martes, 14 de junio de 2011

Pollo a la Marengo

      La que hoy venimos a contarles es una historia singularísima. Tanto, que se trata de, probablemente, el único plato de renombre internacional del que se tiene constancia exacta del día de su creación. Y ese día fue el 14 de junio del año 1800. ¿Y qué ocurrió aquella jornada? Pues una batalla, decisiva en la trayectoria fulgurante de Napoleón: la batalla de Marengo, de la que, además de la aplastante derrota austriaca y el definitivo impulso hacia la corona imperial que procuró al corso, derivó de ella y alumbró para el mundo una receta histórica: el celebérrimo “pollo a la Marengo”.

Batalla de Marengo

      El pollo a la Marengo, ya les anticipo, no es nada del otro mundo en cuanto a preparación culinaria. Una receta sencilla, y hasta se diría que ordinaria, porque combina, o mezcla –que también se puede decir así- pollo frito y luego guisado con tomate, con cangrejos de río, picatostes de pan a los lados, y hasta un huevo frito, también, coronando el invento. Una cochinada, cabría decir, muy propia de Napoleón, que más que un gourmet (es decir, un sibarita) era un gourmand (es decir, un tragaldabas).
      Pero, claro, hay que poner en la justificación de la historia, además de la indudable épica literaria de la evocación de aquellos hechos trascendentes, la grave precariedad del momento. El enorme y sangriento caos vivido aquel día. Y el hambre feroz que sintió el Primer Cónsul cuando, tras casi toda una jornada de incierta lucha, descansó, vencedor, y pidió la cena.
Esquema de la batalla
      La batalla de Marengo, que se saldó con 10.000 austrohúngaros muertos, -algo menos de la mitad por parte francesa-, y más de 20.000 heridos, acabó de dar el dominio de Italia a Francia, y supuso la definitiva retirada de Austria del Piamonte. Aquel día, 14 de junio, que era domingo, los dos ejércitos se dispusieron a la batalla desde primeras horas de la mañana. El de Napoleón estaba en inferioridad numérica, pero contaba, a cambio, con mejor movilidad de la caballería, y también con más artillería, además del genio singular y extraordinario como estratega del francés. Pero lo cierto es que se las vio muy apuradas en todas las acometidas de la mañana. Los austriacos parecían ir ganando, y hasta tal punto se confiaron en ello que, pasado el mediodía, cuando la presión había obligado a los franceses a ceder terreno hasta la aldea de Marengo, el general que mandaba a los austriacos, el Barón von Melas, dando el asunto casi por resuelto a su favor, se decidió a retirarse a descansar, confiando el mando a sus subordinados. Pero ni mucho menos la batalla estaba perdida en el magín de Napoleón. Esperaba refuerzos; y de los que él quería: de caballería. Y cuando éstos llegaron al fin, al mando del general Louis Desaix, organizó un contraataque feroz y fulminante, que rompió aquí y allá las filas enemigas, y acabó por poner en desbandada a los austriacos, a la caída de la tarde.
Barón von Melas
      Con todos estos avatares de avances y retiradas, los carros de intendencia y cocina de Napoleón se habían perdido, arrasados por el cañoneo. Y cuando el sire entró en su tienda y exigió la cena, su cocinero particular, el suizo Dunand, no tenía apenas nada de que echar mano. Urgentemente, comisionó a unos soldados para que buscaran en los calcinados alrededores algo. Y lo que trajeron fue, dos pollos, algo de harina, unos tomates, unos dientes de ajo, un poco de aceite, unos huevos, una botella de vino blanco, y también unos cuantos cangrejos de río. Y así fue como Dunand improvisó lo que pudo: enharinó y frió el pollo, luego de trocearlo, y a continuación se dispuso a guisarlo con los tomates y el vino. Antes, había rematado la fritura flambeándola con un chorro de coñac de su propia cantimplora. Al tiempo que cocía el guiso y reducía el vino, incorporó, machacados, los dientes de ajo. Y también se decidió a añadir al guiso los cangrejos. Al montar el plato, colocó a los lados sendos picatostes de pan frito. Y como, al fin, conocía la voracidad un tanto grosera de su señor, no desdeñó completar la presentación con un huevo frito encima, coronándolo todo.
      Así nació el “pollo a la Marengo”, que, a rebufo de la victoria memorable, alcanzó prontísima fama en todos los grandes restaurantes de aquel Paris asombrado y rendido al genio del corso genial. Genio militar indudable, que no, como se ve, gastronómico, dada la grosera mezcolanza que representaba aquel plato concebido de urgencia para un paladar que el bueno de Dunand sabía sólo demandaba cantidad en el plato y prontitud en el servicio. Con todo, como queda dicho, durante meses, y hasta años, en todas las cartas de mayor fuste y renombre de los restaurantes de toda Francia, y muy pronto de los del Imperio en expansión (recuérdese, al hilo, que el restaurante, con el concepto actual de servicio sofisticado “a la carta”, surge tras la Revolución Francesa, cuando los grandes cocineros de la nobleza guillotinada o exiliada del Antiguo Régimen se vieron en la calle, y hubieron de buscarse la vida inventando aquellos novedosos establecimientos orientados al público diverso, en concurrencia de comedor y vecindad de mesa, de la nueva y pujante burguesía post-revolucionaria), la ordinaria receta triunfó con un éxito memorable. Nada que ver, por ejemplo, con la sibarita excelencia de otra receta histórica, de solomillo ésta, que lleva el nombre del gran oponente de Napoleón: el “solomillo Wellington”. Si les parece, porque se vea el contraste y dado que la gran fecha de Wellington también tiene al mes de junio como especial referente (la batalla de Waterloo, el 18 de junio de 1815), en torno a esa fecha, prometido queda, nos ocuparemos de ello. Buen provecho.




domingo, 12 de junio de 2011

Salmón (I). Polémico "campanu" 2011


      Esta primavera, bien se ve, todo viene con retraso. El otrora abrileño “campanu”, el mítico primer gran salmón de la temporada asturiana, se ha pasado a mayo, por mor de la decisión de las autoridades del Principado de retrasar este año la apertura de la veda al primer día de ese mes. Sin embargo, la noticia que lleva al primerizo “campanu” al mayor relieve en letras de molde tiene fecha de estos días, ya avanzados de junio. Y tal no es otra, bien triste, que el presunto fraude habido en la fecha, la hora y el lugar de la captura.
Pescador, en el Narcea
      La vieja institución, o tradición -que ambos epítetos proceden-, del “campanu” tiene por referente principal el río Narcea, y la añeja costumbre de celebrar allí, en las parroquias de sus riberas, con toques de campanas, el anuncio de la primera captura de la temporada. Con los años, la costumbre ha derivado en emocionante lid y, por consecuencia, en astronómicas pujas en subasta para ver de hacerse con tan privilegiado ejemplar. Este año, el afortunado pescador resultó ser un veterano de la caña y cucharilla, de nombre Alberto Fernández, que firmó una pieza de 78 centímetros de largo, que dio en la báscula un peso de 5,8 kilos.

