jueves, 16 de diciembre de 2010

Destellos de Hollín (Pag 70 a 80)

mente a la de sus dos amigos-: ¿Se morirá este cabrón sin soltar prenda? ... ¿Estaremos haciendo el canelo aguantándole para al fin no sacar nada?...
-- ¡Don Matías! -quiso interrumpir, en tono ofendido, Raúl- : ¡Cómo dice usted!...
-- Chisss... -acalló don Matías, reclamando atención-. No pasa nada ... No soy tonto; y lo sé. Y es lógico. Yo haría lo mismo. En eso no hay maldad ... Y también sé, y os lo digo, que en vuestro caso, si al principio fue así, hoy también pesa en vuestro ánimo un sincero aprecio y una amistad leal, es cierto. Pero el sueño sigue ahí, ¿no es verdad?
-- ¡Hombre, don Matías...! -terció Tomás-. ...Lo dice usted de un modo...
-- ¿Pero, es verdad o no? -inquirió el viejo, reforzando su certidumbre con un levantamiento de cejas.
-- Bueno, sí. Algo de verdad, sí; tal vez sí, si usted lo pregunta -asumió Tomás, como portavoz de los dos- ...Pero eso no tiene nada que ver con la amistad...
-- Por supuesto que no -recalcó Raúl-. Ni mucho menos. Usted lo sabe... Lo que pasa es que, bueno, usted no tiene familia.... Y si existen las dichosas joyas, y conoce usted donde están escondidas, pues estupendo: para usted cuando salga. Pero no me diga que el peloteo de “Pulgas”, con el rollo de la madre y de la niña, ñeñeee ... ñeñeee..., no tiene una intención clarísima...
-- Éso, don Matías, lo ve un ciego... remató Tomás.
-- Ya, ya. Puede que así sea -zanjó el viejo, al tiempo que reclamaba con la mano calma y atención. ...Pero eso no tiene mayor importancia, ni a vosotros debe preocuparos tampoco Escuchadme ahora, porque hace ya algún tiempo que pensaba deciros esto; y hoy, ya que la ocasión está así, puede ser un buen momento...
      Tomás y Raúl, enfrentados en el extremo de la mesa corrida que ocupaban al fondo del amplio comedor, con Tornasol en la cabecera advirtiendo la trascendencia del momento que tanto habían esperado, cruzaron un instante sus miradas, que al pronto adquirieron un brillo codicioso. La sorpresa inicial se tradujo de inmediato en ansiosa duda para ambos, capaz, en su efecto, de apagar en aquel rincón el digestivo bullicio que imperaba en la sala. Mudados así los jóvenes tras el aviso, en un sincrónico gesto de solemne atención, Tornasol dejó pasar unos segundos de ceremonial silencio antes de continuar...
-- Llevamos juntos más de un año...
-- Casi dos años. -puntualizaron, a coro, Tomás y Raúl.
-- ...En marzo, dos años. precisó Tomás.
-- Sí. Así es...Y dos años aquí dentro es mucho tiempo...Dan mucho de sí. Hace que las personas se conozcan bien....Y yo ya os conozco perfectamente. La verdad es que los dos sois buena gente ... Don Matías se tomó un nuevo respiro, parecía fatigado y hasta podría pensarse que emocionado también. Claro que reconocer su estado real de ánimo no era nunca nada fácil, por lo mucho que le iban estas situaciones lindantes con el drama teatral. Levantó la mirada hacia las angelicales caras de sus interlocutores, esbozó un amago de sonrisa complacida y siguió, sin perder el tono confidencial: ...Un poco garrulos; pero buena gente... De todos los que han estado conmigo, desde luego los mejores, eso es verdad ... ¡Menudo mal bicho era el “Chanfainas”!¡Que te cuente Raúl!...
-- Un cabrón con pintas, sí señor -confirmó Raúl.... Y a usted le tenía amargado...
-- Un hijo de víbora ... -recordó don Matías. ¿Cuánto tiempo estuviste tú con él?
-- Yo, muy poco. Menos de un mes... Cuando salió con la condicional -hizo memoria Raúl-, estuvimos usted y yo solos una semana y media, y luego llegó Tomás.
-- Marzo, el dieciocho de marzo llegué yo -evocó Tomás con indisimulada urgencia.
-- Sí, es verdad. Lo recuerdo. Bueno, a lo que vamos... -resolvió don Matías, entendiendo las prisas- ...La cuestión está en que sois buena gente y que habéis sabido respetarme, ... y aguantarme también. Y que os estoy, en verdad, muy agradecido... Hombre, al principio, no lo neguéis, el asunto de las famosas joyas pesaba mucho en vuestra relación hacia mí...Y ahora también, por supuesto, aunque ahora, también es verdad que, al margen de eso, y sin olvidarlo, porque no lo olvidáis, como es lógico, creo que vuestro aprecio hacia mí va más allá de esa duda. Raúl hizo un amago de confirmar la sinceridad de sus sentimientos, pero don Matías le acalló de inmediato con un gesto para seguir con su discurso: ... Déjame. Déjame que hable yo ahora, que es buen momento... Y vamos con esa duda. Con la pregunta que desde hace tanto tiempo se hacen todos, aquí y fuera de aquí: ¿Sabe Tornasol, como sé que me llamáis, el paradero de las joyas? ¿Lo sabía “Bermeo”, y logró contárselo a su cómplice antes de morir? ...En definitiva: ¿Sabe Tornasol dónde están hoy, ahora mismo, esperando a que alguien vaya a recogerlas para disfrutarlas el resto de sus días? ...¡Menudas preguntas!, ¿no?...
-- ¡Pfuuu! -resopló Raúl como única respuesta. Tomás, impaciente, incrédulo y un tanto irritado, temiendo que la supuesta confidencia del viejo fuese al fin sólo una broma para provocarles, que la verdadera intención del viejo no fuera más allá de ponerles la miel en los labios, replicó, un tanto desabrido: --Joder, don Matías... Es usted la leche ... ! ¡Suéltelo ya, si es que nos lo quiere contar! ...¡Confíe de una vez...; o no confíe, pero no juegue más con nosotros, coño!...
