lunes, 11 de octubre de 2010

Cerveza, historia milenaria



En el calendario mundial del “bebercio” festivo, el primer fin de semana de octubre viene de marcar una de las citas más multitudinarias y entusiastas, con la capital bávara como referente mítico: el Festival de la Cerveza, de Munich. Ellos, los alemanes, con todo son contenidos, por aguardar al otoño; nosotros los españoles, para lo mismo, es decir, para festejar a la cerveza, adelantamos una estación, y prolongamos la fiesta, sostenida e increscendo en las últimas décadas, a un plazo más largo de casi tres meses. Sí, porque el verano español es, en lo tocante a bebidas de consumo social, la estación de la cerveza. La rubia espuma, tirada bien fresquita como a nosotros nos gusta, se ha adueñado ya, casi en términos de absoluto monopolio, del aperitivo. También avanza imparable en la tarde-noche, y hasta en la noche misma metida incluso a madrugada, merced al amplísimo catálogo de variedades de elaboración que hoy se nos ofrece, tanto en grado alcohólico como en escala de tostados. La cerveza es ya, puede decirse sin temor a error, bebida ciento por ciento hispana: somos el noveno productor mundial, y terceros de Europa, tan sólo por detrás de países con gran tradición cervecera como Alemania y el Reino Unido. Claro que en esas cifras de producción se incluye el consumo que hacen, con nosotros, los más de cincuenta millones de turistas que por aquí se caen cada año. Si contáramos sólo españoles, nuestro consumo per cápita, de unos 43 litros, se sitúa todavía muy por debajo de los 78 de media de la Unión Europea.


La cerveza no es otra cosa que un vino peculiar, un vino de grano resultado, en su esencia básica, de fermentar la cebada y aromatizarla con lúpulo. Pero éste, el lúpulo, determinante del gusto de la cerveza actual, no intervino en la fórmula hasta el siglo octavo, es decir, en la Alta Edad Media. Antes, sumerios, babilonios y egipcios, 5.000 años antes de Cristo, ya conocían la cerveza, aunque nada que ver con el gusto actual, elaborada a base de pan fermentado en recipientes con agua durante varios días.


En España, el primer testimonio referido a la elaboración de cerveza se halla en un libro, escrito por el obispo Osorio, en el siglo V. En él, y refiriéndose al asedio de Numancia por los romanos, en el 133 a.C., dice: “Finalmente, los cercados hicieron una salida después de haber bebido copiosamente, no precisamente vino, y sí una bebida confeccionada con arte a partir del trigo, y que ellos llaman “Celia”.
A pesar de esa precocidad, es casi seguro que los asediados numantinos recurrieron a la cerveza por no disponer de vino, que siempre ha sido nuestra bebida nacional. La cerveza se mantuvo así, como recurso de urgencia, durante muchos siglos. Hasta anteayer mismo, como quien dice. El gusto y el consumo de verdad, no empezó realmente a generalizarse en España hasta la segunda mitad del pasado siglo. Del poco aprecio que se le tenía de antiguo son buena muestra aquellos versos populares, que decían:




Quien nísperos come, y espárragos chupa,
y bebe cerveza, y besa a una vieja,
ni come, ni chupa, ni bebe, ni besa.

Por fortuna, los tiempos han cambiado notabilísimamente. El consumidor español de hoy ya no pasa por aquellas desvaídas “cañas” de hace unos años, servidas sin gracia alguna, poco menos que vertidas en el vaso sin la menor atención. Hoy se ha hecho exigencia común la “caña” bien tirada, con su correspondiente espuma de cremosa densidad. Una cerveza que, en el momento de ser degustada, debe tener un sabor amargo, más o menos intenso, en función de la cantidad de lúpulo que lleve. Su espuma debe ser estable (que “manche” el vaso), con el suficiente anhídrido carbónico y una graduación alcohólica moderada. El cuerpo de la cerveza debe proporcionar redondez en el paladar, con un amargor persistente y un final de boca limpio al término de la degustación. Que así sea, que así la demanden… y que así se la sirvan. Buen provecho.







"La vieja borracha", cuadro de Frans Hals (s.XVII). Las mujeres también "tiraban" de la cerveza en los tiempos pasados.