El afortunado comprador, Juan José Castaño (izqda), junto
al pescador ganador, Alberto Fernández (dcha).


      Pero ocurrió que, tras las primeras felicitaciones y enhorabuenas, no tardó en empezar a circular la polémica acerca de la veracidad de la captura en cuestión en tiempo y forma. Con todo, no parecía que la cosa fuera a ir a mayores, dado que esta cuestión del presunto fraude es, por habitual, casi consustancial cada año a la parafernalia del “campanu”. Pero resultó que esta vez el eco de la denuncia no se apagó en el día, y hasta tuvo al fin que intervenir el Seprona, y la Guardia Civil tomó declaraciones, y en asunto acabó donde está ahora mismo: en el juzgado.
Acto de la subasta y entrega del premio
      Para los denunciantes, el fraude de Alberto no ofrece duda. Primero, dicen, porque resulta sospechoso que la captura se llevara a cabo, según contó Alberto, algunos pocos minutos después de las seis y media de la mañana de aquel día, primero de mayo (la veda se levantaba, justamente, de manera oficial, a las seis y media); y segundo, porque en el lugar de la supuesta captura, el pozo la Hortona, en el concejo de Salas, dicen los denunciantes que nadie vio a esa hora al pescador triunfante, y aducen, además, que la amanecida estaba aún muy oscura para permitir la pesca. Si las cosas iban mal para Alberto, peor se pusieron a los pocos días, cuando se dio a conocer el resultado de un estudio, muy poco científico y fiable, por cierto, realizado por una bióloga de la Universidad de Oviedo que cuestiona, en base al ADN (¡anda ya, qué nivel de pericia y de medios implicados!) que el animal en cuestión tiene más probabilidades (un 60% más, según el estudio) de proceder del río Esva (que discurre muy cerca del domicilio de Alberto) que del Narcea. Pero, hete ahí la imprudencia del juicio presuntamente científico, tal informe también reconoce que no son raros los salmones que pasan de un curso al otro. O sea que, na de na por el momento. El pobre Alberto, si al final resulta ser inocente, ya ha pasado un buen calvario a cuenta de su precoz pericia. Ayer mismo, declaraba ante el juez reafirmando su inocencia. La Justicia dirá, al fin, como debe bien ser, la última palabra.
      En todo caso, litigios a parte, el protocolo del “campanu” siguió su curso natural. Como cada año, la pieza se ofreció en pública subasta, y alcanzó una cotización que a mucho parecerá estrafalaria, a pesar de haberse quedado muy lejos del récord (que está en 14.000 euros): 6.000 euros, un millón de las antiguas pesetas, es lo que pagó por este polémico “campanu 2011” un joven empresario gallego, Juan José Castaño, gerente de la empresa de aluminios ODL, radicada en el concejo pontevedrés de Valga.
     Y ayer sábado, en una cuchipanda memorable, quince afortunados comensales daban buena cuenta de la pieza (obviamente, hubo de ser congelada, dada la ya lejana fecha de su captura) en el Mesón Abelleira, de Brión. Según leemos en La Voz de Galicia, Pepe Abelleira y su compadre de fogones Marcial Duarte, conformaron el menú de la siguiente forma (teniendo en cuenta que aún con los casi seis kilos de salmón no era suficiente para dar satisfacción y “fartura” a tanto buen diente): para abrir boca una ensalada especial de inicio, con aguacate, tomate, lomo de bonito y jamón ibérico. Luego ya el salmón, en diferentes entregas: tostas de salmón con queso del país; revuelto de salmón con anchoas y pasas de Corinto; lomo de salmón a la plancha con tres salsas y guarnición de verduras; y salmón en salsa de erizos de mar con algas y almejas de la ría. Para completar, jarrete guisado con patatas panadera. Y de postre, una suculenta milhoja casera. Nada sabemos de los vinos que acompañaron, pero estamos seguros de su idoneidad y abundancia; como lo estamos de que la francachela culinaria hubo de prolongarse, con buenos chupitos de aguardiente y tragos largos y cortos hasta bastantes horas después de iniciada la “sentada”. También nosotros, si les parece, dado que la extensión de esta cuasi crónica nos ha traído hasta aquí, al tercer folio, dejaremos aplazado el artículo historiado habitual del salmón, que tiene, claro que sí, mucha enjundia y bien jugosa referencia historiada, para una muy próxima ocasión. Tal vez, incluso, mañana mismo, si el caso fuera de que la tarde de este domingo primaveral, tan sugerente, me indujera a volver, para escribirlo (aunque ninguna obligación tengo, recuerden, tal es mi envidiable fortuna prejubilada), a la iluminada pantalla, que ahora mismo apago. Buen provecho.


