaurante que proyectaba y cuyo nombre, por cierto, aguardaba tan sólo para su fijación definitiva el preceptivo refrendo que allí habría de darse. “Chez Graciano”, o “El Figón de San Marcos”, eran las dos opciones que pensaba plantear en la necrófila consulta.
      Al cruzar el puente nuevo, como tenía por costumbre Indalecio detuvo allí su andar. Se asomó al pretil y dirigió al tumultuoso caudal el susurro grave de una sentida oración. Era el recuerdo a la madre, a doña Emérita, la discreción hecha carne. La que un día se llevó este río, por accidente o por voluntad, nunca se supo, como nunca se consiguió ni pudo recuperar su cuerpo. Cayó o saltó, no hubo testigos; pero allí la vieron por última vez, absorta en la torrentera, el día en que llegó el telegrama con la noticia del trágico final de su Daniel y Melchora.
      Con el amén, como siempre, soltó Indalecio el ramo de rosas por encima del barandal hacia el agua; dejando, para la maniobra, en el suelo el otro similar, que portaba como ofrenda de respeto para la mucho más comprometida y dura cita que le aguardaba en el cementerio. Hacia allá siguió, caminando por el sendero que orilla el río en su borde mismo, tan angosto y quebrado en el caprichoso trazado que lo dibuja como la propia historia de quien ahora lo anda.
      Cualquier psicoanalista podría explicarla, la historia de Indalecio, con mejores razones, más técnicas y fundamentadas; pero, no siendo el caso, seguro que igualmente resulta fácil de entender a cualquiera, en llano y por sencillo, que la desgracia de este hombre tuvo su origen en la influencia traumática del padre y la contradictoria y perversa dualidad que, a los ojos de un niño, tuvo que resultar la simultaneidad de dos oficios tan paradójicos, como el de sacristán y capador, que don Graciano ejercía.
      La vida empezó a quebrarse para el niño Indalecito a sus apenas diez años, en mil novecientos cuarenta y ocho, justamente aquel día que comenzara para el chaval como el más feliz de su corta vida, para concluir al término en el referente de su más prematuro abatimiento.
      Corría septiembre, y los cuatro Almendrilla viajaban a la capital. Nunca tal habían hecho. Indalecio se sentía feliz, pletórico por la fascinante aventura de tanto nuevo por descubrir. Su hermano Daniel, un año más joven, también disfrutaba de la misma inocente alegría. Y hasta el adusto padre, don Graciano, aparecía relajado y contento. Sólo Emérita se mostraba triste y ausente, perdida en el dorado paisaje de las anchuras manchegas que el encuadre de la ventanilla del tren iba recorriendo. Vestían todos de domingo, y componían juntos, en aquel vagón, una imagen de pulcra sobriedad y de apacible y envidiable armonía. Bajo el asiento del padre, un paquetón irregular, rezumante de grasa y atado con cáñamo, acompañaba al grupo; era su tarjeta de visita, de agradecimiento y obligada pleitesía al señor obispo, que al mediodía habría de recibirlos. En el regazo de la madre, abrigada con sus brazos, una pequeña maleta marrón de cartón barnizado completaba el equipaje.
      Pero el señor obispo no pudo recibirles. Lo hizo en su nombre, con amplia sonrisa, un joven sacerdote, que recogió y agradeció el paquete y se brindó a acompañarles al vecino seminario, donde el perplejo Daniel quedó ingresado aquella misma tarde para hacerse cura, según los designios y la voluntad de don Graciano, que para estos asuntos no consideraba necesaria ni autorización ni consulta, ni del niño, ni de la madre tampoco.
      Indalecio hizo el viaje de regreso a San Marcos de la Ribera sin decir palabra, hundido en su asiento y aferrado a su madre, que tampoco abrió la boca en todo el trayecto. Los Almendrilla inauguraban así un silencio que acabó por hacerse crónico en aquella familia en los siguientes meses y años. Desde entonces y hasta su huida a Madrid, la mirada de Indalecio sólo recobró vida en los cortos períodos de vacaciones que traían a Daniel de vuelta a casa. Entonces, apurando juntos todas las horas del día y de la noche, recuperaban los críos al punto las fraternales señas de su identidad, la íntima complicidad de sus sueños y el frustrante rechazo que ambos sentían por la realidad que a cada uno tocaba vivir. Indalecio ansiaba salir de San Marcos de la Ribera y confesaba envidia a Daniel por la experiencia de éste en la capital, por su ir y venir solo en el tren y por las gentes nuevas que conocía, aunque fuera a costa de hacerse cura. El seminarista, sin embargo, agotaba la infantil capacidad de su argumento en explicar al hermano el grave error de pensar así y la futilidad de su envidia. La capital, le decía, sólo se oía al otro lado del gigantesco muro que rodeaba el seminario. El ir y venir en el tren, bueno, tenía un pasar, aunque infinitamente más la venida que la ida; y las gentes nuevas, un desastre, lo peor: caras frías, gestos duros, disciplina, castigos, reproches ... una mierda.
      Y a todo esto, la insufrible suma de un despertar adolescente que traía a Daniel por la calle de la amargura. Indalecio trataba inútilmente de atemperarlo, de sosegar la frustración del chaval por los negros augurios que Daniel imaginaba en su futuro, sin mujeres, sin poder casarse, y sin siquiera poder pensar en ellas, que a tanto creía, y sufría, el crío. El hermano mayor porfiaba que no era para tanto; que no tenía por qué ser así. -- Casarse ...Bueno, casarte no -le explicaba-... Pero pensar...¡Quién te va a quitar de pensar!. Eso es cosa tuya solamente, Daniel. ¡No seas tonto, bobo...!