-- ...Tranquilo, que os lo voy a decir. Para eso os estoy hablando; y no pretendo en absoluto jugar con vosotros ... Me merecéis confianza, como ya os he dicho, y quiero deciros, no todo, evidentemente, pero sí algo que os despeje esas dudas, y os dé, cómo diría: sosiego ... Y también prometeros por mi honor algo importante para cuando estemos los tres fuera... Y si no quieres que dé muchos rodeos, os lo diré de la manera más sencilla: Sí sé donde están esas las joyas -confesó don Matías lentamente, subrayando cada palabra...Y sé también que son más aún de las que se han dicho. Bastantes más: Un verdadero tesoro...¡Qué! ¿Estáis contentos?...
      Tan contentos y, de tanto, tan estupefactos quedaron Tomás y Raúl por la sorprendente confesión de Tornasol, siempre tan medido de habitual en sus palabras, que más bien parecieran sus rostros acartonados los propios de un profundo disgusto, que así se manifiesta en ocasiones singulares el gozo, cuando es extremo. Simplemente, se quedaron sin respuesta posible, anonadados, mudos y pálidos como estatuas de panteón. No podían dar crédito a lo que acababan de oír. Tantos años de empecinado silencio del viejo, que, según se contaba, ni las torturas pudieron doblegar; y ahora así, de pronto, sin presión ni aviso, soltaba a sus dos colegas el secreto mejor guardado. Apenas balbuciendo lograron al fin articular una respuesta. Raúl, con la mirada acuosa y a punto de desbordarse, inició un movimiento de rendida ternura para cogerle las manos:
-- Don Matías... Nos ha dejado mudos... Yo .... es que no sé qué... Hubiera querido hilvanar Raúl todo un discurso sentido y profundo, e iba a hacerlo, o a intentarlo al menos, ante el silencio de Tomás, cuando éste vino al fin a aprontar también su reacción:
-- ¡Joder, don Matías ... es usted la leche, de verdad; siempre un pozo de sorpresas! ... Sí, sí, por supuesto, ya lo creo que estamos contentos y también muy orgullosos de haber merecido esta confianza de su parte. De verdad que sí...
-- Bien, bien, ... Está bien... Dejémoslo ahí -interrumpió, rompiendo el embarazo, don Matías- . Ahora, prestad atención, porque quiero explicaros la razón de que os haya contado esto ahora. Veamos: ...Ya os he dicho que me caéis bien, que sois buenos chicos, y que confío en vosotros. Los tres nos hemos observado con mucha atención durante todo el tiempo que llevamos juntos: Vosotros a mí; y yo a vosotros, claro ...Y es muy cierto que pronto estaremos en la calle; posiblemente los tres antes del verano. Y, bueno, la cuestión es que he decidido contar con vosotros para el proyecto que tengo. Primero, para recuperar esas joyas de donde están escondidas. Y luego y principal, para realizar el plan que he ideado para colocarlas y darles salida. Eso es lo que quería que supierais ahora. Eso, y nada más, de momento. Por supuesto, como suponéis, no voy a deciros ni una palabra más hasta que llegue ese día. Y ya os pido desde ahora que no me lo preguntéis: ... el lugar donde se encuentran las joyas. Sólo quiero, con esta confidencia, que descanséis la cabeza; que os tranquilicéis, y que sepáis que esta decisión está tomada por mi parte, y que en su día tendréis una participación razonable del beneficio que pueda sacarse del negocio... Podéis, pues, descansar y relajar la presión que me venís haciendo; porque tan cierto como lo es para mí ese lema, sagrado, que tantas veces me habéis oído decir de: “Por Dios y por mi rey, cuando agarro no suelto”, también lo es, porque es lo mismo, igual de sagrado, que cuando me comprometo en una cosa, nunca me vuelvo atrás. ¿De acuerdo?...
      Don Matías observaba, al tiempo de hablarles, el beatífico semblante de indisimulada entrega que exhibían los atentos rostros de Tomás y Raúl. A éstas, habían ya dado la comida por terminada, aunque ninguno, en verdad, había pasado de picotear en un ligero estropicio las raciones del menú, que prácticamente permanecía intacto, en lo sustancial, en las respectivas bandejas. Por efecto más de la emoción que de la ingesta, los tres ofrecían un aspecto sudoroso, que en el caso de don Matías resultaba mucho más evidente, acusando ciertos rasgos de congestión, que cualquier experto hubiera juzgado preocupantes. Sin embargo, los tres coincidieron en achacar la causa a la calefacción, siempre demasiado alta en aquel comedor, y decidieron pasar a la sala contigua, repartida en amplios espacios de descanso y mesas de tertulia, juegos y televisión. La charla-confesión, en los mismos términos de dirección única, continuó allí.
      Las casi dos horas que todavía faltaban para el comienzo del crucial choque España-Malta discurrieron en un santiamén de atenta confidencialidad entre los tres, con un don Matías disparado en locuacidad, participando a sus amigos, por primera vez, el relato completo de la peripecia del robo de las joyas que habrían de redimir al trío en el horizonte próximo de su libertad recuperada.
      Y ahí les dejamos, en su “melé” confidencial. Más, seguros como estamos de la parcialidad y fantasía que habrá de prodigar en su discurso don Matías, recelosos de la fiabilidad de su versión y atendiendo al derecho que, entendemos, tiene el lector de conocer la secuencia exacta de unos acontecimientos tan cruciales en el entendimiento de lo que luego habrá de venir, base y raíz de todo cuanto aquí se cuenta, mejor será y más justo que hagamos un aparte, y seamos nosotros mismos quienes recordemos ahora, con precisa objetividad, los sucesos de aquel día de autos, con el prólogo igualmente obligado del apunte biográfico de este singularísimo personaje.