sábado, 11 de junio de 2011

Centolla, también de verano


      No son como las bicicletas, pero casi; al menos de un par de años para acá y en lo que hace referencia a Galicia. La centolla, efectivamente, ahora también se captura en los meses estivales; con lo que se viene a romper la vieja tradición, hecha frase ya clásica, de que los meses sin “r” estaban vedados para el marisqueo de crustáceos. La explicación que se da para esta novedosa excepción con la centolla se apoya, según los responsables de la Xunta, en dos frentes argumentales: de una parte, el control (más “encima” y más directo en cada zona) que los biólogos marinos llevan a cabo sobre las etapas del ciclo reproductor de animal en cuestión. En este apartado, resulta que la costa gallega, en lo que hace al marisqueo de esta especie, se divide, de hecho, en tres zonas, a cada una de las cuales corresponde un tipo diferente de ciclo: la costa del sur, de las Rías Bajas, anticipa en algunas semanas la muda del caparazón y la época de freza (en la que están prohibidas las capturas); la costa atlántica coruñesa, tiene su propia época, ligeramente distinta; y la franja norte cantábrica, la suya, también propia. Así pues, en atención a esto, las aperturas y cierres de veda serán ligeramente distintos en cada una de estas zonas, pero, en general, se facilitan las capturas en todo el verano, hasta finales de agosto. Lo cual viene a dar satisfacción a una vieja demanda de las Cofradías -y hete aquí el segundo frente argumental- que veían cómo todos los veranos, que es el tiempo, junto con la navidad, de mayor demanda comercial, la presencia de centolla, a pesar de estar vedada, se hacía evidente en los mercados y en la hostelería en general, por la actividad de los furtivos, que hacían su gran negocio, y por la masiva presencia de piezas importadas.
      Tendremos, pues, centolla de clara filiación galaica este verano. Lo que ya, ni los biólogos ni la oferta de mercado podrán garantizarnos es que esta estival sea, en lo que hace a su calidad sápida, de un nivel similar, siquiera equiparable, a la del primer trimestre del año. Ahí, la naturaleza impone su ley, y nada le importan las razones de estacionalidad y de demanda. Lo cual es fácilmente entendible en cualquier animal, pero acaso más en éste, que ya existía bastantes miles de años antes de que lo hicieran los propios dinosaurios.
      A propósito de esa cuestión, la de tratar de acotar el tiempo en el que los humanos empezamos a comer centollas, cuando tal se plantea suele venir siempre a la conversación la clásica reflexión sobre el hambre que debía acuciar a aquel primitivo pescador que primero se decidió a hincarle el diente a un bicho de aspecto tan disuasorio como esta “araña” de mar. Sin embargo, es bastante probable que gustara de ellas antes incluso que de los propios pescados, así sólo sea porque la captura de los crustáceos resultaba para el cavernícola bastante más fácil que la de los escurridizos peces. De hecho, entre los restos más primitivos hallados en excavaciones arqueológicas de asentamientos humanos próximos a la costa, no faltan nunca vestigios de cangrejos, centollas, langostas y demás excelencias marinas.
Nasas, en el puerto pontevedrés de Buéu
      La centolla (nosotros, en razón de clara preferencia sápida, preferimos siempre evocarla en femenino) es, en su catalogación biológica, un crustáceo decápodo marino braquiuro, es decir, de diez patas y cola corta. ¿Y cuál es esa cola?, se preguntarán muchos; porque en la langosta, en el bogavante, o en la gamba, por ejemplo, la cola está clarísima, se muestra evidente y, además, es su bocado principal. Pues, en la centolla, que es muy suya, no. No es así. Su cola está replegada totalmente, y encajada a la perfección sobre su parte ventral; ni siquiera tiene un gramo de carne aprovechable, y sin embargo nos resulta muy útil, ya que nos permite diferencia con rotunda claridad los machos, cuya cola es minúscula y triangular, perfectamente encajada en el caparazón, de las hembras, que muestran una cola mucho más grande, ancha, sobresaliente y velluda.
centolla hembra
      Realmente, sí que es feo este prudente y pacífico -además de exquisito, claro- animal. De prudente lo tildaron los antiguos griegos, que subrayaron de él esa característica, al adoptarlo como símbolo de eso, de la prudencia y del consejo, en razón de la costumbre que tiene de enterrarse en la arena, y de permanecer escondido todo el tiempo en el que se despoja del caparazón, sin que se le vuelva a ver ni a salir de su escondite hasta que no dispone de una coraza nueva.
centolla macho
      Y a propósito de lo de feo, que objetivamente no cabrá discutirlo, por más que a los españoles, y muy particularmente a los gallegos, nos cueste reconocerlo por la rendida querencia que por él sentimos, llama la atención la elección del nombre científico que en su día se buscó para catalogarlo. Lo hizo, en el siglo XVIII, el naturalista francés Lamarck. Sin duda alguna, aquel día el naturalista estaba de muy buen humor, ya que optó por la clara paradoja al elegir el nombre de “Maia squinado”. Lo de squinado no sorprende, ya que su significado, en provenzal, es “espinoso”; pero lo de Maia, oiga, tiene su coña, pues Maia era la más bella de las siete Pléyades, las hijas de Atlas y Peyonea, que fue amada por Júpiter y de cuya unión concibió a Mercurio. Precisamente, por su hermosura sin par le fue dedicado el mes de mayo, el más bello del año.
Jean-Baptiste de Lamarck
      Y vayamos ya con la centolla a la cocina, que tiempo va siendo ya. Aunque, realmente, en ese apartado muy pocas anotaciones pueden hacerse, ya que la centolla, si es fresca, que es esencial -viva incluso, si puede ser- y de buena filiación, que para tal no hay referencia mejor en todo el orbe que la de las rías gallegas, sólo cabe, como fórmula culinaria, la cocción directa en agua (a poder ser marina) y sin ningún otro aditamento; acaso lo del laurel, un par de hojitas, concedamos, aunque mi tendencia apunta a limitar el concurso de tal aditamento cuanto más, mejor.
      A propósito del laurel, y su clásica presencia en las cocciones marisqueras, dispuesto estoy a abrir con ello una polémica, porque mi clara opinión es que no sólo no suma nada bueno y de agradecer, sino que resta y desmerece. Pero somos siervos de esa costumbre (yo también, aunque tiendo a lo mínimo) y nuestro paladar se ha hecho a que centollas, percebes, o nécoras nos lleguen a la mesa con ese laureado recuerdo. En realidad, de lo que somos siervos, en este caso, es de una herencia, la que nos dejaron nuestros abuelos de aquellos tiempos pretéritos en los que no había neveras, ni en tierra, ni en los barcos, ni en las lonjas y pescaderías, y no era nada infrecuente que los pobres crustáceos llegaran a tierra ya un poco “pasados”. En tales casos, el laurel venía de perlas porque su acusado perfume servía de perfecto atemperante contra la denuncia. El caso más significativo es el del famoso “txangurro” vasco, que nació del ingenio para hacer viables centollas que habían sido capturadas no ya en nasas de costa, sino en redes de arrastre de fondo, es decir, que llegaban al puerto tras varios días de su óbito en las cubiertas de esos barcos. Mezclar aquel “caldo”, ciertamente pasado, con cebolla, vino, huevo y demás, probablemente era la única manera de hacer viables culinariamente aquellas piezas. Pero hoy en día, cuando, además, vivimos tiempos de apuesta clara por los sabores naturales de los productos de nuestra despensa, añadir laurel a la cocción de un crustáceo vivo es claro despropósito. Porque, quién lo duda, la centolla tiene en sí misma un acusadísimo sabor, y en extremo agradable y diverso, como bien decía nuestro admirado Cunqueiro: "…y da varios sabores diferentes, que uno es el de las patas mayores, la carne en capitas sobre el cartílago interior, y otro el de las patas cortas, y otro el del cuerpo, y otro el del caparazón, sí tiene corales mejor, y si está espeso, color tierra de Siena…"
      Así pues, agua abundante y un buen puñado de sal. Si la pieza a cocer está viva, directamente con ella a la olla, y veinte minutos de ebullición por kilo, o su proporción adecuada. Si la pieza estuviera muerta, esperaremos a que rompa la ebullición del agua para introducirla.
     En cuanto al modo de diferenciar una pieza genuinamente gallega de otra foránea, el problema es ciertamente peliagudo, y en él pesa más la honradez y la confianza de nuestro proveedor que otra cosa. No obstante, algún indicio hay en cuanto a la determinación de esa filiación: la centolla gallega, por habitar unos fondos de singularísima riqueza plactónica y orgánica, tienen casi siempre el caparazón muy cubierto de minúsculas algas; asimismo, la centolla gallega presenta las púas de ese caparazón más finas, resaltadas y puntiagudas que las centollas, por ejemplo, francesas, que ofrece un caparazón mucho más despejado, y las agujas de esas púas son también algo más romas. A la hora de la compra, sopesarla en la mano es la mejor opción, y descartar siempre, en todo caso, aquellas piezas que, al agitarlas, dejen percibir ruido de líquido en su interior, o presenten la amputación reciente de alguna de sus patas. Y, en fin: suerte y, como siempre les digo, buen provecho.