NOTAS COMPLEMENTARIAS






Aun cuando los romanos ya tenían conocimiento del lúpulo, y de su bendito efecto de aporte de amargor, como contrapeso al natural dulzor de la malta, tal adición de equilibrio se perdió, como tantas cosas, al quedar olvidada y relegada durante los años oscuros del alto medievo. No fue hasta bien avanzado el siglo XIV, cuando en un ignoto monasterio del norte de Francia se “redescubrió” su fantástica aportación y esencia.






         La cervecera Cruz Campo, con buen acierto, ha elegido la oronda figura de Gambrinus como icono de su imagen de marca. Este personaje pasa por ser el reconocido patrón de la cerveza y de los cerveceros de centroeuropa. No hay prueba documental que de fe de su existencia real, aunque sí un cierto fundamento pseudohistórico que le da soporte, según el cual el tal Gambrinus habría sido un antiguo rey cuya leyenda tomó cuerpo, a partir del siglo XIII, entre flamencos y germanos, que le otorgaron ese título de patronazgo al considerarle inventor de la espumosa bebida. Según la leyenda, el tal Gambrinus (cuyo nombre pudiera derivar, por corrupción, del de Jan Primus [Juan I], conde de Flandes) habría desafiado al Diablo -o habría sido él mismo desafiado por el Maligno, que en esto no hay acuerdo- a ser capaz de elaborar un vino sin uvas. Así, de tal reto, habría surgido la primera cerveza.








         Aun cuando ya hemos recordado aquella cerveza "Celia" que, a falta de vino, nos cuenta Paulo Orosio que bebían los asediados numantinos; y anotemos ahora, al hilo, otro testimonio de calidad, cual el que dejó escrito, dos siglos antes, el recurrente Plinio, quien apunta que los iberos eran devotos bebedores de una cerveza, de cuyo gusto el latino confiesa abominar, porque -dice- era malísima; habrá que reconocer que no fue hasta la llegada del borgoñón Carlos I cuando la cerveza empezó realmente a tomar cuerpo de naturaleza y costumbre en nuestro país. El nieto flamenco de los Reyes Católicos, junto con la numerosísima corte de nobles agregados que con él llegaron, impusieron en la Corte española su costumbre nativa de fervor cervecero. Según recogieron los cronistas-testigos de los pantagruélicos excesos del Emperador, en su mesa, junto con un sinfín de manjares de todo tipo, condimentados siempre con abundancia de especias, no podía faltar una extraordinaria provisión cervecera. Nos cuentan que el propio césar no perdonaba, en cada “sentada”, la ingestión, él sólo, de al menos cinco litros de cerveza helada.





LOPE, EN CONTRA
Son numerosos los escritores clásicos españoles que se manifestaron contrarios y reticentes con la cerveza. Tal vez de uno de los más beligerantes fue Lope de Vega, quien en su comedia "Pobreza no es vileza", ambientada, precisamente, en los Países Bajos, se atreve, con toda la intención, a poner en boca de uno de los personajes, el pícaro español "Panduro", los versos siguientes:





Voy a probar la cerveza
a falta de español vino;
aunque con mejores ganas
tomara una purga yo
pues pienso que la orinó
algún rocín con tercianas ...






     Al parecer, el público de la época respondía con gran alboroto de aprobación la dicción de este pasaje, y que volvía a regocijarse con la misma carcajada cómplice cuando, ya hacia el final de la representación, el tal "Panduro" volvía sobre el tema:






Aquí fue donde bebí
cerveza la vez primera
mal agüero, o el peor;
pues desde entonces acá
traigo los bigotes ya
a lo flandesco, señor.
¿Cuándo beberé con nombre
más claro que el mismo sol
aquel vinazo español
que hace barbinegro a un hombre?
¿Cuándo aquel licor divino?
Que, en fin, cerveza es mujer,
y el vino es hombre ...





domingo, 10 de octubre de 2010

Destellos de Hollín (Pag. 1 a 15)