2. UN TRUHÁN HIJO DEL TRUENO

      La tenebrosa noche del 26 de abril de 1922, que aún los más viejos recuerdan en Cantabria con el espanto de haber asistido a la escenificación perfecta del fin del mundo, fue la elegida por el destino para traer a la vida a don Matías Cuernavaca y Muerdecojón. Nació el infante a caballo del trueno; un mal fario que habría de hacerse divisa a lo largo de su azarosa vida. Doña Gertrudis, su madre santa, alicantina de cuna grande, nunca llegó a hacer suyas las húmedas brumas de aquel paisaje, saturado de verde y capaz de mudar su estampa en el brevísimo plazo que va desde que el nubarrón plomizo empieza a asomar por la costa, hasta que acaba al fin e indefectiblemente instalado, con abúlico acomodo, en el fértil valle de Pisón, solar ancestral de los Cuernavaca y Muerdecojón.
      El niño Matías venía grande y premonitoriamente atravesado. Por liberarse de él a cualquier precio, doña Gertrudis estuvo luchando en agonía desde las ocho y cuarto de la tarde, justo desde el punto exacto en que rompió en el cielo aquella furia insólita. Quiso la suerte, o el destino, al fin lo mismo, que el cuadro del parto se presentase con el peor cariz. El aviso al médico, don Zenón Escudero, llegó tarde, por las infinitas dificultades que el emisario, Joaquín Rebollo, criado de confianza de la casa, tuvo para transitar en su mula los caminos anegados y para vadear los dos encanijados arroyos que deben cruzarse, atajando, para llegar al vecino pueblo de Urdiel, donde el galeno monta permanente guardia en su desvencijada consulta. Y si la ida fue difícil; la vuelta resultó imposible a ambos, aún poniendo la vida en el empeño. A caballo de sus respectivas monturas, calados hasta la más íntima profundidad de sus huesos, don Zenón y Joaquín hubieron de desistir al tratar de vadear el segundo riachuelo, ya casi a la vista del caserón, inermes ante la amazónica crecida que en apenas dos horas había experimentado aquella corriente, de ordinario remansada y susurrante, mudada ahora en un ir y venir en gigantesca y criminal torrentera.
      En previsión y por la urgencia, ya había sido avisada Raimunda, partera local de viejo oficio, que aguardó en la cocina la autorización pertinente para dirigir, a su modo y peculiar manera, el alumbramiento, una vez sobrepasado el límite de esperanza de ver llegar a don Zenón.
      Subió a la alcoba la vieja tan enchida de orgullo como el río infranqueable, haciendo ver de inmediato su urgente autoridad, ordenando febrilmente a aquella entrar, a ésta salir... -- Fuera la cómoda y las sillas; no hay espacio... Subid rápido la artesa de la cocina, y ponedla ahí, al lado de la cama ...Pero que antes frieguen bien la tapa con lejía ... ¡Y que la empapen bien con vinagre!”...
Don Matías padre asistía con incrédula atención a este cruce de órdenes insólitas, renegando al punto para sí de su desgracia, y de la mala hora en que concediera a Raimunda venia para subir y hacerse cargo. Su ilustrado racionalismo aborrecía del consentimiento a una vieja chiflada, sin duda ella misma incrédula de su ufana superchería. Pero no había cuenta para renegar ni elegir. Al menos, eso pensaba, práctica y oficio no podían negársele, y era la única, en medio de aquel caos telúrico, capaz de afrontar la inminencia que estaba a punto de producirse. Por más, doña Gertrudis exigía, a gritos destemplados e inconcebibles, solución y alivio sin demora; cualquier solución, y cualquier alivio. En su angustioso tormento había perdido la señora desde hacía ya un buen rato todo rastro de educación y compostura. De su boca desencajada, a cada contracción e incluso antes, surgían maldiciones, juramentos, odios y reproches como nunca hubiera sido imaginable en tan delicada dama. Hasta se la llegó a oír, alto y claro, por dos veces, cagarse en Dios y en la puta madre de su afligido marido. Había que actuar sin más preámbulos, estaba claro... o acuchillarla allí mismo.
      Con todo, aún asumiendo la libre licencia, no pudo don Matías dejar de rechinar y torcer visiblemente el gesto cuando escuchó de Raimunda la orden de subir la artesa. La vieja, advirtiéndolo así, displicente pero respetuosa al fin con el amo, tuvo el detalle de acercarse a él y explicarle las razones de tal necesidad:
-- Mire usted, don Matías, ahora debe usted relajarse. Descansar un rato, hágame el favor... Y no se me preocupe! ... ¡Si es que los hombres no debieran estar en estos casos! ... Mire, deje que le explique: esa cama está muy bien para dormir, y para hacer los hijos, ...pero no para traerlos al mundo. Es muy blanda, y la señora, con el peso que tiene y con el trabajo que debe hacer, se hunde y se manca en los entrecostos con el esfuerzo. ¿Me entiende?... “.
      Don Matías asintió levemente con la cabeza, sin demasiada convicción. --... Sobre la artesa va a estar mucho mejor, créame; y yo también más cómoda para