-- Cosa mía, sí ...Y de Dios también, que todo lo ve -respondía pronto Daniel, agotando cualquier posible razonamiento- ...Y ya no es sólo que pueda o no pensar -continuaba el niño en su aflicción- ...es que tampoco podré nunca tocarlas ...¿Comprendes?
-- Ya... Sí. Lo entiendo...

      La casta perspectiva que se dibujaba en el horizonte de Daniel ocupó largas horas de porfiada charla entre los hermanos aquellas navidades del cuarenta y ocho. La cuestión, analizada por ambos desde todos los perfiles posibles de su infantil capacidad, derivó al fin en obsesión irresoluble: Indalecio, agotado y rendido en la inútil búsqueda de razones y argumentos de consuelo que pudieran compensar y sosegar a Daniel. Y éste, en guardia siempre y al quite, para rebatir e invalidar cualquier posible vía de escape que el hermano pudiera proponerle.
      Así las cosas, hundidos los dos en esta desesperanzada angustia, empaparon el abrazo en llanto en la despedida aquel año; no tanto ya por causa de la separación en la obligada vuelta de Daniel al seminario al término de las vacaciones, sino, muy particularmente, en su íntima complicidad, por ese dramático panorama que entre los dos habían magnificado.
      El niño Indalecio, todo corazón, que amaba profundamente a su hermano menor, quedó sumido en la depresión más absoluta; pero nadie se apercibió de ello en el ajeno silencio de la casa. Emérita navegaba en sombra por sus quehaceres, sin ruido y sin prisa, cada vez más ausente. De su apagada rutina sólo cabía anotar algunos detalles que habrían resultado significativos a quien pudiera tener interés en observarlos, que no era el caso, a más de que la mujer dominaba la discreción con magistral virtuosidad. Desde que regresara del viaje a la capital, tras el ingreso de su Daniel en el seminario, no había vuelto a colocarse en la pechera de la bata, como solía, prendido con imperdible, el escapulario “¡Detente bala!” que su marido había llevado en la guerra. Y también pudiera apuntarse por extraño el dato de su cada vez más irregular asistencia a misas y oficios entre semana, evidenciando una inequívoca tendencia a limitar sus deberes religiosos al cumplimiento estricto del precepto dominical.
      Don Graciano, por su parte, tampoco prestó gran atención al desesperado trance que vivía Indalecio, cada vez más sumido en la dolorosa cuita del destino infeliz que aguardaba a su hermano.
      Cierto día, en vísperas del Carnaval, quiso el destino que el joven Indalecio tuviera que acompañar a su padre a casa de unos vecinos, que habían demandado de don Graciano su buen oficio como capador para castrar a un cerdo. La escena de aquel espanto no era nueva para el niño, aunque sí lo fue el descubrimiento que por boca de su padre hizo de la razón que justificaba tal operación. Le explicó don Graciano que el motivo de deshuevar al marrano, lo que don Graciano hizo, por cierto, en un santiamén, manejando la cuchilla con prodigiosa habilidad, no era otro que aplacarle los instintos, hacerle olvidar su desazón de macho y favorecer así su engorde y solaz, liberándolo, por caridad, de las tribulaciones carnales que tanto angustian y encanijan.
      Lo malo fue que Indalecito captó la onda en su literalidad, hallando al fin en ella la solución que tanto ansiaba. En cinco ocasiones más, por aprender, acompañó a su padre a otras tantas intervenciones. Y cuando creyó dominar el método, que la profesionalidad de don Graciano hacía parecer tan fácil, se dispuso a aplicarlo en la primera ocasión que resultara posible. Ocurrió esto en la tarde del Jueves Santo, al término de los Oficios litúrgicos en los que él y Daniel actuaron de monaguillos.
      Como solían hacer, rezagaron los chavales la hora de cambiarse en la sacristía, buscando el momento de introducirse sin testigos en el cuartucho adjunto en el que se guardaban las obleas y el barrilito del vino de consagrar. Allí apostados, al amparo de su refugio secreto, bajo las andas de San Roque, se aplicaron los rapaces al trasiego del vino, como solían en estas ocasiones. No obstante, esta vez, según el plan ideado por el aprendiz de carnicero, aunque la dulce dosis a hurtar no fue mayor, por riesgo de que pudiera notarse, Indalecio se había procurado un rebañe periódico en las semanas anteriores, hasta llegar a disponer para la ocasión de casi una botella completa de tres cuartos extra, además de la merma que el barril, casi lleno aquel día, podía admitir sin levantar sospechas.
      Bebieron pues, los críos, como nunca antes lo habían hecho. E hiciéronse sí, también, como tenían por costumbre en estas ocasiones tras los efectos etílicos, inconfesables tocamientos de mutuo consuelo. En ello estaban, cuando Indalecio preguntó a su hermano, una vez más, si seguía angustiado en su conciencia por el negro presagio de su futura vida sacerdotal...
-- Pues, claro. Ya lo creo ... Eso es lo peor de ser cura...-respondió Daniel con su boca ya de trapo.
-- ¿Y a tí gustaría que yo pudiera “aplicarte” los “distintos”?... ¿Y que te hiciera olvidar tu “destrozón” de macho? -insistió Indalecio, evocando en su alcohólica nebulosa las razones que oyera a su padre.