miércoles, 8 de junio de 2011

George Sand, la vida a tope


      George Sand, seudónimo de Aurore Dupin, fue la escritora más importante del Romanticismo francés. Sin embargo, la pervivencia de su fama –casi su leyenda- no deviene tanto de sus libros –hoy injustamente olvidados- cuanto de la peripecia de su vida novelesca, fulgurante, escandalosa y ciertamente insólita en su época. Y es que George Sand, sin el menor disimulo, hizo gala de un sinfín de amantes, una auténtica colección, algunos de ellos bien célebres, como los también escritores, Prosper Merimèe y Alfred Musset, o el músico Federico Chopin. “Mutatis mutandis” el género, George Sand fue una auténtica “Don Juan”, una “Doña Juana”, en este caso, y hasta cabe sospechar que llegó a sufrir de la disfunción sexual que nuestro Marañón definió al estudiar el mito como “donjuanismo”, es decir, una práctica y soterrada impotencia e incapacidad para el disfrute sexual. Tal fue, de ser así, su más cruel paradoja a lo largo de una vida que concluía, casi a los 72 años de edad, el 8 de junio de 1876, hace 135 años.
dibujo, de Alfred de Musset
      Aurora había venido al mundo en el mes de julio de 1804. Apenas un mes antes, sus padres se habían casado en Paris, en una boda civil triste y casi vergonzante por la desigual condición de los contrayentes. El novio, Maurice Dupin, era un aristócrata y bizarro militar, en tanto que la novia, Victoria Delaborde, era una chica de humildísima condición que hasta entonces había ejercido como “entretenida” del militar. La recién nacida recibió el nombre de Aurora, como su abuela paterna, aunque ésta no llegó a conocer de su existencia, ni del matrimonio de su hijo, hasta pasados cuatro años. Y es que la abuela, inmensamente rica y emparentada en su linaje con duques y mariscales, y hasta con reyes de Francia y de Polonia, se temía iba a montar en cólera al conocimiento de aquella noticia. Sin embargo, cuando al fin la supo, la acogió bastante bien, en buena medida por el cariño que de inmediato sintió hacia su nieta, una deliciosa niña de ojos oscuros e inquietos, llenos de vitalidad. Por ese encanto, el matrimonio acabó por lograr la anuencia e instalarse en la imponente finca familiar; pero la felicidad duró muy poco, porque una noche de septiembre de 1808, volviendo el padre de una francachela con los amigos, sufrió una fatal caída del caballo, y se desnucó. Así fue como Aurora Dupin, la futura George Sand, se quedó huérfana de padre antes de cumplir los cinco años.
      La abuela tomó entonces directamente a su cargo el cuidado y la educación de Aurora, por la que acrecentó aún más, si cabe, su cariño, dado el parecido, vivo retrato, que la niña tenía con su fallecido padre. Hasta los 13 años vivió feliz en la finca campestre, pasando luego a ocupar plaza en el más selecto internado de Paris, donde estuvo hasta el repentino fallecimiento de su abuela, que le legó todos sus bienes.
Residencia familiar de Nohant
      Y ya tenemos a Aurora Dupin convertida, a los 17 años, en una de las más ricas propietarias de Francia, además de chica lista, impulsiva, que gusta de la caza y de la equitación, así físicamente no sea gran cosa: de corta estatura, muy delgada y con las curvas femeninas apenas insinuadas, pero, con la complicidad de sus grandes ojos, capaz de irradiar un encanto y una simpatía irresistibles.
      Como marca su tiempo, es también acusadamente romántica y enamoradiza, y no tarda en caer en las redes de un joven militar, de 27 años, de nombre Casimiro Dudevant, con quien se casa, en Paris, en septiembre de 1922
      El matrimonio tuvo un arranque feliz, pero el cansancio no tardó en llegar; entre otras cosas, porque el tal Casimiro decidió colgar el uniforme –con la consiguiente merma de galanura a los ojos de Aurora- y destapar sin trabas su verdadero carácter pacífico, tranquilo y bonachón, para dedicarse exclusivamente a la administración de la finca heredada, todo lo cual se tradujo en clara decepción para su mujer. Tal vez también bebía un poco demasiado, y empezó a menudear las bromas y los galanteos con las doncellas y las campesinas. A Aurora, que odiaba la monotonía de las pantuflas y el brasero casi tanto como la soporífera paz de la enorme finca, todo aquello acabó por sacarla de quicio, y acabó por decidirla a marchar sola a Paris, aunque la separación legal no llegó a consumarse hasta 1836
El juego con la ambigüedad de
Aurora fue otra de sus notas
característica. Se le atribuye
también una relación homosexual
con la actriz Marie Dorval
      Aquel matrimonio había dado por fruto dos hijos: un varón, de nombre Mauricio, y una niña, de nombre Solange, que había de destaparse con una carácter independiente y altivo, copia exacta del de su madre. Cuando esta niña se hizo mujer, las relaciones madre-hija pasaron de tormentosas a auténticamente envenenadas, en particular cuando entre las dos se cruzó la rivalidad por los mismos amantes. Lo cierto es que Solange nunca amó a su madre. Y ésta se sintió herida por un odio antinatural, que era, en el fondo, recíproco e invencible.
      La colección de amante de George Sand, quien defendió siempre el amor libre y nunca tuvo el menor reparo en exhibir sus relaciones extramatrimoniales, se inauguró con el joven Jules Sandeau, un estudiante de 19 años, rubio y efébico, con vocación de escritor. Fue éste quien inició a Aurora en la literatura, al proponerle la empresa de escribir juntos una novela. Así lo hicieron, y no una sino dos, que vieron la luz con el seudónimo de “Jules Sand”, es decir, el nombre de él acortado sólo en una sílaba. Junto al joven Jules, Aurora conoció, y se integró y sentó plaza en los ambientes literarios parisinos de corte más vanguardista. Al fin, la relación entre los amantes acabó por agotarse, pero no antes de que Aurora hubiera aprovechado bien la enseñanza de aquel competente y amantísimo maestro. Ahora ya se sentía con fuerzas para realizar sola el trabajo. Y así lo hizo, y tuvo éxito. “Indiana”, su primera novela, apareció con la firma, por primera vez, de “George Sand”, seudónimo tomado, como bien se ve, del primero “a medias”, “Jules Sand”, trocando simplemente el patronímico de Jules por el de George. Y así, Aurora Dupin, madame Dudevant, convertida en escritora, comenzaría una fulgurante carrera escudada bajo un nombre nuevo, masculino y bien sonante, que habría de acabar por sustituir para la historia al suyo propio.
Estatua en el parisino Jardín de