martes, 14 de diciembre de 2010

El buen gusto en la mesa


      Estamos ya, como quien dice, metidos de lleno en los fastos propios de la Navidad, que lo son, en buena medida, fastos “a mesa y mantel”, en los que, quien más y quién menos, programamos para la mesa familiar las mejores galas de que disponemos, y las mejores y más ricas viandas que nuestra economía nos permite. El “glamour” del exceso y el derroche gastronómico, tanto en productos como en la escenografía culinaria, tiene su culmen anual precisamente ahora, en la mesa navideña.
      Ocasión para comer bien, y también para poner a prueba nuestra excelencia como comensales. En todo caso, por mucha que sea la “liturgia” culinaria de nuestros días, nada es con la que fue en tiempos pretéritos, que es de lo que vamos ahora, en las siguientes líneas, cuando no sólo el servicio, sino los modos de comportamiento de los comensales, y todos los detalles anejos estaban perfectamente “reglamentados”, al menos en las grandes mesas, reales y aristocráticas (no hace al caso decir que, salvo estos privilegiados comensales, el resto del común de los mortales se las veía y deseaba para ajustar su nutrición básica a los mínimos de supervivencia, desdeñando cualquier tipo de protocolo).
      Pero en las mesas de los reyes y los príncipes sí. El banquete en ellos ocupaba un lugar privilegiado de sus vidas, y debía celebrarse y escenificarse con una compleja serie de ritos de obligado cumplimiento. Y para que no hubiera dudas, y cada quién supiera desempeñar su papel, desde los tiempos más antiguos han sido frecuentes los libros-manuales en los que se recogía la “etiqueta” obligada en cada momento histórico.
      Ya Cicerón, en la Roma clásica en su “De Officiis” había dejado clara la importancia de adquirir y practicar los buenos modales en la mesa. Tras los oscuros años medievales, la sociedad del Renacimiento recupera ese interés, y vuelven a menudear los “manuales” reguladores de los comportamientos del buen comensal. A finales del siglo XV, Juan Sulpicio Verolano compone un poema didáctico sobre el modo de comportarse. En él se recoge, por ejemplo, la inconveniencia de que los comensales “se rasquen la cabeza en la mesa”, “se suenen con los dedos”, o que “eructen”... Tampoco está nada bien que utilicen “más de tres dedos” al dar cuenta de las viandas (tengamos en cuenta que, entonces, todavía no se había inventado el tenedor).
      Alfonso X dejó muy precisamente escritas las pautas que él entendía como de más conveniencia en la mesa: “No se sonar con el pañuelo, no se echar sobre la mesa de codos, no comer hasta acabar los platos ni murmurar de los cocineros, porque muy grande infamia es notarle de goloso y acusarle de sucio”... Y continuaba: “guárdense, pues, de mascar con los carrillos, de beber con dos manos, de estar arrostrados sobre los platos, de morder el pan entero a bocados, de lamerse a menudo los dedos y de dar a los potajes grandes sorbos, porque tal manera de comer uso es de bodegones y no de mesa de señores...”
      Para quienes aspiraban a ser invitados y participar de esas mesas señoriales no faltaban los consejos... Gabriel Bocángel en “El cortesano discreto”, publicado a principios del siglo XVII, advertía sobre los peligros de la ingesta excesiva de vino, por el riesgo de que “de tal vengan a descubrirse los pensamientos y hacer hablar palabras demasiado sin prudencia y discreción”...
      De hecho, en aquellos tiempos el vino nunca se servía puro en la mesa. La mezcla adecuada era de tres partes de agua y una de vino. Además, se tenía la creencia de que el vino puro resultaba dañino para la salud, estropeaba los dientes y producía mal olor. Con todo, lo excesos etílicos era frecuentes en aquellos largos banquetes, y ya, como hoy, la gente procuraba escapar de los “pesados” en la vecindad de mesa.
      Ya el clásico Aristarco nos dejó dicha su inveterada costumbre de asegurarse siempre de la identidad de los otros comensales antes de aceptar la invitación a una banquete: “Si para navegar a la guerra me informo de quienes han de hacer conmigo el viaje –escribió Aristarco- ¿habiendo de tratar entre vinos no sabré la complexión de los compañeros?....
      En 1545, Carlos V dicta las “Etiquetas” por las que ha de regirse todo el personal de su Corte. En ellas, obviamente, se hace especial hincapié en el “servicio de mesa”, y es de notar, además de los protocolos formales que deben acompañar cada servicio, el especial interés que se muestra por propiciar el “mejor ambiente”. Así, se recoge la conveniencia de que “cuando come el príncipe, se procure un ambiente adecuado a su alrededor”: que no falte algún ejercicio de sabiduría, “para que mientras el cuerpo esté alimentándose el alma no esté hambrienta”... Por ello, se recomienda que le lean alguna lección, que haya disputas de sabios para averiguar cuestiones provechosas, o que médicos insignes declaren las propiedades de los manjares que van a tomar.
      La música también ocupa un lugar importante, y es costumbre en el Real Alcázar que trompetas y atabales anuncien la llegada de cada nuevo plato desde las cocinas.
     Otra faceta en la que se pone especial cuidado es, junto a pintanza, la amenidad de la conversación que debe acompañarla. De esas reglas esenciales del conversador dejó mucho escrito el francés Michel de Montaigne, en sus recomendaciones al perfecto cortesano: “Guardarás con toda curiosidad el decoro, en no reírte de lo que cuentes. En no echar babas, o saliva al que te escuche... y no caer en la gran parlería, la gran porfía y la gran risa”.... Para Montaigne, hay tres clases de profesionales que deben procurar moderarse en el comentario de sus profesiones. Y ellos son: los humanistas, los teólogos, y los médicos... El humanista y estudioso es mal comensal, ya que sus labores intelectuales les llevan a hablar demasiado, y haciéndolo “cometen tantas faltas que nadie se explica para qué han estudiado letras si no saben sacarles mejor provecho”. Los teólogos son también rechazables como vecinos de mesa... “porque su ciencia sagrada no admite discusión, y ellos solos ponen el punto y el pare a cualquier controversia”... Además, “suelen empeñarse en repetir el sermón que han predicado en la misa con motivo de la fiesta del día”... Con todo, peor que los humanistas o los teólogos eran los médicos. Escribe Montaigne al respecto: ... “porque en cuanto pueden, no se arredran de repetir con cuántas cámaras evacuó el ruybarbo Don Luis, con que unctiones quitó la peladilla a Don Pedro, o las almorranas a Teresa Gil... Y todo esto da asco a los que comen"...
      Y, en fin, un apunte final -por hoy- sobre los sofisticados entretenimientos cortesanos. Del amplio tratado que al respecto escribiera Lorenzo Palmireno sobre distintas propuesta para alegrar la mesa y procurar solaz a los comensales, recogemos esta broma, que él enuncia así: Secreto para que un pollo, estando vivo, parezca muerto y asado en la mesa, y otro secreto para hacerlo saltar: “Toma zumo de apio, y mézclalo con aguardiente refinado, y pondrás en remojo unas migajas de pan en esta agua mezclada con el zumo de apio, y darás de comer al pollo en ayunas estas migajas, y de allí a poco caerá el dicho pollo en tierra amortecido, y en continente, quítale todas las plumas, y úntale con miel blanca mezclada con azafrán, de suerte que esté bien colada, y puesto el pollo en un plato, encima de la mesa, parecerá asado. Y cuando quieras hacerle volver en sí, y saltar de la mesa, mójale el pico con un poco de vinagre fuerte, de modo que toque el gaznate, y súbito se levantará y se irá de la mesa”.







viernes, 10 de diciembre de 2010

El turrón

    Sí, del dulce y navideño turrón te contaré ahora. Y nunca mejor dicho lo de “te contaré”, porque la propuesta se concreta en la audición de este micro-espacio referido al tema que, en su día (hace algunos años ya), formó parte de la serie “A Mesa y Mantel” que yo hacía entonces en Radio Cinco.
      Son apenas tres minutos, pero en ellos cabe, junto con el apunte correspondiente de la historia de este dulce tradicional, tan genuinamente español hoy en día; las diferentes tipologías que ampara el Consejo Regulador; y hasta una “utilidad” bien curiosa, que a muchas de nuestras blogueras -y blogueros metrosexuales, que de todo hay, y a todos recibimos bien aquí- sin duda habrá de interesarles, o cuando menos sorprenderles. Buen provecho.


sábado, 4 de diciembre de 2010

TERRAS GAUDA amplía horizontes

EL GRUPO TERRAS GAUDA, CON BODEGAS EN LAS D.O. RÍAS BAIXAS Y BIERZO, AVANZA EN EL PLAN DE EXPANSIÓN AL ADQUIRIR EL 75% DE QUINTA SARDONIA, EN SARDÓN DE DUERO (VALLADOLID)

  



El presidente del Grupo TERRAS GAUDA, José María Fonseca Moretón, flanqueado por el director general,
Enrique Costas Rodríguez; y el director técnico de la nueva bodega, Jerôme Bougnaud, en la presentación
del nuevo proyecto empresarial

       El Grupo TERRAS GAUDA refuerza su posición nacional e internacional al adquirir el 75% de las acciones de la bodega QUINTA SARDONIA, que factura 600.000 euros anuales. El acuerdo de fusión se concreta con el canje del 75% de las acciones de QUINTA SARDONIA por el 4% de TERRAS GAUDA, que asume el control de la gestión. La incorporación de esta bodega supone un importante avance en el plan de expansión iniciado en el 2002 con la adquisición de Bodegas PITTACUM (D. O. Bierzo).
    