      El beodo Daniel sólo atinó a sacudir afirmativamente la cabeza, como única respuesta.
-- ...Lo malo es que vas a engordar -completó, filosófico, Indalecio- ¿Te importa?
-- Nnnooo... -balbució, semiinconsciente, Daniel.

      Y en un instante, sin mayor consulta, por sorpresa, cuando aún no se había apagado del todo el balbuciente “no” de Daniel, rompió el chaval en alarido feroz, enloquecido de horror y espanto cuando la caricia del hermano se trocó en frío navajazo, aplicado allí, en la misma base de sus tiernas e incipientes criadillas.
      El escándalo derivado del sangriento episodio fue de órdago a la grande. En socorro de los infantiles gritos acudieron de inmediato media docena de beatas que aún permanecían en el templo. También el cura, don Nicolás, que hacía tertulia en el atrio, justamente y por fortuna con don Evaristo, el médico. Y, por supuesto, también don Graciano, que saltó al oír el chillido desde lo alto del Monumento, donde se hallaba encaramado ordenando y asegurando para la noche los cirios encendidos. De inmediato supieron todos la entidad de lo ocurrido, aunque no las razones ni el porqué, que Indalecio no tuvo tiempo de explicar anulado por la violenta reacción de don Graciano, que le dejó inconsciente de un soberbio guantazo.
      Daniel, dentro del drama, tuvo suerte, porque la precipitación y la impericia de la fraternal cuchillada sólo alcanzó a rebanarle, de completo, eso sí, un huevo, pudiendo la pronta intervención de don Evaristo atajar la hemorragia allí mismo, y recomponer la funcionalidad del testículo sobreviviente luego, en la artesanal cirugía de su consulta.
       El tiempo fue pasando, aunque no así la memoria acusadora hacia Indalecio, que vivió desde entonces en un auténtico infierno, tanto en casa como en el pueblo, hasta el día de su liberadora huida a Madrid. Tan sólo Daniel, entendiendo la bondad del propósito, supo desde el principio perdonar sin reservas. Años más tarde llegaría incluso a confesar a la agobiada conciencia de su hermano el íntimo agradecimiento que sentía por la oportunidad de aquella catárquica mutilación.
      Los años oscuros que siguieron para Indalecio en San Marcos de la Ribera, lo fueron, en cambio, de luminoso despertar para el semicastrado Daniel. Por lo pronto, dejó el seminario y el negro destino de canonjía que para él había soñado don Graciano.
      Una vez liberado de estas pías ataduras, dio el mozo en prestar creciente atención a las jovenzuelas del lugar, afanándose en aprender con gran aplicación sus secretos. En esta gozosa tarea tuvo además Daniel el terreno abonado, pues la morbosa curiosidad de las jóvenes lugareñas por conocer de primera mano el alcance real de su mutilación testicular, y más aún sus reales consecuencias en la práctica, le facilitaron un amplísimo caudal de experiencias.
      En el 56, a los diecisiete años, uno después de la marcha de Indalecio a Madrid, llegó para Daniel la ocasión de despejar cualquier duda que aún pudiera albergar respecto de la funcionalidad perfecta de su huevo disparejo, cuando Melchorita, su novia formal en los últimos tres meses, le anunció, con desolado rubor, hallarse en estado de buena esperanza. Aquel embarazo fue para Daniel la mejor noticia que cupiera imaginar. A buen seguro que pocos hijos lo fueron por un padre tan deseados en la larga historia de este mundo. No sólo “quería” y “sabía”, que de éso, sí, ya estaban al cabo hacía tiempo todo el pueblo, sino que ahora, al fin, con rotunda evidencia, dejaba sentado Daniel ante todo bicho viviente y ante si mismo, muy principalmente, que también “podía”.
      Y, lo que son las cosas de la vida, tan distinta de ver para unos y para otros, ¡qué misterio! ...Aquel día de mayo, porque fue en mayo florido ... era por mayo, Melchorita, recién cumplidos los dieciséis, consumió todas las horas en un trance atropellado de llantos, ayes e hipos, mientras que Daniel lo ocupó entero en recorrer, atolondrado, las calles y todas las tabernas y garitos del lugar, ofreciendo la buena nueva a cuantos con él se cruzaron.
      Contagiados por tan paternal entusiasmo, a todos se les vio reír y celebrar la noticia. Todos, en efecto, así lo hicieron, cínicamente los más y con mucha malicia también, en muchos casos; menos los padres de los jóvenes protagonistas, que dieron en entender el asunto por tragedia. Don Graciano, por castigo divino, por sus muchas culpas y pecados cometidos de pensamiento y obra, la puntilla que le faltaba al desprecio que un año antes le había hecho su hijo mayor, Indalecio, marchando a Madrid sin despedirse siquiera. Y Angustias, la madre de Melchora, a la pena de vergüenza, que no era tanta, sumaba el drama de ver a su tierna criatura emparentada con la familia de un meapilas, como por tal tenía a don Graciano.
      Angustias, “La Gabacha” de mal nombre, arrastraba este apodo desde que su tatarabuela entripara por cuenta de la acometida de un soldado francés, en plena Guerra de la Independencia. Desde entonces para acá, que ya llovió, “Las Gabachas”, mujeres siempre en la

Laurel y perejil

     
 En estos tiempos en los que no hay nada sin precio, llama la atención -aunque probablemente muchos de ustedes no hayan reparado en ello, en esa singularidad- que en nuestras verdulerías populares y mercados de barrio persista la hermosa costumbre, de imposible datación en cuanto a su fecha de origen, de regalar a quien lo requiere para el aderezo doméstico, unas hojas de laurel, o un ramillete de perejil.