Manuel Méndez Sanjurjo
 DESTELLOS DE HOLLÍN
Madrid, 2009


Primera edición: mayo, 2009
© Manuel Méndez Sanjurjo
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Impreso en España - Printed in Spain
Ilustración portada: “gouache” de Rafael Fernández de la Cruz
ISBN: 978-84-936595-1-6
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Manuel Méndez Sanjurjo (Manolo Méndez, como él gusta mejor llamarse) vino al mundo en la galaica y coruñesa villa de Santa Marta de Ortigueira, en el mes de mayo de 1952. Tras una infancia feliz y entrañable, en la que le cupo engarzar amistades que hoy le son tan queridas como fraternales, viajó a Madrid con el sueño de hacerse periodista. Se licenció en ello con la segunda promoción de la nueva Facultad de CC.II., compatibilizando estudios (pocos) y trabajo (mucho) desde aquellos primeros tiempos.
            En la radio (RNE), que fue su mundo durante 32 años, hizo de todo, reporterismo, redacción y presentación de programas, edición de informativos, hasta que un sorprendente y extraordinario ERE, vino a devolverle a casa, razonablemente pertrechado de seguridad, con tan sólo 55 años. Hoy se confiesa feliz y esperanzado en esta vía novedosa, que aquí viene a hacerse pública y arranca, de la creación literaria. “Destellos de Hollín” es su primera novela, con la que concurrió, en el año 2000, al Premio Azorín, alcanzando entonces el cuarto puesto entre las más de doscientas presentadas.
            Tras casi diez años esperando la oportunidad de una editorial al uso, ahora que, como queda dicho, es feliz, libre y casi solvente, se ha decidido a editarla él mismo, a su costa (por lo que te ruego, amable lector, que no desdeñes el mecenazgo que se te ofrece con la compra y la posterior divulgación de esta novela); piensa en la grave responsabilidad que contraes, ya que un descalabro mayor en este osado empeño podría muy bien arruinar la deseable edición de la segunda novela, que ya tiene en marcha. Anota, si acaso, su e-mail, para que te tenga al día, y para comentar con él avatares y matices de las situaciones y personajes que aquí nos trae (quién pudiera, por cierto, en su tiempo, hacer lo mismo -cartearse, digo- con Cervantes, o con Lope, salvadas sean, claro, las infinitas distancias): ma.mendez@telefonica.net.


Y a la hora de la dedicatoria, ¿a quién?: Pues, a todo mi muy
querido palomar, por supuesto, incluidos los dos pichones. Y a la cigüeña
desmemoriada, siempre presente, que es mi vida. Y a todos los
mirlos, garcetas y grullas, amigos, parientes y convecinos, cada cual en su
especie,que tanto me han dado de sí, sin saberlo, a la hora de componer
los tipos humanos que aquí se han de ver, y acaso reconocer, al desentrañar
este picaresco relato. Y a ti, claro está, mi muy querido buho-lector, a
quien al fin confío la obra, con la esperanza de que, si en verdad te entretiene
y disfrutas de ella, te avengas de buen grado a servir para mí de
golondrina primaveral, anunciadora de la avenida de este novel escritor,
quien, aun cuando lo ignore todo sobre el mundo de las aves, como es bien
cierto, sueña, así sea tardíamente, con volar entre ellas.