      QUINTA SARDONIA elabora los vinos de gama alta QS y QS2, basados en los principios de la biodinámica para conseguir equilibrio entre suelo, clima, cepa y entorno natural, bajo la dirección en campo y en bodega del prestigioso enólogo francés Jerôme Bougnaud y el asesoramiento de Peter Sisseck.

      La bodega, ubicada en “la milla de oro” de la Ribera del Duero, comparte la filosofía empresarial del Grupo TERRAS GAUDA de elaborar vinos con una marcada singularidad y personalidad. Jerôme Bougnaud, con una amplia experiencia en Burdeos y en bodegas nacionales de renombre, apuesta por la elaboración de vinos únicos que expresen en copa la riqueza de la tierra y que se identifiquen con la finca de la que proceden las distintas variedades.

      La adquisición supondrá un importante incremento de la cuota de mercado del Grupo TERRAS GAUDA en territorio nacional y en los más de 40 mercados internacionales de Europa, Asia y América en los que se ha posicionado en los últimos años. También aumentará su presencia en los países a los que QUINTA SARDONIA exporta sus vinos: Estados Unidos, Suiza, Dinamarca y Brasil, principalmente, además de Australia, Japón o Canadá, entre otros. La bodega destina un 55% de la producción a exportaciones.

      QUINTA SARDONIA está ubicada en una finca de Sardón del Duero (provincia de Valladolid) a 400 metros del cauce del Río Duero. En 20 hectáreas de viñedo propio cuenta con 11 pagos diferentes, en los que se cultivan las variedades Tinta Fina, Cabernet Sauvignon, Syrah, Petit Verdot, Cabernet Franc y Malbec. Su primera añada fue la del 2002 y, desde entonces, el QS, buque insignia de la bodega, ha sido reconocido en numerosas ocasiones por la prensa especializada (muy especialmente las norteamericanas Wine Spectator y Wine Advocate), como uno de los mejores tintos de España.

      Con esta nueva incorporación a su proyecto empresarial, el Grupo TERRAS GAUDA cuenta ya con tres bodegas (TERRAS GAUDA, PITTACUM y QUINTA SARDONIA), ubicadas en tres zonas vinícolas diferentes, y la conservera vegetal de alta calidad A ROSALEIRA.

















miércoles, 1 de diciembre de 2010

Destellos de Hollín (Pag 59 a 69)


entre dientes su reproche antes de abandonar el lugar:
-- Está bien, padre. Está bien. No se hable más: será el “Figón de San Marcos”... No pasa nada; pero, con todos mis respetos, también te digo que eres un gran cabezón,... y que Dios me perdone. Y un rencoroso... ¡Ah, y muy injusto conmigo! Sí señor... Claro: no te crees que voy a dejar de verdad lo del bingo... Que voy a dejar de ser “lotero”, como bien me echaste en cara aquel día tan triste, en el último momento... Pues sí, lo voy a dejar. Y lo voy a hacer sólo por ti, para que lo sepas, porque, como negocio, me va estupendamente; y no tiene nada de malo, ni de pecado ni nada de eso, que eras un maniático... Ya veremos, lo hemos de ver, si cuando cambie me va tan bien, y tengo tanto “trabajo” como tú decías. Ojalá. Pero, bueno, cuando lo veas ya lo comprenderás... Yo tengo paciencia y te perdono... Y tú, a ver si te lo piensas también y cambias un poco ...Daniel, Melchora, a ver sí le convencéis y se lo explicáis para que lo entienda de una vez...
      Tras esta licencia, ya para la despedida recuperó Indalecio el tono adecuado de recogimiento, desgranó un par de oraciones y se despidió hasta el año siguiente. A poco de dejar atrás la cerca del cementerio en su camino de vuelta, sonaron los tres toques de la campana grande de la iglesia, anunciando la inminencia del comienzo de la misa mayor.
      Con su retraso, le fue imposible al llegar acceder al interior del templo, abarrotado de endomingados fieles. Hubo de quedarse, pues, fuera, en el atrio, tratando de seguir con la mejor voluntad la liturgia patronal cuyo desarrollo llegaba hasta él de modo entrecortado.

      El azar y la desgracia quisieron que las cosas ocurrieran de tal modo; que estuviera allí, en aquel preciso lugar en el momento justo, ni un metro más adentro ni un metro más afuera, en el punto exacto de la diana... Lo quiso el azar, o lo quiso don Graciano en su agónico designio, a saber, pero ocurrió tal y como luego se hizo leyenda y aún se comenta hoy, adornado el trágico episodio con mil ingredientes fantásticos entre las gentes de San Marcos de la Ribera.
      Pasaban veintiocho minutos de las doce del mediodía cuando, en el momento en el que el oficiante, el padre Anselmo Riquelme, párroco de San Marcos, elevaba el cáliz en el solemne trance de la consagración, fuera, con la sincronía ensayada de cada año, la banda de música local arremetió con las vibrantes notas del Himno Nacional, al tiempo que en lo alto de la torre, Julián, el sacristán campanero, ascendido a tal rango desde la muerte de don Graciano, soltaba al vuelo, simultáneamente, las tres campanas, en un anárquico repique de barroca algarabía. Desde el campo del Yelmo, próximo al templo, trazaron su línea al cielo, en sucesivas y apuradas trayectorias de humo, doce bombas de palenque... En medio de tan apoteósico frenesí, sólo Julián, desde su altura, tarde, impotente y espantado, apercibió en el instante final el fulminante impacto del badajo desprendido de la campana mayor, bautizada “Imperio”, yendo a dar en todo lo alto de la desguarnecida cabeza de Indalecio, quien, rodilla en tierra, ajeno a la fatal inminencia, procedía en ese preciso instante a recogerse en el respeto de una piadosa genuflexión.
      Aquel badajazo absurdo y certero, si fue venganza cruel del otro lado, debió procurarle mil años más de purgatorio a don Graciano, soberbio inductor de tan torpe e inútil castigo, porque la pobre víctima, su hijo, murió sin siquiera un breve instante de conciencia de lo que le había ocurrido. Y qué venganza hay, que pueda ser en razón por tal tenida, y disfrutada al fin, si quien supuestamente la sufre no llega a alcanzar ni la más mínima conciencia de lo que contra él se máquina, ni padece sus consecuencias. Porque, las que hubo, ciertamente fueron de más desgracia para el nieto que para el hijo. En fin, que Indalecio murió, sí, pero sin percatarse. Con un trallazo brutal que le llevó la vida, cierto, pero que también vino a liberarle de las patológicas angustias que le venían consumiendo el ánimo, y hasta las mismas ganas de vivir.