      Es ésta una costumbre ciertamente curiosa, y muy española, porque han de saber que en otras latitudes, donde lo uno y lo otro también se usa con profusión en sus respectivas cocinas, por ejemplo en Italia, o en Alemania, o al otro lado de los Pirineos en la de nuestros vecinos franceses, laurel y perejil por supuesto que se cobran... De ahí tal vez que hagan lo propio, es decir, cobrarlo, renunciando a la tradición hispana, los grandes supermercados, que, como bien se sabe, son casi todos ellos franceses de origen y capital. Sin embargo, entre los minoristas de barrio, la costumbre se mantiene, por fortuna. Y bueno será reconocerlo y agradecerles que persistan en ella aunque les cueste algo, porque, efectivamente, lo curioso es que a ellos no se lo regalan, sino que en su mayoría lo compran, para regalárnoslo a nosotros después. Fíjense en el dato curioso, y más aún teniendo en cuenta esa nula rentabilidad económica: en Mercamadrid, a lo largo del año se venden más de 2.000 toneladas de perejil.
      Pero, vayamos con el laurel, que es una planta de remotísimos orígenes, y probablemente una de las pocas –al igual que el perejil, por cierto- de solar primigenio europeo. Su aprecio, no sólo culinario, tiene hondísimas raíces. Los clásicos griegos atribuían al laurel el poder de la profecía; y también un sinfín de virtudes terapéuticas. El propio Esculapio, dios de la medicina, solía representarse adornado con una corona de laurel. Laureles también para los triunfadores de los Juegos, en tanto que símbolo de la consagración de la gloria.
      Pero todo eso es historia. Hoy el laurel ha quedado fundamentalmente relegado a su uso culinario, como adorno de aroma para infinidad de preparaciones, desde los escabeches a los estofados. Su uso, con todo, debe ser comedido. Mucho más, desde luego, que en los recetarios antiguos, donde llama la atención su presencia abusiva; lo cual, entonces, tenía su razón de ser, ya que el fuerte sabor y aroma que procura el laurel resultaba ideal para enmascarar, en aquellos platos de antaño, las frecuentes deficiencias de conservación de muchos productos perecederos que los integraban.
      ¿Y del perejil, qué decir?... Pues, mucho de lo mismo. También es aderezo de uso antiquísimo en las cocinas de toda Europa. Dicen los botánicos que su tierra originaria es Grecia, o tal vez la isla de Cerdeña, donde viejísimas monedas le exhibían como símbolo gráfico. Al igual que el laurel, el perejil también sirvió de adorno para las testas clásicas, ya que se usaba de él, liado en forma de corona, para adornar las cabeza de los comensales invitados a los grandes ágapes romanos. Su nombre, perejil, viene de la palabra latina “petroselium”, que a su vez traduce fonéticamente una palabra anterior, griega, cuyo significado era “hierba de las rocas”... no se sabe si porque, efectivamente, el perejil crece en cualquier lugar que tenga un poco de tierra y de sol, incluidos los roquedales...o porque, según la medicina clásica, tenía fama muy acreditada como remedio contra las piedras del riñón. En todo caso, acreditado queda que el perejil tuvo aprecio culinario desde los tiempos más antiguos, y en todas las latitudes, desde las cocinas mediterráneas a las más septentrionales del norte escandinavo. Desde entonces sigue siendo la hierba más popular, gastronómicamente hablando. Su concurso es esencial en casi todos los guisos, y en algunos hasta protagonista básico, como en nuestra muy hispana “salsa verde”, o en los no menos hispanos “boquerones en vinagre”, tan amenazados, por cierto en estos días, por ese gusanillo sátrapa traidor llamado anisakis. Que ustedes lo aderecen bien y, como siempre, buen provecho.






Oporto (II). La ruta atlántica


       Dejábamos en la entrega anterior a los comerciantes ingleses embarcando vinos comunes del Alto Douro en los muelles de Oporto. Decíamos también que la razón de esta búsqueda de provisión al sur derivaba del permanente conflicto bélico que los ingleses venían manteniendo con Francia, su tradicional proveedor. Y también que, antes de fijarse en Portugal, habían tratado de adquirir el vino en Ribadavia, pero que Felipe II frustró y cortó de raíz aquel comercio.
        Todos los vinos de la época (mediado el siglo XVI), de cualquier zona, adolecían, entre otros problemas de elaboración, de un grave defecto de estabilidad. Los vinateros ingleses sufrían este problema hasta la desesperación, al comprobar con harta frecuencia que, tras la difícil travesía, las más de las veces removida de galerna, el vino desembarcaba en las islas totalmente arruinado y echado a perder.
        Y así fue como, dándole vueltas a aquel desastre tan  aciago y frecuente, cayeron los británicos en la cuenta de la solución a aplicar; un recurso de emergencia que, al fin, derivó en  “invento” novedoso y revolucionario, llamado a perpetuarse por los siglos hasta el presente, con marchamo de excelencia y prestigio mundial.
Las típicas viñas escalonadas del Alto Douro
        El tal invento, que los británicos ensayaron primero en Oporto, y muy pocos años después en Jerez, y también en Málaga, consistió en añadir al vino común una buena dosis de alcohol etílico en forma de aguardiente; es decir, inventaron el “encabezado”.