1.  DOCE GOLES A LA SOMBRA..., Y TRES CON EL MUERTO.


Ningún frío más agreste y helador que el intramuros de Carabanchel en vísperas navideñas. Desde lo alto del murallón, cuando se mete la noche, el panorama sobrecoge hasta a los guardias en turno de vigilancia, que cuentan los minutos por los milímetros de avance de los carámbanos que penden de la alambrada perimetral. El discurrir de los años ha hecho del gigantesco recinto penitenciario una suerte, es un decir, de burbuja urbana, como un quiste coriáceo en el interior de un músculo que, al punto y hora elegido para el arranque de este relato, se ofrece en su apariencia más equívocamente relajada.
La ciudad duerme; en esa desolación se proyecta, aunque, en realidad, de puertas adentro, también aquí, a esta hora aún son muchos más lo que velan y, como veremos, participan en comunión de emociones insólitas. Una débil luz roja intermitente, apenas perceptible ya en la negrura del horizonte, fijaba ahora toda la atención reconcentrada de “Pulgas”. Era la suya, esta voluntaria y cerril dejación de servicio, una actitud absurda, lo sabía, absurda, infantil y, desde luego, impropia de él. Pero lo que aún le resultaba más enojoso, lo que acababa de colmarle de indignación y rabia era tener que reconocer la absoluta ineficacia, la estúpida fatuidad de todos aquellos vanos intentos de estanqueidad total en los que el guardia venía empeñándose desde hacía casi dos horas, emperrado inútilmente en aislarse del mundo y sus gentes, tratando de alejar de sí, de borrar y olvidar, cuanto fuera de la garita estaba ocurriendo y que con tanto dolor Benigno intuía.
Porque aquel jolgorio infamante y explosivo, que le taladraba los tímpanos tan a su pesar, había ido produciéndose violentamente en nada menos que once sucesivas e inauditas oleadas, rotundamente nítidas todas a su pesar, imparables y burlonas. En once ocasiones, ¡once!, el atronador eco de mil voces, proyectadas en un único y fraternal estallido, habían ido echando por tierra, ridiculizándolo, todo aquel patético afán de aislamiento imposible.
Esfuerzo inútil. Ya antes de seguir con obsesiva fijación el vuelo nocturno de este avión que ahora se perdió en la noche, había pasado otro buen rato pendiente, con el mismo empeño, sin pestañear, de una lejana ventana, apenas un punto luminoso en el telón de sombra que el guardia, a su propósito, había elegido al azar entre los cientos de apagadas luminarias que dibujan el contorno y confín del extrarradio de la ciudad. Y antes aún, al principio de su tormento, otro buen rato se le había ido enfrascado en contar los coches en su ir y venir en cada uno de los sentidos de la autopista que discurre a un par de kilómetros de los muros de la cárcel.
Si le vieran ahora sus compañeros, los que mejor le conocen, se habrían llevado, sin duda, una sorpresa mayúscula, porque ni mucho menos era éste el talante cabal del comportamiento, siempre escrupuloso, de Benigno Sarasa Marín, “Pulgas” para los amigos, que presumía legítimamente de cada uno de los veintidós inmaculados años que acumulaba su hoja de servicio... ¡El “Pulgas”, siempre atento al cumplimiento de su deber, siempre con el reglamento en la mano!...
Sabía él perfectamente, y asumía también, con voluntad desesperada, que aquella obstinada dejadez en el servicio (a partir del cuarto “sobresalto coral” que le llegó no volvió
ni una sola vez a mirar hacia abajo, ni a los patios ni a los muros) era una falta grave que podía costarle un serio disgusto. Lo sabía y lo sentía, pero ya le daba igual. ¡Qué otra cosa le cabía! ¡Cómo se podía digerir, si no, tanta contrariedad sumada en tan poco tiempo!... Toda la injusta amargura de aquel nefasto día. -- Y ya no digamos nada de las dos últimas horas!.... ¡Que hay que ver!...¡Esa es otra! ... “.