Luxemburgo
      Luego de aparcado el joven Jules, George Sand amó fugazmente a otro escritor, éste, aunque no todavía plenamente consagrado, ya por entonces mucho más destacado y brillante que el anterior. Su nombre, Próspero Merimée, que vivió con la señora Sand una aventura que derivó en brutal ruptura cuando, como había hecho con Jules años antes, Aurora tomó la iniciativa, y una noche, a orillas del Sena y bajo la luna, le espetó al escritor sin miramientos que ya estaba bien de frases hermosas y que era hora de pasar al terreno de los hechos. Según se cuenta, a la mañana siguiente Merimée abandonó el lecho de la dama dejando unas pocas monedas en la repisa de la chimenea. Del asunto conoció y debatió todo Paris, pues uno y otra se encargaron de divulgar sendas versiones muy distintas de lo realmente ocurrido. Sin embargo, el escándalo no impidió –sino incluso bien al contrario- que otro escritor de campanillas se subiera al carrusel amoroso de George Sand, en este caso el también efébico, frágil y enfermizo, Alfred de Musset.
      El romance con Musset, por entonces un furibundo romántico de vida desenfrenada y complacida fama de libertino, enganchó a George Sand en una espiral de locura pasional de aristas contradictorias. Lo cierto es que en este caso no parece que fuera George Sand la vampiresa, sino todo lo contrario: fue Musset quien la enredó en esa espiral, hasta conseguir llevársela con él a un periplo por Italia. La relación entre ambos, siempre tormentosa, hizo crisis en este viaje. Por el carácter indolente de Musset, mucho más joven que ella, y la desenfrenada bohemia de él, enganchado al champán y al opio, tísico y permanentemente voluble en su actitud vital, la relación entre ambos fluctuó entre lo materno-filial y su condición formal de amantes. En Génova, Sand cayó enferma a causa de unas fiebres, y Musset empezó a frecuentar mujeres y a beber. Ya repuesta Sand, llegaron a Venecia, y allí fue él quien cayó gravemente enfermo. Sand llamó entonces a un médico joven, el doctor Pietro Pagello, y, como tenía ya por costumbre, George Sand, tomó la iniciativa y el joven doctor cayó en sus redes allí mismo, mientras ambos cuidaban del enfermo. Finalmente recuperado, Musset regresó solo a Paris, y George Sand prolongó cinco meses más su estancia en Venecia junto al joven médico.
Aurora no era mala como dibujante, como bien refleja
este apunte de Federico Chopin
      En el verano de 1834, George Sand ya había agotado su curiosidad por Venecia. Sus éxitos literarios se sucedían e incrementaban a cada entrega –estamos en el tiempo del furor por la novelas y relatos de aparición seriada, en formato de folletín, en los diarios y revistas-. Volvía a reclamarla Paris. Tenía que regresar, y así se lo hizo ver a Pagello, ofreciéndole que la acompañara. El médico y ella misma sabían que su relación estaba agotada, no obstante Pietro aceptó el traslado. Ya en Paris, Sand trató de dar viabilidad económica a su amante. No ahorró sutilezas para mostrar con él su generosidad sin herir su orgullo, pero la relación sentimental estaba más que agotada. Sand volvió a frecuentar a Musset, y finalmente, Pagello optó por regresar a su Venecia.
      Entró en escena entonces un nuevo amante. Esta vez un abogado de brillante currículo: Michel de Bourges, al que George Sand había contratado para dirigir el pleito de divorcio de su marido, que seguía instalado y administrando la hacienda familiar. Gracias a Bourges, Sand logró separarse legalmente, y hacerlo sin perder la custodia de sus hijos. Precisamente, en la nómina de amantes, vino a sustituir al abogado un joven de 23 años llamado Felicien Mallefille, a la sazón preceptor de su hijo Mauricio.
Estampa invernal de Valldemossa
      Estaba en esta “entente” con el joven Felicien cuando, en el invierno de 1837, George Sand inició su idilio con el músico polaco Federico Chopin, con quien estableció uno de los lazos más sólidos y largos en la apasionada vida de la escritora. Con Chopin –de la misma edad de Musset, artista sublime, aquejado de la misma enfermedad y neurótico insoportable como aquel- George Sand hubo de desplegar por segunda vez aquel ambiguo sentimiento de amiga-amante-madre-enfermera que le permitía encontrarse a sí misma y dar lo mejor de su alma. El idilio tuvo su momento más álgido en el invierno que ambos pasaron refugiados y perdidos del mundo en la isla de Mallorca, de la que dejó cuenta escrita en su obra "Un invierno en Mallorca". La relación, agotada también al fin, se mantuvo no obstante, aunque con otro tono mucho menos pasional, cuando ambos regresaron a Francia.
George Sand, un año antes de su muerte
      La nómina de amantes de Sand siguió creciendo, y se cuentan luego varios, entre ellos el famoso escritor socialista Pierre Leroux. El último de los públicamente reconocidos, cuando ya la dama frisaba los sesenta años, fue un colega de su hijo, de nombre Alexandre Manceau, al que la escritora había contratado como secretario particular.
      De toda esta peripecia vital tan compleja y abigarrada, de la que nunca, como ya hemos dicho, se recató en su tiempo, en 1855 hizo George Sand balance puntual y recuento pormenorizado en su obra “Historia de mi vida”, en cuyas páginas, de estremecedora sinceridad, junto con los encantos, anhelos y decepciones de tantísimas vivencias, apunta la escritora indicios claros de la presunta disfunción sexual que al principio señalábamos y que probablemente le aquejó; aquella que nuestro Marañón definió como “donjuanismo” en clave ciertamente patológica. Que tal pudo ser la gran desgracia de George Sand se deja ver en algunos párrafos esclarecedores, como cuando confiesa y reconoce: “El amor del alma lo puedo inspirar y compartir, pero el otro (el de los sentidos) no ha sido hecho para mí; o más bien yo no he sido hecha para experimentarlo”... O también, en otro momento, más dramático y quejumbroso aún, cuando escribe: “¿Por qué, Dios mío, me habéis hecho nacer mujer, si querías cambiarme en piedra un poco más tarde?...
Su tumba, en Nohant
      Retirada sus últimos años a su finca campestre, ya atemperado al fin su ánimo y rodeada de nietos, en plenitud de lucidez literaria hasta el último momento, la baronesa Aurora Dupin, George Sand, fallecía, a los 72 de su edad, un día como hoy hace 128 años, el 8 de junio de 1876, en los días en los que Francia encaraba los primeros difíciles pasos de su III República.