      Sin embargo el nieto, Tomás Almendrilla, vio como su frágil caminar por la vida, con tan sólo veinte años, derivaba a mal, y a peor, desde entonces, por la visceral maquinación del abuelo, en un atolondrado girar sin norte casi tan caprichoso y fatal como el loco vuelo del badajo asesino; lo cual habría de llevarle, a la postre, apenas cuatro años después de la tragedia, a esta penosa alineación, donde le recuperamos ahora, en la segunda fila del recuento de la Quinta Galería, preso en Carabanchel.

-- ¿Ochenta y cuatro?... -iba repasando el guardia a viva voz, rutinariamente, en la lista de cautivos.

-- ¡Ochenta y cuatro ... Tomás ... Presente! -la respuesta del preso, inmediata, con la misma rutina.

-- Ochenta y cuatro... ¡Visto! -confirmaba un segundo guardia, apostado al efecto en el corredor alto de la galería.
-- ¿Ochenta y cinco?...
-- ¡Ochenta y cinco... Raúl ... Presente!
-- Ochenta y cinco...¡Visto!
-- ¿Ochenta y seis? ...

-- ¡Ochenta y seis ... Matías ... Presente!
-- Ochenta y seis... !Visto!
      La pesada secuencia del recuento, cuatro veces cada día, era la disciplina que peor llevaba Tomás en su encierro. Aparte de la inmovilidad que requería y del ilencio obligado, representaba para él una tortura mayor aún por el recuerdo que el canto de los números le hacía evocar de la causa directa de su infortunio.

      Los números, las líneas, ... el bingo. Esa fue su desgracia. Y no por gastarlo todo en él, que es lo común, sino por la imprudente ambición de querer cobrarlo todo, sin repartir con el César lo que del César-fisco es.

      La muerte del tío Indalecio vino a coincidir, así lo quiso el destino, con la etapa más crítica en la titubeante maduración del joven Tomás Almendrilla. A los veinte años, vióse de pronto heredero del “Cartón D’Or”, solo en la vida y rico, sin el freno templado de un consejo, libre de incómodas miradas fiscalizadoras, exento de rendir cuentas ni explicaciones, salvo a sí mismo, y dominado por la febril vitalidad de unos años que, desprendidos de la fijación natural del control adulto, tienden inexorablemente a desbocarse.

      Y tal le ocurrió a Tomás. Eso fue lo que pasó. Primero, bien; inició su etapa de gerente mayor y único con gran entusiasmo y suma atención, con la mejor de las voluntades. Pero a partir del tercer año, aquella sala, a pesar de su amplitud, comenzó a agobiarle. El negocio daba dinero, vaya que sí, y movía más aún, pero exigía una presencia larga y atenta, de muchas horas, precisamente las mejores para vivir, las de la noche-madrugada...Y el vecindario, además, que hay que decirlo, que tuvo también mucha culpa. Desgraciadamente, no resultaba ser el más adecuado para templar a un joven y animarlo al recto proceder.

      Y es que estaba el “Cartón d’Or”, hoy reconvertido el local en “Talleres Mendort. La Clínica del Automóvil”, en el número 146 bis, de la Avenida de Valencia, ocupando un amplio bajo comercial de una torre moderna de apartamentos, cuyo frente completaban otros tres negocios de nefasta influencia para la frágil voluntad de nuestro protagonista. A un lado, “Crisol Joyeros”; al otro, “Peletería Evaristo”. Casualidad, aunque, nada que objetar, pura inocencia...si no fuera por la ruinosa conjunción del cuarto en línea “El Conejito Bailón” ....¡Ay, “El Conejito Bailón”! ¡Cuánta perdición puede esconderse tras la cálida ternura de un nombre comercial así! ...Y qué pecaminoso comercio, el que brindaba el sugerente reclamo de neón intermitente sobre la puerta, dibujando de luz un pícaro conejillo silueteado en rojo, con dos enormes ojos de larguísimas pestañas azules, que en la noche cobraban movimiento, ora sí, ora no, abajo, arriba, en un guiño de hipnótica e ineludible seducción.

      Tomás, como ya se ha dicho, era joven, sí; pero no tonto. Y más enamoradizo que una calandria en celo. De corazón blando y abierto; dominado en aquel tiempo por un pronto sensual compulsivo, casi tan vehemente como la desbordada generosidad de su bolsillo, que recién acababa de descubrir sin fondo.

      Las “conejitas” vecinas le adoraban. Sinceramente, se pirraban por él. Y él las colmaba de detalles, en pago a tanto cariño y entrega: A tí una pulsera..; a tí una estola de visón... Para Maika, un reloj... Selene, chata, este abrigo, para que no te enfríes... Prendido en tan cálido confort, Tomás no tardó en instalarse, de la apertura al cierre, en aquel local, descuidando el suyo propio hasta límites de escándalo. Como era previsible, el fiasco contable inherente no tardó en hacerse notar con los peores augurios. La ruina, o algo peor aún, amenazó su edénico vivir. Y embriagado como estaba con
tan dulce condición, sintiéndose incapaz de enmendarse por enmendarla, perdido en aquella nebulosa dulce, sin voluntad, se dejó convencer por Luciano Ruiz Magliani (al que llamaban “Luky”, en recuerdo del mítico mafioso americano, con quien “Luky” se complacía en compararse), dueño, gerente, amo y patrón de aquella “conejera” indecente, para introducir en el negocio del bingo heredado, una fórmula revolucionaria de fortuna que el tal aprendiz de capo decía haber conocido en su Argentina natal, y que habría de garantizarles a ambos, asociados en la empresa, millones a manta. Tantos como no podrían llegar a gastar, le había dicho, ...por más “peluches”-¡Os vas a hartar, pibe!- que le echaran al cuerpo.