Sí. Como él lo sentía, aquella “rebelión” particular y a su aire en la que venía empeñándose, ya fuera patética, infantil o absurda, por inútil, para él ahora era más que nada una actitud inevitable y necesaria, casi, casi, terapéutica, cabría decir, para poder mantener la cabeza en su sitio y no verse impelido a cometer una barbaridad de consecuencias tal vez irreparables, y más aún en un hombre armado, como él lo estaba, hasta los dientes, allí, en su olvidada atalaya. Porque, se preguntaba insistentemente, sobrecargando de ácido su estómago, ¿quién era el preso aquella noche. A ver: él o los otros?... ¿No estaba siendo peor encierro aquella garita para él que la más sórdida celda de castigo? ... ¿Acaso no era su situación una tremenda injusticia?... ¡Baje Dios y lo vea! ... ¿Quién podría entender, en fin, sin perder la cabeza ni los estribos, tan monumental contrasentido?.
Cierto es, los dioses son testigos, que lo había intentado todo antes de “rebelarse”. Incluso, en otra clara violación del reglamento ¡una más, a qué contarlas!, antes de llegar a mayores había ensayado la opción última de encerrarse a cal y canto en su zulo de guardia,
pasando de la reglamentaria y obligada ronda que, como está prescrito, debe hacerse cada cierto tiempo por el estrecho corredor que circunvala, en lo alto, el remate del muro. Pero ni con eso. La puerta del lóbrego cuartucho encajaba mal; o no era tal, sino la maldita acústica de aquel frío cajón de cemento que parecía amplificarlo todo. Y más y peor aún, porque bien se dijera que lo hacía con perversa selección, recogiendo con particular nitidez el expectante ronroneo que surgía insufrible, ahora más, ahora mejor, taladrante y machacón, de la sala de televisión de la vecina Quinta Galería.
Mordiéndose los labios y agarrotando la mandíbula, el pobre “Pulgas” apuraba su esfuerzo inútil de trascender la cuestión, de bloquear mente y sentidos y abrir para él un mundo propio de enclaustramiento absoluto. No pensar. No oír. No sentir ni padecer. La cuestión, se decía, estaba en el dominio de la voluntad, ahí estaba el secreto, en alcanzar el autocontrol del pensamiento por la vía resolutiva de concentrar todo el esfuerzo energético de observación en algún punto arbitrario, elegido al azar, y fijar luego toda la atención en él, obsesivamente. En ocasiones anteriores el guardia daba fe de que este método, bautizado por él mismo como “de fijación concentrada”, le había funcionado. Lo había leído tiempo atrás, con suma atención, en la prestigiosa revista del Cuerpo, “Cuadernos de Ahumada”: un interesantísimo artículo de un tal Daniel Herdoz, catedrático emérito de psicología de la Universidad de Jerusalén, escrito en tono divulgativo a propósito de la actitud que convenía adoptar, según recomendaba el experto, para lograr resistir sin quebranto el más duro interrogatorio al que a uno pudieran someterle.
Pero hoy todo era inútil. Ni el avión sirvió, ni la luz de la lejana ventana resultó eficaz, ni siquiera, en una variante propia, produjo efecto alguno el recuento meticuloso y pertinaz de los coches que subían y bajaban por la vecina autovía. En el frenesí de su vano tormento, los alucinados ojos del guardia llegaron a ver, entre el ir y venir de luces, en un vertiginoso ensueño, la secuencia más deseada de su venganza; aquella tantas veces imaginada en otras ocasiones, aunque nunca percibida como ahora con igual nitidez: la impetuosa irrupción en los patios de todos los presos, locos y a la carrera, desbordados, fuera de sí, corriendo en tromba, a borbotones, y saltando atropelladamente cual gacelas histéricas por encima de los muros, en festiva y exultante cascada en pos de la libertad.
 --Hala, venga; a tomar por saco... Todos fuera... A vivir! -mascullaba para sí entre dientes el guardia, regodeándose y jaleando su delirante visión. Y así estaba, en ésas, cuando otra vez una nueva explosión de euforia, ésta más intensa y rotunda aún si cabe que       todas las anteriores, volvió a romper en triunfo el silencio de la noche, arremetiendo de nuevo, en trepidante e imparable oleada, contra su desolado refugio.
-- Una de dos -caviló “Pulgas”, recuperando un punto de cordura y de frío análisis de aquella realidad fantástica que percibía en su ensoñación-, o esto es un jodido montaje que han organizado entre todos para putearme...; una coña del ‘Fito”, por ejemplo, ¡pedazo de cabrón!... Pero, no puede ser -rectificó sobre la marcha-, ¡qué carajo... si se han oído mil voces! ...O, ¡hay que joderse!, ¡mi puta estrella!: el partido ha tenido que ser la leche: ¡doce goles, que yo haya contado!... ¡Han entrado doce goles!