martes, 7 de junio de 2011

Primeros guisantes lágrima gallegos


      A punto está de pasar a la historia la primera cosecha de guisante lágrima que se logra en Galicia. Son apenas una decenas de kilos de producto final los conseguidos, pero constituyen, sin duda, un auténtico hito cargado de futuro para la despensa gourmet que el solar galaico puede, y debe, representar en el mercado nacional e internacional.
      Dado que muchos habrá, lógicamente, entre nuestros lectores que ignoren casi todo acerca de esta diminuta y delicada legumbre, les contaremos que se trata de una variedad de guisante exquisito en extremo; una auténtica delicia sibarita -"caviar vegetal, también le llaman- prácticamente reservada, por su precio, sobre los 300 euros el kilo, a la restauración de más alto nivel. La razón de esa cotización tan disparada se explica por los atentísimos cuidados que el agricultor ha de prestar a la planta en todo su proceso, desde la propia selección de la simiente al control diario de humedad y temperatura de la planta a lo largo de todo el tiempo de su crecimiento y maduración, con gravísimo riesgo de que una alteración mediana en cualquiera de esos dos parámetros eche por tierra, nunca mejor dicho, la expectativa de toda la cosecha.
      La variedad de guisante lágrima de costa, que por tal se conoce en su denominación completa y concreta, viene produciéndose desde hace ya algunos años en determinadas fincas del País Vasco, con ansiosos clientes que disputan cada cosecha, bien sean éstos los restauradores de mayor fuste y proyección mediática de esa región, o de Cataluña, como los no menos exigentes miembros de algunas de las sociedades gastronómicas, que tan envidiablemente menudean entre la sociedad vasca.
      Se trata, el fruto en cuestión, de un guisante de delicadísima estructura, tan tierna y precoz, que aún no se ha formado la clásica esfericidad (de ahí lo “de lágrima”), con apenas 12-14 guisantes por vaina, de una ternura infinita, pura esencia de verdor cuyo bocado estalla y se difunde en la boca como una pompa de huerta, dejando una impronta de sabor peculiar, inigualable, en el que son perceptibles unas características notas yodadas, procedentes de esa influencia oceánica de la que el fruto toma su segundo apellido “de costa”.
Creación de Pepe Solla: Merluza con guisantes lágrima y baby leaf, con
reducción de las vainas y espuma de jamón ibérico
      Y es el caso que esta primera experiencia gallega que aquí reseñamos, tiene sus viejos precedentes, ya que hay constancia de que esta variedad tan peculiar, cuya recolección primaveral apenas dura veinte días cada año, se cultivaba en tiempos en muchas localidades de la costa gallega, particularmente de la franja atlántica, Finisterre, Muros, A Pobra do Caramiñal,… pero por la extrema delicadeza y laboriosidad de su cultivo, y lo exiguo de su rendimiento -toda la manipulación ha de hacerse necesariamente a mano-, hace ya bastantes años que se abandonó. Ahora, y tal es la noticia, la experiencia se renueva, por la iniciativa de un pequeño grupo de agricultores ilustrados que se han puesto a la labor de recuperación en la Finca de los Cuervos, entorno experimental de agricultura biológica de alta gama, sito en las proximidades de Santiago de Compostela, que han trabajado, para lograrlo, codo con codo con la Misión Biológica de Galicia, organismo dependiente del CSIC, que se ha encargado de la selección de las viejas semillas que aún quedaban de aquellos antañones cultivos históricos.
      Como les contábamos, la cosecha experimental de este año ya se ha consumido prácticamente; se la han repartido los cocineros gallegos de mayor predicamento del momento, quienes han participado también, muy directamente, en el proceso de selección y maduración del novedoso producto delicatessen que a partir de ahora viene a incorporarse a la ya de por sí muy selecta despensa gallega. Vemos en la foto, en plena implicación de proyecto, a Iñaqui Bretal, chef del restaurante pontevedrés “Eirado da Leña”, a Pepe Solla, de “Solla”, en Poio (Pontevedra), a Santiago Pérez, horticultor y alma mater de estos nuevos guisantes lágrima de costa, y a Xosé Torres Cannas, del “Pepe Vieira-Camiño da Serpe”, ubicado en Raxó, también en el pontevedrés y muy gastronómico concello de Poio.

jueves, 2 de junio de 2011

Destellos de Hollín (Pag 135 a 145)

     
      El alto de Lomasanta, 914 metros, abre un balcón natural sobre el Valle de Pisón. Al rebasarlo, la carretera inicia un zigzagueante descenso, flanqueada a ratos y hasta su borde mismo por una tapia arbórea que llega a tamizar la luz en algunos tramos; en otros, los más, la panorámica se ofrece amplia, jugosa y espectacular, en un concierto de verdes en los que domina la gama más brillante de los prados. Cadenciosamente, con la armonía de un ballet, las manos de Matías al volante de su Mercedes gozaban perfilando el trazado de cada curva; recreándose en la secuencia de giro que iba dibujando en el morro la emblemática estrella de tres puntas, en su barrido por las cunetas y los troncos de los pinos. El parabrisas iba a su vez recogiendo, con la apariencia de una cinta sinfín, el luminoso reflejo de las copas de los árboles y el destello frecuente a su través de un sol, aún franco y desarmado en el primer andar de la primavera.
      No obstante ese circular embebido de placidez, a un ritmo que más parecía un dejarse llevar, en el solitario conductor bullía una agitación próxima a la histeria. Todo él era un manojo de nervios, ahora refrenados con argumentos de convicción y conveniencia para sí mismo, ahora desatados en sobresaltos de aspavientos y diatribas gesticulantes a las que él mismo daba chance y respuesta.
      Había salido de Madrid con las primeras luces del lunes, tras un fin de semana ocupado al completo en repasar todos los pasos previstos y los detalles, grandes y nimios, del plan urdido para desvalijar el vecino taller de joyería. Cien veces, o mil tal vez, habían él y “Bermeo” revisado movimientos, operaciones, tiempos, planos, croquis, esquemas, plazos y todas las contingencias imaginables. Llevaban en la labor casi dos meses, desde la salida de la cárcel de “Bermeo”, y desde que éste se instaló, por cuenta y gasto de Matías, en un pequeño apartamento del barrio de Ventas.
      La verdad es que Matías tenía motivos sobrados para sentirse afortunado por la elección de “Bermeo” para llevar a cabo la empresa. Desde el primer momento fue de ver la entusiasmada implicación del vasco en el proyecto. Aportaba un caudal de sugerencias, útiles las más de las veces; ejercitaba una disciplina ejemplar; moderaba el gasto cual si saliera de su propio bolsillo; y hasta en muchas ocasiones parecía que aquel “trabajo” le hubiera hecho olvidar otras obsesiones, como la caza y captura de“Gardel”. Pero, quiá, ni un tanto así. Una vez, sólo una vez que Matías, tentado por esa posibilidad, tuvo la ocurrencia de insinuarlo, se vio en un instante impelido con explosiva violencia contra la pared y acogotado por la presión del filo nervioso de una navaja apoyada directamente en su cuello.
      Matías se vio obligado a jurarle solemnemente, una vez más, comprometiendo su vida en ello, que facilitaría a su cómplice, cuando pasara el tiempo prudencial tras el atraco, una vez hecho el reparto, la localización exacta de “Gardel” para su ansiada venganza.
      En todo caso, en la previsión del plan que manejaba, “Gardel” y “Richard” serían los cabezas de turco de la operación. De las pruebas que habrían de inculparles ya se había encargado Matías semanas atrás, cuando se hizo acompañar por ambos a una excursión a Aranjuez y, en un momento del viaje, a la salida de una curva que ya había estudiado previamente, provocó que el coche se saliera de la carretera hasta encastrarse en una zanja. Para desatorar el vehículo y volverlo a la carretera, “Gardel” y “Richard” hubieron de manejar con profusión el juego de mazas y palanquetas que, a propósito, llevaba Matías en el maletero, dejando así en ellas las huellas que habrían luego de acusarles, una vez fueran convenientemente dispuestas las herramientas en el lugar adecuado para su localización por la policía.
      Todo, en fin, estaba previsto en sus tiempos y plazos; estudiado con meticulosidad, al detalle, y repasado mil veces. Hasta la fortuna se les había ofrecido de cara al despejar la duda que “Bermeo” había planteado, con toda lógica, como requisito imprescindible para acometer el trabajo: el conocimiento previo de la marca y modelo de los cofres sobre los que habría que “operar”. Fue éste el primero y principal encargo que se trajo Matías de la cárcel, a su salida.
      La estrategia que aplicó para ello resultó fácil y rotundamente eficaz. Un grifo mal cerrado, una bañera que se desborda, un cuarto de baño que se anega, y una, dos, tres horas de filtración desde el piso superior a través del muro medianero. Todo tan fácil, tan natural, tan cotidiano. Matías se deshizo en disculpas, y se dio buena prisa en apurar los medios para reparar de inmediato los daños ocasionados a sus vecinos. Ni media queja, más allá de la natural por tan azaroso incidente, pudieron exhibir en “Joyre” de la diligente disposición del vecino corbatero. A primera hora de la mañana, nada más recibir el aviso, ya corrió éste a observar y a hacer una primera evaluación de los daños, realmente cuantiosos sobre todo un paño de pared, encima la más difícil de reparar, vaya desgracia, por la circunstancia de estar arrimadas a ella las dos pesadas cajas fuertes que sería imprescindible mover, con el coste añadido del empleo de gatos y más personal que el preciso para un simple recebo y pintura.
      Pero Matías no regateó esfuerzos ni presencia de medios para restituir el orden a la mayor prontitud, aprovechando bien la ocasión a sus fines, claro, y anotando con pulcritud detallista todo cuanto de interés necesitaba para reconocer a ciegas cada centímetro cuadrado del local, la disposición precisa del mobiliario, evaluación selectiva de los puntos de mayor interés y, por supuesto, la marca y el modelo requeridos y hasta el número de serie de las dos cajas fuertes, que resultaron ser, a la sazón, dos ‘Winston&Faber”, ambas modelo AZ98, fabricadas en Amorebieta bajo licencia, por “Faustino Iturbe, S.A.”.
      “Bermeo” sonrió y hasta juzgó broma en un principio los datos que escuchaba de Matías. Y es que el de la ‘Winston&Faber” era, a su ciencia natural, un mecanismo de aprendiz, una especie de caja de cerillas para él, a pesar del doble resorte de seguridad y el anclaje helicoidal de que estaban dotadas. La clave, los siete anillos concéntricos de combinación, resultaban, en su giro, angosta matraca para la muy entrenada hipersensibilidad de las yemas dactilares de “Bermeo”, quien juzgaba no llegar a tener que necesitar siquiera para la apertura de la ayuda del obligado fonendo.