        Al principio, la mezcla era basta y directa, porque, en su picardía, lo que pretendían no iba más allá de solventar el mal trago de la mar brava. Al llegar a los almacenes de Londres, pensaban, se rebaja el vino con agua, como en tantos otros casos por aquel tiempo, se le devuelve su graduación, y a la mesa en paz y gloria.
        Pero el pícaro invento estaba llamado a hacer historia, y ocurrió que, a los pocos años de esa práctica ruin, alguien, no se sabe quién en nombre concreto de honor y gloria, pensó que aquella mezcla infame resultaba milagrosamente mejor si se efectuaba no con el producto terminando sino en medio de su proceso de elaboración.
        En el caso del Oporto, este añadido alcohólico supone un 20 por ciento del volumen final, y consiste en la adición de brandy (que no es otra cosa que vino destilado y envejecido) en un momento determinado del proceso de fermentación del mosto, que se ve así inmediatamente interrumpido. Esta quiebra traumática hace que una parte importante de los azúcares naturales se queden en el vino, sin pasar a alcohol, lo que procura el consecuente dulzor típico de los vinos de Oporto, aunque no de todos, como inmediatamente veremos.
        Nota general: todos los oportos, con la única excepción del tipo blanco seco, son dulces, en mayor o menor grado. Todos los demás oportos son tintos, dulces, y propios para postre y sobremesa, y hasta para copa nocturna, pero nada recomendables para comer con ellos, asi les pese a mis dos amigos del alma.
        En todos es conveniente, pero en los oportos más y esencial, prestar atención a las anotaciones de la etiqueta. Marcas aparte, la diversidad de tipologías es muy amplia. Las resumiremos en tres básicas, empezando por la joya del oporto, que se identifica en la etiqueta  con el epígrafe “vintage”. Y ¿qué es un vintage?. Pues ni más ni menos que “el rey” de los oportos. En general, estos vinos en los que la fermentación se ve interrumpida, como también ocurre en el caso del champagne, y de los de Jerez, suelen elaborarse partiendo de mezclas de vinos originales muy diferentes y también mezclando varias cosechas. Pero ocurre que, en ocasiones excepcionales, una vendimia, una sola cosecha es, en sí misma, de calidad superior, y no requiere el recurso a ningún tipo de mezcla. He ahí un “vintage”. Este vino único pasará dos años en barrica de roble, y al menos otros diez después envejeciendo en botella antes de salir al mercado. El resultado es un vino sumamente redondo y suave, de un intenso color púrpura y levemente dulce.
        En segundo nivel, aunque todavía muy alto, el siguiente en categoría al vintage es el etiquetado como “Old Tawny”. En este caso se trata de una mezcla de varias cosechas, pero que han madurado durante muchos años –10, 20 o incluso 30 (el número debe figurar en la etiqueta)-  en barrica de roble. Al contrario que el vintage, al haber pasado tanto tiempo en madera ha sufrido un gran cambio en su color, que ahora se ofrece en un tono castaño dorado (de ahí lo de “tawny”, que en inglés significa “leonado”). Son también vinos muy caros, por su largo envejecimiento, de paladar muy concentrado y dulce,  ideales para el postre, aunque no les vendrá mal enfriarlos un poco.
        Luego está el denominado “Rubi”, ya en otro nivel -también en otra escala de precio-, que se corresponde con los oportos más jóvenes, que han permanecido mucho menos tiempo en madera –unos 3 años- aunque el proceso de elaboración sea el mismo. Todavía conservan un matiz rojo rubí (de ahí el nombre). Son muy aromáticos, y también convendrá enfriarlos un poco.

viernes, 22 de octubre de 2010

Destellos de Hollín (Pag 26 a 36)



en un memorable derechazo desde fuera del área. Quedaban dos, sólo dos goles por subir, y apenas doce minutos para el silbato final. Sarabia, a once minutos del término, marcó el que al comienzo fuera un sueño. Y Señor, honrando su apellido, completó al fin la requerida docena seis minutos antes de que el tiempo reglamentario llegara a cumplirse.
      Doce a uno, el quimérico marcador refulgía insolente e inaudito en la luminosa pantalla, acompasando su pálpito electrónico al acelerado compás de los millones de almas que aquella histórica noche vibraron juntas como nunca lo habían hecho antes. La inocente debilidad del enemigo, en tácito consenso de los televidentes, dejó de ser cuestión a considerar: en modo alguno -así se entendió, en imperial connivencia- podía esa circunstancia, si tal fuera, ensombrecer o limitar la magnitud de la gesta.
De entre todos los eufóricos cautivos, sin parecerlo en su discreción, don Matías, el respetado “Tornasol”, era, sin duda, el más afectado. Como correspondía a su natural condición, había afrontado sin asomo de la menor duda, desde el principio, la certeza de que los colores de España se bastaban y sobraban para solventar aquel y cualquier otro envite que pudiera llegarnos de una isla, como la de Malta, civilizada en tiempos por la Corona de España y ennoblecida por la generosa cesión que de ella hiciera Carlos I a los nobles caballeros de la Orden de Rodas, errantes, tras su desalojo por el infiel de la isla de tal nombre que antes ocuparan, y acogidos, a resultas de su destierro, en ésta, mudando desde entonces y en reconocimiento de gratitud, por pura lógica geográfica también, a ver si no, su nombre anterior por el Orden de Malta.