sábado, 2 de octubre de 2010

A modo de Presentación

Sea usted, amigo/a internauta, bienvenido/a a este humilde Blog, que quiere ser mi tarjeta de presentación, ventana  al mundo de las inquietudes periodístico-divulgativas que me animan desde hace tantísimos años.

¿Qué cuántos años?... Pues casi toda una vida. Sí, porque me hice periodista muy joven; de hecho, no recuerdo haber sentido otra vocación que ésta, de escribir y de contar, desde mi más tierna infancia. Etapa feliz, felicísima, aquella de la niñez y de la primera juventud, que pasé en la hermosa villa gallega que me vio nacer: Santa Marta de Ortigueira -¡oiga, todo un título!- en lo más al norte de la provincia española de A Coruña, a donde sigo acudiendo con toda la frecuencia que me es posible. De hecho, esto que ahora escribo lo hago desde allí, asomado, en una brumosa mañana otoñal preñada de sugerencia, al horizonte próximo de la ría, que es, como bien sabes, una suerte fantástica de filigrana del mar que se adentra, sinuosa y ondulante, inundando un ancho valle, tierra adentro.

Pero he dicho que me hice periodista, y eso, en mi tiempo, sólo podía materializarse en Madrid. Y allá que me fui, a la gran capital, en 1973, para matricularme en la tercera promoción de la entonces novedosa Facultad de Ciencias de la Información. Y tuve -véase qué paradoja- la suerte de no disponer de medios económicos para sostener allí ni mis estudios ni mi estancia, así que desde el primer momento me las tuve que buscar para sobrevivir. Con la impagable ayuda de un buen amigo, paisano y hasta lejano pariente, que me brindó su generosa y esencial tutela, ya estaba trabajando, tan sólo cuatro meses después, en el proyecto naciente de una revista de una compañía de seguros. Y apenas un año más tarde, por el mismo engarce de influencia, me vi colaborando en Televisión Española, y también, poco después, en Radio Nacional, simultáneamente. A partir de ahí, es verdad, las cosas se me pusieron muy de cara, al proponerme RNE ingresar como personal fijo de su plantilla. Treinta y tres años, nada menos, son los que pasé en la radio pública española, todos ellos productivos, enriquecedores y felices. Allí hice de todo: reporterismo, primero, dirección y presentación de programas, después, edición de informativos…el catálogo completo. Hasta que, en 2007, el famoso y controvertido ERE me situó en disposición de “pre-jubilado” en la que hoy me hallo. Para mí, a qué engañaros, fue una bendición divina, ya que tenía claro que, como tan bien enunció el tal Peter en su recurrente “Principio”, hacía bastante tiempo ya que había alcanzado el “nivel máximo” de mi incompetencia en aquella Casa. Así que, liberado de un quehacer que ya tenía muy ensayado, y a una edad todavía lúcida y productiva, me encontré en mi casa, razonablemente bien pertrechado en lo económico, que es esencial, y con muchísimas ganas de encarar otros afanes. Me puse a escribir una novela, que vio la luz el año pasado, editada a mi costa, y cuya corta edición logré vender en apenas tres meses. Se trata, sepa usted, y perdóneseme el inciso inmodesto (aunque en mi libérrima situación actual, aclaremos, puedo permitirme ser modesto, o inmodesto, según mejor me plazca), de un relato bastante ingenioso en su trama, preñado de humor, y razonablemente bien escrito, que he titulado “Destellos de Hollín”. Y ahora estoy escribiendo la segunda, que también promete buenas dosis de ingenio y humor, o eso espero yo. En fin, que tal es lo que ahora me ocupa, en lo que se van mis largas horas de reconfortante ociosidad.

Y hete ahí que, entre página y página literaria, doy cauce de atención, ahora en este soporte, a otra de mis devociones más antiguas; la gastronomía. Un tema en el que empecé a interesarme hace muchísimos años, en particular en su faceta más divulgativa: la intrahistoria de los productos, de los platos, de los grandes cocineros, de los mil episodios anecdóticos que jalonan la Historia. Y de eso va, principalmente, este blog, que quiere ser un lugar de encuentro para personas como yo, ratas de biblioteca, maniáticos de la documentación, que gusten de leer mis escritos, y de comentarlos luego, aportando en cada caso, si es factible, los datos y matices que vengan a enriquecerlos con nuevas propuestas de contrastada solvencia.

La divulgación culinaria, pues, será contenido esencial de este bloguero guiso, aunque no ingrediente exclusivo -ya advierto- porque al paso del tiempo verá el lector derivar el tal guiso a menestra, incluyendo trabajos, de muy variado pelaje, de divulgación histórica general. Me encanta la concurrencia de las Efemérides, y se ha de ver así, al paso de los números, que ello me interesa también sobremanera. En fin, que sabe el Cielo cómo y en qué derivará todo esto. Tal es, por otra parte, la más sugestiva posibilidad que a todos nos ofrece esta mágica ventana al mundo que es internet. Cordialísimos saludos, pues, …e infinitas gracias, si es el caso, por haber llegado en tu lectura hasta aquí.