      Siete meses duró el milagro de recuperación contable que se vivió en el “Cartón d’Or” por la aplicación de la fórmula porteña. Pero, una vez más, la ambición imprudente vino a echar por tierra los dorados sueños de Tomás. Y lo que es aún peor: por la gravedad de los hechos, y los antecedentes penales que acumulaba por el incidente acaecido con doña Flor, se vio Tomás arrastrado al fin, a tan temprana edad y con tan buenas cualidades como en realidad le adornaban, a la triste condición de preso en la que le hemos hallado.
      ¡Que luego de tal supo hacer virtud!¡Y que en la cárcel buscó y forjó el norte de su vida, y la feliz estabilidad que habría de serenarle en sus años de madurez!... Cierto es, como se habrá de ver si la paciente amabilidad del lector nos da tiempo para contarlo. Pero el trauma que ahora sufrió al verse engrilletado y retratado así en todos los telediarios en el momento de su detención, habría de durarle el resto de sus días.

      ¡Qué contraste más esclarecedor de la condición de cada cual, el que dieron aquellas imágenes!: el bueno de Tomás, lloroso, acobardado, hundido en el empeño inútil de ocultar su rostro a los objetivos de las cámaras... En tanto que “Luky”, ya saben, Luciano Ruíz Magliani, alardeaba arrogante a su lado, exhibiendo con descaro las muñecas esposadas en un gesto envalentonado de triunfo -que incluso los guardias tuvieron que reprimir-, y buscando

para sí la atención de todos los enfoques.

      La tal fórmula con la que el golferas de Luciano, ya saben, “Luky”, vino a engatusarlo, a “enconejarlo”, que también se diría con propiedad, no era otra cosa que una estafa al más negro estilo; un fraude delictivo de temeraria imprudencia, dado que dirigía el engaño al mismísimo César. Consistió, ni más ni menos, que en falsificar los cartones del bingo. Lo cual hicieron usando de la complicidad de un pícaro impresor vallecano, amigo del capo y cliente “conejil” de viejo cuño, que había aprendido el oficio en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, de la que había salido para poner, sin fortuna, negocio propio. Este tunante, aburrido de estampillar recordatorios de primera comunión y talonarios de facturas, creyéndose dotado para más ambiciosas metas, había ensayado antes con cierta fortuna algunos trabajos de falsificación menor, que, en confianza y con dos copas, gustaba exhibir con gran orgullo: alardeaba de visitar de gorra el Calderón y el Bernabéu desde hacía una década, con entradas falsas, de pie, hechas por él mismo; y de proveerse todos los años, por el mismo método, del correspondiente “abono” en San Isidro. Lo de los cartones, les dijo, es un trabajo “chupao” “...porque van sólo a dos tintas”, pontificó el malandrín, en plan experto. ...Dos años, ésos fueron los que le cayeron a él, Ricardo García Utrilla, por más señas. Y dos mas, es decir, cuatro, a Tomás y a Luciano, respectivamente, por obrar en ambos casos antecedentes penales, y corresponderles a ambos en comandita la tipificación agravante de inductores del delito.

     ***

      La ceremonia del recuento, dentro de la rutina carcelaria es el trámite que los presos asumen de peor gana. El que les impone más disciplina, por la obligada atención que requiere y la disposición inmóvil, en filas y perfectamente alineados, que para hacerlo se exige. De eso no se salvan ni los privilegiados de la Quinta. Y los guardianes, bien se podría decir que se complacen en realizarlo a posta con especial parsimonia, como por situar a cada quien en su lugar, recordando al preso su condición de tal, y por aprovechar también los funcionarios esos minutos para el respiro de un rato sin bronca ni barullo en el control de este pequeño universo de desdichados.

      Tras el recuento, sin solución de continuidad pasan los penados al amplio comedor, amueblado en aséptica simetría con largas mesas y bancos corridos. En ordenadas filas, los internos van proveyéndose de la correspondiente bandeja metálica en la que se integran los huecos de cada uso: aquí el que procede a la sopa, o las lentejas; éste para el filete empanado; aquel, más pequeño, para la ensalada: la rutinaria composición de un menú, sin duda equilibrado, aunque también indefectiblemente anodino, ramplón e intragable.

      Ocupando su lugar, como siempre juntos, formaban en esa espera Tomás, delante, Raúl, en medio, con dos bandejas, la suya y la de “Tornasol”, y éste detrás, cerrando el trío, más quebrantado de aspecto hoy que de costumbre, pálido, ojeroso, notoriamente cansino en el andar y ajeno y apagado en los gestos. Los dos jóvenes no alcanzaron a conceder mayor significado ni trascendencia a esta deprimida apariencia de su veterano colega, pues sabían por otras veces que el trago de la obligada respuesta vocal en el recuento, aunque sólo fuera eso, el inexcusable y reglamentario trámite de explicitar su nombre a viva voz, ¡presente!, representaba para don Matías una humillación nunca superada, de la que el viejo tardaba siempre en reponerse bastantes minutos.

      Tomás y Raúl, por distraerle y aliviar su coraje, solían reservar para este tiempo la ocasión de sus bromas y rechuflas, que servían de eficaz bálsamo provocador para devolver a “Tornasol” la natural condición de su orgullosa hidalguía.

-- ¡Vamos, don Matías. Arriba ese ánimo!...¡Que no se diga que le amilanan a usted unos malteses de mierda! ... Aunque, ¡confiese que no las tiene todas consigo!...
      El pequeño puyazo de Raúl quedó en el aire sin el menor efecto. De inmediato volvió éste a envidar, cambiando el tercio...
-- ¡Coño, don Matías, mire que sorpresa nos aguarda: especialidad de “alta cocina”! ... ¡Si es que le tienen como a un príncipe! ¡No está usted recomendado ni nada!: “magret de coquelet”, don Matías, ¡qué maravilla! ... ¡Uhhhmmm..! Y además “napado” con muselina de tomate huertano madurado al sol. ¡La leche, don Matías, mire!... Porque, ¿está napado”? ¿No, Tomás?...
-- ¡Coño si está “napado”...! ¡Totalmente!. ¡Ni se ve ni se advina el cabrón del “coquelet”!... No. Déjale. Si yo bien sé lo que le ocurre a nuestro amigo. ¿O no es así, don Matías?. Venga, confiéselo usted: la culpa la tiene la carta que recibió esta mañana del pelota de “Pulgas” y de su mujer. A saber lo que le han dicho... ¡Como hoy no suelta prenda!...