      Don Matías Cuernavaca y Muerdecojón, bautizado “Tornasol” en el trullo por el evidente parecido que su aspecto físico guardaba con el personaje de Hergé, ahorraba más palabras que gestos. Elevando las cejas, saludaba. Cerrándolas, despreciaba, insultaba y mandaba a paseo. Si se ayudaba con un ligero fruncido de boca, pedía que le acercaran algo. Entreabriendo los dos dedos más largos de la mano izquierda solicitaba un cigarro; y asomando el pitillo hacia alguien, le pedía fuego. Así se gobernaba don Matías, y le iba bien. Sus dos acólitos, Tomás y Raúl, compañeros de celda, dominaban a la perfección el lenguaje gestual del viejo y estaban prestos siempre a la traducción necesaria a quien no pudiera entenderlo.
      Don Matías se sabía adulado, y aún en exceso, pero se complacía en ello. Conocía el pacto al que por él y su secreto habían llegado los dos lagartos; la razón del betún que le aplicaban. Pero, fuera por esto o por lo otro, reconocía también los buenos modos y el respeto que los pícaros le guardaban, y no ignoraba, por encima de la comprensible codicia, el afecto sincero y tierno que el obligado roce había hecho surgir en el trío.
      La diferencia de edad, notable, pues don Matías iba para los sesenta y dos, en tanto que Raúl sumaba treinta y siete, y Tomás, recién cumplidos, apenas veintiséis, no era obstáculo para su buen entendimiento. El viejo ejercía sobre los jóvenes un magisterio natural que éstos, al margen de intenciones aviesas, agradecían sobremanera. Aconsejaba con tino, ilustraba y adornaba con amenidad el relato de las mil anécdotas de su vida; brindaba con generosa frecuencia préstamos y anticipos, y, de un modo muy especialmente gratificante, en las muchas ocasiones en que allí era preciso, sabía como nadie consolarlos con dulce ternura paternal.
      Por su parte, la pareja, sin dejación del afán de su complicidad por sonsacar al viejo, que aplicaban con empecinada persistencia a la menor ocasión, en los dos años de obligada vecindad habían llegado a descubrir también un particular afecto por “Tornasol”. Se diría, si la sangre de los Cuernavaca y Muerdecojón, y la alcurnia a que tal nacencia obliga no lo hiciera de todo punto imposible y hasta insultante a la razón --la de don Matías, particularmente--, que en muchos aspectos de su cotidianeidad llegaban a conducirse a tres bandas como auténticos colegas.
      Aparte la evidencia, de lo mucho ganado ante don Matías por ambos pícaros hacía buena prueba el hecho singular y destacado de que sólo con ellos, cuando él quería, eso sí, se mostraba el viejo locuaz. Don Matías no se hablaba con cualquiera. Sus gestos y ademanes, órdenes casi siempre, eran para él más que suficiente trato a deparar a aquella chusma. Ni siquiera a los guardias les dirigía la palabra de buen grado, ni a los funcionarios tampoco, ni tampoco al médico, un tal García Rodríguez, vea usted, y además Manuel de nombre, cómo para fiarse de su diagnóstico.
-- ¡Don Matías. Dése prisa, por favor, que no llegamos al recuento!.
En su trono de tijera, el viejo interrumpió la lectura de la carta que le ocupaba, la dobló pulcramente y la guardó, y con un golpe de cejas respondió a Raúl, sin abrir la boca: “Es cierto, llevas razón”... A continuación, con un leve asentimiento de cabeza, agitando la mano y comenzando a incorporarse siguió: ...Vayamos, pues. Al tiempo que esto hacía, con el dedo índice dio en señalar, como advirtiendo, el recorrido de su cama.
-- No se preocupe. Sí. Está perfectamente hecha... -respondió Raúl.
      Ya franqueando la puerta de la celda, don Matías, en un gesto displicente de duda, cruzando la mirada de nuevo con Raúl volvió hacia atrás la cabeza...
-- Pero, vamos, hay que ver cómo es usted de desconfiado ...Que sí, don Matías, que ya le he dicho que sí, caray; no se preocupe: le he hecho la cama perfectamente, como siempre... Y no he olvidado el escudo de la almohada, y las iniciales, ¡siempre hacia arriba!... Créame. No sea tan desconfiado, caramba. Vamos, vamos, que no llegamos.
-- Es que hay que ver cómo es usted, don Matías -terció Tomás-... Y no se enfade, pero esa manía suya de abrir la cama y meterse dentro para la siesta es un lujo que se pasa...
      Don Matías, al paso de su renqueante caminar respondió de inmediato con una mueca de protesta y justificación, cruzando los brazos sobre el pecho y agitándolos en un a modo de escalofrío.
-- Sí. Ya sé que pasa usted mucho frío -le replicó Tomás- ...¡Toma, y los demás también; qué se cree!. Pero, por no hacer la cama, nos aguantamos... Pero a usted, ala, hay que hacérsela tres o cuatro veces cada día .
-- Bueno, qué más da -resolvió Raúl. ...Dejemos ahora eso, y vamos más rápido, que como no lleguemos a tiempo luego nos dejan sin partido. Y aunque no valga gran pena, seguro, porque está muy claro que no hay nada que hacer, mejor será poder verlo que repasarnos las caras en la celda.
-- Raúl -habló entonces don Matías, de viva voz-, eres un pobre de espíritu, y lo serás siempre. Y te digo más:¡esa falta de fe y ese entreguismo derrotista tuyo, y de tantos como tú en la irreconocible España que vivimos, agravia y deshonra la herencia de nuestra Historia
-- ...¿agra ... qué?