      Tras media hora de suave descenso, la granja conocida como de “Los Doce Santos”, sobre el solar que en otro tiempo ocupara un viejo cenobio benedictino, devolvió a Matías a la inmediatez de su viaje. El paisaje empezaba a poblarse de lugares y detalles de reconocimiento muy familiar, que avivaban en él emociones de íntima percepción. Cruzó el puente que, con pretencioso error, los lugareños llaman “romano”, y enfiló la recta flanqueada de álamos a cuyo final se asienta el núcleo urbano de la villa de Pisón. Sin llegar a extrañar nada ni poder concretar en qué, todo parecía igual, y al tiempo todo radicalmente cambiado, a los ojos de Matías, tras siete años de ausencia. La propia carretera y las primeras casas del pueblo que empezaba a distinguir con nitidez se ofrecían estrictamente inalteradas, cada cosa en su lugar, el previsto, el de siempre, sin la más mínima diferencia, como si este regreso no fuera otra cosa que la vuelta rutinaria de un viaje emprendido apenas unas horas antes. Sin embargo, un ebullente recelo, mezcla de desconfianza y de temor casi insuperable le hicieron levantar el pie del acelerador y entrar en la calle principal al paso lento de una tartana. Como a cámara lenta, fue reconociendo las primeras caras, los portales, los comercios, las fachadas. Y notó en el estómago una punzada bílica, el amargor de la traición, al reconocerse violador de aquel espacio tan entrañable, el único que acaso le quedaba y al que ahora volvía con el mezquino propósito de servirse de él como coartada. Al entrar en la Plaza del Caudillo, la principal del pueblo, a la que asoma el frontis barroco del Ayuntamiento, halló lugar de aparcamiento frente a los amplios ventanales del “Casino Pisoniego”. Dentro, al trasluz del cristal se dejaba ver la silueta desdibujada de dos hombres, entrados en años y ajenos al mundo y a cualquier otra cosa que no fuera el tablero de ajedrez que les enfrentaba. Matías demoró un instante su salida, tratando inútilmente de reconocer a alguno de ellos, para derivar al fin su atención al propio tablero y a la imprecisa disposición de las piezas, desplegadas, aún sin mermas, en el tercer o cuarto movimiento después de la apertura. Aquella imagen brindó a Matías un rictus de lucidez y, en la analogía, la explicación que ansiaba respecto a la incómoda percepción que venía sintiendo de verlo todo, al tiempo, igual y tan enojosamente distinto: el tablero y las piezas, como el pueblo y las gentes, mantenían una distribución estática, objetiva e inalterable; la posición del observador y, más aún, su implicación en el juego, a un lado o al otro, por blancas o negras, sí marcaba una percepción sustancial y cualitativamente diferente. Algo así le ocurría a él ahora. Con todo, lejos de conformarse, fuese o no de recibo la comparación, Matías no sintió tras ella ningún alivio. Más se dijera que el bulle bulle del caso dio en provocarle aún mayor zozobra.
      El contraste y la plena recuperación de las sensaciones añoradas vino a producirse en el cálido y efusivo recibimiento que le brindaron los Heredia, Donato y Ana, y la familia crecida en los años de su ausencia. El horno en la trastienda, el despacho de pan abierto a la calle, el dulce olor de la harina y las brasas, todo seguía y se percibía igual, desde cualquier punto de vista. Los detalles nuevos se antojaban sólo adornos armoniosos, evolución natural de un todo perfectamente reconocible, aunque más completo y acabado.
      Alicia desorbitó los ojos de alegría al reconocerle de inmediato en el umbral de la tienda. Con un chillido de urgencia demandó a sus padres en el interior, al tiempo que corría a abrazarse al cuello del recién llegado.
-- ¡Tío Matías!¡ Cuantísimo bueno por aquí! ...¡Vaya sorpresa!¡Qué alegría! Mamá... Papá... Mirad quién ha llegado...
      Ana y Donato asomaron por la puerta interior. Igual que Alicia, pulcramente uniformados de blanco, y al instante, como ella, radiantes en la sorpresa de la bienvenida. Tras los abrazos, Matías retrasó su posición un paso para mejor observarlos y percibir, en un escalofrío, el sorprendente parecido de madre e hija, tocadas ambas con similar pañuelo anudado en la cabeza y retiznadas ambas de harina casi en los mismos lugares de una cara iluminada por la misma sonrisa. Sólo un matiz de mayor serenidad y cansancio, y el apunte, satinado de harina, de las ligeras arrugas que poblaban ya el rostro de Ana, venían a establecer el orden generacional entre las dos. Un orden de dinámica vitalidad, del que dio buena prueba el llanto infantil que vino a oírse desde la trastienda, rompiendo el momento y reclamando la inmediata atención de todos.
-- ¿Es...? -la pregunta en el aire de Matías, cargada de afecto y sorpresa, le enfrentó a los rutilantes ojos de Alicia.
-- Pues, claro, bobo … Es mi hija. Anda, ven a verla ...Ya tiene casi dos años, y está hecha un pan.
      Matías no tuvo que forzar la sinceridad de sus halagos al reconocer la saludable belleza de la niña. Mintió al decir que era la viva imagen de su madre y de Ana, porque otros eran, sin duda, sus genes dominantes; pero no lo hizo al afirmar la evidencia de la hermosura peculiar de aquel cuerpecito cálido y nervioso que ahora, en el aire, sobre sus brazos, jugaba a seducir al recién llegado con el regalo de una sonrisa.
-- Vaya, vaya con Rita... Y qué decepción, Alicia, ¡no tiene bigote!... bromeó Matías.
-- ¡Bigote! ¡Bigote! ... ¡Va a tener bigote mi niña! ... ¡Bigote sí que tienes tú, que menuda facha te has puesto! ... Anda, anda, cállate. Ni tiene bigote, ni tampoco tricornio ni capote, ¡pobrecilla!
-- ¿Cómo te trata... ?
-- ¿Beni? ...Bueno, se llama Benigno, ¿sabes?... Sí; es maravilloso, ¿verdad, mamá.?..Ya lo conocerás. Hoy llegará tarde, porque tiene servicio de puertas, pero es muy guapo, y muy bueno. El sí tiene bigote, pero te va a gustar, seguro.
      A media tarde, en la sobremesa de una suculenta comida, plena de sabores de vieja y dulce memoria, Matías se sintió al fin completamente reintegrado. Todos los matices de amarga extrañación que había notado al llegar se habían disipado con la calidez familiar de la acogida. Donato y Ana insistieron en no consentir su alojamiento en ningún otro lugar que no fuera su casa, y le participaron una rápida puesta al día en los avatares locales de los siete años de su ausencia, con reproche incluido, por supuesto, por el despego que había demostrado al no hallar un hueco en todo ese tiempo para una escapada o una visita más frecuente.
-- Ni siquiera para la boda de Alicia ...ni para el bautizo. Eres un calavera, Matías. No me digas que no tuviste tiempo... -el reproche de Ana era sincero, aunque expresado en aquel tono suyo tan propio, de natural e inevitable cordialidad, que los años habían ancheado hasta límites casi beatíficos. Matías, desarmado e incapaz de mentir, asintió con pacífica mansedumbre, desistiendo de explicar, o insinuar siquiera que ella, sin duda sin saberlo, era en buena medida la culpable de su destierro.