      Ciertamente, se le hizo difícil a “Tornasol” romper a hablar aquel día. Hubieron de prodigarse hasta lo insufrible las coñas culinarias de los dos compinches, que pagaban así, en clave de recochineo, los buenos oficios que el viejo gastaba a menudo con ellos, tratando de explicarles los arcanos más sibaritas de la ciencia culinaria y las técnicas de elaboración que le son propias. Fue así como, en una de esas magistrales prosapias de Tornasol, habían aprendido Tomás y Raúl, no hacía mucho y sólo en lo teórico, claro, que “napar” venía a ser, dicho en fino, presentar un alimento cubierto con una salsa; que el “magret” no pasaba de ser una forma cursi de decir “pechuga”, y que la tal “coquelet” venía siendo, en franchute, un pollo tierno, algo mayor que el que por aquí se conoce por “tomatero”.

      Al fin, forzado por la presión, “Tornasol” fue entrando al trapo hasta alcanzar incluso un cierto grado de locuacidad. Aun así, la fluidez de su discurso, tamizado por el velo melancólico que parecía embargarle, daba a sus palabras una suerte de gravedad que acabó por rendir a sus interlocutores en actitud de atento respeto.

--- ...Sois injustos con “Pulgas”. -“Tornasol” hablaba sin precisar a quién, en un tono de íntima reflexión en voz alta-: ... El guardia es tan bueno o tan malo como yo, o como vosotros. ...¡Qué culpa tiene él de ser pobre! No hace otra cosa que soñar, lo mismo que vosotros, y se pregunta, igual que lo hacéis vosotros, ¡vaya que sí!, lo mismo que vosotros: ¿Sabrá, de verdad, este viejo chocho dónde están las joyas?... ¿Será o no será cierto que, efectivamente, hay un botín fabuloso escondido en algún lugar? ... ¿Será cierto que el famoso “Bermeo” en verdad no lo perdió sino que lo guardó bien guardado, y que allí está, en incierto lugar, todavía, esperando a que alguien vaya a buscarlo! ...Y la definitiva cuestión –ahora el viejo encaró la mirada, cargada de picardía, directa-









lunes, 29 de noviembre de 2010

Atún rojo: S.O.S.

            Desde hace ya bastantes años -desde que los japoneses sentaron plaza en el Mediterráneo como compradores al alza de atún rojo- la vieja especie migratoria está que agoniza. Los biólogos marinos no han dejado de alertarnos sobre este angustioso problema, pero los gobiernos de toda la cuenca nada han hecho, de eficaz, para poner coto a la carnicería atunera, que amenaza con acabar literalmente con esta vieja especie, de seguir así, en muy pocos años.
Tradicional almadraba gaditana
      Y alguno habrá que cuestione el alcance trágico de la amenaza, argumentando que el atún rojo viene siendo capturado con regularidad, y en las mismas zonas tradicionales, desde hace más de tres mil años. Cierto que sí, pero acaso no sepa que el inocente arte de la almadraba, a pesar de las sanguinolentas imágenes que nos depara cada año, es un método al fin selectivo y bastante respetuoso, ya que permite que miles de ejemplares, con todo, pasen de largo sin caer en su laberinto. Lo grave, lo realmente trágico, lo que muchos no saben, es el método, absolutamente criminal, que se está utilizando de unos años para acá en las zonas del corazón mediterráneo, fuera de las aguas jurisdiccionales, justamente dónde han descubierto que la especie se concentra cada verano para su reproducción. Allí, entre Sicilia y Túnez, en una amplísima zona, los atunes son pescados por miles en gigantescos cercos. Ya ni siquiera se utilizan garfios para cazarlos e izarlos a los barcos: directamente son tiroteados desde helicópteros… Es una carnicería bárbara, espantosa y fuera de toda jurisdicción nacional. Un crimen que, de seguir así tan sólo unos años más, hará desaparecer definitivamente los atunes de nuestra cuenca mediterránea. Tan cierto, y tan claro, como eso. Porque, como abajo les contamos con más amplitud, esos atunes que llegan cada primavera, se reproducen en el verano, y han de poder retornar al Atlántico, a partir de septiembre, en el viaje de vuelta, vital para la renovación de su ciclo biológico. ¿Y qué ocurre -y qué ocurrirá- si no pueden volver porque son esquilmados antes de iniciar el retorno?... Pues que el atún se acaba, definitivamente, sí, a plazo fijo y de modo inexorable, al menos en lo que hace al nuestro, ancestral, mediterráneo.

Vista aérea de los criminales cercos que se están
usando para esquilmar el atún rojo
      De que todos tomemos conciencia del problema depende la solución, que aún cabe. Por eso celebramos la muy reciente noticia de que más de medio centenar de empresas, importantes todas ellas, unas en el ámbito de la distribución alimentaria y las grandes superficies, otras en el negocio de las cadenas de restauración, han decidió dejar de comercializar este pez durante un período de moratoria, hasta que se recupere su población. Y aplaudiremos también -ojalá que se produzca- que en el marco de la reunión anual de la Comisión para la Conservación del Atún Atlántico, que estos días se celebra en Paris, en la que se negocian las capturas de atún para 2011, se adopten acuerdos tan razonables como prohibir de una vez la pesca en las zonas de reproducción, y acordar al tiempo una reducción significativa de la actual cuota permitida, de 13.500 toneladas.

      Igualmente, y ya apuntando directamente a nuestro propio gobierno, habría que modificar, por trámite de urgencia, la normativa actual respecto de la identificación correspondiente a los contenidos reales de los enlatados. Los grupos conservacionistas vienen denunciando que el sector conservero español tiene por costumbre incluir distintas especies de atún en la misma lata, lo cual entienden que representa, entre otras nefastas consecuencias, perpetrar un “fraude” informativo para el consumidor. Denuncia, ésta, a la que la Asociación Nacional de Fabricantes de Conservas, ANFACO, responde con el argumento de que la legislación española actual no obliga a distinguir qué especies hay en la lata… Flaco argumento. Pero, si por eso es: oblíguese.



Si quieres conocer más sobre el atún rojo, escucha esta grabación de mi pasada etapa radiofónica, en RNE, cuando presentaba el mini-espacio "A Mesa y Mantel", en R5. Todo Noticias