-- ¡Que me insultas, leche! ¡Que así nos va en esta España desarbolada, sin rumbo!...¡Hasta Malta se nos sube a las barbas!. ... No me extraña. ¿Sabes tú qué es Malta?; ¿dónde está?; ¿cuál es su historia y la nuestra?... Bah, !Qué vas a saber!...
-- No se mosquee conmigo, don Matías -atajó Raúl, conciliador, apagando en tono- ...La historia es que tenemos que meterles once. Nada menos... Oiga usted: nosotros, once, y ellos ninguno. Esa es la historia.
      Tomás, para apartar la cuestión y aprovechando el engarce de la frase, cambió de tercio con enigmática complicidad:
-- Por cierto, don Matías, ya nos contará qué “historia” le traía en la carta la mujer de “Pulgas”. Debían de ser buenas noticias, porque menuda cara ponía al leerla...¡Será posible que no se dé cuenta!: Esa Alicia, y el “Pulgas”, los dos, le tienen totalmente engatusado con la niña, la coba y el peloteo ... Y usted, perdóneme y no le parezca mal, pero tengo que decírselo, porque es verdad, en el fondo no es más que un infeliz que se lo cree todo ... Abusan de su bondad, don Matías. Que es así; que se lo digo yo. Y todos sabemos lo que buscan, ¡vaya sí lo sabemos!...
      La perorata de Tomás Almendrilla no obtuvo de don Matías la menor respuesta, ni gestual ni vocal. Ya situados en las filas del recuento, el silencio reglamentario acabó por zanjar la polémica, reintegrando al viejo a su clásico y cómodo papel de etéreo ausente.


                                                      ***

      El patio de la Quinta, orientado a mediodía, es con mucho el más amplio, el mejor dotado y hasta se diría, si no fuera cruel sarcasmo, el más apañado y agradable de todos. Una circunstancia ésta para nada casual, ya que la propia Quinta Galería y sus huéspedes son, por decirlo para entendernos, los mejores, los más llevaderos, los menos conflictivos y de mejor comportamiento. Una mezcla heterogénea, aunque sí selectiva, de condenados por penas menores, en unos casos, junto a otros penados de larga estancia pero ya bien adaptados al régimen penitenciario.
      Dentro del universo carcelario, habitar en la Quinta supone status de privilegio y confianza. Si en algún caso fuera cierto y pareciera cumplirse el lema institucional que justifica el internamiento en pos de una deseable reeducación y rehabilitación social del preso, el colectivo de la Quinta serviría, sin duda, como mejor modelo. No son angelitos, a qué negarlo, pero la proporción de buenos y malos, de honestos y arpías, posiblemente es aquí más favorable que en la procesión del Corpus toledano. La mayoría de los que ahora vemos, haga el lector ese esfuerzo, alineados para el recuento de la tarde, dieron con sus huesos en este infortunio por lo que Cecilia matizara tan bien en su canción como “algún desliz inconexo”: estafas de guante blanco, y otras, las más, gris y ocre, todas alimenticias y urgentes; vicios de menor y de mayor rango, humanas debilidades, disfunciones de la carne; robos, abundan; y atracos, varios. Codicia y necesidad que obliga. Y alguna sangre también, claro, violenta y compulsiva, locura ciega de un instante.
      Tomás Almendrilla es buen ejemplo. Véanlo ahí, con su juvenil galanura, alto y espigado, limpio su atuendo y limpia su mirada, peinado al tejadillo con laboriosa precisión. ¿Quién diría que hizo algo que deba purgar en este encierro?. Si es que no pega... Lo suyo fue mala suerte, de la peor. Y el tiempo, que le cegó, que no supo controlar y acabó jugando en contra.
      A los dieciocho, más guapo que un San Luis, mantenía a plena satisfacción tres novias en el mismo barrio, dos de ellas en su propio bloque. Acudía puntual cada noche de jueves, por agradecimiento y por seguir aprendiendo, a visitar clandestinamente a doña Flor, vecina del cuarto, incombustible esposa de don Bernardo, el oficial de Bomberos, que le había iniciado dos años antes en los dulces secretos de Eros.
      Cursaba el joven en la Facultad primero de Económicas, y completando su agotadora jornada, buena prueba y medida de su afán y ambición, repartía cartones, de siete a once y media, sábados y domingos a jornada completa, en el bingo “Cartón d’Or”, propiedad de su tío Indalecio.
      Lo que ocurrió con él fue, a todas luces, a todas luces, un cúmulo de desgracias. El mundo al revés, que se ensaña con los más confiados. Primero, aquella acusación vengativa de doña Flor por el asunto del relicario y los pendientes. Una fruslería, aunque el joyero que actuó por encargo judicial tasara el lote por encima del millón de pesetas, ¡qué exageración!. Y el juez también, ¡hay que ver!, dando más crédito a la vieja que al bueno de Tomás.