      En los días siguientes, avanzando la semana, un angustioso sufrimiento, a duras penas reprimido, se fue adueñando del alma de Matías, literalmente en un puñopor la impotente angustia de saberse tan lejos de lo que fuera a ocurrir, al fin, en la hora H del día D convenido con “Bermeo” para perpetrar el atraco: las cinco de la mañana del diez de abril de 1971, Sábado Santo, por más señas. En su desazón, pasaba Matías, de un instante al siguiente, de considerar acertada la conveniencia ideada de aquel alejamiento suyo como mejor coartada para excluirle a él de la sospecha, a entender esa falta de implicación directa, su deserción en el momento crucial, como el fallo más garrafal, capaz de desbaratar todo el plan.
      En la tarde del jueves, según lo convenido, él y “Bermeo” mantendrían un último contacto telefónico, y a partir de ese momento la “operación” entraría en la fase de no retorno. Matías debería confirmar a su cómplice que el campo estaba plenamente despejado, es decir, que “Richard” y el resto del personal no tenían ningún asunto pendiente que pudiera llevarles a irrumpir en la fábrica en los días de fiesta. Por la noche, en la de autos, “Bermeo” entraría con su llave en el taller y empezaría a trabajar, despacio y sin prisa, en la meticulosa secuencia de sembrar las pistas acusatorias y acometer el butrón de acceso al local vecino. Picaría la pared con infinito cuidado durante el día del Viernes Santo, tratando de hacer el menor ruido y suspendiendo la operación por la noche, para evitar que el eco de los golpes, en el silencio de la madrugada, pudieran alertar a otros vecinos o paseantes. Una vez hecho el hueco y reventadas las cajas, previsiblemente ya en la mañana del sábado, dispondría con cuidado y en los lugares idóneos, sin despojarse nunca de los guantes de trabajo que habría utilizado todo el tiempo, las pruebas inculpatorias de “Richard” y “Gardel”, los picos y palanquetas con sus huellas, que Matías había dejado a propósito dentro de un armario. Procedería finalmente a romper un cristal de la oficina, para aparentar que los ladrones había accedido de ese modo al local, y huiría al fin con el botín en el coche preparado al efecto para encontrarse con Matías en el lugar convenido para el reparto.
      No se le escapaba a Matías que las pruebas inculpatorias podían resultar insuficientes, y hasta burdas, para acusar de plano y por sí mismas a “Richard” y “Gardel” en la autoría. Además, muy chapucero habría de parecer el montaje, si las herramientas tenían las huellas de los supuestos autores, y éstas no aparecían ni en las cajas fuertes ni en ningún otro lugar de los dos locales. Matías y ‘’Bermeo’’ habían conformado esa aparente contradicción suponiendo la tesis de que los autores, como es lógico, habrían actuado con pulcritud, enguantados, procurando no dejar ninguna huella. Las que se ofrecían no eran, pues, otra cosa que “fallos”, que siempre los hay. Las palanquetas acusatorias quedarían dispuestas mezcladas entre las otras herramientas utilizadas, que aparecerían “limpias”. Asimismo, la rotura del cristal de la oficina debería hacerlo “Bermeo” golpeando desde dentro, para que la caída de los cristales rotos en la parte de afuera ayudara a situar a la policía en la tesis de que el golpe se había dado en connivencia con alguien que había entrado por la puerta tranquilamente y tratado luego de aparentar de ese modo un acceso a través del ventanal.
      A las cinco de la tarde del jueves, desde la discreta cabina de un hostal de carretera en la cumbre de Lomasanta, a unos doce kilómetros del pueblo, la mano nerviosa de Matías descolgó el teléfono para la llamada de contacto acordada con “Bermeo” para esa hora. Actuaba con una cautela casi cómica, patéticamente nervioso, en lo que bien pudiera asimilarse como una caricatura exagerada de un supuesto agente secreto chusco y patoso por demás. Por fortuna para él, nadie había advertido su presencia ni nadie prestaba la menor atención a tal cúmulo de sospechosos tics y aspavientos.
-- ¡Aló, Madrid...! -espetó con voz hueca al oír descolgar el teléfono del otro lado.
-- ¿Eres tú, Matí ... as? -respondió “Bermeo”, sorprendido por la mudanza del tono que le llegaba.
-- ¡Coño!... -interrumpió bruscamente un Matías indignado por el error de la respuesta. ...¡Sin nombres!...¡Sin nooombres! ...¡No te he dicho que sin nombres!¡Hay que joderse! ¡Empezamos bien! Sí, soy yo, por supuesto. ¿Todo bien?