      Denunció doña Flor que el joven, en un descuido, había violentado la cómoda de su dormitorio, allí donde ella guardaba las joyas, herencia preciosa de su santa madre. Y añadió también en la denuncia, por sumar leña y protegerse de paso de las seguras iras del bombero, que luego de la cómoda el pollo también la había tratado de violentar a ella, consiguiéndolo, según dictó en comisaría, en tres sucesivas acometidas. Menos mal que, tanto, no coló. Lo del robo sí, dijo el juez, y argumentó como prueba que el rapaz había acudido con las piezas, ya desmontadas y por separado, a un acreditado perista del barrio que resultó ser al fin, mala suerte, confidente de la policía. Pero en lo otro no hubo cuestión. De violencia, nada. Y tres envites, ¡hombre, por Dios!. Según demostró Tomás con abundancia de testigos, menos el bombero, al parecer todo el vecindario estaba al cabo del cuento. La historia de las citas de tapadillo venía de antiguo, era notorio y, por supuesto, consentidas. ¡Y ya -amenazó el señor juez con mucha seriedad- que no se volviese la denuncia por pasiva, según dijo, y tuviese ella que dar cuenta y vérselas como imputada por corrupción de menores, ya que algunos testigos afirmaron que la clandestina coyunda venía, con el joven, de muy antiguo. “Eso, eso, diga usted que sí, señor juez!”, apuntaló Tomás, con irreverente entusiasmo. Pero el magistrado impuso silencio a todos y dio por zanjada la cuestión con la devolución de las joyas, el caso quedó en hurto, un multazo al chaval de no te menees, y una condena de un año de cárcel, que Tomás no tuvo que cumplir por ausencia en él, entonces, de antecedentes penales.
      Todavía antes de finalizar la vista, el bueno de Tomás, por abundar más y mejor ante Su Señoría con más pruebas concluyentes que dieran fe de su inocencia, ofreció al Tribunal, al ser requerido si tenía alguna alegación última que hacer, la posibilidad de recoger el testimonio de Elisa, su novia oficial por aquellos días y presente en la sala en los bancos del público. Lisa, como él cariñosamente la llamó volviéndose y señalándola al juez con el dedo, era una joven rubia platino, todo candidez e inocencia en su mirada de niña, aunque con unas impresionantes formas anatómicas de exultante rotundidad. Según argumentó Tomás, con la venia, Lisa podía declarar bajo juramento, y estaba allí dispuesta a hacerlo si a tal se la requería, que jamás, jamás, ni siquiera en la memoria de sus primeros encuentros amorosos, había alcanzado Tomás a hacerle doblete sin un prudente y necesario plazo por medio de recuperación ...¡Cuanto más tres, Señoría!, expuso el acusado, cargado de razón. ¡Y con doña Flor!...¡Por favor. Juzgue usted mismo, señor juez: si no pude ahí -explicó lleno de lógica, señalando a Lisa- , con perdón de la sala, ¡menuda diferencia de género!... El magistrado, abrumado por la evidencia de la razón esgrimida, y la risa general que se suscitó en la sala, con un seco mazazo en el estrado cortó con urgencia el tema, rechazó por innecesario el testimonio de Lisa, y dejó visto para sentencia el episodio.
      Luego aconteció la desgracia del tío Indalecio, a los pocos meses, fulminado por aquel terrible badajazo que se le vino encima en plena misa de San Marcos. Fue horrible. El fatal capricho del destino, apuntando, una vez más, a la fácil diana de los Almendrilla. Ocurrió así: Indalecio Almendrilla, hijo sobreviviente de don Graciano, natural de San Marcos de la Ribera, residente en Madrid desde sus años adolescentes, cumplía con devoción cada año una cita sagrada e imprescindible cual la de asistir con pío recogimiento a la misa mayor del santo patrono de su pueblo, al mediodía de todos los veinticinco de abril. En los últimos años, desde hacía diez, el místico peregrinaje de expiación incluía también, con el mismo solemne ritual, la visita previa, al amanecer, al cementerio local, en las afueras, al otro lado del río.
      La rigurosa educación que sus padres, don Graciano y doña Emérita, le aplicaran en la niñez había fermentado su ánimo hacia un patético misticismo de indolente apariencia. Un no sé qué de ausencia y frialdad, que en los negocios traducían en su favor por rigor y seriedad, pero que en lo personal justificaba con creces su empecinada y lógica soltería. La experiencia y la memoria le alejaban del mundo. El drama de su hermano Daniel no cejaba de torturarle aún en la conciencia como una enfermedad incurable, agravada ahora, en los últimos años, por el peso asfixiante de la maldición paterna y el cada vez mayor reparo que sentía por su culpable condición de propietario, que era, de un negocio tan poco edificante como el “Cartón d’Or”.
      En su memoria más fresca, no dejaba Indalecio de revivir aquel día terrible, siempre presente, en el que tuvo la nefasta ocurrencia de envalentonarse y, por consolar, contar a su progenitor, en el lecho mortuorio, su por entonces recién estrenada faceta empresarial, creyendo él, insensato, que así don Graciano, confortado por la noticia y la estabilidad de futuro que ésta representaba para el porvenir de su hijo mayor, descargaría preocupación e incertidumbre en el apurado tránsito de su inminente agonía.
      Pero, quién tal dijera. El viejo, que había ejercido como sacristán de San Marcos durante cuarenta y dos años, simultaneando este oficio voluntario y altruista con el propio familiar de guarnicionero y capador, reaccionó del modo más violento y desaforado que cupiera imaginar. Primero, desorbitando los ojos tras la noticia, paralizó, a todas luces voluntariamente, su corazón durante más de dos minutos. Luego, a la vuelta, sacudido por el frenético espanto de Indalecio, dio en borbotonear convulsivamente sangre y bilis al tiempo que despotricaba latinajos intraducibles pero sin duda apocalípticos, contra aquel pecaminoso vástago, inductor, promotor y cómplice de un vicio tan condenable como lo es el juego.
      Así murió don Graciano, con una frase incógnita